Homenaje en los 100 años
del escritor Juan Carlos Onetti
por Wilfredo Penco y Josefina Ludmer

El pasado 1 de julio, se realizó un acto académico en el Paraninfo de la Universidad en homenaje a los 100 años del escritor Juan Carlos Onetti, premio Cervantes.

 

Expusieron sobre el autor de “El Pozo”, la ministra de Cultura ingeniera María Simón, el Director Nacional de Cultura, Hugo Achugar,  decano de la Facultad de Humanidades, Dr. José. Seoane, Dr. Wilfredo Penco,  escritor Tomas De Matos y los académicos Josefina Ludmer,  Hugo Verani y Daniel Balderston

 

Lo que sigue a continuación son las exposiciones en dicho evento de Wilfredo Penco y Josefina Ludmer.

 

Onetti y tres

breves recuerdos

Dr. Wilfredo Penco

 

 

Hoy nos reunimos en el Paraninfo de la Universidad para participar en este acto central de la serie de homenajes que el estado uruguayo tributa a la memoria de Juan Carlos Onetti en el Centenario de su nacimiento.

 

 La Academia Nacional de Letras – institución oficial en la cultura literaria y lingüística del país – se suma, en particular, a estos homenajes, entre otros motivos para saldar – de alguna forma – la deuda histórica contraída, en su momento, con Juan Carlos Onetti. Entre los muy destacados especialistas en la obra “onettiana” que expondrán en la segunda parte de este acto, se encuentra el Prof. Hugo Verani – miembro correspondiente de la Academia. Otros académicos integrantes de la Corporación – dictarán conferencias a lo largo de este año en celebración del centenario de Onetti.

 

Quiero compartir con ustedes tres breves recuerdos que se vinculan con el autor de esas novelas magistrales, como son: “La vida breve”, “Junta Cadáveres” y “El Astillero”. El primero es de comienzos de 1980 – de la década de 1980 – cuando a Onetti se le otorgó en Madrid el Premio “Cervantes”. La información llegó a Uruguay como un soplo estimulante de libertad desde el exilio uruguayo en España. La difusión de la obra de Onetti – sino prohibida – había sido muy acotada y censurada dentro de fronteras, hasta la aparición de “Dejemos hablar al viento”. La noticia del “Cervantes”, me permitió reunir y publicar – en una revista de la época – los comentarios de tres de sus amigos y fervorosos lectores: Manuel Flores Mora, Luis Hierro Gambardella y Mario Arregui. La nota compiladora fue titulada con indisimulado entusiasmo: “Onetti, el grande”. Su desproscripción había comenzado.

 

El segundo recuerdo se traslada a diez años después, cuando el gobierno de Montevideo estaba encabezado por el actual presidente de la República, Dr. Tabaré Vázquez, quien me hizo el honor de designarme – al comienzo de su gestión - como Director de Cultura de la Comuna. En 1991, Onetti recibió el más importante premio literario que otorga la ciudad de Montevideo: el premio “José Enrique Rodó”. Le di a conocer lo resuelto telefónicamente y, a los pocos días, hizo llegar su nota de aceptación y agradecimiento, acompañada de su deseo de que el monto del premio fuera destinado a la compra de libros para las bibliotecas municipales, de las que él había sido director durante varios años. Su voluntad se cumplió al “pie de la letra”.

 

La tercera – y última evocación – refiere a un episodio ocurrido en 1992, cuando visité a Onetti en su apartamento de la Avenida de América en Madrid. Fue un día luminoso de abril, que incluyó un almuerzo con Dolly y Jorge Onetti, al pie de la terraza-jardín y una larga y – sin desperdicio – conversación con Onetti, en su cuarto. Él – tal como lo muestran las imágenes de esos años y de otros años – acostado en su cama, apoyado en un gastado codo para apenas incorporarse, no dejó de hablar de libros, autores y política nacional. Y, sobre todo, conversamos sobre Montevideo, inolvidable, para él, en una perspectiva de resignada nostalgia. Sobre el lado este del Solís, una foto de Onetti, rodea las alturas del Teatro. Desde esa suerte de ventana crepuscular, desde sus 100 años, la imagen de Onetti parece seguir mirando con nostalgia a Montevideo. A sus lectores, sólo nos resta agradecerle – una vez más – su obra, que permanece entre nosotros y nos ayuda a descubrir algo más del misterio existencial de los otros y de nosotros mismos. Y gracias, también, a Dolly, por su perseverancia, porque a ella – también – le debemos que Onetti esté más cerca de todos. Muchas gracias.

 

Onetti y el momento de la

fusión entre los dos mundos

Josefina Ludmer

 

Yo pretendo con Onetti traerlo al presente. Este es – un poco – el sentido de mi exposición. Un centenario es el momento de producir un “clásico”, porque los clásicos de la literatura se van haciendo a lo largo de un tiempo, en un proceso de producción – casi podría decirse “un proceso de fabricación” – definido por una serie de guerras por la interpretación de ese autor.

 

El proceso parece terminar con un acuerdo y la decisión de una nación o un grupo de naciones – y aquí cito a Borges – de declarar a ese autor como su representante y leerlo con previo fervor y con una misteriosa lealtad. Yo diría que un “clásico” es un autor que puede ser leído como “presente” por muchos “presentes” y que hoy – leer a Onetti como clásico – es hacerlo presente, traerlo de su tiempo a ahora.

 

El “tiempo de Onetti” es – para mí – el tiempo de los clásicos latinoamericanos del siglo XX. Ese tiempo transcurre entre 1940 y 1970 y es la culminación de una serie de movimientos de modernización nacional, tanto en Uruguay como en Argentina. En esa culminación de la modernidad, chocarían y se fusionarían varias historias.

 

La primera es la historia de la independencia literaria, o sea - como técnicamente decimos (la gente de letras) – la “historia de la autonomía de la literatura”, que culmina en ese momento y que se acompaña de la historia de las editoriales nacionales y los medios culturales modernos. O sea, en ese tiempo culmina un proceso histórico que es nacional, de las naciones latinoamericanas, que es – también – un proceso histórico de la independencia de la literatura, de todo lo que no sea ella – o sea, de su autonomía total – y también un momento de culminación de los medios culturales, tanto en Argentina como en Uruguay. Y Onetti participa absoluta y plenamente de esa historia.

 

En primer lugar, digo que esa historia es la de la producción de clásicos del siglo XX. Lo pongo junto con Borges. Y están allí, editando sus libros en las editoriales nacionales uruguayas y argentinas – en “Sur”, en “Losada” – en lo que fueron las grandes editoriales en la época de culminación de las ciudades – también – latinoamericanas modernas. Las grandes editoriales que fueron posibles por el exilio de los republicanos españoles, sobre todo en Argentina.

 

Ellos crearon esas editoriales que acompañaron y – porqué no – produjeron, en cierto modo, los grandes textos de nuestros clásicos, tanto Borges como Onetti. Vivieron la misma época – Borges y Onetti – y se sitúan ahí, en ese cruce de historias culturales. Los dos trabajaron – fíjense – en medios culturales modernos, de avanzada en su época. Onetti fue secretario de redacción de “Marcha” y Borges colaboró en la revista “Multicolor” de los sábados que era el suplemento del diario “Crítica”. O sea, imaginar a Borges y a Onetti, en ese momento de modernización de las ciudades, de las grandes editoriales nacionales, del apogeo – podríamos decir – de las naciones latinoamericanas, de los medios de comunicación modernos – totalmente – ahí produciendo sus obras, en la más absoluta independencia y autonomía de la literatura.

 

Me voy a referir – muy brevemente – a este problema de la autonomía literaria. “Autonomía” quiere decir “libertad”. La literatura evoluciona y llega a un punto en el que puede declararse plenamente libre, independiente de cualquier ideología, de cualquier sentido político. Y así lo hace Onetti en su manifiesto, que es “El Pozo”, que yo lo leo como un manifiesto literario donde está como en germen toda su obra. El dato fundamental para leerlo de ese modo es que todo el discurso del personaje de “El Pozo”, se da en una pieza de pensión y – en la cama de al lado – hay un militante que no llega durante toda la exposición de “Linacero”, que es el personaje de “El Pozo”. Hay una cama vacía – podríamos decir – al lado, que es la cama del militante. Y, de entrada, en su manifiesto literario, Onetti lo pone claramente.

 

El segundo dato de esa búsqueda de la pura imaginación que no está sujeta a nada y de la pura independencia y autonomía literaria, es el guión que le encarga en “La vida breve”, su amigo J. Stein que es un ex-militante. O sea, o ya o puesto de un modo anterior o puesto en la cama de al lado pero como no llegando en todo el tiempo, ahí pone Onetti, de entrada, afirma, la autonomía y la libertad literaria. Y eso lo quiero marcar muy especialmente porque, en esa época, arreciaban los debates, que son los típicos debates de la literatura independiente o de la autonomía del arte, entre formas nacionales o cosmopolitas, formas rurales o urbanas, formas puras o formas sociales, literatura realista o literatura comprometida, etc. Onetti, de entrada, toma posición. Primero, por una literatura pura, no sujeta a nada exterior, a nada que no sea ella y – en segundo lugar – por una literatura urbana, separándose de la tradición rural. Quiero decir – con esto – que, en ese momento de modernización nacional, aparece esa literatura moderna, experimental, vanguardista, podríamos decir. Podríamos situar a Onetti en el interior de una corriente de vanguardia y de experimentación con los tiempos, con los narradores, con los personajes. Experimentación literaria que lo pone en un lugar de avanzada absoluta.

 

El dato fundamental es que la literatura autónoma se vuelve sobre sí misma, reflexiona sobre sí misma. Sus productos más conocidos son el libro en el libro, la película en el cine, es decir, el modo de volverse a su interior. Y Onetti lo hace en un gesto de ruptura radical que es “La vida breve”. Cuando “La vida breve” cuenta cómo se escribe una novela, ahí Onetti se sitúa en el punto más alto de ese movimiento de modernización literaria y de ese movimiento vanguardista que – insisto – acompaña las modernizaciones nacionales. Hoy podemos ver ese período con mucha nostalgia, justamente ahora, porque ya casi no tenemos editoriales nacionales, casi las naciones latinoamericanas no son tan pujantes y autónomas como lo fueron en la época de Onetti. Así que ahí está Onetti, como clásico, al lado de Borges, en ese momento culminante de modernización literaria, nacional y de las editoriales. Ese sería el primer dato.

 

El segundo dato es ponerlo al lado – en vez de Borges – de Rulfo, para juntar estos clásicos latinoamericanos del siglo XX. Y, ¿por qué al lado de Rulfo? Es la tradición de invención de territorios en la literatura latinoamericana. Onetti se inserta muy tempranamente en esa tradición, en la misma época que Rulfo. Todos sabemos que eso viene de Faulkner, pero no nos importa demasiado. Lo que nos importa es que – hacia mediados del siglo XX – los grandes escritores pensaron en algún tipo de territorio donde pusieron una marca de identidad. Y Onetti está ahí con Rulfo, separándose al mismo tiempo, porque Rulfo inventa a “Comala” – que es un territorio rural, justamente, el área del propietario rural latinoamericano y en un texto totalmente experimental – insisto – la avanzada literaria del siglo XX se da a mediados del siglo XX – en 1950 – y no como generalmente se dice, en el momento del “boom”, que es hacia los 60. En ese sentido, Rulfo y Onetti serían como los precursores vanguardistas de lo que va a venir después. Comala – que ustedes sabrán que el “Comal” es la sartén donde se hacen las tortillas en México, que es como decir: el pan – es un territorio puramente oral. El texto de “Pedro Páramo” es un texto hecho de voces. En cambio, “Santa María” – que es inventada y puesta a vivir en “La vida breve” – es un territorio absolutamente escrito, o sea, escrito porque se le encarga una escritura al personaje y el relato cuenta como se escribe esa novela y como se inventa ese territorio. Y en esa tensión entre la ruralidad mexicana – podríamos decir – y la escritura rioplatense, estaría el elemento de modernidad que marcó a lo “rioplatense” en esa época.

 

Así que Onetti está con Borges, está con Rulfo y - yo me pregunto, como en un tercer movimiento y para cerrar – al declararlo clásico uno lo que piensa es - ¿qué es lo característico, que es lo que hace autor a un autor? O sea, ¿qué es lo borgiano, lo kafkiano, lo shakespeariano, qué es lo onettiano? ¿Podemos empezar a hablar, ya hoy, en su cumpleaños 100 de lo onettiano? Yo simplemente voy a introducir un solo elemento que - me parece a mí – que es crucial en el mundo de Onetti, que lo podríamos empezar a entrar en eso “onettiano”. Su imaginación es totalmente territorial – o sea – él inventa el territorio pero, al mismo tiempo, al inventar el territorio, pone siempre y en todas sus obras, dos mundos, dos espacios que – por lo general – son contiguos y los personajes se mueven de uno a otro. La movilidad: las llegadas, las partidas, las visitas, los encuentros, los personajes, siempre se mueven en dos espacios, que figuran o representan – en el interior de los textos – uno, la realidad gris, la realidad vacía, aburrida, donde nada ocurre, “Díaz Grey” y otro territorio que – a veces es contiguo y a veces no – que sería el territorio de la imaginación, del delirio, de la locura, de la literatura, de los que se salieron de ese mundo cotidiano. El mundo cotidiano es como el mundo burgués, el mundo del orden y, ese otro mundo, hacia el cual van y vuelven los personajes, en un movimiento constante – que para mí es un poco lo “onettiano” – sería esa deriva delirante y extraña de los que se salieron.

 

Sus personajes son los que oscilan entre los dos mundos – que es típicamente es escritor y el narrador y los que se salieron o todavía no entraron en el mundo del orden y el mundo burgués. O sea, los adolescentes y – si no – los que entraron y se salieron como prostitutas, rufianes, enfermos, locos, etc., etc., etc. Eso es – para mí – lo “onettiano”, ese movimiento entre los dos mundos y ese llenado del espacio gris, cotidiano, vacío y aburrido, por la aventura, la imaginación. En el interior de la obra de Onetti se parte, desde “El Pozo”, donde los dos mundos están bien separados - Linacero describe su realidad y sus aventuras, o sea, la entrada de la imaginación - y se va modulando esa dualidad hasta que – en una de sus obras maestras que es “El Astillero”  - pareciera que la realidad y la ficción se empiezan a fusionar. Que “El Astillero” es pura ficción en realidad y es pura realidad al mismo tiempo. Los mundos dejan de separarse, se empiezan a fusionar y, ahí, culmina su literatura. Y, por eso es - justamente - que me parece que ese es uno de los rasgos típicos de Onetti: la movilidad de su escritura, la movilidad de sus personajes, la movilidad de su estilo entre dos mundos y el momento de la fusión entre los dos.

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