El amor se parece
a la palabra Justicia
por Carlos María Domínguez

Torre Ejecutiva

El 25 de mayo de 2009, el Presidente de la República, Dr. Tabaré Vázquez, recibió la llave del Edificio Torre Ejecutiva, futura sede de la Presidencia de la República.

 

Se trata de un sueño largamente postergado y cuya historia se remonta a 1963. Hoy, 46 años después, el actual Gobierno concreta el desafió de  culminar este emblemático edificio de Plaza Independencia, que inspirara a autores como Carlos María Domínguez.

 

El 29 de junio de 2006, el Poder Ejecutivo, a través de los Ministerios de Transporte y Obras Públicas y Economía y Finanzas, y el Poder Judicial celebraron un Convenio Interinstitucional por el cual se confirió el pasaje del edificio “ex” Palacio de Justicia al Poder Ejecutivo y al mismo tiempo se transfirió a la Justicia el edificio de Rondeau y Valparaíso, hasta entonces sede de la DGI.

 

Dicho Convenio le otorgó a la Corporación Nacional para el

Desarrollo la administración del proyecto Torre Ejecutiva.

 

El Llamado a Ofertas Público Internacional para la ejecución de las obras correspondientes al Proyecto “Torre Ejecutiva”, que implicó la construcción, refuncionalización  y recuperación del edificio ubicado en Plaza Independencia, recayó en Campiglia Construcciones, al tiempo que la dirección de la obra civil quedó a cargo de la Dirección Nacional de Arquitectura del Ministerio de Transporte y Obras Públicas y el proyecto ejecutivo en manos de Estudio Cinco Arquitectos.

 

El edificio de doce niveles, con un área total de 29.400 metros cuadrados, supuso una inversión de 20 millones de dólares. Se divide en sus primeros nueve pisos, en dos sectores. El primero, con frente a la Plaza Independencia, lo ocupará la Presidencia de la República, la Oficina de Planeamiento y Presupuesto  y la Oficina Nacional de Servicio Civil. El segundo sector, sobre la calle San José, será destinado a  oficinas administrativas y organismos internacionales.

 

Este acontecimiento histórico restituye al paisaje urbano de nuestra capital un edificio moderno y funcional que se acompasa con el desarrollo del país que los nuevos tiempos imponen y adquiere particular significación en la vida de los uruguayos.

 

Autoridades del MTOP: Don Víctor Rossi, (Ministro) Ing. Luis Lazo (Subsecretario) Esc. Gustavo Fernández Di Maggio (Director General) Arq. Eneida de León (Directora Nacional de Arquitectura), Cr. Martín J. Dibarboure (Presidente), Ec. Arturo Echevarría (Vicepresidente), Sr. Tomás Alonzo (Director)

 

 

El amor se parece a la palabra Justicia

Nos conocimos en el 65, en la Plaza Independencia. Esperaba la hora de mi clase de dactilografía en una academia cercana cuando él llegó al banco de la plaza donde estaba sentada, un poco borracho. Yo usaba minifalda y trataba de imitar a Rita Pavone. Él tenía patillas largas, campera negra y un flequillo sobre la frente. Para disimular los nervios clavé los ojos en el cartel de enfrente, que anunciaba la construcción de un edificio del Poder Judicial. Lo miró un minuto en silencio y preguntó sin mirarme:

—¿Creés en Dios?

—No— dije.

—¿Y en el destino?— insistió.

—En el destino sí.

—Oh, nena —siguió, como si imitara a alguien—, me lo acaba de decir un ángel. Cuando inauguren este edificio tú y yo vamos a casarnos.

 

Agregó otras frases disparatadas que me hicieron reír. Audacias, piropos llenos de ingenio que parecían nacer de sus bolsillos como conejos de una galera. Falté a mi clase en la academia. Perdí la cabeza y la virginidad.

 

Noviamos durante dos años. Alfredo había estudiado en un colegio jesuita y cursaba Filosofía en Humanidades, pero quería ser músico. Yo quería ser bailarina, y cantar, pero trabajaba de secretaria. Cuando cumplimos el primer año nos sentamos en el mismo banco de la plaza, frente al mismo cartel, y después espiamos el progreso de las obras por el cerco que rodeaba la manzana.

 

 Al año siguiente ya no hizo falta espiar. Se veía asomar, impresionante, la colosal estructura de hormigón que mostraba la planta baja y el primer piso, pero sabíamos que había dos subsuelos y nos acercábamos, confiados, al matrimonio. Yo estaba enamorada, veía crecer los encofrados de hormigón como si adelantaran la llegada de mis hijos. Y me daba una ternura... Esa noche dibujamos sobre las tablas del cerco un corazón con nuestros nombres: Julia y Alfredo.

 

En el 68 la obra seguía detenida en el primer piso, y en el 69 también, pero nosotros ya no éramos los mismos. Vivíamos juntos, me había dejado el cabello largo y sustituí las minifaldas por los vaqueros; él militaba en el MLN. Yo trabajaba en las oficinas de una textil y Alfredo en el galpón con los tejedores. Entonces usaba barba, nada de flequillo porque se le había enrulado el pelo, hablaba todo el tiempo de la revolución y yo de casamiento. “Podemos esperar, gurisa —me decía—. La Justicia no”.

 

—¿Y decís que esperemos a que terminen el edificio?

—Te lo dije, nena —contestaba con una mirada que evocaba aquella otra, romántica, en la plaza—, lo dijo un ángel. Es el destino.

 

Yo iba todos los años, como una idiota, a contemplar esa obra muerta, y empezaba a mirarla con rencor.  Me acompañó una que otra vez, porque la militancia no respetaba aniversarios, cumpleaños ni casamientos. No veía la hora de que levantaran el segundo piso, y luego el otro. “No avanza porque la justicia está detenida en este país —me dijo en el 71—. Cuando hagamos la revolución vamos a terminarlo, y entonces va a ser por la gente, y por nosotros. Te digo más: vamos a casarnos aquí mismo. Te doy mi palabra”.

 

Yo no sólo creía en el destino. También en sus frases de iluminado. Pero poco después del golpe debimos huir a la Argentina y supimos que los milicos destrozaron nuestro apartamento.

 

En Buenos Aires hicimos de todo. Siempre que escribía o hablaba por teléfono con mamá, le preguntaba por el Palacio de Justicia. Y como nunca recibía una noticia alentadora puse a Alfredo contra la espada y la pared. “O nos casamos el mes que viene y te dejás de joder con nuestro edificio, o nos separamos”. Se asustó.

 

El mes que vino fue marzo del 76, llegó el golpe de Videla y Alfredo cayó preso en una cita clandestina. Estuvo seis meses en los cuarteles. Su familia tenía influencias. Movió cielo y tierra. Debí andar de casa en casa, aterrada, hasta que mi madre enfermó de gravedad y tuve que volver para atenderla. Poco después la familia consiguió dar con el general indicado. Alfredo quedó en libertad, pero aterrizado en Suecia.

 

Comenzó a escribirme cartas desde allá, porque no podía volver al país, y yo no podía abandonar a mi madre. Confiábamos en que la dictadura duraría poco y él mantenía su promesa: “No te preocupes —me escribía—, tenemos una cita en el Palacio Judicial. ¿Cómo anda eso?”.

 

¿La verdad? Yo regresaba al banco, aniversario o no, con viento de los mil demonios o sin viento, miraba el mismo primer piso asomado sobre el cerco y me parecía que el edificio nos esperaba. Casi le agradecía que estuviera detenido porque sería horrible que los milicos lo terminaran y nada de lo que habíamos imaginado se cumpliera. Cuando vuelva la democracia, me decía, él volverá. Terminarán el edificio, nos casaremos, y seremos felices.

 

En el 77 Aparicio Méndez se atrevió a cambiarle el destino a nuestra cita, se lo sacó al Poder Judicial y lo adjudicó al engendro del SEPLACODI, bajo la órbita del Poder Ejecutivo. Me dio tanta furia que volví a dibujar sobre la mampara el corazón y nuestros nombres, y debajo le puse con un aerosol: “Este edificio es del Poder Judicial, carajo, y acá nos casaremos”.

 

Pasaron otros nueve años. Me casé con un bancario y tuve dos hijos. Él se casó con una holandesa y tuvo una nena. Pero nos seguíamos escribiendo. Ya no mencionábamos el edificio, la promesa postergada, el corazón dibujado sobre el cerco. En el ínterin apareció el cadáver de un niño violentado en el foso de los ascensores, la obra creció unos pisos y volvió a detenerse. Todo estaba malogrado.

 

A Alfredo las cosas parecían irle bien. La mujer era violinista. Después de intentar muchas cosas, logró montar una tienda de venta de discos, especializada en música latinoamericana, según me escribía.

 

El 24 de julio de 1985 Sanguinetti devolvió el edificio a la Suprema Corte y pidió al parlamento la autorización de una partida de diez millones de dólares para continuarlo. Sentí una dulce tristeza. La reparación había llegado, pero demasiado tarde para mí. Oh, corazón, di pues, tu adiós,¡y sana!, me dije, recordando una vieja frase de Herman Hesse. Quizá otra pareja cometería nuestra misma locura y tuviera mejor suerte.

 

Pero los arquitectos del Ministerio creyeron que no era aconsejable levantar en el 85 un edificio proyectado en el 63 y embarraron el trámite. Me indigné: ¡qué, es que ninguna muchacha tendrá derecho a anudar su estúpida ilusión a un estúpido edificio!

 

Años más tarde, en el 92, supe que los arquitectos a cargo, de “Estudio Cinco”, volvían a rediseñar el edificio de la constructora “Palenga” y todos decían que estaría terminado en 1995. Cada vez que andaba mal con mi marido, iba a sentarme al banco de la plaza y miraba crecer los pisos de la obra, que había recuperado ritmo. Dios, un piso se sumaba a otro, con obreros de verdad, y máquinas de verdad, y cuando en el 94 quedaron levantados los doce pisos me dio una alegría tremenda. Todo se veía feo, pero eran doce pisos de sueño concreto. ¡Ja! ¡Iluminados por la luna!

 

Alfredo volvió en el 96. Me llamó. Nos citamos en el centro. Hacía dos años yo me había divorciado del bancario, mi mamá había muerto y me ganaba la vida con un negocio de ropa.

 

Cuando lo vi apenas lo pude reconocer. Estaba gordo, calvo, ya no usaba barba y tenía aspecto de empresario. Yo también había engordado. Algo. No mucho. Y me había cambiado el color del cabello, para disimular las canas.

 

Nos contamos nuestras vidas en un café cercano a la plaza. Él seguía con la holandesa, pero dijo: no se llevaban bien. Dudaba si separarse o continuar.

 

Se empeñó en que lo acompañara al banco de la plaza, a mirar el edificio del Palacio Judicial, que ya tenía los pisos completos, aunque sólo la estructura de cemento y hormigón, abierta a los vientos, a la impiedad del mar.

 

De pronto me dijo que nunca me había mentido y su promesa seguía en pie. Me reí, amarga. Me enojé. Se disculpó. Me acarició una mano. Me abrazó. Lloré un poco.

 

—De todos los edificios que se construían en Montevideo, ¿tuviste que elegir, justamente este?— le reproché.

—¿Y yo qué sabía?— contestó. Y nos morimos de risa. De dolor.

Fuimos a un hotel.

 

La cita se repitió, dos o tres veces, antes que volviera a

Ámsterdam, donde vivía con su mujer.

 

Desde aquel encuentro regresé, un día y otro, a nuestro banco sobre la Plaza Independencia. Vi cómo le ponían a veces un vidrio, luego otro, hasta que toda la fachada quedó cubierta de espejos, según me dijeron, porque el Hotel Victoria Plaza pidió que cubrieran nuestro adefesio encantador para que los huéspedes dejaran de preguntar si era la misma obra que habían visto veinte años atrás.

Ahora lo miro y me parece increíble. No sé si mi vida fue víctima de una mentira, o la única mentira es ese edificio completo por fuera y vacío por dentro, desde el 98. Pasaron treinta y seis años. Es como el globo de una ilusión que el Poder Judicial no quiere ocupar porque le faltan veinte millones de dólares y a mí milagros para evitar que se me caigan las tetas, las nalgas, a la espera de que Alfredo se digne volver.

 

Me ha dicho que se separó finalmente de la holandesa y piensa venir este invierno con su hija, a ver si se adapta a Uruguay.

Ahora dicen que lo quieren vender para equilibrar las cuentas fiscales. Y lo digo de verdad, lo que yo quiero es que lo terminen de una vez. Porque, ¿quién sabe?, siempre cabe la posibilidad de decir que sí, o decir que no, a una propuesta de matrimonio, aunque ya no seamos jóvenes, aunque haya perdido las minifaldas, los vaqueros, y él ya no tenga pelo ni revolución.

 

Aquí, entre nosotros, si algún día algún uruguayo asiste a la inauguración y no ve a una vieja pareja con un ramo de flores en las manos, es que lo que le falta al edificio para estar completo, por muchas luces y mamparas que vean, es un poco de amor.

 

Fuente: gentileza del IMPO. Este artículo fue publicado

por primera vez en el semanario Brecha.

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