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El tiro del final
Timote, último libro de
José Pablo Feinmann
por Martín Bentancor
En
Timote, flamante novela del escritor y
filósofo argentino José Pablo Feinmann, se cuenta el
secuestro y la muerte del general Pedro Eugenio
Aramburu, uno de los episodios más oscuros de la
historia reciente de Argentina que, además de
constituirse en el primer acto ejecutado por la
organización revolucionaria Montoneros, oficia como
punto de partida de la compleja lucha política que
atravesará toda la década del setenta y cuyos
coletazos aún se hacen notar.
José Pablo Feinmann
es un intelectual extraño, al menos para los
parámetros con los que cultural y tradicionalmente
se ha fijado ese rol en la sociedad. Desde sus
irrupciones televisivas –particularmente en los dos
programas que conduce, Filosofía aquí & ahora
y Cine contexto-, su defensa cerrada de los
gobiernos de la dupla/sociedad/pareja kirchnerista,
sus textos de ficción (Últimos días de la víctima,
Ni el tiro del final), su amplia labor como
guionista de cine (El amor y el espanto,
Ay, Juancito), su impresionante historia del
peronismo (que viene desgranando fascículo a
fascículo en el diario Página 12) y sus
clases de filosofía que congregan a miles de alumnos
ávidos por oír de cerca su voz, Feinmann logra
hacerse sentir en el medio político y cultural
despertando, de paso, adherencias y enemigos por
igual. Por eso no es de extrañar que en Timote,
novela que acaba de desembarcar en las librerías
montevideanas, se atreva a adentrarse en uno de los
episodios más complejos y polémicos en la historia
argentina de las últimas décadas.
Para contar los
últimos días de vida del general Pedro Eugenio
Aramburu -presidente de facto de la Argentina entre
1955 y 1958 y fundador del partido Unión del Pueblo
Argentino (UDELPA)-, concretamente su secuestro y
muerte a manos del comando montonero integrado por
Mario Firmenich, Carlos Ramus y Fernando Abal
Medina, Feinmann recurre a elementos propios de la
novela negra (que desarrollara magistralmente en
Últimos días de la víctima, publicada en 1979 y
llevada al cine por Adolfo Aristarain, en 1982). En
un gran capítulo inicial, Feinmann narra el final de
Fernando Abal Medina quien, en la práctica, fue el
asesino de Aramburu, haciendo gala de un despliegue
técnico que remite a las mejores secuencias de
América de James Ellroy pero también a las
crock stories de William Rilley Burnett y a la
mejor adaptación cinematográfica del autor, la
soberbia High Sierra (Raoul Walsh, 1941)
Al iniciar el relato
por el final, esto es: contando la muerte del
matador de Aramburu, Feinmann invierte el orden
tradicional en la presentación de los protagonistas
y convierte el resto de la novela en un extenso
diálogo entre el general secuestrado y sus captores.
El tercer interlocutor es el propio Feinmann que
irrumpe en el relato lineal de los hechos (tres
días) con digresiones y comentarios sobre el momento
histórico pero nunca en plan académico, al
contrario, erigiéndose en una suerte de voz popular
que muchas veces parece ignorar algunos datos o
intencionalmente escamotearlos. De esa forma, la
narración de un cómico episodio durante un partido
de futbol jugado por Estudiantes de la Plata, sirve
como disparador de una reflexión sobre el concepto
de seguridad, unión familiar y custodia del estado y
sus instituciones. En esa voz intrusa del narrador
rompiendo con la monotonía del relato casi clínico
de los hechos, se encuentra uno de los puntos más
altos de Timote. Además, aplicando técnicas
de montaje cinematográfico, Feinmann va intercalando
monólogos interiores con la evocación y referencia a
elementos propios de la cultura popular de los años
setenta. Asñi, la referencia a un comercial casi
erótico de la caña Carlos Gardel se mezcla con la
inminencia del Mundial de México del que Argentina
quedó fuera y al que deben conformarse en seguir por
la televisión.
Por debajo de la
trama, aunque la atraviesa continuamente y es, en
definitiva, el motor que hace obrar a todos sus
personajes, la figura de Juan Domingo Perón es
continuamente evocada y referenciada, llevando a
tejer, en las opiniones encontradas de los
personajes, una enmarañada red de juicios políticos.
La imagen de Evita, y sobretodo la ausencia de su
cadáver, episodio del que fue responsable el
mismísimo general Aramburu, es el otro fantasma
convocado en la subtrama de la historia. Cuando los
jóvenes montoneros, en el apurado juicio
revolucionario a que lo someten, le preguntan sobre
ella, Aramburu la evoca a la luz de los episodios
que la volvieron un personaje tan importante como el
propio Perón: “¿Qué podía decirles de Evita?
¿Podrían ellos, mocosos entre 20 y 23 años, entender
algo de lo que él les explicara? ¿Ustedes creen
conocerla? Yo la vi de cerca, la vi caminar, la vi
sentarse, pararse, estreché su mano incontables
veces, vi sus vestidos carísimos, sus zapatos, la
escuché hablar, la vi sonreír, nunca la vi llorar.
Después vi su rodete, ese traje sastre que se puso
como un uniforme, como un soldado en la batalla. La
vi empezar a morir y poco faltó para que la viera
muerta. La vi volverse pálida. La vi perder la
redondez, la salud espléndida, bella, de su cara”.
En la oposición entre
el general Pedro Eugenio Aramburu y su asesino, el
montonero Fernando Abal Medina, Feinmann construye
un mapa de las tensiones políticas del poder con la
remota, y al mismo tiempo cercana, figura de Perón
en el centro. Para darle aún más complejidad,
Feinmann destaca el carácter católico de los dos
protagonistas y registra las dudas, los debates y
las certezas que una dogmática fe religiosa va
tallando en las horas finales de Aramburu como ser
de carne y hueso y de Abal Medina como católico
“puro”, no contaminado por la ruptura del precepto
“No mataras”. Cuando Abal Medina apreta el gatillo,
tiene delante de él a un militar torturador y
acomodaticio pero también, en definitiva, a un viejo
indefenso al que han mantenido atado durante tres
días y al que no han torturado porque “la
Organización no tortura”.
Como pulso de esta sólida novela
política (género no necesariamente reconocido por la
crítica y que permite textos que van desde el simple
panfleto a la más lograda ficción), Timote
ofrece la mejor prosa de Feinmann, la que ya aparece
expuesta en sus primeras novelas y que se vuelve
marca característica en sus artículos filosóficos y
notas escritas para medios de prensa; una prosa
mordaz en ocasiones, dura y cortante en otras y
siempre certera como cuando escribe: “Las
estatuas se levantan para que las caguen las
palomas. Pero si las palomas no cagan a los muertos
es porque están bajo tierra, olvidados para toda la
eternidad. El tipo al que le levantan una estatua,
siempre está de cara al sol. La lluvia lo moja. El
calor lo hace arder. Cada aniversario alguien lee
algo sobre él. Otro lo contradice. Hasta puede
suceder que se agarren a las trompadas. Que se
puteen fieramente. ¡Fue un canalla! ¡Fue un
patriota! ¡Un hombre honesto! ¡Un asesino! ?Un
demócrata! ¡Un hijo de puta! Está vivo. El bronce lo
hace eterno. Todos buscamos el poder, buscamos la
gloria para eso. Se vive para ser inmortal".
Ni Aramburu ni Abal Medina alcanzaron
el bronce y demostraron, con sus muertes violentas,
su inefable mortalidad. José Pablo Feinmann los ha
rescatado de la Historia y los ha hecho vivir entre
las páginas de un libro que es, en definitiva, una
forma precisa de de desafiar al tiempo y al olvido.<
TIMOTE,
de José Pablo Feinmann. Editorial Planeta, 2009. 255
pp.
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