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350 millones, hijos de la
misma madre Tierra
por David
Rodríguez Seoane
Los pueblos indígenas representan el 85% de la
diversidad cultural planeta. Un amplio legado de
tradiciones y costumbres que las máquinas del
“hombre blanco” no dejan de pisotear

Desde los inuit en los hielos
árticos, hasta los bosquimanos en el desierto del
Kalahari, pasando por los yanomamis en las selvas
amazónicas, todos los pueblos indígenas son
autosuficientes y desarrollan una vida alejada de
los ruidos del asfalto y en comunión con la
naturaleza. La llegada del “hombre blanco” con su
altanería y sus propósitos “civilizadores” ha puesto
en la diferencia la pólvora del conflicto.
En el mundo, se estima que
existen 5.000 pueblos indígenas repartidos entre los
cinco continentes, 350 millones de personas que
habitan la tierra de la que provienen sus
antepasados sin el afán de apropiársela. Una
pretensión absurda que, en paráfrasis con la carta
que el Jefe indio Seattle le escribió en 1855 al
presidente de Estados Unidos, iría tan contra natura
como la posibilidad de comprar o vender el
firmamento, recalificar el murmullo del viento o
alquilar el fulgor de las aguas.
En la actualidad, esa demanda
se reproduce una y otra vez bajo la firma de
importantes petroleras, hoteles de lujo o grandes
multinacionales arroceras, madereras, mineras o
azucareras que ocupan y explotan los territorios en
los que viven las comunidades aborígenes. Amenazas
contra las que los “antiguos inquilinos” de esas
tierras tienen que luchar para poder tener potestad
sobre su propio futuro.
Los acontecimientos en la selva
peruana, hace menos de dos meses, subrayan las
palabras del escritor y periodista Santiago
Roncagliolo. “La democracia liberal ha perdido su
credibilidad y constata cómo el liberalismo no
ofrece justicia a millones de pobres e indígenas”.
Así lo atestiguan las cerca de 60 muertes que, según
fuentes oficiales, dejaron los enfrentamientos entre
nativos y las fuerzas armadas enviadas por el
ejecutivo de Alan García. De esta manera, el
gobierno peruano intentaba acallar las protestas,
organizadas por los grupos étnicos de la zona, en
contra de la aprobación de unos decretos que
permiten la apertura del 70% de la Amazonía de Perú
a la explotación de empresas petroleras. Con
desfachatez inusitada, Mario Vargas Llosa sugirió
que a los indígenas nunca les pertenecieron esas
tierras.
Este tipo de realidades
demuestran que los campesinos tienen que morir o
matar para defender sus derechos porque no existe
cobertura legal que los ampare, aunque sean
ciudadanos de Estados democráticos. Ante esta
paradoja, los gobiernos populistas de Hugo Chávez o
Evo Morales salen reforzados entre los sectores más
desfavorecidos de muchos países porque sus modelos
de gestión les defienden y además refuerzan la
propiedad pública frente a los operadores económicos
privados. Se contraponen aquí dos discursos: el
caudillista, en busca de un sistema igualitario
aunque para ello se eliminen las instituciones que
garantizan las libertades individuales, y el liberal
que propone la libertad individual pero relega la
dimensión social a un segundo plano.
Mientras, las virtudes que
ofrece la democracia permanecen en el olvido. La
justicia social, el reconocimiento de los derechos
básicos o una distribución más justa de la riqueza
no serán posibles hasta que, como se dice en un
viejo proverbio de la tribu Kogui asentada en la
sierra colombiana, “se reforesten los corazones de
los hombres que en su interior han talado su
sensibilidad” hacia los demás.
Es difícil encontrar en el
mundo un pueblo indígena que vea reconocidos sus
derechos o que los ejerza sin ningún impedimento, a
pesar de que países latinoamericanos como Bolivia o
Guatemala cuentan con elevados porcentajes de
población autóctona que superan incluso a las cifras
de mestizos o criollos. Casos como el de los nativos
de Raposa Serra do Sol, una reserva de 1.700.000
hectáreas ubicada en el estado brasileño de Roraima,
en el que la Justicia otorgó la custodia de sus
territorios a los macuxis, uapixanas, ingaricós y
taurepangues son minoría en una balanza que suele
decantarse, casi siempre, por los intereses de los
colonos y los hacendados.
Los indígenas representan el
85% de la diversidad cultural del planeta y son sólo
el 6% de la población. Un raudal de tradiciones y
costumbres que el “hombre blanco” desprecia con la
negación del respeto a la diferencia de los pueblos.
Tal y como se recoge en los últimos versos del poema
Desiderata, atribuido oficialmente a Max Ehrmann,
“con todas sus farsas, trabajos y sueños rotos, éste
sigue siendo un mundo hermoso” que, sin duda,
debemos compartir. Al fin y al cabo, todos somos
iguales, hijos de la misma madre Tierra.
Periodista español
ccs@solidarios.org.es
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