La “explosión expansiva”
del sistema interestatal
por el profesor José Luís Fiori

La publicación del libro, “El mito del colapso del poder americano”, a fines de 2008, y en particular, la publicación de mi ensayo sobre “El sistema interestatal capitalista, a comienzos del siglo XXI”, incluido en el libro, provocó muchas críticas que albergan en común, la misma dificultad de entender mi argumento sobre las relaciones entre el poder, el capital y las guerras, dentro del sistema mundial.

 

Mi artículo parte de una hipótesis central sobre el movimiento de largo plazo del “sistema interestatal capitalista”, desde su formación, en Europa, durante el “largo siglo XIII”, hasta el inicio del siglo XXI.  Una hipótesis que me permite comprender y diagnosticar la coyuntura internacional que estamos viviendo, desde la década de 1970. Desde mi punto de vista, es posible identificar, en esta larga duración de la historia del sistema mundial, “cuatro momentos en los que ocurrió una especie de “explosión expansiva”, dentro del propio sistema.

 

En estos “momentos históricos”, hubo primero un aumento de la “presión competitiva” dentro del “universo”, y después, una gran “explosión” o ensanchamiento de sus fronteras internas y externas. El aumento de la “presión competitiva” fue provocado – casi siempre – por el expansionismo de una o varias “potencias” líderes, e incluyó también, un aumento del número y de la intensidad del conflicto, entre las otras unidades políticas y económicas del sistema. Y la “explosión expansiva” que siguió, proyectó el poder de estas unidades o “potencias” más competitivas, hacia afuera de sí mismas, ampliando las fronteras del propio “universo”. La primera vez que esto se dio, fue en el “largo siglo XIII”, entre 1150 y 1350. El aumento de la “presión competitiva”, dentro de Europa,  fue provocado por las invasiones de los Mongoles, por el expansionismo de las Cruzadas, y por la intensificación de las guerras “internas”, en la península ibérica, en el norte de Francia, y en Italia. Y la “explosión expansiva” que siguió, se transformó en una especie de “big bang” del “universo” del que estamos hablando, el momento del nacimiento del primer sistema europeo de “guerras e intercambios”, con sus unidades territoriales soberanas y competitivas, cada una de ellas, con sus monedas y tributos. La segunda vez que esto ocurrió,  fue en el “largo siglo XVI”, entre 1450 y 1650. El aumento de la “presión competitiva” fue provocado por el expansionismo  del Imperio Otomano y del Imperio de los Habsburgo, y por las guerras de España, con Francia, con los Países Bajos y con Inglaterra. Es el momento en que nacen los primeros estados europeos, con sus economías nacionales, y con una capacidad bélica muy superior a la de las unidades soberanas, del período anterior. Fue la “explosión expansiva” de este embrión del sistema interestatal europeo – hacia afuera de la propia Europa - que dio origen al “sistema  mundial moderno”, liderado, inicialmente, por las potencias ibéricas, y después, por Holanda, Francia e Inglaterra. La tercera vez que esto ocurrió, fue en el “largo siglo XIX”, entre 1790 y 1914. El aumento de la “presión competitiva” fue provocado por el expansionismo francés e inglés, dentro y fuera de Europa, por el nacimiento de los estados americanos, y por el surgimiento, después de 1860, de tres potencias políticas y económicas - Estados Unidos, Alemania y Japón – que crecieron muy rápidamente, y revolucionaron la economía capitalista, y el “núcleo central” de las grandes potencias.

 

Inmediatamente después, hubo una tercera “explosión expansiva” que asumió la forma de una “carrera imperialista” entre las grandes potencias, que trajo a África y a Asia, hacia dentro de las fronteras coloniales del “sistema mundial moderno”. Finalmente, desde la década de 1970, está en curso una cuarta “explosión expansiva” del sistema mundial. Nuestra hipótesis es que – en esta ocasión - el aumento de la presión dentro del sistema mundial, está siendo provocado, por la estrategia expansionista e imperial de los Estados Unidos, después de los años 70, por la multiplicación de los estados soberanos del sistema, que ya son cerca de 200, y, finalmente, por el crecimiento vertiginoso del poder y de la riqueza de los estados asiáticos, y, muy en particular, de China.”(Fiori, 2008, p: 22 y 23)

 

Mi pesquisa sobre las relaciones entre la geopolítica y la geo-economía del sistema mundial, comenzó hace más de 20 años atrás, con el estudio de la “crisis de los 70” y la “restauración liberal-conservadora” de la década del 80, y siguió con el seguimiento de las transformaciones internacionales de las décadas siguientes. La imposibilidad de entender esta coyuntura a partir de sí misma me llevó a un largo viaje en el tiempo, hasta los orígenes del “sistema interestatal capitalista”, para conseguir entender sus tendencias de largo plazo. Comencé por las “guerras de la conquista” y por la “revolución comercial” que ocurrieron en Europa en los siglos XII y XIII, para llegar hasta la formación de los estados y de las economías nacionales europeas y el inicio de su victoriosa expansión mundial, a partir del siglo XVI. Como es sabido, en Europa, al contrario de lo que aconteció en los imperios asiáticos, la desintegración del Imperio Romano y, después, del Imperio de Carlomagno provocó una fragmentación del poder territorial y una desaparición casi completa de la moneda y de la economía de mercado entre los siglos IX y XI. En los dos siglos siguientes, entre tanto – entre 1150 y 1350 –  sucedió la gran revolución que cambió la historia de Europa, y del mundo: fue en aquel período que se forjó en el continente europeo, una asociación indisoluble y expansiva, entre la “necesidad de la conquista”, y la “necesidad de producir excedentes” cada vez mayores, que se repitió, de la misma forma, en varias unidades territoriales soberanas y competitivas, que fueron obligadas a desarrollar sistemas de tributación y crear sus propias monedas, para financiar sus guerras de conquista. Las guerras y los tributos, las monedas y el comercio, existieron siempre, en todo tiempo y lugar. La gran novedad europea fue la forma en que se combinaron, sumaron y multiplicaron en conjunto, dentro de pequeños territorios altamente competitivos, y en estado de permanente preparación para la guerra. En Europa, la preparación para la guerra, y las guerras propiamente dichas, se transformaron en la principal actividad de todos sus príncipes, y la necesidad de financiamiento de estas guerras, se transformó en un multiplicador permanente de la deuda pública y de los tributos. Y, por añadidura,  en un multiplicador del excedente y del comercio, y también, del mercado de monedas y de títulos de la deuda, produciendo y alimentando – dentro de Europa - un circuito acumulativo absolutamente novedoso, entre los procesos de acumulación del poder y de la riqueza.

 

No hay como explicar el surgimiento de esta necesidad europea de la acumulación del poder y del excedente productivo, apenas a partir del “mercado mundial” o del “juego de los cambios”. Aunque los hombres tuviesen una propensión natural para el intercambio – como pensaba Adam Smith – eso no implicaría necesariamente que también tuviesen una propensión natural para acumular lucro, riqueza y capital. Porque no existe ningún factor intrínseco al intercambio y al mercado que explique la necesidad compulsiva de producir y acumular excedentes. O sea, la fuerza expansiva que aceleró el crecimiento de los mercados y produjo las primeras formas de acumulación capitalista no puede haber provenido del “juego de los intercambios”, o del propio mercado, ni vino, en este primer momento, del resultado de la implantación del salario de la fuerza de trabajo. Vino del mundo del poder y de la conquista, del impulso generado por la “acumulación del poder”, incluso en el caso de las grandes repúblicas mercantiles  italianas, como Venecia y Génova.

 

Ahora bien, desde mi punto de vista, el concepto de poder político tiene más que ver con la idea de flujo que con la de stock. El ejercicio del poder requiere instrumentos materiales e ideológicos, pero lo esencial es que el poder es una relación social asimétrica indisoluble, que sólo existe cuando es ejercido; y para ser ejercido, requiere reproducirse y acumular constantemente. La “conquista”, como dijo Maquiavelo, es el acto fundador que instaura y acumula el poder, y nadie puede conquistar nada sin tener poder, y sin tener más poder que el que haya conquistado. En un mundo en el que todos tuviesen el mismo poder, no habría poder. Por eso, el poder ejerce una “presión competitiva” sobre sí mismo, y no existe ninguna relación social anterior al propio poder.

 

Más allá de esto, como la guerra es el instrumento, en última instancia, de la conquista y de la acumulación de poder, ella se transformó en un elemento co-constitutivo de este sistema de poderes territoriales que nació en Europa, y que después se expandió por el mundo.  Por eso, el origen histórico del capital y del sistema capitalista europeo es indisociable del poder político y de las guerras, y la teoría sobre la formación de este “universo europeo” tiene que comenzar por el poder y por sus guerras, por los tributos y por el excedente, y por su transformación en dinero y en capital, bajo la batuta del poder de los soberanos. El factor endógeno o primer principio que mueve este universo es exactamente esta fuerza de la compulsión sistémica y competitiva que lleva a la acumulación sin fin del poder y del capital. Y, desde mi punto de vista, el poder tiene precedencia lógica, dentro de esta relación simbiótica, a pesar que la acumulación de capital haya adquirido una “autonomía relativa” muy grande y cada vez más compleja, con el pasar de los siglos.

  

Más tarde, después del “largo siglo XVI” y de la formación en Europa de sus primeros estados nacionales”, se mantuvieron estas mismas  reglas y alianzas fundamentales, que se habían establecido en el período anterior. Con la diferencia que, en el nuevo sistema de competencia, las unidades involucradas eran grandes territorios y economías articulados en un mismo bloque nacional, y con las mismas ambiciones expansivas e imperialistas. El objetivo de la conquista ya no era más la destrucción u ocupación territorial de otro Estado, podría ser apenas la sumisión económica. Pero la conquista y la monopolización de nuevas posiciones de poder político y económico siguió siendo la palanca propulsora del nuevo sistema. En el nuevo sistema interestatal, la producción del excedente y los capitales de cada país pasaron a ser una condición indispensable de su poder internacional. Y fue dentro de estas unidades territoriales expansivas que se forjó el “régimen de producción capitalista”, que se internacionalizó en connivencia con estos nuevos imperios globales creados por la conquista de estos primeros estados europeos. Y después del siglo XVI, fueron siempre estos estados expansivos y ganadores que también lideraron la acumulación de capital, a escala mundial. Más allá de esto, la llamada “moneda internacional” siempre fue la moneda de estos estados y de estas economías nacionales más poderosas, transformándose en uno de los principales instrumentos estratégicos, en la lucha por el poder global.

 

La expansión competitiva de los “Estados-economías nacionales” europeos creó imperios coloniales e internacionalizó la economía capitalista, pero ni los imperios, ni el capital internacional eliminaron los Estados y las economías nacionales. En este nuevo sistema interestatal, los Estados que se expandían y conquistaban o sometían a nuevos territorios también expandían su territorio monetario e internacionalizaban sus capitales. Pero, al mismo tiempo, sus capitales sólo pudieron internacionalizarse en la medida en que mantuvieran su vínculo con alguna moneda nacional, a la suya propia o a la de un Estado nacional más poderoso. Por eso, se puede decir que la globalización económica siempre existió y nunca fue una obra del “capital en general”, ni llevará jamás al fin de las economías nacionales.  Porque de hecho, la propia globalización es el resultado de la expansión victoriosa de los “Estados-economías nacionales” que consiguieron imponer su poder de comando sobre un territorio económico supranacional cada vez más amplio, junto con su moneda, su deuda pública, su sistema de crédito, su capital financiero y sus diversas formas indirectas de tributación.

 

De la misma forma, desde mi punto de vista, cualquier forma de “gobierno mundial’ es siempre una expresión del poder de la potencia, o de las potencias que lideran el sistema interestatal capitalista. Muchos autores hablan de “hegemonía” para referirse a la función estabilizadora de este líder dentro del núcleo central del sistema. Pero estos autores no perciben – en general -  que la existencia de este liderazgo o hegemonía no interrumpe el expansionismo de los demás Estados, ni mucho menos, el expansionismo del propio líder o hegemon. Por eso, toda potencia hegemónica es siempre,  al mismo tiempo,  autodestructiva, porque el propio hegemon acaba no respetando las reglas e instituciones que ayudó a crear para poder seguir acumulando su propio poder, como se puede ver en el caso americano, después del fin de la Guerra Fría, donde es lógicamente imposible que cualquier país “hegemónico” pueda estabilizar el sistema mundial, como piensan varios analistas internacionales.

 

En este universo en expansión que nació en Europa, durante el “largo siglo XIII”, nunca hubo ni habrá “paz perpetua”, ni sistemas políticos internacionales estables. Porque se trata de un “universo” que requiere de la preparación para la guerra y de las crisis  para poder ordenarse y “estabilizarse”. Y  a lo largo de la historia, fueron casi siempre estas guerras y estas crisis las que abrieron los caminos de la innovación y del “progreso”, en la historia de este sistema  inventado por los europeos.

 

Es en esta visión del sistema mundial y no solamente en opiniones y vaticinios, que se funda mi evaluación sobre el “mito del colapso americano”. La misma visión que me autoriza a pensar que los fracasos político-militares norteamericanos del inicio del siglo XXI, y la actual crisis económica mundial no apuntan hacia el fin del “régimen de producción capitalista”, ni hacia una “sucesión china” en el liderazgo mundial que deberá seguir en las manos de los Estados Unidos.

 

Lo que no quiere decir, obviamente, que este liderazgo americano sea definitivo, o que el sistema mundial no este viviendo una transformación gigantesca. Como ya dije en el libro y en el inicio de este artículo: desde mi punto te vista, está en curso una gran “explosión expansiva” del sistema interestatal capitalista, y una nueva “carrera imperialista” entre las grandes potencias, que deberá intensificarse en los próximos años. Pero este no es un mundo “sombrío”, como piensan algunos Críticos, es apenas el mundo en que nacimos. 

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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