El peligro
de la utopía
por el profesor José Luis Fiori

“... la geopolítica del equilibrio de poderes y la práctica del imperialismo explícito dejaron de tener sentido debido a una serie de nuevos hechos históricos […] este abordaje de las relaciones internacionales no tiene más espacio en el mundo en el que vivimos, del post-colonialismo, de la globalización, del sistema político global, y de la democracia […] con la globalización, todos los mercados están abiertos y es inimaginable que un país se rehúse a venderle al otro, por ejemplo, petróleo a precio de mercado… […] Resulta también de aquellos hechos que la guerra entre grandes países ya tampoco tiene sentido […] En el siglo XX, las guerras entre las grandes potencias no tenían sentido porque todas las fronteras ya estaban definidas ( Luiz carlos Bresser Pereira)

 

En la segunda mitad del Siglo XX, en particular después de 1968, se tornó un lugar común la crítica de los “nuevos filósofos” europeos, que asociaban la utopía socialista al totalitarismo. Pero no se escuchó el mismo tipo de reflexión, después de la década del 80, cuando la utopía liberal se tornó hegemónica y sus ideas tomaron cuenta del mundo académico y político. Inmediatamente después de la Guerra Fría, Francis Fukujama popularizó la utopía del “fin de la historia” y de la victoria de la “democracia, del mercado y de la paz”. Y, a pesar de los acontecimientos que siguieron, sus ideas siguen influenciando a intelectuales y gobernantes, sobre todo en la periferia del sistema mundial. Basta ver la confusión causada por el anuncio reciente de la decisión norteamericana de ampliar su presencia militar en América del Sur, con la instalación o ampliación de siete bases militares en el territorio colombiano, que deberán servir de “punto de apoyo para el transporte de cargas y soldados en el continente y fuera de él” (FSP, 5/8/09). El gobierno norteamericano justificó su decisión con objetivos “de carácter humanitario y de combate al narcotráfico”. La misma explicación que fue dada por el gobierno americano, en ocasión de la reactivación de su IV Flota Naval, en la zona de América del Sur, en el año 2008: “una decisión administrativa, tomada con objetivos pacíficos, humanitarios y ecológicos” (FSP, 9/07/08).

 

Una de las funciones de los diplomáticos es participar de este juego retórico que a veces suena hasta un poco divertido. Y cabe a los periodistas el seguimiento de estos debates sobre distancias, radio de acción de los aviones, amenaza de las drogas, etc. Todavía los intelectuales tienen la obligación de trascender este mundo de la retórica y de los números inmediatos, y también, el mundo de las fantasías utópicas, lo que a veces no sucede, y no se trata – evidentemente – de un problema de ignorancia. Piénsese, por ejemplo, en la utopía liberal del “fin de las guerras” que ya no tendría más sentido entre los grandes países, y contrapóngase esta tesis con la historia pasada y la historia del propio siglo XX y XXI. Según la investigación y los datos del historiador y sociólogo norteamericano, Charles Tilly: “de 1480 a 1800, cada dos o tres años, se inició en algún lugar un nuevo conflicto internacional expresivo; de 1800 a 1944, cada uno o dos años, a partir de la Segunda Guerra Mundial, más o menos, cada catorce meses. La era nuclear no disminuyó la tendencia de los siglos anteriores a guerras más frecuentes y más mortíferas (además). Desde 1900, el mundo asistió a 237 nuevas guerras, civiles e internacionales.. (mientras) el sangriento siglo XIX contó 205 guerras (Charles Tilly, Coerción, capital y Estados europeos, Edusp, 1996, p.123 y 131). Incluso en la década de 1990, durante los ocho años de la administración Clinton, que fue transformado en la figura emblemática de la victoria de la democracia, del mercado y de la paz, los EE.UU. mantuvieron un activismo militar muy grande. Y al contrario de la impresión generalizada, “los Estados Unidos se involucraron en 48 intervenciones militares, mucho más que en toda la Guerra Fría, período en el que ocurrieron 16 intervenciones militares” (Bacevich, 2002: p:143). Y más recientemente, los “fracasos militares de los EE.UU., en Irak y en Afganistán – contrariamente a lo que dicen – aumentaron la presencia militar de los EE.UU. en Asia Central y el cerco de Rusia y de China, involucrando, por lo tanto, la preparación para la guerra entre tres grandes potencias.

 

En todo eso, queda clara la dificultad intelectual de que los liberales convivan de forma inteligente con el hecho de que las guerras son una dimensión esencial y coconstitutiva del sistema mundial en el que vivimos y que, por lo tanto, no es sensato pensar que desaparecerán. Al contrario de lo que piensan los liberales, la asociación entre la “geopolítica del equilibrio de poderes” y las guerras, no se restringe al siglo XIX, (ya había sido identificada en Grecia), y el sueño del “gobierno mundial” de las grandes potencias, ya existe por lo menos desde el Congreso de Viena, en 1815, sin que esto haya impedido el aumento del número de estados y de las guerras nacionales.

 

En este tipo de sistema mundial, por otro lado, es muy difícil creer en la posibilidad del “fin del imperialismo” y, menos aún, en este comienzo del siglo XXI, en que las grandes potencias – viejas y nuevas – se lanzan sobre África y sobre América Latina, disputando palmo a palmo el control monopólico de sus mercados y de las fuentes de energía y materias primas estratégicas. Y suena casi ingenua la creencia liberal en los “mercados abiertos”, en un mundo en que todas las grandes potencias impiden el acceso a las tecnologías de punta, no aceptan la venta de sus empresas estratégicas, y protegen de forma cada vez más sofisticada, a sus productores industriales y a sus mercados agrícolas. En este punto, llama la atención la facilidad con que los economistas liberales confunden los mercados de petróleo, armas y monedas, por ejemplo, con los mercados de papas, quesos y vinos. Pero parece que nada de eso es muy relevante para ellos, porque de hecho, no se consigue desmontar convicciones utópicas apenas esgrimiendo números y hechos. Lo importante es comprender que la utopía liberal también puede tener consecuencias nefastas, en la historia del mediano plazo de los países más débiles, dentro del sistema mundial. Si las utopías de izquierda llevaron – en muchos casos – al totalitarismo, la utopía liberal y su permanente negación del poder en la historia del capitalismo, ha llevado – invariablemente – a los intelectuales y gobernantes “descalzos”, al servilismo internacional. 

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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