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Semblanza del
escritor Milton Stelardo
por
Guillermo Degiovanángelo
Milton
Stelardo nació en la ciudad de Canelones el 13 de
julio de 1918 y falleció en la misma ciudad el 23 de
diciembre de 2001. Fue profesor de historia en
Enseñanza Secundaria en el Liceo Tomás Berreta de
esa ciudad, Secretario del Concejo Departamental. de
Canelones (1955-58), Director de la Biblioteca
Municipal (1958-66), Ministro de la Corte Electoral
(1966-71), Director del Liceo de la localidad de 25
de Agosto, Florida (1974-77).
El 20 de junio de
1991 fue elegido Miembro de Número de la Academia
Nacional de Letras para ocupar el Sillón “Delmira
Agustini”, cargo del cual tomó posesión el 25 de
julio de ese año y que ocupó hasta el fin de sus
días.
Por Resolución Nº
5607 del 22 de octubre de 2001 de la IMC, se
denominó con el nombre de Milton Stelardo a la sala
de lecturas de la Biblioteca Municipal de Canelones
“Froilán Vázquez Ledesma”.
Su obra narrativa
suma una totalidad de cincuenta y cinco relatos o
cuentos que han aparecido en cinco libros
originales: La demorona (1968), La
monteadora (1976), Cuentos (1986),
Relatos del lago (1988) y Una voluntad
(1997), y en las recopilaciones: Cuentos
(1980), El crimen y la maldición (1995),
Cuentos Selectos (Biblioteca Artigas, Colección
de Clásicos Uruguayos, 1999) y El arao viejo
(1999), este último recoge los cuentos completos.
Durante su carrera
literaria recibió diversas distinciones, entre las
que se destacan los premios otorgados por el
Ministerio de Educación y Cultura en los años 1971,
1979 y 1985 y los de la Intendencia Municipal de
Montevideo en los años 1974 y 1978, así como
también la distinción de integrar el selecto grupo
de autores nacionales cuyas obras han sido
publicadas en la Colección de Clásicos Uruguayos. La
obra literaria de Milton Stelardo se enmarca dentro
de la narrativa criollista; cuentos de temática
campera.
Sus relatos (relatos
mejor que cuentos) nos pintan perfectas estampas de
la vida de la gente de nuestra campiña: sus tareas,
oficios, costumbres, su arte en la cocina (canaria,
vasca, criolla, italiana, etc.); no se olvida
Stelardo de historiarnos acerca de los parajes, los
pueblos y las construcciones que merezcan atención.
Con una narrativa riquísima en el empleo del
lenguaje, sin recargar con inútiles adjetivos,
describe las situaciones con encanto poético.
Sus personajes, que
en realidad no son tales, pues están lejos de ser
caricaturas, han sido todos y todas, seres reales
con esos mismos nombres, sobrenombres, nombretes,
apellidos; éstos se diferencian de los personajes
(aquí sí) de su admirado Morosoli en que no son
trágicos como los del minuano: los de Stelardo
son humildes en sus ambiciones y humanamente
hermosos de alma, aun los pícaros y bribones.
Estos protagonistas
actúan por sí solos; mientras el narrador va
explicando la situación ellos van interviniendo sin
ser prácticamente anunciados por el relator, como si
se adelantaran desde atrás del escenario que nos
pinta el escritor, dijeran sus textos y volviera la
escena a ser dominada por la voz del autor. Este
manejo de los diálogos le ahorra muchas
explicaciones a Stelardo y de esta manera los deja
ser a sus protagonistas y deja también al
lector desarrollar su imaginación; con frases cortas
pero profundamente cargadas de la filosofía del
paisano se expresan sus protagonistas.
Utilizando ese
recurso de los diálogos Stelardo mecha en sus
descripciones de personalidades o del paisaje o de
estados del tiempo, algún dicho o pensamiento entre
comillas como si lo dijera uno de sus paisanos; y
esa pequeña frase alcanza para reforzar de manera
sorprendente lo que el escritor nos está contando.
En suma, los relatos
de Stelardo parecen desarrollarse en dos carriles:
por uno va el autor contando sin parar (como era su
modo), y por el otro sus protagonistas van
insertando sus pensamientos, sus comparaciones
explicativas, sus locuciones. El autor no se detiene
a redundar acerca de un diálogo; no lo vemos nunca
intervenir en medio o al final de una disertación.
Los paisanos exponen sus parlamentos sin
interrupción; de un tirón. Y ésta es una de las
originalidades de Stelardo, a la vez que uno de los
aportes al arte de la narración.
Pero lo más rico de
la literatura de Milton Stelardo consiste en que
este autor ha ido, a lo largo de casi medio siglo,
recogiendo en forma oral, contada por los propios
protagonistas, las historias que nos cuenta en sus
libros. De esta manera el escritor rescata ese
tesoro de hechos que se convierten en la excusa para
hablarnos de un mundo de cosas más importantes que
la anécdota en sí. Por eso son relatos y no
cuentos lo que escribe Stelardo, ya que en
estos últimos el valor radica en el argumento y en
el tratamiento del mismo, mientras que en los
relatos, al igual que en las crónicas, interesan
otras cosas.
Otra característica
de este escritor es que no abusa del lenguaje
gauchesco; lo usa con precisión; mientras muchos
autores, en vez de crear con él un vehículo que
facilite la comprensión, transforman ese lenguaje en
un escollo donde tropieza más de una vez el lector.
Relatos hechos con
sabiduría de narrador y con conocimiento de la
materia que aborda, tanto por los temas camperos
como en lo referente al comportamiento de las
diferentes personalidades, la psicología, la
filosofía del paisano, etc.
Al concluir la
lectura de Stelardo serán muchas las enseñanzas de
variada índole que habremos acumulado; y para el
lector ávido de informarse, con espíritu
investigador, nadar en los copiosos relatos de
Stelardo es encontrar respuestas a tantas preguntas
acerca de nuestro pasado, acerca de nuestra
identidad… de nuestro patrimonio. Milton Stelardo
será un referente obligado para el estudio de estas
cuestiones.
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