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Bartolomé Hidalgo
o el pintor de Cielitos
por
Martín Bentancor
Esta será una de nuestras
personalidades homenajeada
en el Día del Patrimonio
El nombre de
Bartolomé Hidalgo suele estar íntimamente
relacionado con el bronce o con una leyenda en un
pedestal. El Primer Payador Oriental. El Primer
Poeta de la Patria. El Padre de la Poesía Gauchesca.
Debajo de los ornamentos, de las florituras
retóricas, debajo propiamente del bronce inmaculado,
lo que se encuentra es una obra extraña, no solo
para la época en que fue concebida sino para su
ubicación en el canon de la literatura local.
Nacido en la joven
Montevideo de 1788, Bartolomé Hidalgo creció en el
seno de una familia pobre, palpando los rigores de
los desplazados en la ciudad colonial y es en ese
contexto que debe entenderse su enrolamiento – en
1806 – al Batallón de Partidarios de Montevideo y,
cinco años después, su adición a la causa
libertadora dirigida por José Artigas. A partir de
ahí, en Hidalgo germinan, al mismo tiempo, el
revolucionario de armas tomar y el cronista que con
su pluma irá registrando los avatares del conflicto
armado y los movimientos políticos de la época. Hay
un momento, justo es decirlo, en que la pluma le
gana al sable para fortuna del público de la época y
el registro de la Historia posterior.
Tras su muerte
-ocurrida en Morón, Argentina, el 22 de noviembre de
1822 – un oscuro manto de niebla cayó sobre su
nombre y su obra, ese mismo manto de niebla que
ciertos gobiernos deslizan sobre funcionarios caídos
en desgracia o sobre determinados enemigos
políticos. El olvido que se apoderó de la obra de
Bartolomé Hidalgo comenzó a ser disipado, muchas
décadas después, a través de la gestión de ciertos
grupos nativistas que, equivocados en muchos casos,
erigieron al poeta muerto joven como un símbolo de
férreo patriotismo. En realidad, Bartolomé Hidalgo
fue mucho más que un poeta patriótico y combativo;
sus creaciones destilan finas ironías, echan mano a
recursos estilísticos variados (revelando un mapa de
amplias lecturas) y apelan a una musicalidad – el
marco de las obras era el de la canción – innovadora
para la época. Tal es el caso de su ciclo de
“Cielitos”, un conjunto de composiciones en
cuartetas dedicadas a reflejar determinados
episodios del momento.
Actuando como un
atento cronista, en los “cielitos” Hidalgo pinta
personajes, situaciones y episodios concretos que
luego integrarán los libros de historia (pero que en
el momento de ser escritos son palpables hechos del
presente) con una aparente economía de recursos y
engañosa sencillez. Bajo la sentencia inicial
“Cielito, cielo que sí…”, el poeta va edificando, en
la mayoría de las estrofas de cada composición, una
lectura de la realidad que mezcla un primitivo
olfato periodístico con las centenarias artes del
juglar. Su extenso Cielito patriótico, por
ejemplo, comienza con una invocación a la guitarra,
quien será su compañera a la hora de interpretar lo
que ha sido escrito:
“No me negués este día,
Cuerditas
vuestro favor
Y
cantaré en el Cielito
De
Maipú la grande acción.”
Esa invitación
inicial da pie a las intenciones del vate: el
registro de una batalla, concretamente el
enfrentamiento entre las fuerzas patrióticas
argentino-chilenas y el ejército realista, ocurrido
el 5 de abril de 1818 en el Valle de Maipo, cerca de
Santiago de Chile, y que contribuyó, en gran medida,
a la independencia de Chile de la Corona Española.
En las treinta y cinco estrofas que siguen,
Bartolomé Hidalgo se dedica a narrar diversos
episodios de la contienda y, de paso, reflexiona
sobre el poder de los ejércitos, las estrategias
empleadas por cada bando y se detiene en el grupo
humano que él mismo integra a las órdenes del
General José de San Martín:
“En el paraje mentao
Que
llaman Cancha Rayada
El
General San Martín
Llegó con la grande armada.
Cielito, cielo que sí,
Era
la gente lucida
Y
todos mozos amargos
Para
hacer una embestida”
En sus versos,
Bartolomé Hidalgo no cae en la exaltación fanática
de los líderes patrióticos (San Martín, Artigas) y
cuando deja aflorar cierto sentimiento de rebeldía
es en función de la causa de la libertad que hermana
a quienes luchan con quienes gozarán de ese
beneficio:
“Viva nuestra Libertad
Y el
General San Martín
Y
publíquelo la fama
Con
su sonoro clarín”
El registro de
acciones concretas de la batalla es lo que le da más
vivacidad al extenso poema, formando un logrado
equilibrio entre las peripecias propias de un
conflicto armado y la reflexión sobre los países que
pelean. Al narrar esas acciones, se revela el poder
de observación de Hidalgo (de primera mano ya que no
hay que olvidar que, en definitiva, él es un soldado
más), además de la capacidad compositiva que logra
resumir en cuatro versos una acción defensiva de
alguna de las partes:
“Empiezan a menear bala
Los
godos con los cañones
Y al
humo ya se metieron
Todos nuestros batallones”
………………………….
“Peleó con mucho coraje
La
soldadesca de España,
Habían sido guapos viejos
Pero
no por la mañana.
“Cielo, cielito que sí,
La
sangre, amigo, corría
A
juntarse con el agua
Que
del arroyó salía”
Al avanzar en el
registro, el Cielito Patriótico va uniendo
imágenes de la contienda y en su montaje presenta
una suerte de amplia pintura de lo que debió ser la
Batalla de Maipú. Cada viñeta narrada va tomando su
lugar en el hipotético lienzo y, al acabar la
lectura, tenemos delante una visión completa del
campo de batalla que incluye a la disposición de los
ejércitos, los accidentes naturales del terreno, el
armamento empleado, el registro de las bajas de los
dos bandos y hasta el propio cronista al que vemos
integrando la acción y no privándose de cierto humor
en el empleo de logradas comparaciones, como cuando
dice:
“Cielito, cielo que sí
Hubo
tajos que era risa,
A
uno el lomo le pusieron
Como
pliegues de camisa.”
Ese poder de registro
preciso e inmediato de un hecho es lo que emparenta
a Bartolomé Hidalgo con la obra posterior de los
payadores y lo que lo ha llevado a ser considerado
el Primer Payador. De hecho, en los fogones de
Artigas, según crónicas de la época, Bartolomé
Hidalgo se lucía pulsando la encordada y elevando
versos repentistas ante un variado auditorio.
Desde su condición de
poeta en tiempos difíciles, su innegable valentía al
luchar contra el enemigo, su lucidez a la hora de
componer cielitos y décimas y hasta en esa muerte
rápida, en la plenitud de su vida, Bartolomé Hidalgo
estaba llamado al bronce y al gesto fiero y
congelado de todas las estatuas. Debajo del bronce,
la piedra, el canon, la letra de molde, los
homenajes y las recordaciones, late la voz del
hombre. Una voz que, por una cuestión puramente
tecnológica, no nos ha llegado pero que sentimos
nítida y fuerte en esas pinturas escritas que son
sus cielitos.
LA
ONDA®
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