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Aproximación
a Morosoli
por
Martín Bentancor
El
cuento es un género de difícil confección que obliga
al escritor a someter a su historia, a sus
personajes y a sus ideas a una suerte de esquema
acotado por ciertas reglas formales –todas maleables
– que encuentran su mayor “obstáculo” en la
extensión. Escribir un cuento es también realizar
una síntesis, llevando adelante un particular
proceso de economía expresiva que, muchas veces,
encuentra en el desborde estilístico su mayor
limitación o virtud. Las corrientes literarias han
dotado al género de nuevas variantes significativas
y formales pero, bajo el signo propio de cada época,
el cuento permanece como un género perfecto. Sin el
cauce espacial de la novela, el cuento resignifica
en cada momento literario su estricta independencia
como artefacto narrativo además de su importancia
como vehículo de la ficción.
La literatura
uruguaya, que cuenta con una tradición de notables
cuentistas, tiene en la obra de Juan José Morosoli
uno de los puntos más altos al que el género ha
llegado en el país. El escritor minuano destacó en
una variante del cuento que abreva en los usos y
costumbres de los habitantes de una región
específica, empleando técnicas de antropólogo y de
paisajista, pero sin olvidar nunca su principal
sustento literario: el hombre.
En su cuento
Andrada, Morosoli describe el momento epifánico
que vive un personaje ante la simple contemplación
de la naturaleza: “Andrada iba al monte. A
visitar el monte. A quedarse vaciado por las horas
que hacían dar vuelta la sombra de los troncos,
mientras la brisa rozadora de hojas, movía las copas
unánimes y los ojos se le iban poniendo pesados de
mirar contra el cielo el vuelo de los bichitos. A
volcar su atención en el oído, para sentir entre un
tronco el sordo barrenar de un parásito”. La
obra del escritor minuano está poblada por esos
trazos minimalistas, referidos como al descuido, en
los que un personaje descubre de golpe su sentido de
pertenencia y el particular sitio que ocupa sobre la
tierra. Al leer a Morosoli se percibe claramente la
comunión entre el escritor y el universo que
describe, vínculo que se vuelve más estrecho aún al
ver brotar las imágenes desde una prosa de aparente
sencillez, cristalina.
Los personajes de
Morosoli, generalmente, están unidos al lugar que
habitan pero no en una relación de sometimiento
(geográfico y metafísico) sino bajo el poder de una
marca identitaria que los iguala y hermana en sus
características esenciales. Desde el grupo de
vecinos que deciden viajar en un camión a conocer el
mar (El viaje hacia el mar) hasta las
penurias de un hombre obligado a trasladarse de un
pago a otro siempre precedido por un suceso que lo
denigra (Rodríguez), sus personajes son
concientes de estar atados al mundo en el que viven
con un vínculo más fuerte y duradero que el de una
simple frontera.
Morosoli brilló como pocos escritores
en el país a la hora de narrar las penurias y
alegrías de los desplazados, de los habitantes del
pueblo chico, de los vagamente instruidos. Lejos de
convertir esa opción de escritura en una prosa
contestataria, Morosoli se dedica a exaltar el alma
de sus personajes a través de gestos mínimos,
precisos, revelando así un altísimo poder de
observación. En su cuento Las cortas de maíz,
por ejemplo, narra la historia de dos peones
zafrales hermanados en la pobreza y en las
peripecias de una vida trashumante, que los obliga
de ir de un sitio a otro – de un conchavo a otro –
sujetos siempre a los intereses de quienes les
proporcionan el trabajo. En la relación entre Medina
y Menchaca, Morosoli evidencia un credo humanista
que, con diversas variantes, aflora a lo largo de
toda su obra: “Medina era
afanoso, buscavida, fuerte, voluntarioso, pero de
esos hombres que se matan trabajando y nunca
terminan de arreglarse. Cambiaba de oficio como de
camisa. Había sido peón de todo lo que se puede ser
peón. Vendedor de décimas, vareador de caballos,
sacapantanos, plantador de estacas y acarreador de
resacas para abrigarlas y, finalmente, caramelero en
un circo.
Gracias a Dios o al
diablo tenía salud ‘hasta pa tirar p´arriba’
Era muy extremoso con Menchaca, a
quien cuidaba como un hermano ‘quedao huérfano
chico’. Había andado sacándole el cuerpo a las
cortas de maíz. Sabía muy bien que en las chacras
había trabajo cierto, pero sabía también que el
pobre Menchaca no era capaz de aguantar aquella vida.”
Como a otros grandes
escritores uruguayos, el canon le ha sido esquivo a
Juan José Morosoli. Durante años, un sector de la
crítica literaria lo desterró a la parcela de los
escritores regionalistas (una suerte de crimen para
cierta inteligentzia cultural) intentando
opacar así la fuerza de una literatura sin
precedentes ni dignos continuadores. Pero el tiempo,
esa materia densa e inaprensible que Morosoli
conocía de primera mano al contemplar las ariscas
formas de las sierras cercanas, no ha podido vencer
la fuerza de esos cuentos perfectos, eternos,
decididamente morosolianos.
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