Venezuela y la libertad
- Los gorilas no tienen lados
por  Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Proyecto de Ley

 

“(…) Así, los derechos fundamentales se configuran como otros tantos vínculos sustanciales impuestos a la democracia política: vínculos negativos, generados por los derechos de libertad que ninguna mayoría puede violar, vínculos positivos, generados por los derechos sociales que ninguna mayoría puede dejar de satisfacer. Y la democracia política, como por lo demás el mercado, se identifica con la esfera de lo decidible, delimitada y vinculada por aquellos derechos. Ninguna mayoría, ni siquiera por unanimidad, puede legítimamente decidir la violación de un derecho de libertad o no decidir la satisfacción de un derecho social. Los derechos fundamentales, precisamente porque están igualmente garantizados para todos y sustraídos a la disponibilidad del mercado y de la política, forman la esfera de lo indecidible que, y de lo indecidible que no; y actúan como factores no sólo de legitimación sino también y, sobre todo, como factores de deslegitimación de las decisiones y de las no-decisiones.”

 

Luigi Ferrajoli, “Derechos y garantías – La ley del más débil”,

Editorial Trotta, Madrid, año 2006, Págs. 23 y 24.

 

Introducción

Nuestro axioma de vida es claro y contundente: la libertad se defiende en toda instancia en donde, por uno u otro medio, se la quiera conculcar.

 

El ser humano, comprometido con los otros, sabe que la libertad es precaria y está en permanente vigilia para defenderla, en primer término e incluso ampliarla, responsable y solidariamente para con los otros, sea en su lugar de vida como en la sociedad internacional toda.

 

Así, pues, cuando vemos que hay amenazas en su contra, sea aquí como acullá, no medimos si medimos con la corta vara del interés si el embate viene de “nuestro” lado o del “otro” lado. No. El embate en contra de la libertad provendrá será siempre desde el campo enemigo a la razón sensible y al mejor despliegue de la dignidad y de la igualdad entre los humanos.

 

Por ello, vale sincerarnos respecto de que la razón instrumental no puede nunca, ni por vía de la menor excepción, conculcar el arbitrio y la permanencia de la conciencia crítica en el hombre.

 

En suma, no tenemos derecho, como seres libres responsables, a cerrar los ojos cuando nos conviene y a abrirlos desmesuradamente cuando también nos conviene.

 

La única conveniencia que debe estar en la mente de aquellos que disputamos el derecho a ser responsable y dignamente libres, es aquella que dice relación al respeto de los derechos del otro, especialmente del diferente. Con ello, estaremos respetando los derechos de todos los hombres y de todas las mujeres, sin excepciones ni angostamientos de tipo alguno.

 

Hoy en nuestra América, está en riesgo, una vez más, la libertad de expresión y de información.

 

A la ya consabida mordaza que nos imponen los “grandes” medios de comunicación sudamericanos, por la vía de la desinformación bien como del no acceso del periodismo crítico a sus diarios y televisoras, hay que sumarle un nuevo embate.

 

El caso venezolano

Venezuela, a instancias de su Fiscalía General, ha hecho llegar un proyecto de ley, denominada “Ley Especial contra Delitos Mediáticos”, cuyo texto, por su gravedad, bien como para una mejor información, hemos colocado en el presente artículo, para que usted pueda acceder – y yo le pediría encarecidamente que lo hiciera -, a su lectura total, para una mejor ubicación respecto de lo que está en juego en la hermana nación venezolana.

 

Dicho proyecto cuenta con 17 artículos más una Disposición Derogatoria, cuya brevedad nos llena de asombro y temor.

 

Dice esta Disposición lo siguiente: “ÚNICA: Se derogan todas las disposiciones contempladas en otras leyes que colidan con la presente ley.

 

Es preciso decir que si comienzo por el final es por lo grotesco y peligrosamente abarcador del mismo, puesto que elimina, de un plumazo y sin detalle, TODA otra legislación o normativa que estuviera dando garantías a las libertades puestas en tela de juicio.

 

Ahora sí, advertidos de esta gravedad, visitemos, apenas el comienzo del proyecto, que dice así:

Artículo 1. Objeto de la Ley. Esta ley tiene por objeto prevenir y sancionar las acciones u omisiones desplegadas a través de los medios de comunicación que puedan ser constitutivas de delitos; ello con el propósito de lograr el equilibrio y la armonía entre los derechos a la libertad de expresión y a la información oportuna, veraz e imparcial, y el derecho a la seguridad interna de los ciudadanos, de conformidad con las disposiciones contenidas en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, las leyes y en los tratados, convenios y acuerdos suscritos y ratificados por la República”.


Es decir, en un análisis que desde ya queda dicho es inicial - y por tanto deberá ser ampliado -, que por este solo artículo, se previene, se instala un estado de censura puesto que se advierte que la habrá, si bien no se dice – eso quizá quede, si es aprobada la ley, para su normativa, qué figura de censor existirá y quiénes dirimirán la libertad de los otros y penalizarán a los apóstatas.

 

Pero vemos también en este primer y oscurecedor artículo que lejos de hablar de democracia, de participación, se habla de “seguridad interna”. El garrote ensaya, pues, golpes en el aire.

 

Vayamos ahora a su artículo 4º: “Artículo 4º. Definición de delitos mediáticos. Constituyen delitos mediáticos, las acciones u omisiones que lesionen el derecho a la información oportuna, veraz, e imparcial, que atenten contra la paz social, la seguridad e independencia de la nación, el orden público, estabilidad de las instituciones del Estado, la salud mental o moral pública, que generen sensación de impunidad o de inseguridad y que sean cometidas a través de un medio de comunicación social.”

 

Nuevamente, notamos en este artículo presencias y ausencias llamativas: la presencia, reiterada, de la consideración de “seguridad”, la sugestiva presencia de “la salud mental o moral pública”, bien como de “inseguridad”. Asimismo, vuelve a ser ensordecedora la voz de un gran ausente: el ciudadano.

 

Pareciera, a esta altura, que estuviéramos en un pretendido “estado de conmoción interna” o situación prebélica, cosa que dista de ser así, en tanto Venezuela es una nación democrática, con sus problemas - ¿qué Nación no los tiene? -, pero que hasta la fecha, pese a tirios y troyanos, se conducía por carriles democráticos verificables cotidianamente. Quizá haya que comenzar a menguar esta llamada “cotidianidad democrática”. Es de desear que no sea así.

 

Vayamos al siguiente artículo: “Artículo 5. Divulgación de noticias falsas. Toda persona que divulgue a través de un medio de comunicación social, noticias falsas que ocasionen una grave alteración a la tranquilidad pública, pánico en la población, la hubieren mantenido en zozobra, que haya alterado el orden público, que hubieren producido un perjuicio a los intereses del ESTADO, será castigada con una pena de prisión de dos a cuatro años.”

 

Se vuelve a esconder, al no presentarlo o presentarlos, quién o quiénes serán los censores, a la vez que se vuelve a blandir el garrote de la amenaza.

 

La pregunta que viene de lejos, porque la hemos escuchado hasta el hartazgo en la noche democrática de nuestros pueblos, dice así: ¿Quiénes serán los dueños de la verdad? ¿Quiénes serán los que tengan la sensibilidad de descubrir conjuras?

 

Y junto a estas y otras preguntas, nuevamente una peligrosa ausencia: ya este régimen ni se ocupa de citar al ciudadano, expresamente, claramente. Volvemos a la época de “quienes”.

 

Y sigue en este estilo el proyecto en cuestión, de cuya lectura crítica reiteramos no nos apeamos y quizá volvamos a hacerlo en próximas entregas.

 

Hoy es la hora de estar y de ser.

 

De estar en la arena de lo público denunciando una amenaza más a la libertad, bien como de ser contestes con nuestra prédica de rigor crítico; venga de donde venga.

 

Los gorilas no tienen lados

Este atropello a la libertad, no puede merecer sino nuestro más absoluto repudio, puesto que se está a las puertas de que no sólo exista la libertad de que todo venezolano y venezolana pueda dar a conocer, responsable y abiertamente, sus ideas, sus pareceres, bien como a denunciar, exponer y presentar todas aquellas cuestiones que la comunidad vive en el día a día, sino que también se articularán amenazas específicas y efectivas en contra de la propia libertad de sus gentes, con penas de prisión, para empezar, toda vez que digan algo que el o los censores, juzguen lesivo a la “seguridad interna” de esta nación.

 

Me apresuro a reflexionar sobre lo siguiente: ¿Existía ayer en Venezuela una real libertad de expresión, de información?

A lo que me respondo: ¿Existe también en el Uruguay? Y la respuesta en uno y otro caso es un sí en minúsculas, pues nuestras naciones siguen viviendo bajo los dictados mediáticos de las grandes familias.

 

Pero esto, con ser grave, no elimina el riesgo que hoy parece nacer en Venezuela.

 

Si realmente en la nación hermana de Venezuela hay un Poder Judicial libre y autónomo, es hora de que lo haga saber pues esta aberración jurídica no puede prosperar sin que caiga un manto de duda muy profunda respecto de la suerte negativa que ha corrido la democracia participativa en la hermana nación.

 

Y que se vuelve a hablar de ciudadanos y no de “quienes”, por favor.

 

Claro que para ello debe haber talante civilista y democrático, tanto de la oposición, que otrora cercenara por la vía de los hechos derechos fundamentales de hombres y mujeres venezolanas, cuanto de un régimen que, con esta baraja en la mano, comienza a dar pruebas de una erosión peligrosa de su voluntad cívica.

 

Y en esto no caben dos lecturas: Cuando un régimen comienza a limitar más y más las libertades, es que ha comprendido - incluso en la comprensión instrumental, pequeña, mezquina y fáctica, característica de todo régimen de corte mesiánico -, que camina rumbo al despotismo, puesto que se sabe débil, porque es hueco y que su debilidad está en franco crecimiento.

 

Por eso lo del subtítulo: Los gorilas no tienen lados.

 

No lo tienen del derecho, no por ideología – pues suelen ser sus brazos ejecutores -, sino porque no alcanzan siquiera a girar la vista en su única y elemental media mirada, y muchos menos del izquierdo, por su natural insensibilidad para con la real suerte de los de a pie.

 

Convengamos, para terminar esta entrega, que los gorilas tan sólo poseen un vasto, desolado y tosco muro por frente.

 

Continuaremos. Que no quede la más mínima duda al respecto. Como sabremos que lo harán otros que, al presente – y esto fue redactado el domingo 2 de agosto de 2009 -, aun viven un llamativo silencio. Pero estarán. Deberán estar.

 

La libertad exige que ejercitemos nuestra conciencia crítica. Y no otra cosa; pese a quien pese.

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