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Gigante: Minimalismo
Uruguayo 4
por
Joselo Olascuaga

El éxito del cine
uruguayo ya tiene su fórmula. En la línea de
25 Waths, Whisky y Acné,
Gigante reitera un cine minimalista,
lacónico, cargado de indicios locales, con
protagonistas anónimos, sin historia que requiera
conocimiento previo ni sobrentendidos de ningún
tipo, con temas universales –el amor, el humor, la
comunicación– y muy económico.
La fórmula ya se
ha hecho industria. Es justo que en la apertura
del film, antes que actores y director figuren los
productores ejecutivos. Sin embargo en Gigante
hay una sorpresa mayúscula, el actor protagónico:
Horacio Camandule.
El estilo de
actuación de toda la serie es el hipernaturalismo,
el idioma coloquial pintoresquista (señalo la
intención, no el resultado, que es muy variado) de
las actuales telenovelas argentinas pero en ritmo de
vida uruguaya, también hipernaturalista, lento,
moroso. En ese estilo Camandule ha logrado más que
todos los que le precedieron y los que lo acompañan.
Su rendimiento es óptimo. Y nadie en el elenco se
sale de la pauta, permitiendo que la película fluya
sin ningún tropiezo, con algún brillo de
caracterización de Ariel Caldarelli. Adrián Biniez,
el director argentino, fue el más detallista de los
directores de la serie, el de los mayores cuidados,
operó un salto en calidad para el cine uruguayo.
Lo más importante es
que el cine uruguayo ha encontrado con esta serie un
lenguaje propio, donde lo local y lo pintoresco no
pasa nunca del indicio, jamás se transforma en
función. Las funciones de estos films corresponden a
códigos narrativos universales fácilmente legibles.
Gigante
aborda el tema de la comunicación o incomunicación
entre dos jóvenes operarios, una limpiadora de
supermercado y un guardia de seguridad y del amor en
los tiempos de la precariedad laboral y la
proliferación de cámaras (la de la televisión, la
del videojuego, las que maneja Camandule en su
vigilancia de supermercado, las que lo vigilan a él
en los minimercados, las del cibercafé donde
persigue a su pretendida –“pretendida” suena a
“dragoncito”, pero no alcanza el argumento para que
digamos “su amada”; es que las soledades siguen
siendo tema tan antiguo y renovado, que se
confunden– y finalmente la que registra sus pasos
vacilantes hasta llegar a la sonrisa de ella, casi
resabiada de él y, sin embargo, fresca).
Todos los rubros
técnicos están perfectamente bien cubiertos y Leonor
Svarcas da su personaje con la naturalidad que es la
clave de la obra.
Ya habíamos visto un
seguimiento minucioso y detallista a un vigilante en
El custodio de Rodrigo Moreno, pero era aquel
un personaje gravemente conflictuado en una
atmósfera opresiva, sofocante, mientras éste de
Gigante adquiere tonos ligeros y por momentos
festivos en un ambiente donde la frescura no se
pierde ni siquiera por la pintura realista del drama
social de los despidos y el relacionamiento
deshumanizado, en grandes empresas donde la
identidad de los trabajadores se vuelve
terriblemente débil.
Gigante
tiene el mérito de mostrar rasgos sociales y
psicológicos como “a la pasada”, dejando correr una
historia que encontramos siempre muy cercana, en la
puerta del vecino o en la propia.
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