El Uruguay y la UNASUR
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Que quede claro: el Uruguay se siente y es hermano de la Argentina, pese al histórico y permanente intento - medido en “tiempos sociales” (estimados en períodos de 50 a 60 años, cada uno) -, de Buenos Aires de arrebatarnos soberanía y libertades.

 

Mucho y bueno hay, también, en la historia con no pocas provincias argentinas, para que el Uruguay y los uruguayos, a través de sus generaciones, olvidemos de qué se trata la fraternidad entre pueblos de iguales en la diversidad de nuestras circunstancias de vida.

 

El Uruguay es un pueblo con conciencia histórica, pero también con cabal conocimiento de qué se debe hacer cuando las libertades comienzan a recibir las sombras de nubes litoraleñas.

 

Somos un país pequeño geográficamente y, por ende, sin apetencias ni alardes hegemónicos. Por otra parte, esta manera de ver (mensurar) a una nación, debe ser relativizada según el angular desde donde se la observe, pues si se la mira desde y en el Cono Sur, es una cosa, y si se la observa y pondera desde el seno de las Naciones Unidas, puede ser otra.

 

Todo tiene su relatividad. Lo que no la tiene es la determinación, sustentada en la geohistoria, de permanecer siendo una Nación libre, hermanada, ciertamente, con sus pares en esto que va hacia un sistema histórico: Sudamérica.

 

Tenemos en nuestra identidad, y así en nuestra idiosincrasia, tanto la nutriente de la sociedad judeocristiana, cuanto la cultura guaraní y hasta los vientos refrescantes del anarquismo italiano.

 

No adoramos tótems de especie alguna, sean estos hechos en madera, sean también a modo de paño.

 

Tenemos sí monumentos y una bandera, pero incluso ésta nos merece, antes que un culto pagano, el respeto por reflejar lo que nuestro ser colectivo y nuestra conciencia de nación posee: el indoblegable espíritu de los seres libres que ven hacia el horizonte, antes que fronteras, el ancho cielo donde sonríe y dialoga nuestro Hermano Sol.

 

El Uruguay posee, repito, conciencia histórica y por eso se sabe, pese a mirar hacia el África, parte no menor, en lo sustantivo, de nuestra Amerindia: Sudamérica, ahora también llamada UNASUR.

 

Poseemos, a su vez, la certidumbre de que la vida de los pueblos debe regirse por la libertad responsable y efectiva de sus gentes y para ello, naturalmente, creemos, bregamos y defendemos la democracia participativa, de la mano del respeto a la libre determinación de los Estados-parte, renegando de todo tipo de totalitarismo, venga éste de donde venga.

 

Mal podemos, entonces, confundir destinos históricamente acariciados por nuestros pueblos, como la propia unidad en la diversidad de nuestra Sudamérica, hoy queriendo convertirse en UNASUR, con apetencias personales, cualesquiera sea su procedencia e intencionalidad.

 

Vale, pues, la pena reiterarlo: Sudamérica es nuestro horizonte y por ello a la UNASUR la defendemos como un objetivo a perseguir por nuestros pueblos en lo que dice relación a la mejora sustantiva de las vidas de nuestras gentes, mancomunadas las suertes de nuestros pueblos, en el respeto irrestricto a sus libertades e identidades nacionales, con la consiguiente independencia de cada Estado-Nación que la conforma.

 

Es de desear que países hermanos de nuestra Amerindia, la Sudamérica de hoy, quizá la UNASUR del mañana, comprendan lo que venimos diciendo desde hace tiempo respecto de esta cuestión ya no personal sino personalista que busca arroparse con vestimentas que le quedan grandes.

 

El Uruguay ha puesto todo de sí y lo seguirá poniendo, en el teatro de operaciones que se quiera imaginar, para que nuestros pueblos sigan transitando la vía de unión que nuestro Padre Artigas imaginó para nuestras gentes, en la defensa de las libertades individuales, bien como en la libre determinación de los pueblos, democráticos, que integran nuestra región.

 

Pero nada de nosotros sacarán, y menos mediante presión, para que tan preciado sueño y horizonte, sea bastardeado y canjeado, en el peor de los mercados secundarios, con el fin de que un ser individuo - sea ignoto y pequeño, sea conocido y poderoso -, se alce con tamaña empresa para conducirla al oscuro círculo de las iniquidades.

 

El Uruguay, en esto, se lo juega todo. Hoy y siempre. Y sin concesiones ni claudicaciones, pues lo considera inadmisible.

 

Pensar otra cosa de nuestro país es, o sería, hacerlo desde la soberbia que quita entidad y profundidad a la debida serenidad y ponderación que deben hacer gala las naciones al evaluar las acciones que harán jugar a la hora en que los actores estén en la arena de las realizaciones.

 

El Uruguay no es moneda de cambio ni tampoco palo en la rueda del verdadero vehículo integrador: la UNASUR. Siempre que estemos hablando de integración y no de viejas componendas con fines espurios.

 

La Historia y lo que debemos a quienes nos sucedieron, juzgarán nuestras acciones.

 

Nosotros, los uruguayos, tenemos muy en claro de qué jugar, en dónde hacerlo y con qué fines llevarlo adelante. Que nadie se equivoque al respecto.

 

En definitiva, las acciones que prosperan y que calan hondo, nunca se miden por su tamaño e impacto, sino por la inteligencia y oportunidad con que se lleven, o no, a cabo.

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