Entre el déficit fiscal
y el superávit social
por El Perro Gil
(elperrogil@gmail.com)

Al gobierno frenteamplista hay que pegarle porque sería inaudito cinco años más que consolidaran los cambios realizados. Eso lo sabe muy bien la oposición y no escatima insumos ni espacios para insistir en que este fue un gobierno malo (¿?). Como diría mi abuela –en paz descanse- “el muerto se ríe del degollado”. Aunque este degollado goza de buena salud y está lejos, muy lejos,  de hacerse el muerto. En cada ocasión que pueden salen a hablar de la crisis mundial, los impactos que tendrá sobre la economía nacional, (ya hay efectos, pero éstos no llegan aún a los negros vaticinios expresados), y el tan manido déficit fiscal está en boca de todos ocupando espacios de prensa.

 

Cuando se asumió el gobierno era ostensible que veníamos de la peor crisis sufrida en la vida democrática del país. Si bien los signos de recuperación eran notorios también, no estamos tan seguros que de seguir gobernando quienes estaban, se hubieran obtenido los resultados que hoy se exhiben. Algo bueno se hizo, eso es evidente y no lo puede negar nadie, a excepción de esta oposición de hoy que no soporta otra derrota y apela a cualquier cosa con tal de impedirla. Fueron muchos años de libar el seno público y extrañan esa forma de ganarse la vida a costa de los uruguayos. También es cierto que la realidad de hoy no es la panacea ni mucho menos. Nada se nos da sin sacrificio a los uruguayos, pero hoy contamos logros indiscutidos, mal que pese a muchos.

 

En términos económicos puede hablarse de déficit pero si ello conlleva más y mejor atención en salud para los uruguayos, por citar un caso, le llamo superávit. Basta ya de tomar a la gente como un número simplemente y consideremos al Uruguay como un conjunto de personas de carne y hueso que viven, sienten y tienen necesidades a cubrir que por muchos años fueron insatisfechas. No es cierto –como nos dijeron durante mucho tiempo los gobiernos de turno- que el bienestar vendría en cascada como consecuencia lógica de la distribución que harían las clases dominantes al mejorar sus ingresos. Sin control del Estado ello no ocurre, no ocurrió hasta ahora por lo menos.

 

Sin la intervención del Estado no hubiéramos obtenido los precios negociados que sí vimos en esta gestión. No fue un intervencionismo pero sí una negociación pensando en la gente, algo que no veíamos hacía mucho tiempo. Vimos pasar por delante nuestro – con hipócrita ajenidad de los beneficiarios- épocas de bonanza económica sin que el obrero tuviera su parte de la torta, a éste le reservaban, por descarte, las migajas. A partir de este gobierno se obtuvo un tratamiento paritario que permitió asentar las bases de la negociación colectiva donde el trabajador hace valer sus derechos y obtiene el resultado de esa negociación. Por supuesto que se nos dirá que aún falta mucho, pero ya no es lo mismo y se considera el acuerdo como la mejor medida para lograr el incentivo salarial que antes se hacía por decreto y siempre a pérdida del bolsillo obrero. Ya no escuchamos jactarse a ningún gobernante sobre sus victorias sindicales (“nunca perdí una huelga” – Julio María Sanguinetti; o aquella frase de “ellos hacen como que trabajan y yo hago como que les pago” – Luis Alberto Lacalle).

 

¿Que hubo y hay ansiedades? Sí, por supuesto. Todo lo queríamos para antes de ayer!! Porque las urgencias así lo demandan. Pero nada es por generación espontánea, y como también me enseñaron mis padres, lo que se consigue con esfuerzo, se valora mucho más. Acaso sea por eso que a los uruguayos nos cuesta tanto salir adelante, pero estamos confiados en ir por el camino correcto. Camino que empezamos a forjar en el año 2004 posibilitando el primer gobierno progresista.

 

Por supuesto que hay cosas que no se dieron como se pensaron. El libre mercado puro y simple no fue solución total, por la sencilla razón de mantener aún sectores sociales que no comparten una filosofía de vida tal que permita entender que el bienestar de mi vecino (obrero, empleado, trabajador rural, reciclador, etc.), implica el bienestar y beneficio de todos. El día que comprendamos a cabalidad que mejorando el ingreso de mi “hermano” - ese que comparte nacionalidad, costumbres, trabajo, pasiones y todo el bagaje cultural que significa integrar un país como colectivo – mejoramos todos, ese día podremos decir que hemos madurado socialmente. No puede, (ni debe), entenderse entonces como un gasto cuando se invierte en beneficio social para que miles de compatriotas mejoren su condición de vida. Inversión para que obtengan algo que debiera ser naturalmente logrado: inclusión social. Nadie quiere un asentamiento en su barrio. Nadie quiere ver niños en la calle pasando necesidades. Por lo menos quien entiende la vida en sociedad como una forma de vida saludable.

 

 Por eso es imperioso y necesario convencer argumentando que, con el esfuerzo de todos, se puede mejorar en seguridad, salud y educación para todos y no solo para quienes integran el entramado social. No nos sirve -como país- seguir teniendo gente por fuera de ese circuito.

 

Pasaron muchos años de exclusión, falta mucho todavía para obtener los mejores resultados. El superávit social obtenido es un logro indiscutido por más que digan lo contrario. Tengan por seguro que la gente no lo olvida...

 

Por si acaso, seguiremos ladrando. Por las dudas, ¿vió? 

 

el hombre sacaba cuentas,

y el perro acumulaba huesos en la casilla

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