Las bases militares en Colombia
Una agenda de alta
tensión regional
por el profesor Bernardo Quagliotti De Bellis

El hecho que en la reunión de Unasur (Unión de Naciones Sudamericanas), realizada en Quito el pasado 10 de agosto, los Cancilleres asistentes habían decidido no  incluir el tema del acuerdo de Colombia con Estados Unidos, respecto a la instalación de nuevas bases militares en territorio colombiano, no impidió que el presidente de Venezuela  -no faltando a su costumbre-  pusiera la nota al manifestar enfáticament5e que su gobierno se estaba preparando para un enfrentamiento bélico , acusando al gobierno de presidente Uribe de defender la tesis del ataque preventivo, declaración que fue acompañada por la presidente de Argentina quien manifestó que la región se encuentra en un “estado de beligerancia inédito e inaceptable”.

 

Fidel Castro  -si bien Cuba  integra la Unasur-  desde su ”retiro” en La Habana, se pronunció muy preocupado, presagiando la posibilidad del estallido de un conflicto entre Colombia y Venezuela.  El presidente brasileño Lula da Silva, planteó en estilo cauteloso pero firme, que Unasur debería invitar a Estados Unidos a la próxima reunión,  a llevarse a cabo en Argentina,  con el fin de conocer su posición al respecto. El presidente paraguayo, abogó que    la próxima cita de Unasur no sea utilizada para “sentar” a Colombia “en el banquillo de los acusados”, donde por moción del presidente boliviano se elevó el perfil de la discusión a nivel presidencial. 

 

Al próximo encuentro  -posiblemente a realizarse en la próxima semana en Bariloche   (Argentina), fue invitado también el presidente colombiano Álvaro Uribe, quien aseguró que concurrirá. Fue  el gran ausente de  la Cumbre de Quito por cuanto los gobiernos de Colombia y Ecuador  mantienen rotas sus relaciones diplomáticas.

 

Al  panorama  continental de las  tres Américas, hay que sumarle el reciente  acuerdo de Guadalajara, que señala la posición de Estados Unidos, Canadá y México, cuyos presidentes reiteraron  su  apoyo al depuesto presidente hondureño Manuel Zelaya, coincidiendo en lo relacionado al combate al narcotráfico.

 

Una actualizada agenda de seguridad.

En marzo de 1998 , fui invitado a participar  en el foto  convocado por el filósofo Leopoldo Zea, que se realizara en la Universidad Autónoma de México, para debatir el tema “América Latina: la nueva agenda de seguridad”. 

 

Dos grandes paneles se  conformaron. A raíz de los Documentos de Santa Fe, uno trató la perspectiva general en cuanto a las tendencias en torno a la   seguridad, analizando el criterio tomado por los  gobiernos iberoamericanos, que en forma individual  estaban    desarrollando -uno sí y otros no-  y, en cuanto a la evolución del concepto Seguridad que por diversas causas era imprescindible  analizar.

 

El  otro panel examinó más detalladamente la naturaleza de las nuevas amenazas que en aquel entonces se presentaban, y que comenzaban a convertirse en fuente de creciente preocupación.

 

Se indicó que para conformar en forma consensuada una política de seguridad regional, era fundamental  que los gobiernos evitaren que su actuación diplomática fuese contradictoria, es decir, aquélla donde se mezcla hábilmente el diálogo con la provocación, actitud  que despierta la  desconfianza total en el terreno de la relación entre los gobiernos y sus pueblos.

 

Los acontecimientos de diversa índole que se desarrollan en los Estados de Iberoamérica y los vientos que soplan en  diversas zonas estratégicamente importantes del mudo, que quizás hasta hace poco nos han sido ajenos, hacen que debamos reflexionar sobre todo ello y  obligue a  los políticos a tener  una  visión y magnitud más certera de de los problemas de defensa dentro del mundo moderno, que son complejísimos y en tan alto grado que no pueden ser resueltos con soluciones simplistas, pues las realidades de la estrategia global y en menor escala de la sudamericana, traen consigo una serie de condicionantes que se escapan de los límites del pensamiento político de una corriente de opinión.

 

El tema de la Seguridad es un problema tan serio   y su orientación debe ser pragmática. Ante las circunstancias que se enfrenta  la Unasur, respecto  a los acuerdos suscrito entre  el gobierno Uribe y el Pentágono, el hablar de la defensa de la región es un tanto problemático, que implica la existencia  de un plan de defensa común, para no caer en lo que algunos estrategas califican como la “celeridad de las desactualizaciones”.

 

Ante la  ausencia de consenso 

 Las denominadas reuniones Cumbres Sudamericanas vienen señalando la falta de parámetros y reglas básicas  entre los gobiernos sudamericanos. A partir de la desintegración del bipolarismo el mundo carece de un orden mundial estable y definido,  situación que permitió el desarrollo de un sistema unipolar que en la actualidad, aunque  vive también su crisis,  su liderazgo  es difícil de desafiar. Los Estados Unidos –la hiperpotencia de la modernidad-  siguen presentándose como el primer poder económico, político, industrial, científico y militar del  mundo.

 

La Unión Sudamericana de Naciones, debe seguir avanzando en pos de la ratificación del su Tratado constitutivo, pues este organismo regional creado en el 2007, sólo ha sido ratificado por los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Ecuador.. En la reciente Cumbre Presidencial realizada en Quito el pasado lunes 10 del mes en curso, se  le ha sumado a  la Unasur nuevos objetivos: la lucha contra el narcotráfico, temas de infraestructura y planeamiento, desarrollo social, educación, cultura, ciencia, tecnología e innovación.

 

Objetivos que figuran en otros intentos de integración que se han debatido en el continente iberoamericano durante el siglo pasado. Todos de carácter económico  y todos no han dado un resultado   satisfactorio.

 

Es común oír de integración iberoamericana, pero es muy raro hablar de integración  de cada país en su propio espacio.  El caso de Uruguay es ejemplarizante. En Quito, el presidente brasileño Lula da Silva, expresando la conducta pragmática de Itamaraty  planteó la necesidad de lograr consenso respecto al futuro de la Unasur, con el fin de evitar que ella  se presente más como un club de amigos  -“rodeado de enemigos”- que un organismo de integración.

 

Las bases militares y la IV Flota

Al tema “acuerdo Uribe-Pentágono” respecto a las siete bases militares en Colombia, hay que sumar la instalación de otra base en el Chaco paraguayo;    las acciones diplomáticas de Washington que sin disimulo mira “de reojo” el afianzamiento de la  naciente Unasur. y la restauración de la IV Flota en el Atlántico Sur. Es evidente que todo ello responde a la  histórica visión geopolítica estadounidense en relación al  control y seguridad de abastecimiento de recursos naturales estratégicos como el agua y el petróleo no solamente de su “patio trasero”, sino de todo el continente iberoamericano.

 

El verdadero fondo de la preocupación sudamericana respecto al nuevo Tratado es que el mismo desborda lo acordado en el Plan Colombia  El canciller brasileño Celso Amorim ha indicado que todo ello conforma un hecho nuevo. “La impresión es que las bases sirven para la operación de aviones  de un radio de acción muy grande. Todo eso hecho así, sin que haya habido un proceso, sin consultarnos. Colombia es un  país soberano y tiene el derecho de hacer lo que quiera en su territorio, pero se trata de una presencia militar importante en nuestro vecindario”. “Con el tema de la IV Flota es que Brasil no0 tuvo aviso previo. Error que el gobierno de Estados Unidos reconoció  en explicaciones  que nos ofrecieron”.

 

El tema dominante desde tiempo atrás en el espacio colombiano es la suma de narcotráfico, violencia y terrorismo. Las causas de este fenómeno son variadas y extremadamente complejas; pero no hay duda de que representan un síntoma grave y peligroso de perturbación social.

 

Antoinme Perret en reciente conferencia ofrecida en el Aula Magna de la Universidad Externado de Colombia, al referirse al tema Seguridad Interna  señaló: “Particularmente Colombia, está expuesta a un riesgo de dimensiones incalculables por la presencia de compañías privadas militares o de seguridad,  que actúan como ruedas sueltas, sin control, arrebatándole al Estado el monopolio sobre la seguridad y sobre el control de  las armas.”. Narcotráfico, paramilitarismo y los caciques políticos locales (caso del departamento de  Antioquia) conforman  -para el investigador Juan David Parra-una suerte de “menaje à trois”  del conflicto colombiano.

 

En artículo publicado en el diario chileno El Mercurio (7/agosto/2009), Andrés Oppenherimer señala que, “ … a diferencia de  en Cuba, donde el país norteamericano enarbola su bandera y tiene jurisdicción y autonomía, en Colombia las tropas estadounidenses no tendrán sus propias instalaciones”. Dicho analista expresa, a renglón seguido, que entrevista que realizara al ministro de Relaciones Exteriores de Colombia,  éste le manifestó que el acuerdo Colombia-Estados Unidos, está destinado a incrementar la cooperación militar estadounidense, especialmente en vigilancia aérea e inteligencia para combatir a los narcotraficantes y a las narcoguerrillas en Colombia, y en cuanto a las bases aéreas existentes, “las tropas estadounidenses no tendrán sus propias bases en Colombia, pues éstas son bases colombianas, operadas y comandadas por colombianos, en las cuales habrá acceso regulado a personal de Estados Unidos”. Si lo expuesto anteriormente es cierto, para Oppenheimer  “estamos frente a un error garrafal en la forma en que Colombia ha presentado este asunto”.

 

Todo indica que el tema  está, aún, confuso. Aguardemos  el resultado final de la próxima Cumbre de Unasur en Bariloche, el próximo 28 de agosto.

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