Sintonía ideológica entre
Berlín y el Vaticano
por el profesor José Luis Fiori

“Por Dios y contra Turquía”, Lema de la

democracia-cristiana alemana, en la campaña

hacia el Paramento Europeo.

 

Puede parecer extraño, pero la crisis económica mundial no tuvo un papel importante en la victoria de las fuerzas conservadoras, en las elecciones para el Parlamento Europeo, del día 7 de junio de 2009. Su resultado final consolidó tendencias que ya venían desde antes de la crisis, y apuntaban, hace ya tiempo, hacia el fortalecimiento de la derecha, en toda Europa, incluyendo a Gran Bretaña y España, donde los conservadores ganaron las elecciones europeas, pero permanecen en la oposición, en sus países.

 

Por otro lado, el comentado crecimiento de la “extrema derecha” sólo se dio en algunos pocos países pequeños e inexpresivos, desde el punto de vista electoral, dentro de la Unión Europea. De la misma manera, la derrota de los social-demócratas y el declive de la izquierda, ya venía desde antes, y no se revirtió en estas últimas elecciones por una razón muy simple: los social-demócratas son parte esencial de la propia crisis. Recordando una historia conocida: la social-democracia europea abandonó la “utopía” socialista, después de la II Guerra Mundial, y sólo se convirtió a las tesis y políticas keynesianas, a fines de la década del 50. Pero enseguida, a partir de los años 70, adhirió a las nuevas tesis y políticas neoliberales hegemónicas hasta el inicio del siglo XXI. Y hasta hoy, en la burocracia de Bruselas, y dentro del Banco Central Europeo, son los social-demócratas y los socialistas quienes defienden, en general, con más entusiasmo la ortodoxia macroeconómica y liberal.

 

En este momento, por ejemplo, el ministro de Finanzas alemán, el social-demócrata Peer Steinbruech, es considerado por todos como la autoridad financiera más ortodoxa y radical, en los gobiernos de las grandes potencias capitalistas. Más allá de esto, los social-demócratas y socialistas europeos no participaron del origen del proyecto de integración europea, y nunca consiguieron formular una visión consensual del proyecto de unificación. Por lo tanto, en estas últimas elecciones parlamentarias, los social-demócratas y socialistas europeos no podían ser vistos como una alternativa frente a la crisis del modelo neoliberal, porque ellos son, de hecho, una parte esencial de la propia crisis y, además, no disponen de ninguna propuesta específica para los impasses actuales de la Unión Europea.

 

Debe tenerse en cuenta, entre tanto, que si este resultado electoral era previsible, tampoco se anuncia ninguna gran novedad del lado conservador. En primer lugar, porque no se altera la correlación de fuerzas fundamentales que ya existía dentro del Parlamento Europeo. Y, en segundo lugar, porque la multiplicación de los votos y de las organizaciones conservadoras aumentó en lugar de disminuir las divisiones que ya existían dentro de la derecha, y dentro de los 27 países que componen la Unión Europea. Casi todos se oponen a la entrada de Turquía a la Unión Europea, quieren acabar con la dependencia energética de Rusia y defienden la represión de los inmigrantes islámicos. Pero al mismo tiempo, la mayor parte de la “extrema derecha” está contra la propia unificación europea, e incluso los conservadores ingleses, son casi todos “eurocéticos”. Más allá de esto, no existe en este momento, un acuerdo sobre la política económica para enfrentar la crisis y se mantienen las principales divergencias estratégicas entre los actuales gobernantes conservadores. O sea, las fuerzas de derecha que ganaron las últimas elecciones parecen una Torre de Babel más confusa que la Babel de los social-demócratas, y de toda la izquierda continental.

 

Pero a pesar de toda esta confusión, Europa va siguiendo lentamente un camino que no se hace visible para el ciudadano común. El proyecto de unificación europea fue concebido originalmente, a comienzos de los años 50, en gran medida, para incluir y desmilitarizar Alemania y para contener a la Unión Soviética, bajo la batuta franco-americana. Pero después de 1991, este proyecto cambió de punta a punta, con la reunificación de Alemania y el fin de la URSS. A partir de ahí, Alemania se acercó a la nueva Rusia, y extendió su influencia a toda Europa Central, ensanchando su liderazgo económico dentro de la Unión Europea. Por eso, cuando la primera ministra Ángela Merkel fue electa, en 2005, pudo montar un gobierno de “unión nacional” con los social-demócratas, fortaleciendo el gobierno y el estado alemán, hacia su trabajo continuo y silencioso a favor de la aprobación de la nueva Constitución europea, el Tratado de Lisboa, y por el control político de todos los nuevos estados que se asociaron a la Unión Europea.

 

Más recientemente, Alemania asumió el liderazgo de las posiciones ortodoxas, dentro de Europa, transformándose en una referencia mundial, en la lucha contra el intervencionismo estatal y contra cualquier tipo de activismo del Banco Central Europeo. Decidió absorber su propia crisis, aceptando una fuerte recesión, y transfiriendo hacia los grandes países importadores, la responsabilidad por la reactivación de la economía mundial. Más allá de esto, viene utilizando al FMI, para auxiliar a las economías de Europa Central, dependientes de su propia economía. Por donde se mire, las evidencias son cada vez mayores, de que la Alemania de la Sra. Merkel está intentando reproducir la estrategia de Prusia, su antepasada del siglo XIX. En particular, la forma en que Prusia consiguió expandir su poder, integrando en su órbita de influencia, uno por uno, a todos los 36 estados y 4 ciudades libres de la Confederación Germánica creada por el Congreso de Viena de 1815, comenzando con la creación de una Unión Aduanera – el Zollverein, en 1834 – y culminando con la formación del Estado Alemán, en 1871. Este nuevo proyecto alemán del siglo XXI, entre tanto, a pesar de sus “enredos” internacionales, ha tenido un papel decisivo en la lucha ideológica, dentro de la Unión Europea. Defendiendo la necesidad de que Europa vuelva a sus raíces cristianas, para recuperar su identidad, su fuerza y su liderazgo mundial. De ahí su crítica al Islam y al ingreso de Turquía en la Unión Europea, y su defensa de la cristianización del proyecto europeo, en una sintonía ideológica y religiosa cada vez más afinada, entre Berlín y el Vaticano.

 

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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