|
Puntero izquierdo
(Montevideanos, 1959)
por Mario
Benedetti
A Carlos Real de Azúa
Vos sabés las que se arman en
cualquier cancha más allá de Propios. Y si no
acordate del campito del Astral, donde mataron a la
vieja Ulpiana. Los años que estuvo hinchándola desde
el alambrado y, la fatalidad, justo esa tarde no
pudo disparar por la uña encarnada. Y si no acordate
de aquella canchita de mala muerte, creo que la del
Torricelli, donde le movieron el esqueleto al pobre
Cabeza, un negro de mano armada, puro pamento, que
ese día le dio la loca de escupir cuando ellos
pasaban con la bandera. Y si no acordate de los
menores de Cuchilla Grande, que mandaron al
nosocomio al back derecho del Catamarca, y todo
porque le había hecho al capitán de ellos la mejor
jugada recia de la tarde. No es que me arrepienta ¿sabés?
de estar aquí en el hospital, se lo podés decir con
todas las letras a la barra del Wilson. Pero para
jugar más allá de Propios hay que tenerlas bien
puestas. ¿O qué te parece haber ganado aquella final
contra el Corrales, jugando nada menos que nueve
contra once? Hace ya dos años y me parece ver al
Pampa, que todavía no había cometido el afane pero
lo estaba germinando, correrse por la punta y
escupir el centro, justo a los cuarenta y cuatro de
la segunda etapa, y yo que la veo venir y la coloca
tan al ángulo que el golerito no la pudo ni
pellizcar y ahí quedó despatarrado, mandándose la
parte porque los de Progreso le habían echado el
ojo. ¿O qué te parece haber aguantado hasta el final
en la cancha del Deportivo Yi, donde ellos tenían el
juez, los línema, y una hinchada piojosa que te
escupían hasta en los minutos adicionales por
suspensiones de juego, y eso cuando no entraban al
fiel y te gritaban: "¡Yi! ¡Yi! ¡Yi!" como si
estuvieran llorando, pero refregándote de paso el
puño por la trompa? Y uno haciéndose el etcétera
porque si no te tapaban. Lo que yo digo es que así
no podemos seguir. O somos amater o somos
profesional. Y si somos profesional que vengan los
fasules. Aquí no es el Estadio, con protección
policial y con esos mamitas que se revuelcan en el
área sin que nadie los toque. Aquí si te hacen un
penal no te despertás hasta el jueves a más tardar.
Lo que está bien. Pero no podés pretender que te
maten y después ni se acuerden de vos. Yo sé que
para todos estuve horrible y no precisa que me
pongas esa cara de Rosigna y Moretti. Pero ni vos ni
don Amílcar entienden ni entenderán nunca lo que
pasa. Claro, para ustedes es fácil ver la cosa desde
el alambrado. Pero hay que estar sobre el pastito,
allí te olvidás de todo, de las instrucciones del
entrenador y de lo que te paga algún mafioso. Te
viene una cosa de adentro y tenés que llevar la
redonda. Lo ves venir al jalva con su carita de
rompehueso y sin embargo no podés dejársela. Tenés
que pasarlo, tenés que pasarlo siempre, como si te
estuvieran dirigiendo por control remoto. Si te digo
que yo sabía que esto no iba a resultar, pero don
Amílcar que empieza a inflar y todos los días a
buscarme a la fábrica. Que yo era un puntero de
condiciones, que era una lástima que ganara tan
poco, y que aunque perdiéramos la final él me iba a
arreglar el pase para el Everton. Ahora vos calculá
lo que representa un pase para el Everton, donde
además de don Amílcar, que después de todo no es más
que un cafisho de putas pobres, está nada menos que
el doctor Urrutia, que ése sí es Director de Ente
Autónomo y ya colocó en Talleres al entreala de
ellos. Especialmente por la vieja, sabés, otra
seguridad, porque en la fábrica ya estoy viendo que
en la próxima huelga me dejan con dos manos atrás y
una adelante. Y era pensando en esto que fui al café
Industria a hablar con don Amílcar. Te aseguro que
me habló como un padre, pensando, claro, que yo no
iba a aceptar. A mí me daba risa tanta delicadeza.
Que si ganábamos nosotros iba a ascender un club
demasiado díscolo, te juro que dijo díscolo, y eso
no convenía a los sagrados intereses del deporte
nacional. Que en cambio el Everton hacía dos años
que ganaba el premio a la corrección deportiva y era
justo que ascendiera otro escalón. En la duda,
atenti, pensé para mi entretela. Entonces le dije el
asunto es grave y el coso supo con quién trataba. Me
miró que parecía una lupa y yo le aguanté a pie
firme y le repetí que el asunto es grave. Ahí no
tuvo más remedio que reírse y me hizo una bruta
guiñada y que era una barbaridad que una
inteligencia como yo trabajase a lo bestia en esa
fábrica. Yo pensé te clavaste la foja y le hice una
entradita sobre Urrutia y el Ente Autónomo. Después,
para ponerlo nervioso, le dije que uno también tiene
su condición social. Pero el hombre se dio cuenta
que yo estaba blando y desembuchó las cifras. Graso
error. Allí nomás le saqué sesenta. El reglamento
era éste: todos sabían que yo era el hombre-gol, así
que los pases vendrían a mí como un solo hombre. Yo
tenía que eludir a dos o tres y tirar apenas
desviado o pegar en la tierra y mandarme la parte de
la bronca. El coso decía que nadie se iba a dar
cuenta que yo corría pa los italianos. Dijo que
también iban a tocar a Murias, porque era un tipo
macanudo y no lo tomaba a mal. Le pregunté
solapadamente si también Murias iba a entrar en
Talleres y me contestó que no, que ese puesto era
diametralmente mío. Pero después, en la cancha, lo
de Murias fue una vergüenza. El pardo no disimuló ni
medio; se tiraba como una mula y siempre lo dejaban
en el suelo. A los veintiocho minutos ya lo habían
expulsado porque en un escrimaye le dio al entreala
de ellos un codazo en el hígado. Yo veía de lejos
tirándose de palo a palo al meyado Valverde, que es
de esos idiotas que rechazan muy pitucos cualquier
oferta como la gente, y te juro por la vieja que es
un amater de órdago, porque hasta la mujer, que es
una milonguita, le mete cuernos en todo sector. Pero
la cosa es que el meyado se rompía y se le tiraba a
los pies nada menos que a Bademian, ese armenio con
patada de burro que hace tres años casi mata de un
tiro libre al golero del Cardona. Y pasa que te
contagiás y sentís algo adentro y empezás a eludir y
seguís haciendo dribles en la línea del córner como
cualquier mandrake y no puede ser que con dos
hombres de menos (porque al Tito también lo echaron,
pero por bruto) nos perdiéramos el ascenso. Dos o
tres veces me la dejé quitar pero ¿sabés? me daba un
calor bárbaro porque el jalva que me marcaba era más
malo que tomar agua sudando y los otros iban a
pensar que yo había disminuido mi estándar de juego.
Allí el entrenador me ordenó que jugara atrasado
para ayudar a la defensa y yo pensé que eso me venía
al trome porque jugando atrás ya no era el
hombre-gol y no se notaría tanto si tiraba como la
mona. Así y todo me mandé dos boleos que pasaron
arañando el palo y estaba quedando bien con todos.
Pero cuando me corrí y se la pasé al Ñato Silveira
para que entrara él y ese tarado me la pasó de
nuevo, a mí que estaba solo, no tuve más remedio que
pegar en la tierra porque si no iba a ser muy bravo
no meter el gol. Entonces, mientras yo hacía que me
arreglaba los zapatos, el entrenador me gritó a lo
Tittaruffo: “¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco?” Eso,
te juro, me tocó aquí dentro, porque yo no tengo
moco y si no preguntale a don Amílcar, él siempre
dijo que soy un puntero inteligente porque juego con
la cabeza levantada. Entonces ya no vi más, se me
subió la calabresa y le quise demostrar al coso ése
que cuando quiero sé mover la guinda y me saqué de
encima a cuatro o cinco y cuando estuve solo frente
al golero le mandé un zapatillazo que te lo
boliodire y el tipo quedó haciendo sapitos pero
exclusivamente a cuatro patas. Miré hacia el
entrenador y lo encontré sonriente como aviso de
Rider y recién entonces me di cuenta que me había
enterrado hasta el ovario Los otros me abrazaban y
gritaban: “¡Pa los contras!”, y yo no quería dirigir
la visual hacia donde estaba don Amílcar con el
doctor Urrutia o sea justo en la banderita de mi
córner, pero en seguida empezó a llegarme un kilo de
putiadas, en la que reconocí el tono mezzosoprano
del delegado y la ronquera con bitter de mi fuente
de recursos. Allí el partido se volvió de trámite
intenso porque entró la hinchada de ellos y le
llenaron la cara de dedos a más de cuatro. A mí no
me tocaron porque me reservaban de postre. Después
quise recuperar puntos y pasé a colaborar con la
defensa, pero no marcaba a nadie y me pasaban la
globa entre las piernas como a cualquier gilberto.
Pero el meyado estaba en su día y sacaba al córner
tiros imposibles. Una vuelta se la chingué con
efecto y todo, y ese bestia la bajó con una sola
mano. Miré a don Amílcar y al delegado, a ver si se
daban cuenta que contra el destino no se puede, pero
don Amílcar ya no estaba y el doctor Urrutia seguía
moviendo los labios como un bagre. Allí nomás
terminó uno a cero y los muchachos me llevaron en
andas porque había hecho el gol de la victoria y
además iba a la cabeza en la tabla de los escores.
Los periodistas escribieron que mi gol, ese
magnífico puntillazo, había dado el más rotundo
mentís a los infames rumores circulantes. Yo ni
siquiera me di la ducha porque quería contarle a la
vieja que ascendíamos a Intermedia. Así que salí
todo sudado, con la camiseta que era un mar de
lágrimas, en dirección al primer teléfono. Pero allí
nomás me agarraron del brazo y por el movado de oro
le di la cana a la bruta manaza de don Amílcar. Te
juro que creía que me iba a felicitar por el
triunfo, pero está clavado que esos tipos no saben
perderla. Todo el partido me la paso chingándola y
tirando desviado o sea hipotecando mis prestigios, y
eso no vale nada. Después me viene el sarampión y
hago un gol de apuro y eso está mal. Pero ¿y lo
otro? Para mí había cumplido con los sesenta que le
había sacado de anticipo, así que me hice el gallito
y le pregunté con gran serenidad y altura si le
había hablado al delegado sobre mi puesto en
Talleres. El coso ni mosquió y casi sin mover los
labios, porque estábamos entre la gente, me fue
diciendo podrido, mamarracho, tramposo, andá a joder
a Gardel, y otros apelativos que te omito por
respeto a la enfermera que me cuida como una madre.
Dimos vuelta una esquina y allí estaba el delegado.
Yo como un caballero le pregunté por la señora, y el
tipo, como si nada, me dijo en otro orden la misma
sarta de piropos, adicionando los de pata sucia,
maricón y carajito. Yo pensé la boca se te haga un
lago, pero la primera torta me la dio el Piraña,
aparecido de golpe y porrazo, como el ave fénix, y
atrás de él reconocí al Gallego y al Chiche, todos
manyaorejas de Urrutia, el cual en ningún momento se
ensució las manos y sólo mordía una boquilla muy
pituca, de ésas de contrabando. La segunda piña me
la obsequió el Canilla, pero a partir de la tercera
perdí el orden cronológico y me siguieron dando
hasta las calandrias griegas. Cuando quise hacerme
una composición de lugar, ya estaba medio muerto.
Ahí me dejaron hecho una pulpa y con un solo ojo los
vi alejarse por la sombra. Dios nos libre y se los
guarde, pensé con cierta amargura y flor de gusto a
sangre. Miré a diestro y siniestro en busca de S.O.S.
pero aquello era el desierto de Zárate. Tuve que
arrastrarme más o menos hasta el bar de Seoane,
donde el rengo me acomodó en el camión y me trajo
como un solo hombre al hospital. Y aquí me tenés. Te
miro con este ojo, pero voy a ver si puedo abrir el
otro. Difícil, dijo Cañete. La enfermera, que me
trata como al rey Farú y que tiene, como ya lo
habrás jalviado, su bruta plataforma electoral, dice
que tengo para un semestre. Por ahora no está mal,
porque ella me sube a upa para lavarme ciertas
ocasiones y yo voy disfrutando con vistas al futuro.
Pero la cosa va a ser después: el período de pases
ya se acaba. Sintetizando, que estoy colgado. En la
fábrica ya le dijeron a la vieja que ni sueñe que me
vayan a esperar. Así que no tendré más remedio que
bajar el cogote y apersonarme con ese chitrulo de
Urrutia, a ver si me da el puesto en Talleres como
me habían prometido.
(1954)
LA
ONDA®
DIGITAL |
|