|
Evocación del payador
Héctor Umpierrez
por
Martín Bentancor

El pasado miércoles
24 de junio, el payador Héctor Umpiérrez cumplió 94
años. Con una lucidez envidiable, el viejo payador
recibió en su casa a amigos y colegas que celebraron
la constancia de una vida dedicada por completo al
difícil arte de ensamblar estrofas improvisadas al
ritmo de una guitarra. Umpiérrez es el último
payador vivo de una generación de cultores del canto
repentista que, a excepción de un puñado de
programas radiales y una breve y discontinua
bibliografía, se ha ido perdiendo, desdibujándose
inevitablemente con el devenir de los años.
El propio papel del
payador en el desarrollo de la historia del Uruguay
se remonta a la labor pionera de Bartolomé Hidalgo y
Eusebio Valdenegro – suerte de cronistas o juglares
del ciclo artiguista – y recorre la segunda mitad
del siglo XlX (de forma algo errática y, debido a la
ausencia de soporte tecnológico, imposible de
registrar) para consolidarse definitivamente en el
siglo XX. El arte de la payada define su alcance,
temática y posicionamiento frente a la realidad del
país y del mundo a lo largo de todo el territorio
del Uruguay y Argentina, si bien es un fenómeno que
también se genera en Brasil y Chile (bajo la forma
de “paya”). En el Uruguay, un intento de índice de
payadores debe incluir, necesariamente, nombres como
Juan Pedro López, Ramón López, Florentino Callejas,
Clodomiro Pérez, Braulio Césaro, Pelegrino Torres,
Pedro Medina, Luis Alberto Martínez, Victoriano
Nuñez, Omar Vallejo, Angel Orestes Giacoy, Pedro
Leoni, Aramis Arellano, Carlos Molina, Raúl Montañez
y, claro está, Héctor Umpiérrez. El nonagenario
payador supo actuar (y en el contexto de una payada
a contrapunto, actuar significa enfrentarse
verbalmente con el otro) con la mayoría de los antes
mencionado y, en el caso de Carlos Molina, el
enfrentamiento trascendió el escenario y cambió
guitarras por facones en un episodio que acabó con
Umpiérrez al borde de la muerte. Es comprensible,
entonces, que Héctor Umpiérrez se constituya en una
suerte de Memoria Viva de la historia del arte
payadoril a lo largo del siglo XX y, desde esa
posición, además de “enfrentar” a duros oponentes,
pudo ver como la disciplina profundiza en sus
raíces, se volvía ideológicamente más compleja y, en
las últimas décadas y en determinados espacios,
mutaba en un arte “for export”, como a nivel más
masivo ha ocurrido con el tango.
Una entrevista
En enero del 2000, el
autor de este artículo visitó al payador Héctor
Umpiérrez en su casa “El Tacuaral”, cercana al río
Santa Lucía, con motivo de una entrevista para un
medio de prensa montevideano. Fue una jornada
particular: entre los efluvios del alcohol y el
asado que un amigo del dueño de casa diligentemente
preparara, Umpiérrez ofició de Virgilio en un
particular viaje hacia el pasado del arte payadoril.
A continuación, algunos fragmentos de la entrevista
en cuestión.
Si tuviera que
explicarle a alguien que lo desconoce por completo
quién es un payador, ¿qué le diría?
Le diría que el
payador es un elemento capaz de decir cantando a
cualquiera lo que no le diría hablando. Yo
pertenezco a una pléyade de payadores muy distinta a
la de ahora, porque antes las circunstancias eran
otras. Hoy en día, todos los payadores poseen un
gran refinamiento intelectual; a cualquiera de ellos
que visites no podés entrar porque está lleno de
libros. Y antes no había tiempo para esas cosas. Yo,
nomás, soy analfabeto. Ahora, cuando vas a actuar a
un lugar, estás anunciado por los medios de
comunicación. Antes no era así. Llegabas a las
pulperías de campo y daba la coincidencia de que
había otros cantores para actuar primero y, de
pronto, con unas copas de más, alguno de ellos se
propasaba con el dueño, o con su señora, o con las
hijas y ya no querían a los cantores por nada.
Entonces vos, que no tenías más dinero y habías
llegado hasta allí, no te podías ir y comenzabas a
mirar la pared, los parejeros, buscando alguna cosa
para encontrar la debilidad del hombre y comenzar a
improvisar a favor de él y el hombre se convencía
que eras diferente a los demás y te permitía
quedarse. Llegaban las nueve de la noche, la gente
jugaba al truco y vos tenías que hacer plata. ¿Y
cómo hacías? Venías junto a los truqueros que
estaban jugando y comenzaas a mirarle las manos; si
las tenía sucias de cal era albañil, si tenía un
callo en un pulgar era tambero. Entonces subías al
escenario y comenzabas a cantar sobre el tambero y
el albañil que había hecho tantas casas y, tal vez
no tenía una para él. Y así comenzabas a tocarle el
alma y se daban vuelta de la mesa para escucharte.
Primero tenías que ganarle el aplauso y después el
peso para seguir andando. Entonces tenías que tener
un gran poder psicológico, lo que no ocurre ahora.
Antes el payador cantaba para la gente; los
payadores de ahora cantan para los payadores. Todos
quieren asombrar con sus metáforas, con lo mucho que
han leído. Todos quieren ser maestros pero no vale
eso. ¿Por qué de que sirve que yo venga acá y te
hable de la historia del mundo y te asombre con lo
que sé pero no hable nada de vos. En cambio, si yo
te devuelvo tu vida hecha verso, si le canto a tu
sacrificio, a tu lucha, a tus cosas, vos me das
hasta el alma. Esa es la diferencia.
¿Cómo fueron sus
inicios?
Esto de ser payador
me lo despertó la sensibilidad. Yo soy canceriano,
soy extremadamente sensible, todo llega a mi
corazón. Mi padre murió a los 25 años y, siete años
después, mi madre se volvió a casar y yo conocí al
hermano de mi padrastro, un hombre muy bueno. Ese
tío nos hablaba, a mi hermana y a mí, del amor, la
vida y también nos imitaba el canto de los pájaros.
Yo pensaba: “¡Que lindo sería en la vida decirle a
la gente cantando todas estas cosas!”. Desde que
tengo 21 años, nunca supe hacer otra cosa que andar
siempre con mi guitarra y en contacto con el campo,
con el yeguarizo y, principalmente, con el hombre
jinete. Además, siempre pensé que esto de improvisar
es como un don. Parece muy fácil pero no lo es.
Fernán Silva Valdés decía que él, que era el mejor
poeta nativo, quería improvisar y no podía.
Un episodio
fundamental en su vida y en su obra fue el viaje que
emprendió, en 1978, hacia Paraguay siguiendo el
camino que realizó Artigas en su exilio voluntario.
¿Cómo lo recuerda?
Partimos en un grupo
que se llamaba “La Patrulla Oriental” y cuando
llegamos al sitio (en paraguay) donde Artigas vivió
25 años como chacarero, descubrimos que el avance de
la selva ha borrado todo vestigio y sólo queda un
montículo de tierra que, se supone, serían las
paredes del rancho y un hundimiento en redondo en el
suelo, sería el pozo. Pero hay dos troncos inmensos,
de ñandubay o de lapacho, que están cortados y que
son de la época porque los tocás y se hacen harina
entre los dedos. Y hay un naranjero inmenso como un
ombú que dicen que son rebrotes de aquel tiempo. En
este momento, si llevan a un hombre y lo dejan solo
en ese sitio, se muere por el calor, los mosquitos y
porque todavía hay tigres. En ese lugar, Artigas se
te cala hasta los huesos. Y por eso escribí:
Cuando fuimos al
paraje
-Paraje Curuguatí-
Todo tenía para mí
Del Jefe Oriental la
imagen.
La encontraba en el
ramaje
De la añosa selva
amiga,
Aquella selva que
abriga
Recuerdos que
veneramos.
Los patrulleros
besamos
La tierra que araba
Artigas.
Guarda el sitio
montaraz
Dos troncos
semiocultos
Como muertos sin
sepulcros
De quién sabe cuanto
atrás
Son vestigios nada
más,
Vestigios de antigua
ruina,
Por su cáscara
cetrina
Que al tocarlo se
hace migas,
Seguro que han visto
a Artigas
Amarguiando con
Ansina.
Nuestras voces
adquirían
Un tono particular
Para no deshabitar
El silencio que allí
había.
Dos naranjeros tenía
Un tamaño
extraordinario
Por mi patrio
relicario
Un gajito les corté;
Por oriental profané
El selvático
santuario.
Usted conoció y actuó
con los viejos payadores como Luis Alberto Martínez,
Clodomiro Pérez, Pedro Medina y Juan Pedro López.
¿Cuánto los marcaron en su carrera y de quiénes
reconoce influencias?
Mi maestro fue Juan
pedro López. La primera vez que canté con él –yo era
muy joven- fue en mi barrio y después de actuar uno
del público me gritó: “¿Qué hacés che? ¿Te pusiste
de payador? Este es un carnicero. Yo lo conozco. Es
un carnicero que se puso de payador.”. Y Juan Pedro,
cuando lo escuchó, lo llamó y le dijo: “Venga,
amigo, escuche. Usted está confundido. Este no es un
carnicero que se puso de payador. Era un payador que
estaba de carnicero” (Risas).
¿Se anima a
improvisar algún verso para esta ocasión?
Mirá…Soy payador
De viejo cuño
uruguayo
Pero hermano, si me
hallo
Sin mi sonoro
instrumento
Inofensivo me siento
Como un pampa sin
caballo.
Y ahora que estoy
viejo, por entregar las lonjas, siempre digo que:
Parado en la
sobretarde espero caiga mi noche
Que ha de ser cuando
la prensa, en viejas letras de molde
Publique la fin la
noticia, con mi foto y con mi nombre:
“Se fue un viejo
payador para ese pao de donde
No se vuelve con la
piedra que hacia el vacíos e arroje”
Y empezarán mis
recuerdos y mis versos como hojas
A rodar de pago en
pago, donde tanto se me nombra.
Y no faltará el
colega que repitiendo mis coplas
Llevará el recuerdo
mío rodando de doma en doma.
No me han de dejar
morir los que repitan mis cosas.
LA
ONDA®
DIGITAL |
|