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Las agro-industrias:
¿del boom al desencanto?
por
Roberto Bisang
(CEPAL - Buenos Aires)
Fuente de imagen de
Portada
INIA Uruguay
Nuevos fundamentals para el
desarrollo y la explotación de los
recursos naturales renovables.
Tradicionalmente las
actividades relacionadas con el uso de la tierra
fueron sinónimo de producciones poco dinámicas.
Tanto en lo tecnológico como en lo productivo su
evolución fue asociada preponderantemente a los
vaivenes climáticos. A su vez, producción
agropecuaria y alimentos eran casi sinónimos y
compartían el calificativo de “lo primario”;
ocupaban parte relevante de los denominados recursos
naturales y se diferenciaban de otros -como
minerales y combustibles- sólo por sus posibilidades
de renovación.
En los últimos 30 años este
panorama comenzó a cambiar de forma sustantiva en un
proceso aún en curso y en el cual se inscribe la
denominada crisis financiera actual. A diferencia de
otras actividades también sujetas a modificaciones
estructurales, en esta actividad se prevé que “lo
mejor está por ocurrir”. De allí la necesidad de
examinar la actual crisis desde una doble
perspectiva: i) los cambios estructurales en curso y
ii) los movimientos de corto plazo asociados con la
crisis financiera. El epicentro de este artículo
-cercano al ensayo- sugiere que la resolución del
contexto global sentará las bases para posicionarse
en el nuevo escenario tecno-productivo de los
recursos naturales renovables industrializados
(agro-pecuario, pesca y otros).
¿Que cambió?
Una demanda dinámica. Las
producciones agropecuarias perciben, a lo largo de
las últimas décadas, un creciente desplazamiento de
sus demandas debido a las siguientes causas:
a) el desarrollo de economías
de gran tamaño e ingreso creciente -China, India,
algunos países africanos- que evidencian décadas de
crecimiento que han impulsado tanto los niveles como
la composición de sus consumos alimentarios. Se
trata de sociedades que son deficitarias -por
dotaciones de recursos naturales y/o de tecnologías
y formas de organización de la producción agrícola-
en esta materia y que basan sus motores de
desarrollo en otras actividades, con lo cual parte
de sus extra-ingresos se destinan a un mayor gasto
en comida.
Complementariamente, a medida
que crece la participación en los gastos de
alimentación dentro de sus ingresos, tiende a
diversificarse la dieta hacia productos más
sofisticados; la tendencia es el pasaje de un
sistema alimentario relativamente elemental basado
en proteínas verdes (soja, verduras, etc.) a otro
más sofisticado centrado en proteínas rojas y/o
blancas (carnes y lácteos) y de mayor elaboración
(dentro y/o fuera del hogar). Esas mismas sociedades
tienen cada vez más segmentos poblacionales de mayor
ingreso donde a esta tendencia se suma el consumo de
alimentos sofisticados (carnes de marca, vinos
finos, frutas frescas) que impactan sobre la demanda
previa; b) las nuevas demandas masivas derivadas de
los intentos por establecer matrices energéticas que
contengan un componente creciente de combustibles
provenientes de fuentes renovables (Rothkopf, 2008).
Ello implica que una amplia
gama de cereales y oleaginosas que históricamente
eran destinados sólo a los alimentos se reorienten a
la producción energética: maíz convertido en etanol
y aceites vegetales (soja) convertidos en biodiesel
son los casos más relevantes. Estos temas están
sustentados en legislaciones -tanto en países
consumidores como productores- que obligan a
porcentajes crecientes de mezclas con los
combustibles de origen fósil (la Comunidad
Económica Europea cuenta con legislaciones de
crecientes porcentajes de cortes de combustibles de
origen vegetal en base a oleaginosas-biodiesel, al
igual que EEUU en base a etanol/maíz).
Llamativamente, en los momentos más álgidos de la
crisis financiera, ambas legislaciones fueron
ratificadas y reafirmadas con cuantiosos compromisos
de inversión (en una mezcla de política keynesiana y
posicionamiento estratégico post-crisis para
modificar la futura matriz energética);
c) el primigenio desarrollo de
la biomasa -compuestos orgánicos a partir de plantas
activadas con bacterias y/o procesos tecnológicos
específicos- destinada a la producción de insumos
industriales que otrora provenían del “cracking” del
petróleo. Si bien los casos comerciales son aún
incipientes, la tendencia señala que en las próximas
décadas la industria de la química fina
(farmoquímica y química fina) tendrán como sustento
a las denominadas biofábricas (animales y/ plantas
prediseñadas para operar como transformadores
industriales y/o productores de muy diversas
materias primas industriales);
d) la utilización de los
mercados de granos como destino de operaciones
especulativas por partes de grandes fondos
financieros internacionales (que se sumaron a los
“tradicionales” mercados de futuro de granos).
Una oferta sujeta a cambios
estructurales. Dejando de lado por un momento las
mutuas interacciones entre oferta y demanda, el
aprovisionamiento de alimentos y el uso industrial
de las producciones agropecuarias se ha modificado
en la forma de organizar la producción y el
intercambio, la tecnología dominante e, incluso, el
perfil de los agentes económicos claves.
Desde el punto de vista de la
organización, la producción y el intercambio (local
e internacional) se sustentan crecientemente en las
denominadas cadenas globales de valor (CGV). Se
trata de un conjunto de actividades
interrelacionadas principalmente por contratos, a
través de una estructura de gobernación
crecientemente global en la que participa una muy
amplia gama de agentes económicos. Al igual que en
otras actividades estrictamente industriales, los
distintos procesos son llevados a cabo por unidades
económicas independientes y en diversos espacios
geográficos pero con una (o varias) coordinación (ya
sea por inducción y/o control de las diversas formas
de capital -físico, financiero, tecnológico-).
Un esquema genérico completo de
estas estructuras de aprovisionamiento de insumos,
producción y distribución puede verse a
continuación.

Fuente: Bisang y Campi (2009).
En este contexto, de mayor
deslocalización de la actividad, una mayor
producción primaria de granos, carne y/o leche no se
traduce de manera automática en más ofertas de
alimentos disponibles y/o materia prima industrial
Existe en el medio una larga serie de pasos de
transformación industrial, acondicionamiento,
concentración, transporte, logística y
comercialización hasta llegar a los consumidores.
Este segmento de la oferta, que habría ido ganando
en complejidad pari passu con la maduración de la
denominada revolución verde, se ha sofisticado aún
más, incluso en las etapas iniciales de compras de
insumos.
En tal sentido, existe una
(cada vez más relevante) oferta industrial de
insumos, dominada por grandes empresas (generalmente
de capital multinacional) dedicadas al
abastecimientos de genéticas mejoradas (por
entrecruzamiento natural y/o bio genético -semillas
transgénicas, animales seleccionados con marcadores
moleculares, etc.-), herbicidas e insecticidas en el
marco de nuevos paquetes tecnológicos. La etapa
industrial también se reconvierte generando firmas
menos integradas verticalmente, con amplios niveles
de subcontratación -hacia el aprovisionamiento de
los productores (la agricultura de contrato) y/o con
la comercialización- y un creciente uso de nuevas
tecnologías, tanto en alimentos como en bio-energías
y bio-materiales. En el otro extremo, hay nuevos
agentes económicos en la comercialización -las
grandes redes globales de hipermercados, los hoteles
restaurantes y catering como las cadenas HORECA y
las empresas de logística- que completan el remozado
panorama que va desde la producción inicial al
consumo.
A grandes rasgos, la
desconcentración física en la etapa primaria tiene
como contrapartida la concentración en la
transformación industrial. En este contexto, el
acceso a las grandes inversiones, los sistemas de
patentes, el control de las marcas y la existencia
de “barreras a la entrada” de nuevos productores,
son claves para captar parte de las rentas generadas
a lo largo del proceso. Y como tales compiten con la
tenencia de los recursos naturales (tierra, agua,
biodivesidad) en importancia dentro de los activos
críticos de estas formas de organización. Una crisis
como la actual es terreno fértil para el
reposicionamiento de agentes económicos, la
relocalización de actividades y la modificación en
los controles de nodos críticos dentro de las redes.
Los países de la región tienen
una fuerte tendencia a ser proveedores de insumos
para la agroindustria. En trigo, soja, maíz y otros
cultivos, dependiendo de los balances productivos de
cada país, las exportaciones refieren a granos y/o a
subproductos de las primeras etapas de
transformación. Estrictamente, existen pocos
alimentos “terminados” que ingresen a la góndola de
los países importadores originados en los países de
la región. Las etapas industriales/empacadoras
tienen -en varios de los mercados relevantes de la
región- al menos tres rasgos sobresalientes: i) una
marcada concentración en comparación con la
actividad primaria; ii) predominio de empresas
medianas y grandes (para el medio local), pero
medianas y pequeñas (desde una perspectiva global) ;
iii) poseen escasos avances de empresarios
latinoamericanos de cobertura global en el campo
agroalimentario. Un panorama similar se registra en
aquellos alimentos que producidos en la región se
consumen sin mayor transformación industrial, pero
que requieren un acondicionamiento particular y una
logística propia (frutas, hortalizas, etc.). En
tales casos, el símil de la industria son las
empacadoras/acondicionadoras donde, nuevamente, la
presencia de firmas locales de gran porte es escasa
a la vez que predominan las grandes empresas
multinacionales. Igualmente, en este caso, parte de
la agregación del valor (vista desde el consumidor
final) se genera en el exterior (y/o localmente pero
es captado por empresas de capital externo que
completan los pasos de logística y comercialización
extraterritorialmente) . A medida que nos
desplazamos hacia los esquemas de distribución y
comercialización, en los mercados más desarrollados
es prácticamente nula la existencia de empresas de
gran tamaño originadas en la región que controlen
los nodos básicos del negocio. Esta perspectiva es
consistente con la escasa presencia de marcas
propias, y/o estándares (de productos y/o procesos)
estatuidos por la oferta local; antes bien, ello
está bajo el control de los nodos concentrados de la
gran comercialización (Bisang, 2009).
Los resultados. La interacción
de una demanda creciente y una oferta dinámica
catapultó a la actividad hacia un rápido crecimiento
en producción y comercio mundial.
Gráfico Nro 2. Evolución del
comercio global de alimentos y productos primarios
(Índice base 100 de flujo de comercio en dólares
corrientes)

Fuente: Elaboración propia en base a datos FAO
(2009)
En términos comerciales el
crecimiento fue exponencial a partir de inicios de
los años 90; a su vez la producción de cereales y
oleaginosas globales creció poco más de un 20% entre
los años 1990 y 2007 (FAO, 2009; Bisang y Campi,
2009); ergo el mercado en su conjunto va camino a la
globalización.
Sin embargo el dinamismo de la
oferta no pudo evitar los aumentos en los precios de
las materias primas tradicionales (maíz, trigo, soja
y sus primeros derivados industriales). Las
cotizaciones internacionales comenzaron a crecer
desde fines de los años 90, con un pico histórico
entre mediados de 2007 y 2008; cabe destacar que
ello fue simultáneo con un paulatino descenso de los
stocks de los principales productos y con el
lanzamiento y consolidación de nuevos paquetes
tecnológicos (basados en el uso de la biotecnología
en semillas y nuevas prácticas de cultivos) (Piñiero,
2008; World Bank, 2008).
Pero dada la nueva conformación
en el aprovisionamiento de alimentos, la tendencia
creciente de los precios fue aún superior y más
estable si consideramos los precios de los
alimentos. Los datos de una serie comparable para
Estados Unidos da cuenta de ello.
Gráfico Nro 3. Evolución del
precio de los alimentos y de materia prima agraria.
Estados Unidos 1988-2009. (Índice base 100=1989;
precios de cereales cotización en dólares
corrientes)

Fuente: Elaboración propia en base a datos de SAGPyA
(2009) y ILO (2009).
A modo de ejemplo, ello ilustra
sobre el fenómeno de disociación creciente entre los
precios de las materias primas para alimentos y los
alimentos terminados; a poco de andar ello fue
generando una larga serie de medidas referidas a la
contención del precio de los alimentos tanto en
países oferentes como en demandantes.
El fenómeno, que respondió a
varios de los cambios estructurales a los que
hiciéramos mención al inicio del trabajo, fue
reforzado por dos elementos: los problemas
climáticos que afectaron a determinadas áreas
productivas (soja en USA, leche en Australia y Nueva
Zelandia, arroz en Tailandia) y por el ingreso
masivo de fondos especulativos a los mercados de
algunos granos.
Desde la perspectiva de algunos
países exportadores -como el caso de Argentina,
Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia- de soja y sus
derivados, carnes y sus elaboraciones, lácteos y
cereales, el tema se vio reforzado por la pérdida de
poder del dólar frente al euro y/o otras monedas
(yen y yuan) lo cual favoreció mas aún los ingresos
por ventas externas nominados en dólares
norteamericanos. Pero dado que la presencia de estos
países -a grandes rasgos- se ubica en las primeras
etapas de las cadenas de valor (y no en las fases
industriales y/o comerciales) sólo captan cuasi
rentas sobre insumos y semielaborados de alimentos.
El tema se volverá relevante en la fase depresiva
del ciclo, donde los ajustes presumiblemente recaen,
en mayor medida, sobre las materias primas y
semielaborados.
Esta dinámica -que dominó el
escenario por una década a contar desde mediados de
los 90- puso de manifiesto dos temas centrales desde
la lógica de la acumulación social y desde los
negocios privados:
a) la producción primaria,
organizada de esta forma y establecida en el mundo
como mercado ampliado, es capaz de generar ingentes
niveles de rentas (a partir de las dotaciones
iniciales y los costos de producción locales);
b) esas rentas -si bien existen
en los productos primarios y semielaborados- son
mayores a medida que se avanza en las etapas más
complejas de las CGV.
Concurrentemente con ello, los
precios de algunos factores claves en tales
producciones -como la tierra- comenzaron a crecer en
varios de los países oferentes de productos
primarios. En otro orden, en las etapas industriales
comenzaron procesos sustantivos de inversiones
directas en el marco de una mayor extranjerización
de estas etapas.
2. Crisis financiera e
impactos visibles y esperados
¿Qué ocurrió? En el marco de
una serie de mercados muy dinámicos -leche en polvo,
soja, carnes, etc.- que constantemente revalorizaban
los activos que sustentan sus producciones, la
crisis financiera produjo un freno brusco a las
corrientes comerciales, con caídas de precios e
interrupción en las cadenas de pagos. A poco de
andar, el problema que comenzó por los temas
financieros, pronto traspasó a las corrientes
comerciales e ingresó al mundo de la economía real.
A casi un año del inicio del
problema, en lo referido al ámbito alimentario y a
los fines analíticos, pueden identificarse al menos
tres fases por las que transitó la actividad. En
esta dinámica las preguntas son básicamente: i) cómo
opera una CGV en el marco de una crisis
(especialmente en lo que hace al “ajuste” interno en
el reparto de la renta); ii) cuál es el panorama
previsible a futuro en función de la revisión -o no-
de los rasgos estructurales que sostuvieron el
despegue de estas actividades en las últimas décadas
y a los que hiciéramos mención previamente.
Examinemos el primero de los
temas. En una primera fase estuvo centrada en el
freno brusco de las corrientes de comercio,
afectando las cantidades comerciadas y reduciendo
rápidamente el ingreso de los países exportadores.
Varios temas aportaron a tal fin: i) el corte del
financiamiento a las corrientes comerciales; ii) la
huída de los capitales especulativos de los futuros
de granos; iii) un re-alineamiento de las paridades
cambiarias e favor de una revaluación del dólar (con
el consecuente efecto negativo de la porción del
comercio de los países de la región hacia áreas
extra-dólar) y iv) caídas en los consumos,
especialmente de aquellos productos mas elásticos al
ingreso (frutas, alimentos de marca no esenciales,
etc.).
Las reducciones de precios y
cantidades (con el virtual cierre de algunos
mercados claves -como el caso de carnes en Rusia y/o
de leche en polvo en la UE-) generó dos efectos: i)
el derrumbe de los precios de los commodities
básicos para la producción de alimentos (soja, maíz,
trigo, arroz); ii) el atemperamiento en las subas de
precios de los alimentos finales (que en promedio y
con las particularidades propias de países y
mercados específicos, no se vio arrastrado por el
menor precio de los commodities); iii) un mínimo
ajuste en los precios de los insumos claves en las
distintas cadenas de valor (herbicidas,
fertilizantes, semillas, etc.) y iv) la interrupción
de varias cadenas de pago que dio lugar a un
reacomodamiento en los precios de los bienes en
curso en los flujos comerciales (dado que algunas
cadenas de valor tiene un lapso de rotación
prolongado en cuyo ínterin se produjo el cambio en
los precios relativos). Ello derivó en la puesta en
marcha de una “oleada” de ajustes de precios a la
baja que terminó afectando a los productores
primarios y otras etapas en la medida en que sus
activos fijos les impidan trasladar el efecto a otra
etapa; como era de esperar las intervenciones
públicas sobre estos mercados no se hizo esperar
(CEPAL, 2009; Soto Baquero, 2009).
Una segunda fase del proceso
-coincidente con los primeros meses del año y aún
inconclusa- comenzó con la gradual reapertura de los
mercados (especialmente de aquellos de productos
perecederos) y la reanudación del comercio sobre la
base de nuevos precios y nuevas condiciones
comerciales -plazos más estrechos y condiciones
financieras más estrictas-, una profunda revisión
del valor de los fletes y el mantenimiento de los
precios finales de los alimentos. De manera
coincidente a los “paquetes de salvataje
financieros”, medidas reafirmando las políticas
energéticas en materia de biocombustibles (incluso
reforzándolas como en el caso del programa de
bioenergías del nuevo gobiernos norteamericano) y/o
tratando de reestablecer los circuitos financieros
operaron en idéntica dirección. En otro orden, las
previsiones de crecimiento de algunas economías
claves (por caso China y el anuncio de sus programas
anuales de compras de oleaginosas a niveles
similares a los del año 2008) sumado a las primeras
señales de adversidades climáticas para algunas
regiones (los países del CONOSUR en soja/maíz, Nueva
Zelandia en lácteos) fueron razones para una mayor
firmeza de los mercados de futuros de granos. Aún
así los precios continúan siendo volátiles, a la vez
que predominan las operaciones de corto plazo.
Un elemento clave en la
reanudación del comercio fueron los (aún volátiles)
precios de los fletes internacionales (asociados a
la volatibilidad del petróleo), aspecto clave dada
la creciente globalización de estas cadenas de
valor. Este aspecto abre además un interrogante
sobre los mecanismos de apropiación y ajuste en las
cadenas, dado que muchos de los países productores
de commodities no controlan (de manera directa o
indirecta) los canales comerciales de sus
exportaciones (son exportadores FOB) a la vez que
las ventas externas están fuertemente concentradas
con una marcada presencia de empresas
multinacionales.
Actualmente comienza a
transitarse una tercera etapa en la cual hay
indicios de una regularización de los flujos de
producción y comercio -siempre con alta
volatibilidad en los precios de los productos
primarios- pero bajo un conjunto de nuevas
condiciones: i) valores más estables de los fletes
internacionales; ii) mínima normalización de compra
por parte de los países importadores líderes (China,
India, Rusia); iii) estabilidad en los niveles de
precios finales de los alimentos (en lugar de la
agflation que rigió entre mediados de 2007 y 2008);
iv) un debilitamiento del dólar respecto de las
restantes monedas; y v) demandas similares a las
existentes entre los años 2005 y 2007. La incógnita
que perdura, se refiere a la sustentabilidad futura
de la demanda, habida cuenta que aún no han
concluido los efectos financieros sobre el sector
real y que las tasas de desocupación de varios de
los países desarrollados están en ascenso.
Necesariamente el tema es matizado por tres
factores: i) las especificidades (en términos de sus
respectivas elasticidades ingreso) de cada mercado
en particular (desde aquellos asociados con los
alimentos básicos hasta los de alta gama); ii) las
participaciones en el comercio internacional de los
países de la región; y iii) su posicionamiento
competitivo (especialmente cuando en las cadenas
globales de valor comienzan a tener un peso
relevante los demandantes)
Como es de esperar, entre las
dos últimas etapas, la realización de los “efectos
pobreza” asociados a la crisis y a los nuevos
precios relativos produce re-posicionamientos
empresarios. Aparecen los primeros casos de compras,
fusiones y acuerdos que -según cada mercado- van
camino a reconfigurar las CGV. En buena medida,
estos movimientos tienen una fuerte presencia
pública, materializada tanto en ayudas financieras
temporarias a empresas líderes en sus respectivas
actividades (caso USA con la industria frigorífica)
o asistencias para generar nuevos liderazgos de
porte internacional (como el caso del programa de
apoyo de BNDS a la fusión Sadia-Perdigão en Brasil).
En el contexto de horizontes de
corto plazo no exento de turbulencias -por razones
que van desde los problemas climáticos hasta el
eventual reingreso de capitales especulativos
masivos y súbitos a los mercados de futuros de
granos- todo parece indicar que los mercados
alimentarios se orientan a retomar los senderos que
transitaron -en precios y volúmenes- durante los
primeros años de la década (habiendo superado la
burbuja 2007-2008). Algunos datos parecen sustentar
estas afirmaciones generales que lógicamente pueden
no verificarse en casos puntuales.
Gráfico Nro 4. Evolución
mensual de precios FOB Golfo. Soja, Maíz y Trigo
(Dólares por tonelada)

Fuente: Elaboración propia en base a SAGPyA (2009).
Los valores nominales indican
que -más allá de la burbuja 2007-2008- el último
trimestre evidencia valores compatibles con una
tendencia creciente iniciada a principios de la
década y consistente con los nuevos fundamentals de
estos mercados a los que hiciéramos mención en la
primera parte del trabajo.
Comportamientos similares
pueden observarse en precios registrados en diversos
mercados para productos más elaborados que los
anteriores.
Grafico Nro 5. Evolución de Precios. Diversos
productos.

Fuente: Elaboración propia en base a datos de FMI
(2009).
Más allá de las incipientes
recuperaciones de precios, la crisis afectó el
funcionamiento de las CGV en varios sentidos.
Desaparecido el clima de
sobre-demanda y expectativas a las alzas de precios,
al interior de las cadenas de valor tiende a
morigerarse el peso de la oferta como “driver”. En
la mayoría de los casos, reapareció una mínima
demanda pero se trata de “mercados de compradores”
(donde a la demanda hay que captarla) en desmedro de
“mercado de vendedores” (donde éstos
imponían/inducían condiciones y la demanda era
cautiva). En tal sentido, reaparecen todas las
condiciones que habitualmente imponen los
compradores (normas de calidad, sistemas de
entregas, modalidades de logística, etc.).
Comienzan los procesos de
reacomodamientos empresarios en nodos claves de las
diversas CGV en pro de reposicionarse para el retome
en el escenario de mediano y largo plazo. Comienzan
las primera operaciones de cambio de propiedad de
firmas, pero no parece verificarse quiebras masivas
y/o de empresas emblemáticas (como en el terreno
estrictamente industrial). En todos los casos, las
estrategias inversoras apuntan a ganar escala
ascendiendo a las etapas más sofisticadas de las
cadenas de valor, etapas que se ubican en los
extremos como la provisión de sofisticados insumos
para la actividad primaria o la distribución y el
comercio. Se trata, por otra parte de los eslabones
de las cadenas de valor donde menores reducciones de
precios se verificaron en la reciente crisis.
Este clima de retome de la
tendencia de largo plazo es visualizado desde muy
distintas perspectivas. Las mega empresas privadas
proveedoras de insumos apuestan a desarrollos
tecnológicos radicales para duplicar las
producciones primarias (entre los años 2030 y 2050)
en base a (mínimas) expansiones territoriales y
(máximas) ganancias en productividad por aplicación
de nuevos paquetes tecnológicos. Coincidentemente,
diversos organismos públicos y/o internacionales
proyectan matrices energéticas a largo plazo con
fuerte presencia de bioenergía, reforzando las
demandas para estas actividades. A su vez,
organizaciones internacionales dedicadas a los temas
alimentarios advierten sobre las necesidades
alimentarias (y de otro tipo) derivadas de dos
fenómenos: i) los incrementos poblacionales, y ii)
los cambios en los hábitos alimentarios asociados
con los crecientes procesos de urbanización de
ingentes masas poblacionales (FAO, 2008; IFPRI,
2007).
Todo ello apunta a pensar que
la crisis en curso no ha afectado los fundamentals
que sostuvieron el dinamismo de esta actividad en el
pasado reciente aunque se advierte la generación de
una serie de cambios estructurales y de
funcionamiento a las cadenas globales de valor como
sustento organizativo de los procesos de producción
y distribución de alimentos. Éstos debieran ser
advertidos rápidamente por los países de la región
insertos en ellas en las etapas menos complejas y
crecientemente alejadas de las grandes rentas que
genera el conjunto de la actividad.
Como toda crisis, la situación
actual abre oportunidades de reposicionamiento para
los países de la región, especialmente para algunas
producciones particulares. En perspectiva, la Región
aparece -por sus dotaciones naturales, trayectorias
tecnológicas y productivas previas y base
empresaria- como el proveedor “natural”, con mayor
capacidad de expansión, y cuasi exclusivo en el
aprovisionamiento de “proteínas verdes”. Sin
embargo, ello demanda tecnologías e inversiones no
siempre disponibles ni controlables por parte de
residentes locales. Desarrollos en tal sentido
implican además reforzar el posicionamiento actual
en las principales cadena de valor confinado a las
fases primarias, con fuertes dotaciones de capital
fijo y baja rotación del circulante (altos costos de
entrada y de salida).
Abre, asimismo, posibilidades
para una mayor presencia en los mercados ubicados en
las fases de mayor complejidad industrial e incluso
comercial. Dinámicamente, el desafío está centrado
en evolucionar hacia el aprovisionamiento de
alimentos y la consolidación en el abastecimiento de
materia prima. Para ello se torna necesario el
fortalecimiento de estrategias de mediano y largo
plazo que aúnen acciones públicas y privadas a fin
de minimizar los escollos tecnológicos y productivos
que demanda una creciente integración en las fases
más dinámicas de las cadenas de valor
agroindustriales.
Fuente: redmercosur
Referencias
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¿asincronía o co-evolución de las instituciones?”,
Seminario Institucionalidad Agropecuaria y Rural,
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Bisang, R. y Campi, M. (2009),
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LA
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