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La señora Thatcher y
Lord Keynes: hechos y mitos
por José
Luis Fiori
La
historia de la segunda mitad del siglo XX,
transformó la elección de la señora Margareth
Thatcher, como primera ministra británica, el día 4
de mayo de 1979, en una frontera simbólica entre dos
grandes períodos del mundo contemporáneo: la “era
keynesiana” y la “era neoliberal”. A pesar de esto,
no es fácil explicar cómo fue que esta señora se
convirtió en un emblema de la reacción conservadora
frente a la crisis de los años 70, victoriosa en
Inglaterra y en todo el mundo. El epicentro de la
crisis fue en los Estados Unidos, y las principales
decisiones que cambiaron el rumbo de la historia de
la segunda mitad del siglo pasado, también fueron
tomadas en los Estados Unidos. Algunas de ellas,
mucho antes de la elección de Margareth Thatcher.
En el campo académico
y político, la inflexión neoliberal comenzó en los
años 60, durante el primer gobierno Nixon, y lo
mismo sucedió en el campo diplomático y militar. Los
principales responsables por la política económica
internacional del gobierno Nixon – como George
Shultz, William Simon y Paul Volcker – ya defendían,
en aquella época, el abandono americano de la
paridad cambiaria del Sistema de Bretón Woods, la
apertura de los mercados y la libre circulación de
los capitales. Y todos tenían como objetivo
estratégico el restablecimiento del poder mundial de
las finanzas y de la moneda norteamericana,
amenazados por los déficits comerciales, y por la
presión sobre las reservas en oro de los Estados
Unidos, que aumentaron en la segunda mitad de la
década del 60. Más tarde, después del fin del
“patrón dólar”, en 1973, y de los primeros pasos de
la desregulación del mercado financiero americano,
en 1974, todavía en el gobierno demócrata de Jimmy
Carter, fue Paul Volcker y su estrategia de
estabilización del dólar, de 1979, lo que fue
verdadero turning point monetarista de la
política económica norteamericana. Antes de la
victoria republicana de 1980, y de la transformación
de Ronald Reagan, en ícono de la reacción
conservadora en los Estados Unidos.
En la propia
Inglaterra, el “viraje neoclásico” de la política
económica comenzó antes de la elección de la señora
Thatcher, durante el gobierno del primer ministro
James Callaghan, después de la crisis cambiaria de
1976. En aquel momento, el gobierno laborista se
dividió entre los que defendían una “estrategia
alternativa” de radicalización de las políticas de
control, de sesgo keynesiano, liderados por Tony
Benn, y el ala victoriosa, de los que defendieron la
ida de Gran Bretaña al FMI, y la aceptación de las
políticas ortodoxas y monetaristas exigidas por el
Fondo, como contraparte de sus préstamos, aceptadas
por el gobierno Callaghan, en sintonía con el
gobierno socialdemócrata alemán, de Helmut Schmidt,
que ya había “adherido” a la misma ordotoxia, antes
del primer ministro conservador, Helmuy Koll. A
pesar de todo esto, no hay duda que fue la señora
Thatcher quien pasó a la historia como
portaestandarte del neoliberalismo de las últimas
décadas del siglo XX. Un cambio o fusión de cabezas
y de roles permanente, incluso después del fin de la
Segunda Guerra Mundial. Fue Keynes y no Harry White,
la figura determinante en la creación del Sistema de
Breton Woods; fue Churchill y no Truman, el
verdadero padre de la Guerra Fría; fueron los
ingleses y no los norteamericanos, quienes crearon
el “euromercado” de dólares – a comienzos de la
década del 60 – que está en el origen de la
globalización financiera; fue Tony Blair, más que
Bill Clinton, quien anunció en una conferencia de
prensa, en febrero de 1998, la creación de la
“tercera vía” al mismo tiempo en que defendían la
necesidad de una Segunda Guerra de Irak; y lo mismo
sucedió con el anuncio conjunto – en 2000 – de la
solución anglosajona del enigma del genoma humano; y
ahora de nuevo – de vuelta al campo económico –
fueron los ingleses y no los americanos quienes
lideraron la respuesta de las grandes potencias
frente a la crisis financiera, en octubre de 2008. Y
fue el primer ministro británico, Gordon Brown, y no
el presidente Barack Obama, quien anunció en la
ciudad de Londres, en abril de 2009, el fin del
“Consenso de Washington”, nombre dado por los
norteamericanos a las políticas de la “era Thatcher”.
Y después de todo, lo que la prensa internacional
está anunciando, es el retorno en todo el mundo de
las ideas de Lord Keynes, y no de Ben Bernank o
Laurence Summers.
O sea, incluso
después de lo que algunos analistas llaman el “fin
de la hegemonía británica”, los ingleses siguen
definiendo o anunciando la dirección estratégica
seguida por los “pueblos de habla inglesa”, y por el
mundo en general. Ya sea en una dirección, o en la
otra, porque en verdad, las nuevas políticas
preconizadas por el eje anglosajón, a partir de
2009, tampoco significan la muerte de la ideología
económica liberal, al contrario de lo que afirman
muchos analistas de la coyuntura actual. Keynes
revolucionó la teoría económica marshalliana, pero
era un liberal, y sus propuestas de política
económica recuperaron, en última instancia, algunas
tesis esenciales del ultraliberalismo económico de
os Fisiócratas franceses, y del propio Adam Smith,
que defendían una intervención activa del estado
para garantizar el funcionamiento de los mercados
siempre que su “mano invisible” no consiguiese
garantizar la demanda efectiva indispensable a las
inversiones privadas.
La crítica o el
entusiasmo apresurado, a veces se olvida de que
existe un parentesco esencial entre las políticas
económicas de filiación neoclásica y keynesiana, que
pertenecen a la misma familia ideológica liberal y
anglosajona, y son estrategias complementarias e
indisociables dentro del sistema capitalista,
atendiendo intereses y funciones diferentes pero
intercambiables, según el lugar y el momento de su
implementación. O sea: primero Keynes, después
Thatcher y de nuevo Keynes, y la historia sigue
confirmando lo que dijo el padre de la teoría
internacional inglesa, Edgard Halet Carr 1,
en 1939: “La idea de que los pueblos de lengua
inglesa monopolizan la moral internacional, y la
visión de que ellos son consumados hipócritas
internacionales, deviene del hecho de que son ellos
quienes definen las normas aceptadas de la virtud
internacional, gracias a un proceso natural e
inevitable”. Hasta el mayor crítico alemán del
capitalismo inglés escribió y difundió sus ideas
económicas, a partir de Inglaterra, a través de las
venas del imperio británico. Y sigue enterrado en el
cementerio de Highgate, en la ciudad de Londres.
Traducido para
LA ONDA digital por Cristina
Iriarte
Edgard H. Carr, “Los veinte años de crisis, 1919-1939”,
Harper Collins, Londres, 1939/2001 p: 80.
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