Mario Benedetti,
conciencia y talento
por Héctor Valle

IN MEMORIAM

“… en el lenguaje de los comunes sin

escatimar adjetivos pero sin

esconderse – jamás - detrás

de palabras huecas”.

 

La ética es posible. Una vida bien vivida, en dignidad, con profundidad y a mano abierta, ha visto pasar a uno de sus mejores ejemplos: el Maestro Mario Benedetti.

 

Queda mucho por decir de su obra y de su paso por esta vida. Toda personalidad de la altura, magnífica y transparente, de un Mario Benedetti tiene, necesariamente, que llevar mucho tiempo para que sus contemporáneos y los que los sucedan, puedan aquilatar y plasmar, en sendos trabajos, tanta riqueza en letra y en espíritu.

 

Rumbo al Panteón Nacional

Dicen que fue un gran poeta, y no voy a ser yo quien lo niegue, pero digo que a la misma altura que la poesía está su crítica literaria, sólo parangonada por otro eximio hombre de letras: Emir Rodríguez Monegal.

 

El Maestro Benedetti, pues, ha entrado, rodeado de su pueblo, al Panteón de los Grandes del Uruguay.

 

Con él ahora están José Enrique Rodó, Florencio Sánchez, Carlos Vaz Ferreira, Arturo Ardao, el citado Emir Rodríguez Monegal, entre otros pocos hombres y mujeres que han merecido tamaño honor.

 

Ese honor que le es conferido por su pueblo a aquellas personas que además de ser elevadas en lo intelectual, fueron profundas y arrojadas en el quehacer de las cosas cotidianas: en el dar y en el merecer; en el obrar y en el representar; en el saber ser y jamás obnubilarse por los vapores del poder o de la fama; el no haber sido nunca, y para ningún signo, obsecuentes y genuflexos.

 

Escribimos estas líneas a corazón abierto. Tiempo habrá para reflexiones con mayor rigor literario y hondura crítica en lo que hace relación a una obra tan vasta como intensa de nuestro máximo poeta y crítico literario que, además, fue un destacadísimo novelista y cuentista.

 

Benedetti, orfebre de la palabra

Benedetti llevó con natural equilibrio, como pocos en la vida, dos platillos cargados de sentido: el del rigor y el de la misericordia. Siendo que el fiel de su balanza fue, su mayor luz, su mayor fuego: el amor.

 

¿Quién no enamoró y se enamoró desde los versos, recitados, cantados o susurrados, que nuestro querido Mario escribió?

 

¿Quién no redujo su bronca ante el atropello y la sinrazón, recordando con él, sus cuentos, sus versos, sus palabras tendidas en la mano para que otro al pasar, necesitado de ellas, necesitado de calor, las tomara y así iluminara la larga noche que nuestro país padeció?

 

¿Cómo no saber, aun sin haberlo vivido, lo que un exilio, y su desexilio, representa, luego de haber leído-sufrido las propias confesiones de nuestro Maestro Benedetti?

 

¿Cómo no recordar que joven se es en tanto llama quede flameando en la interioridad de un ser, cuando aun a los ochenta y pico podía, como él pudo, escribir sobre el amor, dejando absortos a los muchachos y las muchachas que en clase o en el boliche, lo leían desde sus últimos libros?

 

¿Cómo olvidar que el fue salvoconducto entre gente que se quiere, entre padre e hija, como en mi caso, entre tantos y tantas, desde las más diversas situaciones?

 

Mario Benedetti, Maestro del lenguaje, orfebre de la palabra, señor de la dignidad, aquí vivió y aquí murió.

 

No habrá para él otro paraíso que el de las calles montevideanas y de otras mil ciudades, villas y pueblos de aquí y de allá, que lo recordarán aun sin conocerle porque ya él está, con su verbo y el aroma de sus letras, inmerso en un inconsciente colectivo que es mayor que el de su pueblo, el Uruguay, y aun así, no deja de ser, fielmente, uruguayo.

 

El lenguaje de las estatuas

Es cierto: Mario murió y no volverá. Pero él está ahora, como dijera otro Maestro, José Enrique Rodó, a punto de ingresar en el Lenguaje de las Estatuas. Formas mayores de seres dignos que pasaron por esta vida y en ella dejaron huella y sentido, hondura y candor, belleza y horizonte y que ahora se tutean entre sí, referentes todos de un país con sentido, con vergüenza y con futuro.

 

Como toda obra humana, cuando un grande se va, hay en los resquicios del piso ajedrezado de esta ciudad, seres viscosos que no pueden comprender cómo su nombre perdurará, junto con su legado, en tanto que el de ellos fenecerá de toda muerte, de todo olvido, mereciendo el más negro de los silencios.

 

Hablo de las culebras con cejas, las culebras bocudas y lloronas, como así también las culebras preconciliares (de Trento), que sisean desde sus madrigueras, lúgubres y malolientes, al ver cómo un pueblo saluda, llora y venera a uno de sus hijos más dilectos.

 

Benedetti, la voz de la conciencia nacional

¿Qué separa al hombre del animal? ¿Qué proceso discursivo e interior encuentra aquel para sobrellevar su existencia con un grado mínimo de ecuanimidad y sentido trascendente? ¿Qué es en sí el sentido de la vida? ¿En qué consiste? ¿Cuál es el camino correcto a seguir y qué entiendo yo por lo correcto y por qué? ¿Esto, la vida, es acaso el todo del hombre? ¿Nuestra finitud se emparenta en algo con lo infinito? ¿Y si es así hay una vía justa y otra injusta o simplemente se es? ¿Cómo y sobre qué bases alegar que una decisión es justa o injusta, está bien o está mal?¿Está en mí el dictaminarlo?

 

Cuestionamientos, indagaciones del yo consigo mismo, del hombre en su espejo interior, que al abrirse, y entrar en diálogo consigo mismo, se permite mirar en su interior, contando para ello ¿con qué medio?

 

Con el de una reflexión moral que, además del necesario pensamiento calculador, para enfrentar y resolver las cuestiones de orden práctico y cotidiano, nos permita elevarnos y así dar cuenta de nuestra condición humana.

 

Benedetti y la docencia ciudadana

Este ejercicio, esta intelección, fue el que Benedetti desplegó, sin desmayos ni licencias, a lo largo de toda su vida: la de un intelectual orgánico, comprometido con su gente y con su tiempo, legándonos su prédica en pro de la libertad y el despertar de la conciencia de los hombres y mujeres libres.

 

Tomemos, para ello, entre cientos de ejemplos, el siguiente pasaje de nuestro recordado Maestro: "(...) Cuando la cultura empieza a llegar paulatinamente a cada vez más vastos sectores de pueblo, a sensibilizar la opinión pública, a desenmascarar hipocresías, a señalar responsables, o sea, cuando la cultura adquiere una vigencia masiva y esclarecedora, entonces las fuerzas represivas arremeten contra ella con la misma ferocidad que contra cualquier otro sector que se oponga a la oligarquía y al poder neocolonial. En tales casos, el hombre de acción y el intelectual son medidos con la misma vara y a veces con la misma picana eléctrica." ("Acción y creación literaria en América Latina", 1981)

 

En suma, el señor Mario Benedetti ejerció la Cátedra de Docencia Ciudadana, con brillo y coherencia de vida.

 

Una vida dedicada a decir lo verdadero en el lenguaje de los comunes sin escatimar adjetivos pero sin esconderse - jamás - detrás de palabras huecas, dando todo de sí por ser claro, preciso e incisivo, sin utilizar palabras como clichés y dándose permiso para ser tierno cuando lo merecía y siempre con un sentido del decoro que le hizo estar por encima de tirios y troyanos y pese a ello, jugar su lugar en la fila de los valientes: a la vanguardia de una razón crítica que pudo ser, a la vez, sensible y abierta.

 

Hagamos un silencio, mientras avanza el cortejo. No rehuyamos mirarle, así tengamos nuestros puños cerrados al ver su féretro pasar. Mario no se ha ido. ¡Mario acaba de llegar!

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