Paulo Coelho
Tienda de los milagros
por Nirlando Beirão

Paulo Coelho levitaba y sus brujitas

 palpitaban, hasta que la Academia

cubrió al chico de oro

 

Paulo Coelho, “el fenómeno de los 100 millones de libros”, como celebró The New Yorker, la revista de los glitterati de Manhattan y adyacencias, sabe cuan difícil es ser profeta en su propia tierra. Fue en Brasil, es verdad, que él se revelo, 22 años atrás, con el taquillero “Diario de un Mago”, instaurando el embriagante sortilegio mercadológico de peregrinos, ángeles, demonios, duendes, maestros, adivinos, hadas, aliens y santos.

 

Pero aquél que es hoy el escritor utilizado por los Clintons, Chiracs y Mandellas, oráculo consultado en Davos por los gurús de la globalización, personalidad invitada para sentarse, de frack y corbata blanca, en un banquete de la reina de Buckingham, pero padece aquí, de un régimen de admiración crítica y de afectos sinceros. Aún es éxito de ventas en la planta baja del mercado editorial, portavoz del escapismo en píldoras para los hipocondríacos de la credulidad. Sin embargo, en Brasil, vende hoy menos de lo que vendió y vende hoy menos que en Francia, en Italia, en Rusia, incluso en Irán, perdiendo aquí frente a la competencia poco edificante de una subliteratura de eclipses, crepúsculos y amaneceres que disimula la picardía de copiar, ¿sabe a quién Paulo Coelho?.

 

Si el público verde-amarillo de Paulo Coelho va paulatinamente perdiendo el encanto por Paulo Coelho, disipada tal vez la fe en la tendencia curativa de sus aforismos, ¿qué decir entonces de los escépticos, buenos pensadores, aquellos para quien el éxito multinacional del brujo dispara mucho más desagrado que orgullo?. La plaga del rechazo caló incluso la trayectoria de El Mago, la formidable biografía de 630 páginas tejida por el talento minucioso del periodista Fernando Morais.

 

Una obra de tal pedigree estaba predestinada para ser el best seller de 2008, avalancha de ventas, cola en las librerías, aunque más no fuese por ciertos condimentos que Fernando Morais salpica a lo largo de la saga loca e improbable de un personaje en el fondo tan fluido que la gente a veces teme que sea producto de su propia imaginación. No, la biografía, el biógrafo y el biografiado, pobrecitos, tendrán que contentarse con la consagración internacional.

 

El mago que dice saber permanecer invisible ya había sido castigado, además, por ser detectado por el radar anacrónico de la Academia Brasileña de Letras, la cual acabó eligiéndolo en carácter permanente, a fines de 2002, para su té de los jueves. Paulo Coelho logró el sitial que perteneciera a Roberto Campos. Un economista (“¿Sabe usted qué es para mí el esoterismo?. La economía. Nadie logra explicarme cómo funciona la economía global…” Profética entrevista al The Guardian, algunos meses antes del estallido de la burbuja).

 

Paulo Coelho fue a recibir los honores de la inmortalidad envuelto en un manto que parecía tejido en oro, pero también en ironía – finalmente reconocido por sus pares, él, que ya vendió más libros que todos ellos juntos. Pero sólo dos o tres veces volvió a poner su pie en aquel cenáculo de compañeritos casi inéditos.

 

Desahogo aparte, no le sobra mucho tiempo en la agenda de ciudadano del mundo concentrado, en las faldas de los Pirineos, a una aldea de 200 almas. En Saint Martin, vecina de Tarbes, tan cerca de Londres que es posible imaginar que las nubes eternas que la cubren sean el resultado de la condensación del agua bendita que se evapora mas allá del santuario, él camina, medita, ora y trabaja – cuatro horas frente a la pantalla del PC, no más que eso. Y espera, con la valija pronta, por el próximo viaje.

 

Paulo Coelho, a los 61 años (nacido el 24 de agosto de 1947, virginiano), atiende con una dedicación infinita a un público de más de 160 países, 66 idiomas y dialectos. Puede ser que no haga una gran literatura, pero lo cierto es que fundó un culto literario.

 

De todas maneras, ejerce, dentro de lo posible, la facultad de la ubicuidad y del don de la auto-multiplicación. Hasta la novela de la Globo ya hizo, Eterna Magia (de mayo a noviembre de 2007), pero, como se trataba de aquel horario crepuscular de las 6 de la tarde en que fantasmas y vampiros se apartan de sus tugurios, ni siquiera de un maquillaje adecuado carecía su representación. Paulo Coelho se interpretó a sí mismo.

 

Vestía el nombre de Simón, el mago, y una capa cabalística que lo hacía echar huma al final de frases impregnadas de alegorías, tales como: “toda vela encendida provoca una sombra”. Se suponía que Paulo Coelho fuese, allí, la reencarnación del dios celta Dagda, cercado de brujitas también irlandesas que se convierten en aldeanas de pechos siempre jadeantes e impulsos nada diáfanos. En el fondo, debe haberse divertido. En el fondo, Paulo Coelho siempre se divierte mucho consigo mismo.

 

Cuando Dana Goodyear puso el punto final en las inesperadas ocho páginas de Paulo Coelho para The New Yorker (edición del 7 de mayo de 2007), el mago tenía en su portafolio ocho romances – y uno saliendo de la imprenta. De ahí hasta ahora, produjo uno más. Aunque a veces quede la impresión de que, en las penumbras autobiográficas de hipérbolas, metáforas, subentendidos y criptografías, él está siempre reescribiendo el mismo libro, Paulo Coelho hace mención de que cree en Paulo Coelho, en la invitación que él cursa a todos sus lectores en pro del derecho de soñar (¿o será de ilusionarse?). Los milagros suceden – pregona él. ¿Quiere una prueba? Paulo Coelho.

Fuente: Carta Capital

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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