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Jorge Zabalza
polemiza con Mujica*
Desde que
secundaria incentiva a informarse sobre la “historia
reciente”, algunos estudiantes cerrenses se han
acercado a Santa Catalina en busca de mi testimonio.
Por cierto, no me causa gracia ser visto como parte
de la historia, una especie de momia con memoria...
He
podido comprobar que, por lo general, los
adolescentes poseen una imagen distorsionada del
golpe, lo creen consecuencia de la guerra entre
tupamaros y el ejército. El análisis más riguroso
desvirtúa esa visión errónea y simplista de la
historia, pero la teoría de los dos demonios viene
ganando subjetividades a nivel popular,
especialmente en esa juventud nacida después de
1985, que asume de manera no consciente esa visión
reaccionaria de la historia.
Aún
antes de los ’60, el estancamiento de la producción
del campo y la pérdida de capital de las industrias
protegidas, había hecho caer las ganancias de la
clase capitalista que, como siempre, buscó hacer
pagar los platos rotos por la crisis al pueblo
asalariado.
Un par
de cifras bastan para dejar en evidencia que los
motivos del golpe cívico-militar fueron más bien
prosaicos:
-antes
de la dictadura, el pueblo asalariado disfrutaba de
ingresos equivalente a más o menos el 40% de la
torta producida cada año en el país
-a la
salida de la dictadura, esa parte de la torta que
iba al salario había sido reducida hasta alrededor
del 20%.
Según
explica Raúl Sendic (padre) en uno de sus artículos,
la reducción de los ingresos de los asalariados
entre 1976 y 1985, representó una brutal
transferencia de 6.047 millones de dólares hacia los
dueños del capital, que fueron a parar a la
especulación financiera. Un robo.
Como
nadie tolera ser robado sin oponer resistencia, las
organizaciones sociales salieron a la calle a frenar
el asalto que sufrían. Viendo que la rapiña no salía
por la vía pacífica (elecciones nacionales y
parlamento), los dueños del Uruguay quitaron la
careta liberal a su democracia e iniciaron, con el
pachecato, la escalada de violencia hacia el
terrorismo de estado.
Cuando
Pacheco no fue suficiente, convocaron a sus fuerzas
armadas ordenándoles cometer el robo y ofreciéndoles
una parte del botín. Los milicos hicieron el mandado
concienzudamente: desaparecieron forzosamente y
asesinaron a cientos de militantes, torturaron a
decenas de miles de personas y encerraron a todo el
pueblo en el campo de concentración que fue el
Uruguay entero.
Sus
crímenes tuvieron la finalidad de crear el clima de
terror que necesitaban para la rapiña. Hubo un sólo
demonio, el que desató la guerra contra el pueblo
asalariado para apropiarse de los más de 6. 000
millones de dólares. Encubierta por toda su
parafernalia nacionalista y patriotera, la dictadura
consistió en el uso de la fuerza militar con el
objetivo de que la clase dominante se apoderara del
80% de la torta producida cada año.
Es lo
que explico a los estudiantes, aunque no la
explicación tal vez contradiga los programas de
secundaria. Como son futuros asalariados, me parece
interesante que vayan aprendiendo a relacionar
política con clases sociales y salario, que
comprendan, además, que la esencia de un programa
popular está en la restitución del poder adquisitivo
que la dictadura arrebató al pueblo asalariado.
Raúl
Sendic lo introdujo en su programa de soluciones
como señaló en un artículo de Mate Amargo
el 6 de diciembre de 1987: “Hay que hacer cumplir el
veredicto del referéndum. Ahí está la valentía, el
desafío audaz ante la prepotencia, de un vasto
sector de nuestro pueblo, y que no se puede
negociar. Hay que aumentar los salarios para
devolver al pueblo trabajador uruguayo, por lo menos
el poder adquisitivo que le quitó la dictadura. Eso
no se puede transar. No hay que pagar un dólar más
por la deuda externa. Esta configura una estafa
descomunal y no se puede seguir quitando el
alimento, la salud y la enseñanza a los uruguayos
para darle más capital al gran capitalismo. Esto
tampoco admite transacciones ni fórmulas
intermedias”.
Este
programa innegociable. Si se transa con el
poder...no se está con el pueblo. Así enseñaba Raúl
Sendic.
Hace un
par de siglos que la historia nacional es la
historia de la confrontación entre dos proyectos
antagónicos e irreconciliables, por un lado el de
los dueños del Uruguay, que luchan por conservar el
poder que les permite apropiarse del 80% de lo
producido cada año – y por eso es el proyecto
“conservador”- y, por el otro lado, el proyecto de
la emancipación social, que quiere arrebatar a la
clase dominante ese poder económico y político para
que el pueblo asalariado transforme
revolucionariamente la sociedad capitalista.
Ninguno
de esos proyectos es para “todos los uruguayos”.
Cada uno pretende beneficiar a uno de los extremos
de la bautizada “brecha social” por la academia, que
ya es más bien abismo que simple brecha.
Un
extremo es el vértice de los grandes propietarios,
alrededor de 300 familias y empresas que monopolizan
la propiedad de los 2.176 latifundios mayores de
1.000 hectáreas, del comercio agroexportador, así
como de algunas industrias y empresas de servicios
medianas.
Ellas
están asociadas y subordinadas a los grandes
capitales transnacionales de la banca, el
monocultivo sojero y de eucaliptus y la industria
frigorífica, les “regalan” zonas francas y se hacen
los distraídos cuando Botnia se vuelve el mayor
latifundista del país, jamás nunca se los ha visto
asumir la defensa del capital nacional y oponerse a
los designios del imperialismo.
El otro
extremo es la base de la pirámide, el millón y medio
de asalariados y jubilados que no pagan IRPF porque
sus ingresos no llegan al mínimo imponible. La
condición de pobreza, sin embargo, no está dada
solamente por el poder adquisitivo, no se mide por
el consumo de las familias. La pobreza es estar
sometido a una existencia intrascendente y
resignada, una vida de sometimiento y explotación.
Los pobres pasan por la vida, no que la viven. La
pobreza es de espíritu.
El
objetivo primordial de la dominación de clases es
mantener a los oprimidos en el subdesarrollo
intelectual, que les sea imposible comprender que
emanciparse del poder económico es la única manera
de terminar con la pobreza. Si el millón y medio se
revolucionara... ¡adiós a las 300 familias dueñas de
todo!
La
misión política de los partidos conservadores es
arrastrar al pueblo asalariado bien lejos del
proyecto emancipatorio, arrastrarlos mediante la
amortiguación y la demagogia tras el proyecto
conservador, alienarlos hasta que “besen llenos de
felicidad el látigo de quienes los oprimen”. Han
tenido éxito.
Recurro
a las cifras nuevamente:
-en
1971, la lista más votada fue la del SI al
plebiscito para permitir la reelección de Jorge
Pacheco Areco: ¡medio millón de votos!, para apoyar
la escalada hacia el golpe de Estado.
-en
1980, más del 40% del electorado votó el SI a la
reforma constitucional de los milicos, o sea, que de
hecho, un importantísimo sector de la población
apoyaba lo actuado por la dictadura.
-en 1989
más del 50% votaron amarillo. Aunque haya influido
la propaganda aterrorizadora de la derecha sobre un
porciento de esos votantes, hubo un núcleo duro que
estaba ideológicamente de acuerdo con la impunidad
de los criminales en delitos aberrantes.
Sin ser
exageradamente pesimistas, puede afirmarse que
durante décadas los partidos tradicionales lograron
retener a más del 40% del electorado apoyando el
proyecto conservador, aún cuando la mayoría vote –y
actúe, lo que es peor- en contra de sus propios
intereses.
Otros
números que no mienten.
Después
de casi cinco años de política redistributiva
progresista, el senador Alberto Couriel confesó –sin
otro apremio que el electoral- que los millones de
dólares que dejó el crecimiento de la producción,
fueron a parar directamente a las arcas del 5% más
rico de los uruguayos, o sea, de los dueños de
latifundios y bonos de deuda pública. Nadie lo ha
desmentido, ni siquiera Astori.
Por el
contrario, los asalariados que en los últimos años
del siglo XX, habían recuperado parte de lo perdido
durante la dictadura, alcanzando a recibir un 30% de
lo producido en el país, con el gobierno progresista
retrocedieron nuevamente al entorno del 20% que
recibían al 1985.
Añade el
mismo Couriel que los asalariados reciben hoy un
5.6% menos que entre 1998 y 2001, gobierno de Jorge
Batlle antes de la crisis del 2002, y Joaquín
Etchevers, por su parte, evalúa esa disminución en
un 33% durante el período 2005-2007 en que la
política económica fue conducida por Astori.
Calcula
Etchevers que cada uno de esos años (2005, 2006 y
2007), aproximadamente 1.700 millones de dólares que
antes recibía el pueblo asalariado ahora van a para
a manos de la clase capitalista. Otro robo...no?v
Muchos creyeron que la victoria frenteamplista del
2004 significaba el comienzo del fin del sistema,
pero la prometida redistribución de la riqueza
terminó siendo una contraredistribución. Esta vez la
clase dominante no precisó de un golpe de estado
para rapiñar el salario, lo hizo en plena democracia
progresista, con consejos de salarios y ministros
provenientes del movimiento sindical.
Es que,
en definitiva, la victoria del Frente Amplio no
significó un debilitamiento del apoyo electoral al
proyecto conservador. Si al exiguo 8% que vota al
Partido de Bordaberry, se le suman los votantes de
Lacalle y de Astori, nos reencontramos con aquel 40%
del electorado que votaba a Pacheco, al SI a la
dictadura y al SI a la impunidad. Apenas fue un
traslado de votantes desde la demagogia
“tradicional” hacia la nueva demagogia de los
sectores progresistas de derecha encabezados por
Vázquez y Astori.
Como
actualmente la torta es más grande, aunque sea más
pequeño el trozo que corresponde al pueblo, para
cada asalariado o jubilado representa unos pesitos
más con relación al 2004. Disponer de esos pesitos
más es tremendamente importante en condiciones de
miseria, repercute sobre el estado de ánimo
colectivo, ayuda a pasar desapercibida realidad tal
cual es: los ricos son cada vez más ricos y la
injusticia social es mayor aunque se disfrace de
progresista.
Sobre
esa subjetividad del “pesito más”, es mucho más
fácil para el progresismo la comunicación con el
millón y medio de pobres, los ha convencido que es
posible “arrastrar” a los empresarios, no al
proyecto de emancipación, pero sí hacia una
redistribución más equitativa de la riqueza. v ¿Qué
es “redistribuir el ingreso nacional”? Muchos
frenteamplistas le llaman “desarrollo social” a la
política generosa de asistir con otros pesitos más a
excluidos y marginados, a cambio de que sus hijos
concurran a CAIFs y escuelas a recibir alimentación
y laptops. Nos afiliamos a la idea de Sendic,
redistribuir hoy es “aumentar los salarios para
devolver al pueblo trabajador uruguayo, por lo menos
el poder adquisitivo que le quitó la dictadura. Eso
no se puede transar”. Una inyección de capital para
desarrollar la producción para el mercado interno,
no para la exportación y la dependencia de los
mercados exteriores. No se puede transar.
Hacerlos
devolver al pueblo lo que le robaron y le roban es
traslado de fondos por miles de millones dólares a
la mesa de los asalariados, a su vivienda, a su
salud, a su educación... ¿se imaginan? Expropiar de
hecho a las 300 familias. No es un programa un
anticapitalista, por supuesto, pero reaccionarán
como los dueños de Bolivia o los de Venezuela.
Que me
perdonen quienes militan entusiastas para
“profundizar los cambios”, convencidos de que el
segundo gobierno tendrá un carácter realmente
popular, pero no hay nada que me permita creer que
José Mujica cambiará el rumbo de la política
económica de Astori- Vazquez, que apoyó y compartió
todos estos años desde el Consejo de Ministros.
La
delgada línea de lo popular pasa por estar con los
dueños del Uruguay o contra ellos. Enfrentarlos o,
pragmáticamente, hacerse los distraídos. Consentir
el delito de rapiña continuada u obligar a restituir
al pueblo lo que se robaron. Se busca un presidente
con la voluntad política de Evo Morales y un pueblo
con la fuerza que hoy poseen el boliviano y el
venezolano.
Mujica
es incapaz de estimular la resurrección del espíritu
de rebelión que caracterizó a nuestro pueblo
asalariado. Es incapaz de proponer a las multitudes
que apoyen concientemente el proyecto de
emancipación social. Todo lo contrario, el 29 de
junio ya estaba acordando el reparto de cargos
con la derecha del Frente Amplio al mejor estilo de
los viejos caudillos de los partidos burgueses. Con
la excusa de “hay que ganar en octubre”, se firmaron
los contratos que aseguran el “continuismo” en las
políticas económica y salarial del próximo gobierno.
“Continuista” pero que te deja contento con guiños
picarescos y dichos arrabaleros: el proyecto
conservador ha encontrado el caudillo más apto para
arrastrar pueblo hacia la mesa del pacto con las
cámaras empresariales y los centros militares.
*Jorge Zabalza y José Mujica fueron entre otros,
en la década del 60, referentes del Movimiento de
Liberación Nacional- Tupamaros.
Ambos, entre otros, fueron rehenes de la
dictadura.
Hoy Mujica es candidato a la Presidencia de la
República por el Frente Amplio. Zabalza renunció al
Frente Amplio y no integra ningún grupo de la
izquierda extrafrentista que compita electoralmente
en los comicios nacionales del 25 de octubre de este
año.
LA
ONDA®
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