“La cultura al frente” (I)
por el Lic. Sergio Navatta

I – Introducción,  Antecedentes y Fundamentación:

Nuestra historia post-dictadura se remonta a 1984 cuando en la CONAPRO (Concertación Nacional Programática) se comienzan a delinear los primeros instrumentos de nuevas instituciones de la cultura, como por ejemplo, un fondo para las artes. Desde ahí diversas instancias de encuentros, foros y plenarios han ido tejiendo diversas propuestas hacia una nueva institucionalidad, cuya máxima expresión se ha sintetizado en el concepto de “Sistema Nacional de Cultura” esbozado por primera vez en la III Asamblea Nacional de Cultura llevada a cabo en dos instancias, Paysandú  y Minas en el año 2003. 

 

El IV Congreso del FA adopta este concepto, incorporándolo a las bases programáticas sobre cultura.  La IV Asamblea Nacional de Cultura y la primera organizada oficialmente por el MEC se reúne en Salto (abril 2006) con la presencia del Presidente de la República Dr. Tabaré Vázquez y ratifica los ejes temáticos de la anterior y las resoluciones que apuntan a nuevas instituciones de la cultura con participación del sector cultural.

 

La formulación y la puesta en marcha de estos procesos constituyeron una propuesta formativa que contribuyera a la construcción de la participación y la formación ciudadana como ejercicio democrático de transformación de la cultura política.

 

La actual expansión de las políticas culturales, la creciente complejidad del diverso movimiento cultural y la necesidad de una mayor legitimación en la toma de decisiones,  se ha dado frente a una estructura político-Institucional que no ha permitido una participación efectiva en el diseño de instituciones más democráticas. En este período de gobierno se ha avanzado mucho, con una mayor apertura en respuesta a demandas, necesidades y sensibilidades ciudadanas, pero encontrándose aún inmersa dentro de un sistema que, a pesar de proyectos de descentralización, resulta todavía  insuficiente la participación y el control ciudadano.

 

La definición de acciones culturales por parte del Estado, deberá orientarse de manera participativa y concertada, con políticas culturales de largo alcance, presupuesto adecuado, con estrategias y racionalización de recursos y procedimientos que lleven a líneas de acción coincidentes con las realidades y expectativas de los ciudadanos, que permitan procesos de larga duración.

 

Los sujetos y colectivos han ido construyendo con sus prácticas nuevos espacios que requieren de una institucionalización, más democrática y pluralista, que expresen expectativas de mayor participación.

 

Este desafío histórico requiere que tratemos de crear los mecanismos adecuados para que, desde lo cultural, se alimente la socialización que nos permita contribuir al enriquecimiento de los espacios de participación democrática, de manera realista y permanente. Sólo reconociendo y acudiendo a esos espacios y niveles de creación de la cultura para alimentar desde allí los proyectos de convivencia, podremos construir una ciudadanía efectiva basada en principios y prácticas democráticas de acción, participación e integración, que a su vez nos permita enriquecer la calidad de vida.

 

Rol del Estado

La  intervención del Estado en la regulación de las actividades humanas, como en la cultura, debe estar orientada a garantizar la diversidad cultural y a promover el desarrollo cultural local, sin ningún tipo de imposición con respecto a los contenidos culturales que se producen y difunden. Y cuando hablamos de derechos de los individuos implica hablar de deberes del Estado, y en materia cultural cumplir con los deberes con la cultura implica garantizar, satisfacer y promover los derechos culturales de las personas.

 

En una formulación general la participación del Estado en el ámbito cultural consiste en reconocer, impulsar, estimular, coordinar, promover, priorizar, regular y orientar los procesos y proyectos culturales de los distintos sectores de la población que contribuyan, propicien y enriquezcan la participación pública, en un marco de reconocimiento y respeto por la diversidad cultural y convivencia ciudadana.

 

Podríamos decir  que las políticas culturales se materializan cuando se institucionalizan, sin organismos que definan objetivos, prioridades y obtengan los recursos necesarios para el ámbito cultural, no podemos hablar de políticas culturales.

 

En este sentido, la necesaria institucionalización de la cultura no solo en el ámbito estatal sino también en la sociedad civil nos lleva a la necesidad de una coordinación e integración que en forma sinérgica se interrelacionen Estado-Sociedad civil hacia fines y objetivos comunes, que impliquen dos ejes fundamentales del proceso cultural: construcción identitaria y derechos culturales.  

 

Con el reconocimiento de que los individuos son sujetos de derechos culturales, comienza a desplegarse en su plenitud la libertad cultural. Pero también, el reconocimiento de que los individuos son sujetos culturales, portadores de prácticas y saberes, implica que son parte activa y participante del desarrollo cultural y global de la sociedad.

 

Los derechos culturales, que ya han dejado de ser el “subdesarrollo” de los derechos humanos, son derechos de carácter fundamental, como lo establece la UNESCO y la Carta Cultural Iberoamericana que expresa: “Convencidos igualmente de que la cultura se debe ejercer y  desarrollar en un marco de libertad y justicia, reconocimiento y protección de los derechos humanos, y de que el ejercicio y el disfrute de las manifestaciones y expresiones culturales, deben ser entendidos como derechos de carácter fundamental;”

 

La libertad cultural, implica la diversidad de la oferta cultural y el derecho a su acceso, en donde las identidades nacionales, regionales y locales forman parte de esa diversidad.

 

Identidad y diversidad

La Cultura representa el patrimonio fundamental sobre el cual los pueblos construyen sus identidades colectivas, definen sus estrategias de desarrollo y configuran sus relaciones con el entorno. Cada cultura tiene el derecho de crecer libremente en su herencia, ofrecer espacios para la investigación y divulgación del acervo cultural y ofrecer alternativas a los individuos para explorar en su historia a la cultura.

 

Según la UNESCO, el respeto a la diversidad y a la identidad cultural es un bien y un recurso que hay que promover y desarrollar por que contribuye, no sólo a la cultura en general y al arte, sino al desarrollo global de los pueblos, afirmando “el valor central de la cultura como base indispensable para el desarrollo integral del ser humano y para la superación de la pobreza y de la desigualdad.”

 

Cultura y desarrollo.

La UNESCO habla de la importancia de la creatividad y la diversidad cultural incorporándola como un recurso fundamental para el desarrollo de los países emergentes.

 

El valor de la cultura en el desarrollo social y económico sostenible, en el bienestar de los pueblos y como dice la UNESCO  “como base indispensable para el desarrollo integral del ser humano y para la superación de la pobreza y de la desigualdad”,  ya es indiscutible. Ya no podemos dejar de vincular cultura y desarrollo, desde las declaraciones de la UNESCO hasta la Declaración de Friburgo sobre Derechos Culturales en mayo del 2007, que establece: “El término cultura abarca los valores, las creencias, las convicciones, los idiomas, los saberes y las artes, las tradiciones, instituciones y modos de vida por medio de los cuales una persona o un grupo expresa su humanidad y los significados que da a su existencia y a su desarrollo”,  apuntan hacia un nuevo paradigma de desarrollo en donde la cultura es el valor central.

 

Concepto que va más allá de una perspectiva económica, en definir a la cultura solo como recurso o como factor de desarrollo, concepto común entre los economistas, sino como definición, orientación y proyección del desarrollo en una sociedad,  mucho más en la actual sociedad del conocimiento y de la información, de la economía creativa y de la innovación en ciencia y tecnología.

 

El valor central hoy, se encuentra en la “creatividad”, necesaria para la producción de conocimiento, para la economía y para la innovación científico-tecnológica; innovación  que no es otra cosa que “creatividad viable y materializable.”

 

Si la cultura es base indispensable para la superación de la pobreza y la desigualdad, como establece la UNESCO, y para el logro de estos objetivos se requiere de desarrollo económico y social, resulta claro que la cultura es base indispensable para el desarrollo sostenido.

 

La cultura no es un instrumento, es algo sustancial, sí podemos hablar de las políticas culturales como instrumento en tanto políticas, ya que la política es una herramienta para el logro de los objetivos, mientras la cultura es la expresión misma de nuestra humanidad. De manera sintética podemos decir que la política es el “hacer” mientras que la cultura es el “ser”.

 

Una cultura de derechos ciudadanos y de respeto a la diversidad es un camino ineludible para promover procesos de integración social, solo a través de una sociedad culturalmente integrada podremos seguir avanzando en un proceso de desarrollo que recomponga el tejido social, que ha sufrido fragmentaciones con políticas sociales, económicas y culturales que no han contribuido a un desarrollo social e integral del ser humano.

 

Frecuentemente hablamos de justicia social, como equidad en la distribución del ingreso e igualdad de oportunidades al acceso de bienes y servicios, pero también debemos hablar de “justicia cultural”, concepto que se define como “reconocimiento de las diferencias” y es esto es fundamental, la protección y defensa de la diversidad cultural comienza por el reconocimiento, que genere el respeto y la tolerancia que nos permitan avanzar hacia una integración socio-cultural.

 

Estos dos elementos señalados, distribución y reconocimiento, implican a su vez la igualdad de la participación, que exige la necesidad de distribuir los recursos materiales de forma que se garantice la libertad de opinión y de acción de los ciudadanos y también exige,  sistemas institucionalizados de valores culturales que expresen igual respeto a todos los grupos e individuos y garanticen igualdad de oportunidades para alcanzar la estima social.

 

Hacia una nueva institucionalidad de la cultura.

Nuevos instrumentos.

Teniendo en cuenta las dos vertientes históricas en materia de institucionalidad de la cultura, Francia (Ministerio) e Inglaterra (Consejo), nuestro propio proceso histórico y los avances que en este sentido se han llevado a cabo en la región y el mundo, debemos avanzar hacia la concreción de una nueva institucionalidad, que nos permita cumplir plenamente con los derechos culturales.

 

Conscientes de que en la actualidad, al igual que en muchos países de la región, debemos encaminarnos hacia una política pública definida de protección de los derechos culturales de la ciudadanía, consideramos imprescindible la apropiación social del concepto de que los derechos culturales son derechos humanos.

 

Con el actual gobierno se llevaron a cabo importantes logros que apuntan al desarrollo humano y a la calidad de vida como el Plan Ceibal, lo que significa un impacto cultural fundamental hacia el futuro. Con el Plan Ceibal y el acceso a la información y al conocimiento, los niños han descubierto una nueva pantalla al mundo, han disminuido la cantidad de horas frente al televisor y en la calle y  han sido motivados a concurrir a las aulas.

 

A partir de este gobierno viejas demandas se hicieron realidad. El cine uruguayo se ha ido consolidando y tiene nuevas herramientas públicas, como la ley de Cine, también otros logros fundamentales como los  Fondos Concursables, la creación del Cluster de la Industria Audiovisual, el libro y la música, la Ley de Seguridad Social de los artistas,  el Fondo de Incentivo Cultural, los 90 centros MEC instalados en todo el territorio nacional y la ratificación de las Convenciones sobre diversidad cultural y patrimonio inmaterial.

 

A si mismo, para seguir avanzando se hace necesario una nueva institucionalidad de la cultura, en un nuevo diseño institucional que sintetice y supere los modelos históricos, construyendo nuevos pilares de la cultura: Ministerio de Cultura  - Consejo Nacional de Cultura – Nueva estructura integral de financiamiento público y privado-  Estructuras regionales, departamentales y Polos de desarrollo cultural estratégicos (descentralización) – Institutos de intercambio y cooperación regional e internacional – Oficinas sectoriales de desarrollo -  Nuevos marcos legales.

Todas estas acciones deberán apuntar a la conformación, ordenamiento, coordinación e integración de los espacios públicos en un “Sistema Nacional de Cultura”, en donde los pilares institucionales sean los instrumentos fundamentales de la nueva institucionalidad de la cultura.

 

La creación  de un Ministerio y un Consejo Nacional de Cultura integrados, avanzando así hacia una formulación de institucionalidad participativa, congruente con nuestros antecedentes, expresada en una forma organizativa nueva y vinculante, en conformidad con la Recomendación Relativa a la Condición de Artista de la UNESCO de 1980, con los antecedentes inmediatos como el consejo de la ley de patrocinio y el instituto de cine y con el criterio plasmado en el documento programático del Frente Amplio, es ya hoy una necesidad.

 

Esta síntesis superadora de un Ministerio con un Consejo Nacional de Cultura, aúna las mejores características de ambos, como ejecutividad con la representatividad y la participación, elementos indispensables en una sociedad moderna y progresista.

 

Un Ministerio de Cultura, que reafirme la vital importancia del vínculo existente entre la cultura y el desarrollo, que logre  una mejor planificación, implementación, ejecución y evaluación de  las políticas culturales,  que logre  una descentralización cultural, que logre una mayor integración y coordinación entre las diferentes áreas y servicios del Estado, que jerarquice el área de la cultura dentro del gabinete de gobierno, que promueva la difusión y el reconocimiento del valor central de la cultura en el desarrollo integral del ser humano, resulta hoy indispensable.

 

Un Consejo Nacional de Cultura que siguiendo los modelos más modernos, de la región y del mundo, en materia de organización institucional conforme a la definición de las políticas culturales y que respondiendo a las necesidades culturales y a las recomendaciones de organizaciones internacionales en la materia como UNESCO, es hoy por hoy un instrumento necesario en la participación y la representatividad de la diversidad cultural de la sociedad.

 

Sobre los medios de comunicación:

Hablar sobre Comunicación y Cultura podría ser casi redundante,  porque ambos espacios públicos siempre han estado irremediablemente integrados. Hoy más que nunca es necesario un enfoque unitario e integral en las políticas públicas y de cooperación internacional en ambos campos.

 

En el desarrollo actual de los medios de comunicación, con un peso relativo mayor sobre la educación formal y una mayor incidencia en la formación de los individuos, no pueden ser tratados como meros instrumentos de información, sino como verdaderos sistemas inter-culturales que exponen y abren unas culturas a otras, que promueve su interacción y ésta a su vez,  transforma a la propia cultura.

 En el diseño de las políticas de comunicación, ya no es pensable su conformación como meras “políticas de medios”, sino como políticas culturales sobre los sistemas de comunicación. 

 

Hoy día, los medios de comunicación tienen una incidencia mayor en la formación de opinión y transmisión de valores culturales, por lo que los medios de comunicación oficiales no pueden estar asilados del resto del Estado y menos de un Ministerio de Cultura. El rol del Estado y de sus servicios, no puede estar sujeto a la competencia con los medios privados con iguales contenidos, sino ofrecer otras alternativas que promuevan la diversidad e identidad cultural y el respeto a los derechos culturales.

 

Se debería continuar desarrollando y profundizando la línea actual en materia de medios de comunicación sobre: la libre competencia, la asignación de publicidad del Estado y el surgimiento de nuevas prácticas comunicacionales.

 

También avanzar en la promoción y planificación en el área comunicacional, que involucre a todos los medios en  la incorporación de objetivos culturales y educativos que promocionen el patrimonio cultural, como así también fomentar el desarrollo de medios de comunicación ciudadanos y comunitarios que enriquezcan la presencia de la diversidad cultural en el espacio público.

 

Con respecto a la promoción de la difusión y fomento de la identidad y la diversidad cultural en los medios de comunicación, se hace necesario nuevos marcos legales en la materia que tengan en cuenta el estudio de legislación comparada y diversos instrumentos proactivos de estímulos y promoción, como de regulación de la actividad, que garanticen la diversidad de la oferta cultural en cumplimiento de los derechos culturales de los ciudadanos en lo que tiene que ver con las oportunidades de acceso y de libre elección de los individuos.

 

Así también, debe recogerse los principios consagrados en la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales, aprobada en la 33º Conferencia de la UNESCO (Octubre 2005) y ratificada en nuestro país por la Ley 18.068 el 11 de Diciembre de 2006, que entre muchos otros, se establece el derecho soberano de los Estados a adoptar medidas y políticas para proteger y promover la diversidad de las expresiones culturales en sus respectivos territorios.

 

De la legislación comparada surgen dos elementos o aspectos básicos como medidas de protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales a tener en cuenta: a) establecimiento de porcentajes mínimos de programación de producción nacional o regional y b) incentivos a la producción nacional mediante exenciones o deducciones fiscales

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