El Tornillo Viera, de Melo a
Peñarol pasando por Grecia

Vayan Pelando las Chauchas, un nuevo libro del escritor y columnista de La ONDA digital Joselo G. Olascuaga, son once historias de protagonistas de nuestro fútbol,  recuerdos  de nuestra memoria colectiva como uruguayos. Detrás de cada uno de ellos hay una vida como la tuya, la mía, la del vecino, pero teñidita de un humor muy particular y con anécdotas ricas y nutridas en circunstancias que sólo a ellos les tocó vivir y, sin embargo, son bien de todos nosotros.

 

Después de leer este libro, habrá otras respuestas, más ciertas, más pegadas a la realidad y alejadas del mito, menos prejuiciosas, seguramente muy divertidas y, en definitiva, irremediablemente humanas. Lo que sigue es un fragmento de una de las once historias de un libro que bien podría ser un texto de lectura recomendada en nuestras escuelas y liceos.

 

En Melo «Tornillito» Viera juega en el cuadro de su barrio, el Centenario, y a los 9 años lo nombran para la selección de Cuarta. A los 12 ya juega en Primera de la liga departamental y a los 14 lo nombran para la Selección de Cerro Largo. Salen campeones del Este a estadio lleno y el barrio Centenario pasa a ser para Melo «el barrio del Tornillo». La Selección son hombres de 28, 29 años, y él, un niño.

 

Me cuidaban, me protegían, me tenían como a una mascota, Tornillito pa'aquí y pa'allá. Jugaba de back adelantado. El back central era un jugador policía, que se llamaba Cazón, un hombre de bigote, tremendo; asustaba. Antes la pareja de backs era Cazón y Silveira. A Silveira lo compró Peñarol y se vino para Montevideo. Después fue Cazón y Cordero. Cordero para Montevideo. Cazón y Viera. Vienen a buscarme de Montevideo. Y entonces Cazón grita:

¡Pero siempre eligen pa'l que está al lado mío, nunca para acá. Los promociono a todos y a mi no me ven.!

 

Seguro: era fuerte, guapo, unos bigotes que impresionaban, rompía todo el juego y nosotros salíamos jugando a lo Passarella, a lo Paolo. Ese año mi papá se enfermó de hemiplegia, había que comprar remedios y entonces el fútbol nos salvó. Fue en ese momento que llegó Peñarol para comprarme. Guelfi habló conmigo y arreglamos. Me subieron a un ómnibus y atrás mío subieron dos amigos arachanes, López y Morales, que eran de Nacional y querían convencerme de que no fuera a Peñarol. Yo era bolso.

 

-Dejá quieto, ya arreglé -les dije.

Me estuvieron conversando por toda la ruta 8 hasta llegar a Montevideo. Esa noche, como a las tres de la mañana, encontraron por la calle a mi hermano mayor, que ya estaba en la capital estudiando para maestro. A la mañana, me llevaron al Parque Central y Nacional me ofreció el doble. Como Guelfi había salido (se había ido al mundial de Chile) pagamos los pasajes y me quedé nomás en Nacional. Estuve seis meses que me quería ir todos los días. Pero el ómnibus ponía ocho horas y el tren once. Después vino mi novia de Melo y me ayudó a aguantar. ¡Ah!... yo era muy canarito. Pero estaba con mis ídolos, y me estaban pagando por hacer lo que más me gustaba.

 

Al año siguiente la pareja de backs de Cerro Largo fue Cazón y Mazzei. A Mazzei lo compraron y se vino para Montevideo.

Pobre Cazón. Nos promocionó a todos, pero él, al final, nunca salió de Cerro Largo.

 

El Pireo

Vivía en el Pireo, a dos cuadras del puerto. Una vez estaba en mi casa un amigo de Melo.

 

Cargué una carpa al hombro y caminamos hasta el puerto.

-Ese barco sale para Venecia y aquel para Alejandría. ¿Cuál querés tomar? -le di a elegir.

 

-Y aquel es el 125 que sale para el Cerro. ¡Dejá, Tornillo!

-Venecia dije yo. -Y subimos.

 

Recorrimos Venecia. Tomamos un tren hacia el norte. Fuimos parando cada sesenta quilómetros en camping de Suiza. Llegamos hasta Alemania y después bajamos por otro camino, acampando en las costas de Italia hasta llegar al taco de la bota, hasta Otratanto. De ahí cruzamos a las islas y de ahí a Atenas. Todo en campings espectaculares y baratos.

 

Una mañana me llamó el Pepe Sasía que estaba en Salónica, dirigiendo al Arys, quería que yo fuera a hablar con los dirigentes del Arys para convencerlos de que contrataran a Puppo. Fui. Participé de una reunión increíble entre el Pepe y la directiva del club y yo de traductor. Los dirigentes me pedían que le explicara a Pepe que ellos lo querían, que los jugadores lo querían, que la hinchada lo quería, porque parece que había andado a los piñazos.

 

-Dicen que te quieren, Pepe -le dije.

 

-Vos contales cómo juega Puppo.

 

-¿Y cómo juega? Yo nunca lo vi.

 

-Es volante de ida y vuelta.

 

Les dije que Puppo jugaba maravillosamente, que era el mejor volante de ida y vuelta de América del Sur. Pero me contestaron que no querían llevar a Puppo, que me querían contratar a mí. Se lo traduje al Pepe.

 

Se para, se me viene encima, me agarra de las solapas y me grita desesperado:

 

-¡Quedate, hijo de puta, que acá no tengo con quién hablar!

Pero yo tenía contrato con el Olimpiakos y entre los clubes no arreglaron.

 

En el Olimpiakos te daban todo. Cuando dejé de jugar me ofrecieron seguir como técnico. En Grecia, si iba a comer no me cobraban, si se me rompía algo me lo arreglaban gratis y el Pireo es una maravilla. El clima siempre cálido, el cielo de un celeste brutal, el mar, la playa, el sol, la música, un país para vivir afuera.

 

El que extraña en Grecia es un tarado.

 

Los uruguayos extrañábamos. Me volví.

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