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El
Consenso de Pekín:
¿hasta qué punto existe
un modelo chino de desarrollo?
por
Enrique Fanjul

Tema: El presente ARI estudia
hasta qué punto existe un modelo chino de desarrollo
que se pueda presentar como una vía para los países
en desarrollo, una vía alternativa a los
planteamientos que han sido predicados en las
últimas décadas desde organismos internacionales y
otros agentes de los países occidentales.
Resumen: El modelo chino de
desarrollo, lo que podría denominarse el Consenso de
Pekín, tiene cinco componentes clave: capitalismo de
Estado, gradualismo, apertura al exterior,
autoritarismo político y capacidad de innovación y
flexibilidad. Sin embargo, el caso de China presenta
unas particularidades, en especial en lo referente a
su sistema político, que lo hacen difícilmente
exportable, aunque la experiencia china puede
ofrecer algunas lecciones de utilidad a otros
países.
Análisis: Una de las diversas
consecuencias que puede tener la actual crisis
financiera puede ser la emergencia de un “modelo
chino” para los países en desarrollo, un Consenso de
Pekín que éstos vean como una alternativa política a
unos planteamientos cuya expresión más destacada fue
el famoso Consenso de Washington, que han quedado
seriamente desprestigiados con las turbulencias de
estos tiempos.
El atractivo de este modelo
chino se está viendo impulsado por dos hechos. En
primer lugar, por la crisis económica, que está
teniendo consecuencias devastadoras para los países
en los desarrollo pero de cuyas causas éstos no se
consideran responsables. La crisis tiene su origen
en los países industrializados, en la codicia de
muchos agentes económicos y en la ineficiencia de
los sistemas de control por parte de las autoridades
económicas.
En segundo lugar, el atractivo
del modelo chino se basa en los espectaculares
resultados que ha tenido. En una perspectiva a largo
plazo, China, con una tasa anual media de
crecimiento de un 10% durante las tres últimas
décadas, ha protagonizado la mayor revolución
económica en la historia de la humanidad, en el
sentido de que nunca hasta ahora se había registrado
un proceso por el cual un colectivo tan grande de
población hubiera cambiado sus condiciones
materiales de vida de una forma tan intensa en un
período de tiempo tan corto.
Por otra parte, en una
perspectiva a corto plazo, la economía china ha
sufrido los efectos de la crisis, pero en menor
medida que otros países. Se ha producido una
sensible desaceleración de su crecimiento, pero no
tan intensa como en otras partes del mundo. Además,
China, que entró relativamente tarde en la crisis,
puede ser uno de los primeros países en salir de
ella. Diversos indicadores apuntan efectivamente a
una cierta mejora en la evolución de su coyuntura
económica en la primera mitad de 2009 (subida de la
Bolsa, aumento del crédito bancario). Informes
recientes de organismos internacionales han
comenzado a revisar al alza las previsiones de
crecimiento de China. En junio de 2009 el Banco
Mundial ha pronosticado una tasa de crecimiento para
el presente año del 7,2%. La tasa de crecimiento de
China ha bajado como consecuencia de la crisis, pero
es una tasa que resulta envidiable en comparación
con la de gran parte de las economías mundiales.
Si China añade a sus logros de
los últimos 30 años un mejor comportamiento ante la
crisis y, sobre todo, si logra salir antes de ella,
el Consenso de Pekín recibirá un respaldo de gran
valor ante muchos países en desarrollo, que están
cansados de recibir durante años lecciones sobre lo
que deberían hacer y las medidas que tendrían que
aplicar desde unos países industrializados y unos
organismos internacionales a cuyos errores e
ineficiencia se puede atribuir la responsabilidad de
la mayor crisis económica de las últimas décadas.
Los componentes del Consenso de
Pekín
¿Cuáles son los elementos que
conforman este Consenso de Pekín? Se podrían señalar
cinco componentes fundamentales: (1) el “capitalismo
de Estad”; (2) el gradualismo en la política de
reformas; (3) un modelo abierto hacia el exterior,
hacia el comercio internacional y las inversiones
extranjeras; (4) el autoritarismo político; y (5)
una gran capacidad de flexibilidad y adaptación ante
las circunstancias.
En primer lugar, el
“capitalismo de Estado”, entendiendo por tal un
sistema económico en el que el Estado tiene una
presencia decisiva, tanto a través de la existencia
de empresas públicas y de empresas teóricamente
privadas pero con fuertes vinculaciones con el poder
político, como de su intervención sobre la economía
a través de regulaciones y “recomendaciones”.
El poder político no se limita
pues a un papel subsidiario, supervisor, en el que
se supone que el mercado tiene el papel central,
sino que ejerce un papel de “liderazgo”,
estableciendo prioridades y objetivos y dirigiendo
al sistema económico hacia la consecución de los
mismos. Por ejemplo, durante los primeros meses de
2009 el crédito bancario registró un fuerte
crecimiento en China y ello se debió en buena medida
a las instrucciones que dio el gobierno a los bancos
a tal efecto y que éstos siguieron de forma
disciplinada.
En segundo lugar, el
gradualismo en la política de reformas. Este ha sido
uno de los rasgos básicos del modelo chino desde que
se adoptó la política de reforma hace más de 30
años: los cambios, las reformas, se realizan
gradualmente, poco a modo, frente al modelo de big
bang que se aplicó en muchos países de Europa del
Este tras la caída del comunismo y que supuso
liberalizaciones bruscas de precios y
privatizaciones masivas, con unos costes sociales de
inflación y desempleo muy altos, aparte de servir en
muchos casos para crear una nueva oligarquía
económica que, gracias a sus conexiones políticas,
se hizo con el control de las empresas privatizadas.
La reforma se inició en China
en el sector agrario, restableciendo un sistema
productivo basado en la explotación familiar. Con
frecuencia una determinada medida de reforma ha sido
sometida a una experimentación previa, aplicándola
primero de forma limitada, en ciertos sectores o
zonas; después, cuando se ha comprobado su eficacia,
y se han introducido los ajustes que se han
considerado convenientes, la medida ha sido aplicada
en el conjunto de la economía. Así, por ejemplo, las
zonas económicas especiales fueron lanzadas a
principios de los años 80 para experimentar con las
inversiones extranjeras (tanto para experimentar sus
efectos como las políticas más adecuadas para
atraerlas). Posteriormente, la apertura a las
inversiones extranjeras y los incentivos se
extendieron a toda China.
Prudencia, gradualismo y
cambios paulatinos: éste es uno de los componentes
más característicos del modelo chino de desarrollo
en la era de la reforma.
En tercer lugar, el modelo
chino es un modelo abierto hacia el exterior, hacia
el comercio internacional y las inversiones
extranjeras. Uno de los elementos más centrales de
la reforma china ha sido la apertura al mundo
exterior, al que China comprendió que tenía que
dirigirse para adquirir tecnología avanzada, métodos
de gestión modernos, conocimiento y capitales. Con
el gradualismo que en general ha caracterizado sus
reformas, China ha ido poco a poco integrándose en
la economía internacional, en la que es hoy en día
uno de los principales exportadores e importadores y
uno de los principales receptores de inversiones
extranjeras, al mismo tiempo que se está
convirtiendo en uno de los principales inversores en
el exterior.
China, pues, apostó desde que
se adoptó la política de reforma por planteamientos
de desarrollo abiertos hacia el exterior, hacia la
integración en la competencia internacional,
siguiendo en este sentido la línea de otras
economías asiáticas de su entorno, frente a
planteamientos autárquicos o de sustitución de
importaciones que en épocas pasadas tuvieron un
destacado predicamento entre los países en
desarrollo. En todo caso, ese proceso de apertura,
en línea con lo que ha sido la reforma, se ha
llevado a cabo de forma gradual, como hemos
señalado, y la apertura al exterior de China tiene
todavía un largo recorrido por delante.
En cuarto lugar se encuentra
uno de los aspectos que puede ser más controvertido
y más difícil de analizar y valorar: el
autoritarismo político. El poder del Partido
Comunista Chino sigue siendo, y lo será por mucho
tiempo, dominante e incuestionable. Muchos analistas
han pronosticado en el pasado que el modelo chino
era inviable, que no se podía avanzar por el carril
de la reforma económica sin avanzar por el de la
reforma política. Sin embargo, China ha demostrado
la falta de validez de la denominada “teoría de los
dos carriles”: el país ha experimentado una profunda
revolución económica sin que los fundamentos del
sistema político hayan cambiado.
Hay un matiz que es importante
a este respecto: lo anterior no significa
inmovilismo. Desde el punto de vista de las
libertades, la China de hoy en día es muy distinta a
la China de antes de la reforma. Los ciudadanos
chinos disfrutan de un grado de libertades
personales incomparablemente mayor que el que tenían
hace 20 ó 30 años. La libertad de expresión, la
capacidad de crítica, también se ha ido expandiendo.
La forma de ejercer el poder
por parte del Partido Comunista también ha cambiado.
Hasta fines de los años 80 el poder se caracterizaba
por el peso decisivo y dominante de un gobernante
supremo: primero fue Mao, después Deng Xiaoping. Sin
embargo, desde la muerte de este último la figura
del gobernante supremo se ha desvanecido. El poder
es más colegiado. En el núcleo central del Partido
se han desarrollado facciones que compiten por la
influencia política y defienden planteamientos
diferentes.
Como en la economía, el cambio
político ha sido gradual, continuará en el futuro y
posiblemente China se encontrará un día con que, por
fin, se puede considerar como una sociedad
democrática.
Durante las tres décadas de la
era de la reforma ha habido una estrecha correlación
entre crecimiento económico e inserción exterior,
por un lado, y progreso de las libertades y de la
democracia, por otro. En el futuro el crecimiento
económico, el avance en la inserción internacional
de China, irán previsiblemente acompañados de
progresos en los derechos humanos y en las
libertades y, en un momento dado, darán paso a un
sistema democrático.
En este proceso desempeñará un
papel central el Partido Comunista. El Partido
Comunista chino mantiene una amplia base de
legitimidad ante la población, legitimidad basada en
dos grandes factores. Uno lo podríamos considerar
como histórico: el Partido Comunista ha sido la
fuerza política que reunificó el país, terminó con
las agresiones exteriores y con su debilidad,
transformando a China en una potencia respetada en
el mundo. El segundo gran factor de legitimidad es
el económico, y está asociado con la política de
reforma que ha sido lanzada y dirigida por el
Partido Comunista.
Finalmente, el quinto elemento
del modelo chino es quizá menos conocido y
mencionado: se trata de su gran capacidad de
flexibilidad y adaptación ante las circunstancias,
en la que ha radicado una de las claves del éxito
económico de China.
Hace algunos años, por ejemplo,
China tenía un grave problema bancario. Los bancos
estaban cargados de deudas “malas” y abundaban los
pronósticos de que el sistema económico iba a saltar
debido a la crisis del sistema financiero. El
gobierno reaccionó y tomó una serie de medidas (como
crear compañías especiales para absorber los activos
tóxicos). En unos años la situación del sistema
bancario cambió de forma radical y el resultado ha
sido que, en la actual crisis financiera
internacional, la banca china ha mostrado una
notable solidez.
Se podrían mencionar muchos
otros ejemplos de esta capacidad de innovación y
adaptación, como la rapidez con la que China
reaccionó ante la crisis actual: fue una de las
últimas economías que se vio afectada por la crisis
y, sin embargo, una de las primeras en adoptar un
gran paquete de inversiones en infraestructuras.
Por otra parte, es interesante
fijarse en cómo China está aprovechando la actual
crisis para favorecer una reestructuración de su
economía, mediante la potenciación de sectores
tecnológicamente avanzados, de forma que la economía
se mueva hacia segmentos de más valor añadido en la
cadena productiva. En una entrevista en la revista
Business Week (5/VI/2009), el secretario del Partido
Comunista de la provincia meridional de Guangdong,
Wang Yang, hacía una amplia exposición de la
ambiciosa reestructuración que la provincia ha
puesto en marcha a raíz de la crisis, con el fin de
reducir el peso de los sectores industriales basados
en bajos costes, desplazándolos hacia las provincias
del interior de China, en favor de actividades de
servicios e industriales de alto valor añadido. Wang
trazaba una analogía con lo que ha sido la relación
entre Hong Kong y Cantón: “Durante 30 años, la
relación entre Hong Kong y Guangdong ha sido la de
la “tienda en la parte de delante” y la “fábrica en
la parte de atrás”. Hong Kong era la tienda y
Guangdong la fábrica. Ahora, Guangdong espera ser la
tienda y espera que las regiones del centro y Oeste
de China sean la fábrica. Guangdong debería moverse
a las dos puntas de la cadena industrial:
concentrarse en investigación y desarrollo, diseño,
marketing y venta, en la fase inicial del proceso
productivo, y en logística en la fase de
terminación”.
¿Es exportable el modelo chino?
Para muchos países en
desarrollo el modelo chino presenta un indudable
atractivo. China, por un lado, ha protagonizado una
espectacular revolución económica y un gran proceso
de crecimiento y mejora del bienestar. El éxito que
ha obtenido en determinados temas concretos, como la
captación de inversiones extranjeras, es un motivo
de admiración e interés para muchos países en
desarrollo. La experiencia china también puede
aportar algunas lecciones negativas, sobre lo que no
se debe hacer. Por ejemplo, sobre los efectos que
han tenido algunas distorsiones que se han mantenido
durante un largo período de tiempo: el mantenimiento
de bajos tipos de interés y de precios subsidiados
para la energía han favorecido el consumo
ineficiente de energía, así como altos niveles de
contaminación y emisiones de gases.
Por otro lado, ha sido capaz de
mantener en líneas generales la estabilidad política
y social. El atractivo del modelo chino, como se
señalaba al principio, se ha visto reforzado con la
actual crisis económica internacional, que ha puesto
en entredicho las supuestas políticas ortodoxas
predicadas en las últimas décadas desde el mundo
occidental, y en especial desde los organismos
internacionales.
La cuestión que se plantea es
si este modelo chino de desarrollo es exportable, si
se puede considerar que representa un esquema
político susceptible de ser aplicado por otros
países en desarrollo (al margen del hecho de que
China no ha dado muestras de pretender exportarlo,
fiel a uno de los principios más básicos de su
política exterior que es la no injerencia en los
asuntos de otros países).
En una primera instancia, la
respuesta a esa cuestión es que China tiene una
serie de particularidades de gran importancia, y que
por ello no resultaría factible hablar de un modelo
chino que pudiera ser aplicado o seguido por otros
países. Esas particularidades afectan a un aspecto
esencial: el sistema de poder político. Son
frecuentes las simplificaciones a la hora de
describir el sistema político chino, en las que éste
es despachado, sin mayores matices, como una
dictadura comunista. Sin embargo, el sistema
político chino tiene unas características nacionales
muy intensas, y profundamente arraigadas en las
tradiciones del país. La República Popular China
creada en 1949 no representó, en contra de lo que
podría deducirse de un análisis superficial, una
ruptura radical con la historia y las tradiciones
chinas, sino que incorporó éstas de forma muy
relevante.
El Partido Comunista tiene en
este sentido una naturaleza distinta a la que ha
tenido en otros países comunistas. No es un partido
en el sentido tradicional del término. En China, el
Partido Comunista se integra en la filosofía
confuciana que establece una distinción entre la
clase de los gobernantes y la clase de los
gobernados. De acuerdo con el confucianismo, el
gobierno debe ser ejercido por hombres justos,
dotados de una elevada formación moral, que deben
servir de ejemplo para la sociedad, y que reciben
una preparación específica para esta labor. Son
profesionales de la política y de la administración
de la sociedad. Constituyen una minoría que gobierna
por el bien de la mayoría: son los mandarines de la
época del imperio y los cuadros del Partido
Comunista en la época de la República Popular. Su
legitimación descansa en su prestigio moral, no en
un sometimiento a unas normas determinadas o a unos
procedimientos de acceso al poder, como serían unas
elecciones.
En suma, el sistema político de
China es profundamente “chino”. El proceso de
reforma de los últimos 30 años está íntimamente
asociado con el papel que han desempeñado los
dirigentes políticos chinos, comenzando por Deng
Xiaoping, que fue el principal artífice e impulsor
de la política de reforma. La evolución de China no
se puede entender sin ese papel de los líderes
políticos, determinado por unas tradiciones
arraigadas en la sociedad desde hace siglos, y muy
particulares de China. Por ello es por lo que el
modelo chino resulta difícilmente “exportable”.
Conclusiones: Se puede
descartar en principio la idea una supuesta vía
china al desarrollo que pudiera presentarse como una
alternativa para otros países, pero sí hay algunas
lecciones que la experiencia china puede ofrecer. En
concreto tres serían las lecciones básicas:
El gradualismo y la prudencia
en la política de reformas, tanto en el campo
económico como en el político. Una orientación
liberalizadora y de apertura al exterior en política
económica. Es decir, una apuesta clara por las
fuerzas del mercado, las privatizaciones, la
competencia y la disciplina internacional. El
mantenimiento de un gobierno fuerte que interviene
activamente, y a través de múltiples cauces, en la
gestión de los asuntos del país.
Enrique Fanjul
Antiguo consejero comercial
de la Embajada española en Pekín, antiguo presidente
del Comité Empresarial Hispano-Chino y autor de tres
libros sobre China.
LA
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