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El puente
por
Eduardo Silveyra
Cuando
baje del tren fui el único pasajero que lo hizo y la
estación de San Miguel estaba inmersa en un vacío
desprovisto de vida, pero ese detalle de ausencia no
me llamó mucho la atención porque yo iba obseso en
otros pensamientos o en un único pensamiento,
encontrar a Marina.
Caminé por el andén
hasta el puente con la intención de cruzar al otro
lado, porque Marina siempre está del otro lado o
cerca y la noche anterior ella no había podido pegar
los ojos y ese motivo era importante, porque la
aterraba.
Claro, antes de que
pasara eso, de tener la mirada siempre abierta,
habíamos hablado lo de siempre y le sentía las manos
muy tibias cuando acariciaba mi brazo.
Afuera llovía y nos
paramos frente al ventanal a ver esa lluvia que
parecía eterna y también hacíamos coincidir nuestras
miradas, en el charco que se había hecho al lado del
cordón y en el que las gotas caían sin cesar, sin
embargo, la angustia se oscurecía o brotaba en otros
ámbitos que solo se presencian en la memoria.
Cuando me soltó la
mano, bajé la mirada y vi que estaba descalza, le
hubiera frotado los pies, pero le dije,
-te podés resfriar,
ponete unas medias.
-Ahora me pongo, dijo
ella y se puso unas medias a rayas blancas y negras
que tenía guardadas en la cartera y que le llegaban
hasta las rodillas. Después se calzó unos zapatos
míos que le quedaban grandes, porque el piso estaba
sucio.
-Voy a preparar un té
o querés café, dijo ella, le contesté que tomaba
cualquiera de las cosas que hiciera, mientras, seguí
parado y apoyado contra la mesa, recordando las
imágenes de su rostro, desde el tiempo en el que sus
años más jóvenes se acurrucaron contra mi piel que
empezaba a envejecer y se detenían en el rostro
pálido de este momento de ahora y retornaba hacía
aquella realidad pegajosa en el que el gris que
bajaba desde el cielo, penetraba de melancolía todo
lo que uno mirara, los focos de la calle estaban
apagados de este lado de la vía; del otro lado del
paso nivel, algunas luces oscilaban entre los
destellos que a veces desprendían, al ser movidas
las lámparas por el viento.
Delante de mi paso
iba ella, caminando como si se tratara de levitación
o algo muy semejante, pero vaciló en adentrarse en
ese corredor de penumbra y en ese instante de duda
fue cuando la tuve a mi lado y le dije,
-no tengas miedo,
podés cruzar conmigo.
-Gracias, dijo ella y
en ese momento le descubrí su mirada temerosa,
arisca, anhelante y como de espera.
Desde que la había
descubierto media cuadra antes, no había podido
sacarle los ojos de encima y apuré el paso hasta
alcanzarla en esa encrucijada, que se reflejaba
nerviosa en las ramas de los sauces que apenas se
movían sumergidas en el aire negro.
-¿Adónde vas?
-Busco a alguien.
El paso del tren nos
hizo inaudible lo que nos decíamos y caminamos unos
pasos sin hablarnos. Después que la formación pasó,
como un gusano luminoso, gigante, rabioso y
traqueteante, volvimos a hablarnos.
-¿Sos de Flores?
-Soy de Quilmes, dijo
ella con su voz casi aniñada. Que Dee Dee se pusiera
a maullarme desde el balcón, le aproximó una
confianza que alivió ese sentimiento perturbador,
que se reflejaba en los movimientos a veces casi
esquivos que hacía con su cuerpo.
-¿El gato es tuyo?
-Sí.
-Una vez tuve uno,
dijo ella, medio despojada de tensiones y dispuesta
a lo que venga o a lo que pudiera controlar.
Después, mientras
preparaba el café la miraba sentada en el sofá,
apretando la punta de la bota contra la otra y
pasando su mano de dedos largos y finos sobre el
lomo de Dee Dee, que siseaba entre sus piernas
dejándole algunos pelos amarrillos adheridos al jean
ajustado que llevaba puesto. Claro que no dejé de
preguntarme si era real la realidad, pero fuera lo
que fuera, debía quitarle cualquier rasgo de
ofuscación que tuvieran o trajeran consigo los
momentos.
-Voy a dejar las
hornallas encendidas.
-No hace mucho frío,
pero es mejor, dijo ella al tiempo que se sacaba el
blazer de lana estilo inglés, de ese cuadrillé
marrón elegante.
-¿Y tu gato como se
llamaba?
-Fermín.
-¿Y vos cómo te
llamás?
-Marina, dijo ella,
cruzando las piernas de ese modo y dando con los
labios, sorbos pequeños en el pocillo que tenía los
bordes calientes. Y en algún momento de esa noche,
tempus fugit, también estuvimos desnudos y
los cuerpos pegados el uno contra el otro.
En ese lapso de 4
años habíamos ido y venido en los encuentros y las
distancias, pero el momento de ahora era diferente,
estaba pasada de cocaína y quería dormir a su
desesperación en algún lado y por algunos instantes,
yo también perdía mi alma y Miles Davis con su
Freddie Freeloader me la devolvían, esa perdida me
distraía y en esa distracción fue que ella hizo un
llamado, abrió la puerta y mientras se ponía un
abrigo desde el pasillo me decía,
-tenés que
acompañarme sino me voy a morir.
-No creo que te
mueras, le dije, mientras me ponía el piloto y
agarraba el paraguas para seguirle los pasos.
-Vamos a 5 cuadras,
dijo ella, que se aferraba de mi brazo, justo en esa
circunstancia en que el viento nos dio vuelta el
paraguas y pidió después que la abrazara y que no la
dejara, con esas palabras de confesión dramática y
al hacerlo sentí el hálito de la vaguedad en su
cuerpo enlazado al mío. Caminábamos con el ritmo de
mi paso decidido.
-Caminas como un
milico.
-Es lo mejor en estos
casos, le dije, para que sonriera y lo logré, pero
hablaba de su padre, su hermano, su madre y a la voz
se la arrastraba el viento, como a papeles vacíos en
los que hubiera dibujado palabras imposibles.
Después que cruzamos
Gaona, el tipo nos estaba esperando en la otra
esquina, Marina, metió la mano en la cartera y sacó
3 billetes nuevitos de 10 los dobló en 3 y los
apretó en la mano. En el momento que nos cruzamos
con él para hacer el pase, no lo miré a la cara, en
el instante de poder hacerlo una certeza atravesó mi
pensamiento exiliado en la espesura de la noche,
para darme la confirmación de ya haber estado en ese
lugar del desasosiego. Y el propósito era no
regresar a esas ondulaciones del desconcierto, que
había dejado historia en el cuerpo.
Hubo que pegar la
vuelta a la manzana para volver a la avenida y
encontrar un taxi y cambiar el último de 100 que me
quedaba e imaginaba la cara del taxista al que le
sacaba todo el cambio en un viaje pocas cuadras…y
por el camino los dos pisamos mierda, y ella dijo,
-que asco.
-Trae suerte.
-¿Si?
-Si.
-¡Vamos a ser
millonarios!
Como era posible que
tuviera ese pensamiento, que era otra confirmación
de su locura, suerte era encontrar el taxi y salirse
de esa urbanidad vaporosa y llegar a una geografía
protectora.
Cuando apareció el
auto, ella se soltó de mi mano y corrió a pararlo,
me quedé esperándola con el paraguas cerrado, pero
ella tenía otro plan u otra idea, cuando el coche se
detuvo subió como atolondrada, bajó el vidrio y me
dijo,
-tenemos vidas muy
diferentes, me voy a San Miguel.
-Es lo mejor, le
dije, y el auto volvió a seguir ese destino
derrotado y pegué media vuelta y empecé a caminar
rumbo a mi casa, cuando entré me dejé puesta la
bufanda y colgué el piloto en una percha y después
me dediqué a borrar sus presencias de mi vista y me
senté en un sillón a esperar que llegara el día o la
claridad, porque supuse que iría a seguir lloviendo,
en la espera me pregunté en nombre de qué ir a
buscarla, porque había dejado de amarla y recordé
aquel dialogo medio cercano en el tiempo.
-Marina, me
corrompiste.
-¿Alguna vez pensaste
que era al revés?
Y me justifiqué, en
nombre de esa corrupción anodina y maravillosa, que
alguna vez los 2 confundimos con otra cosa.
Y ahora estaba allí
en San Miguel, sobre ese puente en el que Marina
aparecía apoyada en la baranda, enfrentando al sol
con los ojos cerrados y otras Marinas se maquillaban
en el descanso de la escalera y se replicaban en
actitudes seductoras diferentes, mientras yo
intentaba avanzar, hasta que la multiplicidad se
volvió una pesadilla y comencé a retroceder huyendo
de esas mujeres infinitas, que me perseguían con su
paso leve y un deseo que no era el mío. Yo solo
deseaba cerrar los ojos y despertar mañana.
LA
ONDA®
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