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¿El fútbol la nueva
religión del siglo XXI?
por David
Rodríguez Seoane
El fútbol cristaliza los anhelos de millones de
personas,
que se sienten únicas dentro de la masa.
Es la nueva religión del siglo XXI.
El ser humano tiene la
necesidad de creer y de dirigir sus pasiones más
elevadas a mitos en los que despliega sus
fantasías. En esa carrera por escapar de la realidad
es en donde aparece la nueva religión del siglo XXI.
Este culto supera en seguidores a la devoción
cristiana o musulmana, mayoritarias pero que
engloban “tan sólo” al 50% de la población mundial.
Hoy, la pasión por el fútbol alcanza a todas las
razas, lenguas y credos.
Stephen Tomkins, autor de Una
breve historia de la Cristiandad, escribió en su
libro: “Estamos abandonando las iglesias por los
campos de fútbol. Los jugadores son dioses; las
gradas, los bancos de los templos. El fútbol es la
nueva religión”. Y algo de razón debe de tener,
cuando más de 80.000 personas acuden en masa al
estadio Santiago Bernabéu para asistir a la
presentación de Cristiano Ronaldo como nuevo jugador
del Real Madrid. Cuando las camisetas (con el dorsal
y el nombre del astro portugués escrito con
caracteres latinos, chinos y cirílicos) se venden en
todas partes. ¡Quince por minuto en las dos primeras
horas! O cuando en Argentina, con la emergencia
sanitaria ya decretada por la gripe A y con medio
país entre algodones, miles de hinchas se agolparon
en las bancadas de la “cancha” de Vélez Sarsfield
para seguir la final del torneo Clausura frente a
Huracán.
El fútbol no conoce límites.
Según la FIFA, 270 millones de personas lo practican
de manera habitual en todo el mundo. La cifra de los
aficionados que lo siguen es incalculable pero todas
las estimaciones la aventuran tan elevada como para
lograr que 1.000 millones de espectadores se
congregasen para seguir en directo un mismo partido.
Ocurrió en la final del mundial de Alemania,
celebrado en 2006.
Tanta devoción por la pelota ha
derivado en la consagración de personajes endiosados
que se contonean por el campo luciendo estupendos
bronceados y reflejando la imagen con la que muchos
niños, y no tan niños, sueñan con llegar ser algún
día. El ejemplo de CR9, como mito de la belleza
personificada, es uno de muchos. Kaká, el mito del
chico bueno que nunca ha roto un plato; Zidane, el
mito de la elegancia y la sobriedad; o Maradona, el
mito del chico humilde que llegó al cielo y luego
bajó a los infiernos por sus problemas con la droga.
Son, como asegura el periodista y escritor inglés
John Carlin, algunas de las representaciones del
“mesianismo que afecta a las estrellas del deporte”
y el entretenimiento. Una secuela moderna de la
mitología griega de los Adonis, Apolos, Narcisos y
otras divinidades del Olimpo.
Con todo ello, en poco se
parece el fútbol de hoy con el que pasaba por las
botas de Pelé, Di Estafano o Beckenbauer. El
marketing agresivo y el show business han hecho de
este juego un auténtico negocio que mueve billones
de dólares en concepto de publicidad, derechos
televisivos, sueldos y emolumentos desmesurados y
traspasos galácticos. Una imponente circulación de
dinero que deja enormes rentabilidades para sus
beneficiarios. Pero para alcanzar los márgenes
esperados, es necesario que el espectáculo se
revista de grandes cantidades de cartón y
brillantina que alienten el “fervor religioso” del
hincha que, sea cual sea su posición económica, no
vacila a la hora de emplear su dinero en el abono
mensual de su equipo, la camiseta de su jugador
favorito o en cualquier otro “objeto de adoración”
que revitalice su fe y le haga sentir parte
importante de un todo. De ahí los postres en sus
habitaciones como iconos de sus fantasías.
Cuando el árbitro pita el
inicio del encuentro no sólo entran en juego los
intereses económicos y deportivos de los
contrincantes. También se disputa el sentimiento y
la ilusión de millones de gargantas que jalean y
defienden sus colores porque cada gol y cada
victoria es el triunfo concreto y personal de cada
uno de ellos. El estadio como diván de sueños
freudianos. Es la sensación intransferible de
sentirse único dentro de la masa. Es la máxima
expresión de una fe que mueve multitudes y que
convierte el balón en un milagro. Y todo, por un
pedazo de cuero.
ccs@solidarios.org.es
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