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Idea Vilariño: “este amor
desgarrado por el mundo/esta
diaria constante despedida"
Entrevista de Elena Poniatowska
En la
madrugada del 28 de abril de 2008 murió la poeta
Idea Vilariño, Idea casi no concedió entrevistas, el
diario mexicano La Jornada público el domingo 8 de
agosto de 2004 en su Nº 492, un trabajo de la
periodista y escritora Elena Poniatowska, que
incluye un diálogo con la escritora uruguaya.
La ONDA digital reproduce este extraordinario
material, que permite acercarnos a esa personalidad
de nuestra cultura, que al decir de Galeano; “… fue
un arbolito que creció al revés, con las raíces al
aire. El arbolito ya no está, pero de sus raíces se
han desprendido palabras de rara hermosura”.
… Publicar fue tan contradictorio, tan poco
coherente
como seguir viviendo cuando sabía, y cómo,
cuando pensaba lo que pensaba del
hecho de vivir. Esas incoherencias
fueron difíciles de sobrellevar.
Esencial y desesperada
entrevista
Visité a Idea Vilariño
en su casa en Montevideo en 2001 cuando pude conocer
Uruguay (apenas dos días) gracias al Premio
Alfaguara. Montevideo estaba vacío y frente a las
puertas cerradas de casas y edificios, hombres y
mujeres veían fijamente el horizonte desde el
malecón como si con la fuerza de su mirada imantaran
a una nave que llegara a embarcarlos para
llevárselos. Montevideo me pareció bello y triste.
Anacrónico también. Helena y Eduardo Galeano,
ausentes (en España o en Estados Unidos, no sé) mi
imaginación los suspendió en el tiempo, como a
Uruguay, el más europeo de los países de América
Latina, suspendido entre Europa y América Latina,
suspendido como una pompa de jabón entre el pasado y
el futuro, suspendido como un paraíso perdido.
¡En Montevideo hice dos visitas
importantes, una al admirable general Liber
Seregni que pasó tantos años en la cárcel, otra
a Idea Vilariño a quien Juan Carlos Onetti le
dedicó Los adioses y cuya obra conocí porque la
actriz Susana Alexander recitaba en escuelas y
teatros un poema ("Ya no") que nos hacía llorar:
Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré donde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.
Idéntica a su poesía, bella
y triste, encontré a Idea Vilariño sola en su
departamento de Anzani 2129 donde vive con su
hermana llamada Poema. Idea y Poema son sus nombres
de pila porque así las llamó su padre, el anarquista
Leandro Vilariño, poeta injustamente olvidado que
tenía una calera en la calle de Justicia en
Montevideo. Los cinco hijos se llamaron Alma, Azul,
(hermano), Idea, Poema y Numen, el más pequeño y un
muy destacado pianista. Además de escuchar música y
de adentrarse en la literatura clásica, el padre les
leía su propia poesía, la de Almafuerte, Herrera y
Reissig, y Darío. Don Leandro tenía un oído
infalible y podía reconocer la métrica de un poema
aunque la ocultara su composición gráfica. Idea
estudió piano pero lo que más le gustó fue el violín
al que le dedicó diecisiete años.
Idea se sentó frente a mí,
frágil, retraída, delgada, muy bien peinada y
supongo que escogió su sillón favorito e iniciamos
en la penumbra una entrevista desencantada,
quizá la misma que ha dado a lo largo de su vida, la
única, la de la única respuesta porque Idea no
concede entrevistas ni es protagonista de nada, ni
siquiera de sí misma. Su gran amiga Inés Larre Borge
(que preparaba un libro hermoso sobre ella) me había
contado cómo Idea sobrellevaba los problemas de la
vida cotidiana (en Uruguay el salario mínimo es de
cuarenta dólares al mes) y los de su creación
literaria, es decir, su alta poesía que inició de
niña como un servicio a sus compañeras de clase
porque al igual que nuestra Rosario Castellanos,
Idea hacía poemas de amor que las quinceañeras
entregaban a sus enamorados como si fueran propios.
Esta Cyrana de Bergerac
tempranera nunca se dio cuenta de su talento y
tampoco creyó en él. Creyó en cambio en el
sinsentido de la vida, en la muerte que crece junto
a nosotros, en su mundo sin Dios, en el fracaso del
amor y la belleza, la desolada inutilidad de todo
esfuerzo. "En la arena caliente, temblante de
blancura/ cada uno es un fruto madurando su muerte."
La suplicante
Un año antes comimos con el
buen amigo argentino Luis Gregorich y su mujer en
Buenos Aires y entonces, Idea, de anteojos negros,
me pidió que la tuteara y lo hice con temor y
respeto. También me explicó que no creía en las
anécdotas, no se sabía una sola. "Por eso no
concedo entrevistas." Ya Luis Gregorich me había
advertido que Idea rechazó premios, se negó hasta a
recibir la beca Guggenheim codiciada por todos, no
hace apariciones públicas, no da conferencias y se
mantiene al margen de la vida literaria.
Sólo aceptó un reportaje que
le hizo Mario Benedetti hace años. En cambio había
escrito un poema a Guatemala a raíz del golpe de
Estado contra Arbenz y en su libro Pobre mundo de
1988 hablaba de la violencia, la desaparición, la
tortura y la muerte en América Latina.
– ¿Idea, cómo has vivido la
poesía a lo largo de tu vida?
– En el único reportaje que
consentí en publicar hasta ahora, le recuerdo a
Mario Benedetti que hacía versos antes de saber
escribirlos, antes de mis seis años. En esa casa se
oía música, mucha ópera; mi padre, un fino poeta,
nos decía a menudo –aunque supongo que esto fue algo
después– poemas suyos o de otros. Pero lo que yo
hice hasta la adolescencia no se parecía a nada de
lo que escuché. No se me ocurría remedar, no
asimilaba nada de aquello, no aprendía ni siquiera
de los que más me gustaban –Juan Ramón, Darío, José
Asunción Silva. Las pocas cosas que recuerdo de
aquella niña analfabeta eran estrofas breves e
ingenuas, que no decían nada mío; malas, pero
perfectamente medidas y rimadas, aunque yo no
supiera qué era eso. No las decía. Tampoco mostraba
las de mis diez, doce años, aunque en casa ya sabían
que "escribía". Creo que las cosas cambiaron
a mis quince o dieciséis años.
– ¿Por qué?
– A los once años me quedé
mirando en un espejo mis ojos serios, adultos. Fue
una conmoción profunda saber que estaba ahí
–persona, no niña. Como estoy hoy. Los ojos siguen
estando. Simplemente, hubo zonas que al ser
tocadas se pusieron a vivir. Pero siempre supe
todo. Se fueron sumando vida, madurez; el mundo fue
cambiando.
– ¿Tu padre?
– Mi padre era un poeta y un
gran conocedor de formas y de ritmos. Y tal vez el
mejor lector de poemas que conocí: hacía oír también
el sonido, los acentos. Ambas condiciones fueron una
buena escuela desde temprano. Por otra parte diría
que tengo algo de eso que llaman "espíritu
científico" porque pensaba dedicarme a la
investigación científica. Quise saber qué pasaba con
los versos. Perdí mucho tiempo leyendo acerca de
sáficos y anapésticos, de rimas femeninas y
masculinas. Luego di con Servien y su método y,
aunque él mismo no lo había desarrollado, fue lo que
yo estaba buscando. Permite un estudio de los ritmos
casi infinito y para mí apasionante. Es lo que sé
hacer mejor. Alguna vez le dije a Ruffinelli que, si
hoy no hubiera otras cosas más urgentes en qué
trabajar, habría que pagarme para que me encerrara a
trabajar en eso. Tal vez no importa demasiado; hoy
importan más, y con sobradas razones, otras zonas
del quehacer artístico. Sea como sea, a mí la
poesía me interesa sobremanera.
Habría que decir que Idea
Vilariño es considerada según Natalia Gianini como
la voz de toda una generación de resistencia a la
dictadura. Escribió la canción de protesta más
querida, "Los Orientales", y a menudo sale reseñada
en programas televisivos y en periódicos con Mario
Benedetti, sobre todo por su poesía de carácter
político. Sin embargo, ella misma ha dicho que la
poesía no tiene nada que ver con la política. En el
documental "Idea" de 1997, dirigido por Mario
Jacobs, Idea Vilariño comenta que detesta gran parte
de lo que se llama poesía y declara que "Dios es
un problema que no existe". Para ella la verdad
última se encuentra en uno de sus poemas titulado:
"Es negro". "Es negro para siempre/ las
estrellas, los soles y las lunas/ y pingajos de luz
diversos/ con pequeños errores/ suciedad pasajera/
en la negrura espléndida/ sin tiempo/ silenciosa."
Su actitud recalcitrante le ha dado su fuerza pero
también su debilidad.
–¿Y la poesía, Idea? –pregunto
por no dejar y porque en 1994 Cal y Canto publicó su
Poesía completa con sus poemas de los veinte años
que tienen la misma visión sombría de sus Nocturnos
y de No y contienen ya la esencia de su poesía
adulta. "El amor no es más que un pozo de agua
oscura,/ los astros sólo son barro que brilla,/ el
amor, sueño, glándulas, locura,/ la noche no es
azul, es amarilla."
Atada al mástil
– La poesía, Elena, fue una
conmigo siempre. La viví naturalmente, como algo
inevitable, privado, que no me daba ningún realce y
la hacía sin deliberación, sin proponérmelo, como lo
hice después, como lo he hecho siempre. Creo que
nunca supe cómo iba a terminar un poema –hasta ahora
es así. Necesito decir algo; eso es compulsivo. Pero
no sé cómo lo diré, aunque al escribir tenga un
dominio absoluto de lo que hago, pero desde la
primera línea el poema, su ritmo, eso que es
imperativo decir me lleva hasta el final, hasta el
cierre inevitable. Sé que parece contradictorio.
Bueno, es así.
"Mi poesía soy yo"
– ¿Entonces qué es para ti la
poesía?
– No sé cómo decirte qué es la
poesía para mí. Es una forma de ser, de mi ser.
Todo lo demás de mi vida son accidentes. Pude ser
profesora o no. Sola o no. Música o no. Traductora
de Shakespeare o no. Estudiosa de la prosodia o no.
Todas las cosas que amé y que realicé en la medida
que pude. La poesía no fue accidental. Mi poesía soy
yo. Por eso no me interesaba publicar; es más, deseé
no haber publicado nunca (hay poemas que jamás
mostré).
Escribir era otro asunto. Era,
como te decía, compulsivo. Salvo las cosas
políticas, y alguna carta, nunca escribí pensando
que alguien lo leyera. Lo que decía era privadísimo
y no buscaba llegar a otro, comunicar. Publicar fue
tan contradictorio, tan poco coherente como seguir
viviendo cuando sabía, y cómo, cuando pensaba lo que
pensaba del hecho de vivir. Esas incoherencias
fueron difíciles de sobrellevar. A esta altura ya
nada importa.
Empecé a hacer versos antes de
saber escribir. Tonterías, pero muy cantables. Me
parecían admirables los poemas de mi padre. De
sobremesa le pedíamos que dijese nuestros favoritos.
Julio Herrera: "Junio, el rey más blanco, blanco
néctar bebe/ bebe blanca nieve; nieve blanca
harina..." ¡Almafuerte! Darío: "El olímpico cisne de
nieve...", "Margarita, está linda la mar..." A los
diez años ya me sabía de memoria el larguísimo "Los
motivos del lobo", de Darío, pero por mi timidez
jamás me habría atrevido a decirlo en público. Pero
no creo que hubiera muchos rastros de todo eso en
mis malos poemas de entonces ni en los de mi primera
adolescencia. Escribir era un acto privado y ni se
me ocurría decir lo de otros o mejorar las cosas
acordándome de lo que hacían. Si no tal vez lo
hubiera hecho mejor.
Tampoco vi en otras
admiraciones que vinieron después ejemplos sino
coincidencias en las vivencias. Verlaine: "Qu´as tu
fait, ó toi que voilá,/ pleurant sans cesse,/ dis,
qu´as tu fait, toi que voilá/ de ta jeunesse?" Zonas
de Hugo, de Mallarmé, de Leconte de L´Isle: " Moi,
je t´envie au fond du tombeau calme et noir/ d´etre
affranchi de vivre et de ne plus avoir/ la honte de
penser ni l´horreur d´etre un homme." Y Alexandre y
Neruda y Jorge Guillén y los descubrimientos de
Quevedo y Yeats y de Vallejo, que leí muy tarde. Y
no habría que hablar sólo de los poetas. Supongo que
es la historia de todos; supongo que todos nos
modifican en alguna medida pero en zonas poco
detectables. Tal vez rompen los ojos, pero no veo en
mis cosas influencias claras de lo que más me
importó.
Escribir siguió lo más
privado, auténtico, desgarrado mío, desligado, por
otra parte, como acto creador, de toda voluntad o
actitud "literaria". Lo que sabía y lo que hubiera
incorporado ya eran yo. ¿Yo?
Hubo cuatro libros que
seguramente me hicieron algo, y son cuatro
antologías que llegaron, me parece ahora, en un
momento clave: las de poesía española de Domenchina,
y las de poesía uruguaya de Zun Felde y de Brughetti.
De esta última recuerdo ahora los impactos de
Vicente Basso Maglio y del primer Juan Cunha.
"Uruguay y América Latina me
importan entrañablemente"
– ¿Qué América Latina? ¿Qué
Uruguay?
– Qué América Latina, qué
Uruguay. Están entre las cosas que me importan
entrañablemente, como aquellas de publicar
sin querer publicar, de vivir sin querer vivir.
Están por un lado el amor, la congoja, la esperanza
–a veces, cuánta– el imperativo moral que me llevan
a ayudar, a actuar y, por otro, el escepticismo, el
descreimiento. Uno de mis poemas comienza así: "Por
qué no volará en cien mil pedazos/ esta escoria
volante este puñado/ de tierra y de dolor/ aire y
basura." Otro termina así: "este amor desgarrado por
el mundo/ esta diaria constante despedida." Y ambos
son verdad. ¿Cómo puedo explicarte estas
contradicciones?
Antonio Muñoz Molina escribió
que Poemas de amor es un libro con argumento, con
principio y fin, con episodios. "No creo que una
novela con toda su retórica, pueda ofrecer una
imagen más completa de una pasión."
– ¿Cómo definirías tu propia
poesía dentro del contexto de América Latina?
– Definirla no sé. Es una
pregunta extraordinariamente difícil. Soy una cruel
lectora. A veces pienso que detesto la poesía, por
lo menos cuando no se trata de los grandes fulgores
de belleza, del canto serio. Tengo un implacable
rigor conmigo misma cuando escribo, tal vez por eso
no tengo que corregir después. Y lo tengo para los
otros. Puedo equivocarme como el que más, aunque no
lo creo; piso con tanta seguridad en ese terreno.
– Dedicas tus libros a J.C.O.
– Aunque este libro está
dedicado a J.C.O., no todos los poemas son suyos. Lo
son, sin duda, los más dolorosos o desolados. No
porque aquel amor fuera así, sino porque fueron
escritos en momentos así.
– ¿Escribes en versos libres?
– Nunca los ha habido menos
libres. Un ritmo riguroso los ordena y sólo para los
ojos parecen libres. ¿Qué significado tiene el
ritmo? Es fundamental en todo hecho poético. En un
poema puede fallar todo lo demás; hasta puede, en
determinados juegos, faltar el sentido; nunca el
ritmo. Es esencial; por él algo es o no lírico.
Es difícil entrevistar a
Idea, tal parece que no cree en las preguntas,
no cree en las respuestas, no cree en nada. Hago las
preguntas de cajón a las que responde sin
entusiasmo, sólo por cortesía y porque finalmente
todos nos vamos a morir y eso tampoco importa.
Repaso mentalmente su poema: "Lejano infancia
paraíso cielo/ oh seguro, seguro paraíso/ no quiero
ya no quiero/ la sucia sucia sucia luz del día."
–¿Las influencias?.
- Sí, hay que pensar en los
admirables poemas de amor de Salinas, tan
intelectuales; en los juegos inteligentes y llenos
de humor de Queneau. ¿Jiménez? Tal vez tenga yo
influencia de Jiménez en los primeros poemas que
publiqué, finalmente no creo que tenga muchas
influencias. Como le dije al principio mi poesía soy
yo.
– ¿La crítica?
– Así como me importa mucho el
juicio moral sobre mi conducta –política, gremial,
etcétera– nunca me importó lo que se dijera sobre lo
que escribo. Ni nunca me sirvió de nada. Recuerdo
haber atendido una observación de Juan Carlos
Onetti, otra de Manuel Claps, una de mi hermana
Poema. Eso es todo.
La mayor parte de lo que se ha
escrito sobre mi obra es en extremo comprensivo y
generoso, salvo los malentendidos de siempre. Sin
embargo, nunca lo miro sino muy rápidamente, y el
sentimiento predominante es de violencia, de
rechazo, porque está invadiendo mis fueros más
privados. Naturalmente que la culpa es mía por
publicar mis poemas. La propia índole de lo que
escribo lleva al crítico a ocuparse de la persona
más que de lo hecho.
No sé si me reconocería por la
calle o en cualquier circunstancia. Uno de mis
problemas es hoy un problema de identidad. Tal
vez porque no se puede ser tantas cosas y en tantos
planos como estamos obligados a ser, y a seguir
sabiendo quiénes somos. Recuerdo que una noche en
Cuba me puse a leer mis propios poemas para saber
quién era.
"Yo./No sé quién soy./ Mi
nombre/ ya no me dice nada./ No sé qué estoy
haciendo./Nada tiene ya más que ver con nada/ Digo
yo/ por decirlo de algún modo."
"El acto más privado de mi
vida"
– Escribir poesía es el acto
más privado de mi vida realizado siempre en el colmo
de la soledad y del ensimismamiento, realizado para
nadie, para nada. A menudo, a la mañana siguiente lo
olvidé y pueden pasar meses antes que encuentre esas
líneas, el poema escrito de una vez, aunque a veces
seguidas. Y, por supuesto, salvo raras excepciones,
no lo muestro; en algún caso, por años.
– Entonces ¿para qué publicas?
– ¿Por qué he publicado? La
poesía puede ser como el acto creador algo muy
íntimo, pero una vez realizada podría darse la
necesidad de comunicación. Bueno, tal vez algo falla
porque tampoco la siento. No tengo en ese campo los
reflejos propios de un escritor y que funcionan
cuando escribo ensayos, por ejemplo. Pero viviendo
entre escritores, siendo yo misma un crítico, vi en
algún momento que este o aquel conjunto de poemas
–siempre poemas de cierto tiempo, como para poder
considerarlos objetivamente, como si fueran de otro,
casi– vi que tenían coherencia, que eran un libro.
Y entré en el juego. No estoy segura de que esta
sea la explicación correcta u honesta. Hay una
evidente dicotomía. Sé que desearía no haber
publicado nunca. No me importa ya cuando se trata de
reediciones. Pero dado el carácter de dolorosa
intimidad de la mayor parte de mis poemas, sentí,
después, cada libro como un acto de impudicia, de
exhibicionismo. Hay poemas que nunca publiqué ni
mostré a nadie. Eso debería haber hecho con todos. O
casi. A esta altura ya todo eso importa poco.
– Pero tu poema "Los
Orientales" es un acto político que se canta en las
plazas públicas de Uruguay y eres considerada una
opositora, una contestataria, una combatiente. A ti
te buscan los jóvenes, te admiran…
– Otra cosa pasa con los poemas
de respuesta, con los de carácter político, con las
canciones que buscan naturalmente un público. No
creo que se trate de sacrificar sino de escribir en
otra tesitura, dando voz a otros, diciendo lo
que debe decirse, lo que la gente quiere o necesita
oír.
Cuando la lucha contra el
Tratado Militar con Estados Unidos publiqué algunos
poemas políticos –uno, que nunca más vi, "En archa";
otro, "A Guatemala" que no gustaron a nadie. Pero el
Uruguay era otro. Con un poco de distracción todavía
eran posibles el individualismo, el retraimiento, el
trabajo intelectual reposado. Hubo la tarea
absorbente de hacer la revista Número, hubo una
buena dosis de enfermedad, dificultades, amor.
– ¿Qué significó Número para
ti?
– ¿A quién puede importarle
Número hoy? Éramos "escritores", gente distinta que
irrumpía en una especie de vacío literario, y
construimos nuestro vehículo. En un país que
vegetaba, o se pudría opacamente, y en un medio
literario que seguía el mismo camino teníamos una
tarea cultural convencional y alineada, pero
necesaria y creadora, entre las manos. Ayudamos a
hacer, supongo, esa actitud crítica y rigurosa que
saneó el ambiente, a crear público, a ponerlo un
poco al día. En la segunda época no quise
colaborar, entre otras cosas, porque entonces ya no
tenía sentido, me parecía, una tarea puramente
literaria, apolítica.
Para mí, en aquel entonces,
significó bastante: el trabajo en equipo, la
obligación de escribir, pero ahora me parece cosa de
otro mundo.
Por el ’60 andaba comenzando mi
casa en "Las Toscas" para retirarme, salirme de
todo. Y entonces empezó la lucha por Cuba, y después
la nuestra. Entonces la revolución, como toda
experiencia auténtica, fue dando sus poemas.
– De allí que hayas trabajado
en letras de canciones políticas.
– El factor determinante fue,
sin duda, la pléyade de excelentes cantores
populares militantes y valientes que tenemos. Si no,
me hubiera quedado en los poemas políticos. Pero
había allí un vehículo inmejorable –llegan a donde
nuestros libros no llegaron nunca, a todos– y,
además, ellos necesitaban letras. Y la gente
necesita oírlos.
Por eso me ha dado mucha más
alegría oír cantar por ahí, más o menos anónimamente,
"Los Orientales", que la edición de mis
poesías completas que ni a mí ni a nadie importó
nada.
– ¿El amor y la muerte son tus
obsesiones?
– No son obsesiones sino
certezas. Y creo que la actitud más lúcida,
más sana, es tener presente que la vida y que
el amor se acaban. Ver a los otros y a uno
mismo caminando a la muerte, vivir el amor a
término, tal vez hagan el amor y la vida más
terribles, pero también digo que los hacen más
intensos y más hondos.
Viajé a Cuba en el ’67, como
jurado; en el ’68, como delegada al Congreso
Cultural de La Habana. Eso fue invalorable porque
las dos veces recorrí la isla y vi el avance
increíble –desde aquí no soñable– que puede hacer un
país en un año, en ocho meses. Bueno, sacudió todos
mis posibles escepticismos; se me hizo evidente la
posibilidad de hacer una revolución con alegría, con
articulaciones flexibles; la posibilidad de la
recuperación de todo, de la tierra y sus bienes, de
los seres humanos. Todo lo que uno sabía, creía,
esperaba, recibía allá una hermosa confirmación, una
cálida corriente de vida.
– Debe ser difícil relacionar
el optimismo revolucionario con tu constante
pesimismo.
– ¿Qué haría yo con mi poesía,
con mi visión nihilista y escéptica más que
pesimista y –angustiada– en medio de una revolución?
Tal vez mi actitud más profunda sea un
"producto" del sistema, como explicó Enrique
Amorín a Ariel Badano que criticaba los que llamó
mis "Nocturnos para suicidas". Tal vez, pero sea
como sea, ya no tiene remedio.
Sin embargo uno es más que su
yo profundo, que su posición metafísica; hay otras
cosas que cuentan: el dolor por la tremenda miseria
del hombre, el imperativo moral de hacer lo
posible por que se derrumbe la estructura clasista
para dar paso a una sociedad justa. Aun cuando
uno sea coherente con su actitud esencial –hay una
sola coherencia posible– no puede evitar ver el
dolor, no puede rehuir el deber moral. Y
entonces se pone a compartir la lucha, a ayudar la
esperanza.
– Como lo dices en tu poema: "…
en cada esquina esperan los orientales"…
– Es el derrumbe del mito
"arcádico", como diría Salazar Bondy, porque es tan
estruendoso que por sí solo despierta a muchos,
porque ya nadie puede ser, de buena fe, conservador.
¿De qué? ¿Quién se suicida, quién se retira del
mundo, quién lleva un diario íntimo, quién, ahora?
Fin
La poetisa Idea Vilariño
nació en Montevideo, Uruguay en 1920.
Influenciada por la poesía, el ritmo y la prosodia
de su padre, el olvidado poeta Leandro Vilariño.
Desde niña, Idea da muestras de una enorme
sensibilidad a las palabras aunque es incierto el
momento en que empezó a escribir poesía ya que fue
una experiencia muy anterior a la escritura; sin
embargo la poesía la vivió de una forma natural que
hacía sin ninguna pretensión.
No es consciente del tiempo a
pesar de que son cuarenta años de escribir. Es
contemporánea a la generación de los poetas
uruguayos del ’45, entre los que se encuentran Mario
Benedetti, Manuel Claps, Emir Rodríguez Monegal,
Ángel Rama e Ida Vitale.
Para Idea, la poesía se
convirtió en el "acto más privado de su vida
realizado en el colmo de la soledad y del
ensimismamiento, realizado para nadie, para nada".
Su calidad literaria atiende a una cuestión
existencial donde ninguna palabra sobra y ninguna
alerta falta. Así como la poeta Rosario
Castellanos dijo: "Hoy me miré al espejo, y no vi a
nadie", Idea también toma distancia del espejo que
nos mira y de la incógnita de lo que somos.
En 1945 aparece La suplicante,
su primer cuaderno de poesía. Su obra poética la
integran: El paraíso perdido (1949); Nocturno
(1955); Poemas de amor (1957); Pobre Mundo (1966);
No (1980). En 1967 integra el jurado del Premio
Literario Casa de las Américas. Ha desarrollado
además una extensa obra crítica y ensayística donde
resaltan los títulos: Julio Herrera Reissig (1950) y
Grupos simétricos en poesía (1958).
Idea Vilariño se consolida con
Nocturno (1955) en una voz poética que es ajena a lo
que se entiende por "lenguaje poético". La soledad
es radical y la muerte una presencia en cada verso.
A pesar del gran valor de su obra, de todos los
poetas de su época, es la menos publicitada.
Idea ha mantenido un hermetismo
total respecto a su obra negándose a publicar sus
libros pero al mismo tiempo los publica ante la
necesidad de comunicar cuando el acto de creación
cumple su cometido: reposa un tiempo y después sale
a la luz, aunque en ella existe un sentimiento
contradictorio que le dice que nunca debió publicar:
"Pero eso a estas alturas ya no importa."
La poesía era para Idea una
forma de ser, para ella; todo lo demás en su
vida fueron accidentes: "Pude ser profesora o no.
Sola o no. Música o no. Traductora de Shakespeare o
no. Estudiosa de la prosodia o no. Todas esas cosas
que amé y que realicé en la medida que pude. La
poesía no fue accidental. Mi poesía soy yo."
Cada poema de Idea es una
circunstancia que ubica a la poesía y a ella misma
en un espacio y un tiempo. Su obra se alimenta de su
pensamiento político que plasma en sus poemas, como
Playa Girón, la muerte del Che, la tortura en
la América Latina, Nicaragua. Son
circunstancias que a ella la involucran como
escritora.
El ritmo es fundamental en todo
hecho poético y en Idea la identidad es una
constante ya que no se pueden ser tantas cosas en
tantos planos. Se leía a sí misma para saber quién
era. Las obsesiones no existen en la poesía de Idea
Vilariño, sólo las certezas, como el que la vida y
el amor se acaban. No está presente en el texto, el
lenguaje la define, es nombre y sustancia a la vez,
es el signo y la nada, es palabra y el ser. A su
poesía le quita la voz y la vuelve sensación en un
lenguaje arbitrario. Idea no se materializa y
reniega de sí misma en "un yo que no soy".
Rechazó premios,
reconocimientos, entrevistas, becas, entre ellas la
más codiciada Guggenheim. Es un árbol solitario
del que sus frutos se saborean sin comerlos.
Querida Elena:
Nunca supe si te llegó mi carta
con las respuestas a una preguntas que me dejaste.
Pero me preocupó más que nada haberte abrumado con
los problemas de mi vida, que a veces no sé cómo
sobrellevar, pero que no tenía derecho a infligirte
después de tu querido gesto de hacer tiempo para
visitarme entre tus agotadoras jornadas de aquellos
días. Te lo agradecía mucho, y te quise mucho,
sabes.
Ahora me llamó Ana Inés Larre
Borges para saber si habías escrito aquella nota.
Entiendo que te la pidió Cal y Canto que preparaba
un libro hermoso sobre mí, con fotos, documentos,
cartas, opiniones, etcétera.
Irán cosas de Gelman, M.
Molina, Galeano, Albistur, etc. J. Ramón Jiménez,
Onetti... Tal vez no sepas que el director del Cal y
Canto, mi queridísimo Alberto Oreggioni, murió en
estos días. Pero Ana Inés está empeñada en que la
editorial siga con cuanto él había comenzado; entre
otras cosas, ese libro. De modo que si la hubieras
hecho ¿podrías enviármela?
¿Qué otra cosa me habrías
preguntado? Respondo cosas en que tropezaron otros.
Por ejemplo. Que son para mí más importantes,
esenciales los Nocturnos, el No, que los Poemas de
amor que llaman mis poemas eróticos. Hay entre
ellos, algunos poemas eróticos, pero, cuando hablo
de amor la potencia total del ser está en juego.
LA
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