Anochece en Venezuela
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Ley de Educación

 

Cuando el sol cae en el horizonte, sobreviene un estado de semipenumbra que da paso a la noche.

 

La noche, en sí, puede presentarse de varias maneras: despejada y tachonada de estrellas o bien entorpecida su visual ante la presencia de nubes de diversa índole. Es en este estado previo a la noche, que creo se encuentre nuestro hermano pueblo venezolano.

Este pueblo ejemplar, por diversos y nobles motivos, a través de la historia, ha vivido durante las últimas décadas, sumido en el mayor de los desconciertos.

 

Desde la oprobiosa segunda época de Carlos Andrés Pérez y quienes le secundaron, en el gobierno como en el empresariado y clase dominante local, al amanecer de los pueblos originarios y las gentes de a pie, que así creyeron percibir la llegada del entonces Coronel Hugo Chávez al poder.

 

Transcurridos diez años, y aunque se constatan sensibles mejores para las gentes más necesitadas, cierto es también que su sociedad se encuentra sumida en el mayor desconcierto, sea por el más que difícil acceso a productos de primera necesidad, sea por las luchas fraticidas, sea por las incongruencias y desinteligencias que se van notando crecientemente en el vértice del poder y que han llevado a que este pueblo viva en vigilia no ya respecto del futuro cercano, sino de su cotidiano vivir y que ha logrado dejar en un segundo peligroso segundo plano, a lo que hizo, y deshizo, la clase política en el pasado reciente, cuando le tocó ser gobierno.

 

Al intento reciente de cercenar las libertades de expresión y de información, que luego de un fuerte rechazo de la comunidad internacional mereciera un repliegue táctico que nada dice que no vuelva a empujarla en el futuro, le sigue de inmediato el proyecto de ley de Educación, cuyo texto completo anexamos al presente artículo, que por lo monolítico y claro de su contenido, nos excusamos de analizar.

 

Respecto del citado proyecto de ley de Educación, pues, les invitamos a leerlo íntegramente, no sin recordar que un proyecto de éste tenor en mi propio país, el Uruguay, habría merecido, felizmente, el rechazo inmediato y total de los diversos gremios de la enseñanza y de la izquierda crítica en general, por lo menos, habida cuenta de las limitaciones que el mismo busca imponer a las más esenciales libertades.

 

No podemos intentar seguir tapando el sol con la mano y pensar que conviene a los intereses geopolíticos hacerlo –cubrir el notorio avance totalitario en Venezuela -, porque de un modo u otro, alguien, persona, nación o grupo de naciones, habrá de lograr por vía del diálogo y de la negociación discretos, que quienes hoy dirigen tal nación, se avengan a morigerar sus ambiciones e intenciones. Eso sería hacer gala de una incredulidad rayana en lo temerario e irresponsable.

 

No podemos seguir callando - en nombre de la libertad -, que se busque – y logre – atropellarla so pretexto de que es funcional y por ende, tácticamente conveniente no exacerbar los ánimos del actual mandatario venezolano.

 

Y esto va dicho, entiéndase bien, sin olvidar  - y de denunciar, como corresponde - a los García, a los Uribe y a todos aquellos amanuenses que ven, en la cortedad de sus anhelos, desprovistos de la menor conciencia crítica, cómo mejor acercarse a la Nueva Roma para que ellos y los suyos permanezcan.

 

Dialéctica sudamericana

Por tanto, aquí no hay una cuestión ideológica sino y primeramente ética y coherente: Lo que exigimos a los otros, nos lo imponemos a nosotros mismos como norma de vida.

 

Y en este hacer crítico y responsable, siquiera en su intento cotidiano, no hay ni debe haber un abrir y cerrar paréntesis de dudosa conveniencia y oscura valoración que, so pretexto de una razón instrumental, lo reitero, hagan que encontremos funcionales algunas conductas, para poder alcanzar determinados fines. No.

 

Aquí, ahora y siempre, los fines no pretextan cualquier medio sino que el talante de un hombre y una mujer críticos, responsables y solidarios, guardan permanentemente el respeto por estas cuestiones, tan caras al mejor pensamiento libre y responsable.

 

Venezuela, pues, está entrando en un cono de sombras y es a nosotros, sudamericanos todos, con el mayor respeto - es decir sin buscar tener injerencia en los asuntos internos de ésta nación -, debemos bregar por su mejor inserción regional, en el respeto irrestricto a los derechos humanos fundamentales y así, al devenir de una democracia que día a día se confiera a sí misma, mayor y mejor cielo para ofrecer a los suyos.

 

Otras naciones, por ejemplo Colombia, hace décadas que son naciones partidas, con vastos territorios en conflicto y otros, abiertamente, en manos de fuerzas ajenas a su Estado, en donde cohabitan, pues, mandos de diversa índole y proyección.

 

Otras más, como el Perú, por ejemplo, viven procesos refractarios, donde desde la clase dominante se ansía ser lo que nunca serán: euroamericanos (por los americanos del Norte) y por otro lado - un lado facetado -, pueblos originarios vivan esa otra vigilia que lacera y dice que su suerte es la nuestra, porque el oprobio de un sudamericano es el oprobio de todos nosotros.

 

O el caso de Bolivia, donde tanto la hasta ayer clase dominante (que mora, en su mayor parte, en Washington), como su segundo escalón, que mandan en vastas zonas bolivianas, no admiten que la hora de la reparación para el originario, haya llegado.

 

No quieren ver, tampoco, que el proceso boliviano es muy, pero muy diferente, tanto al venezolano, cuanto al ecuatoriano, para establecer una odiosa pero recurrente comparación a la que tantos se avienen, ramplonamente.

 

Bolivia vive un momento difícil, pero pleno de decencia.

 

No podemos dejar de olvidar que hasta hace pocos años a la mayoría de sus gentes se las destrataba a niveles harto difíciles de entender desde nuestras pulcras y pacíficas vidas citadinas.

 

Hay que vivir en carne propia la vergüenza y la deshonra, tanto privada como pública, a través de generaciones y generaciones, para siquiera entender cómo y cuánto las fuerzas bolivianas hoy en el poder hacen el mayor esfuerzo por ser razonables. Y dicho sea de paso, lo están logrando.

 

Asimismo, valga el reiterarlo una vez más, y todas las que sean necesarias, seguimos siendo manejados, todos nosotros - en la vastedad de nuestra querida Sudamérica y sin excepción a la regla -, hasta donde consciente o inconscientemente nos dejamos manejar, por los medios de comunicación que, en su gran mayoría permanecen en poder de unas pocas familias y grupos de presión, representantes, claro está, de las clases dominantes criollas.

 

Recordar este aspecto es del caso pues del mismo surge, diáfanamente, la necesidad de dar mayor respaldo a parlamentos que, como el del PARLASUR, para los que en el sur vivimos, resultan esenciales tanto para el quehacer inherente a la labor parlamentaria, cuanto a la mayor difusión de cuestiones atinentes a las vidas y suertes de nuestros pueblos que, de otra manera, la llamada “gran prensa”, esconde o desorienta.

 

Nos valemos, pues, de una aserción elemental:

 

La fuerza de una Nación libre no está en su Presidente sino en sus ciudadanos, sino en cada uno de ellos que, responsable y solidariamente, dan su respaldo crítico a aquel, como al resto de los poderes del Estado, para llevar adelante los anhelos de libertad, igualdad y solidaridad.

 

Sudamérica, la América Libre y Responsable, que va en busca de una presencia mayor y más enjundiosa en el concierto de naciones y grupos de naciones del mundo, ya no sigue el modelo que tantas veces hemos copiado del Reino de España y que éste hoy pretende hacernos creer que nunca nos legó: el totalitario.

 

Próceres militares o civiles que estén elevados desde el suelo, por sobre la piedra y moldeados en el metal, no serán más nuestro espejo, el referente donde mirarnos y buscar un mejor futuro, porque de iluminados ya tuvimos bastante.

 

Ahora es el momento de nuestras gentes. De nuestras asociaciones. De nuestras visiones acrisoladas de cómo y de qué modo encarar no ya el futuro sino el presente continuo para que la libertad y la dignidad, de la mano de la igualdad de oportunidades, diga que la vida vale la pena ser vivida.

 

Se trata, y seguirá tratándose, de profundizar a la vez que dar mayor cielo y horizonte, a la democracia participativa.

 

Y para ello, debemos dar mayores aires a nuestros partidos políticos, a nuestros parlamentos, a nuestros procesos de integración, creando mejores condiciones para que prospere la madurez cívica y retroceda la burda búsqueda de monedas y otros pagos para seres infectos que han poblado y aun pueblan nuestros pueblos. Como los pueblos allende la región, dicho sea de paso.

 

Sólo que nosotros lo decimos, es decir hacemos ver las pestilencias de nuestras circunstancias de vida, a la vez que buscamos hermanarnos más y mejor, toda vez que pudimos ventilarlas y, paulatinamente, erradicarlas.

 

Prueba de ello es la UNASUR, en su – nuestro – encomiable esfuerzo por hacer de esta región del mundo, un crisol hermanado que se exprese, en libertad, con una sola y nítida voz en el resto del mundo.

 

Prueba de ello, también, es este ejercicio dialéctico que incluso los Uribe y los García no se atreven a dejar de llevar adelante.

 

Pena sería, entonces, que quienes dijeron estar en una senda de profundización democrática tan sólo sigan velando por el mantenimiento de sus pequeños egos.

 

Existe, ciertamente, una dialéctica sudamericana, a la que sucesivamente nos iremos refiriendo. No de otro modo puede entenderse este difícil momento en donde una nación en semipenumbras, encuentra que otras naciones hermanas, todas ellas, procuran coadyuvar, desde la no injerencia en asuntos internos de cada una, a la mayor libertad y paz democrática, en cada uno de nuestros pueblos.

 

Así, pues, sería no sólo denigrante para esta nación sino definitorio para la suerte de quienes hoy ostentan el poder en la misma, no escuchar un clamor que viene de abajo y desde lejos: respetar las libertades. Saber ser y por consiguiente, saber pasar cuando el pueblo, sin ataduras ni cortapisas, en el libre ejercicio cotidiano de su derecho a una plena vigencia de las libertades, entienda que es la hora del cambio.

 

En suma, no atemorizarse ni alarmarse porque incluso el poder, y vaya en qué medida, es tan transitorio como ilusorio. Lo que debe permanecer es el proceder. El justo y recto proceder en bien de las gentes de nuestras naciones.

 

Las más de las veces, pueblos y mandatarios pasan a la mejor historia, no por una tozuda permanencia en el poder sino y principalmente por haber sabido conducir a su pueblo a un mañana donde la democracia y la participación no sean meras escenografías que se levantan las vísperas de una elección, sino la diáfana y real presencia en el cercano horizonte de sus vidas.

 

Alcanzado tal estadio, un gobernante, todos los gobernantes, habrán logrado - antes que subirse a caballo sobre una roca -, permanecer en el recuerdo, y así ser sus preclaros referentes; los referentes de una nación que los recuerde con respeto.

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