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Genealogía e ideologías
en las tradiciones en
política exterior uruguaya
por Diego
Hernández Nilson
dhernandez@fcs.edu.uy
Este trabajo fue presentado por Diego
Hernández Nilson, Magíster en sociología e
investigador del Programa de Estudios
Internacionales – UM – FCS en las VIII Jornadas de
Investigación de la Facultad de Ciencias Sociales,
UdelaR,
el 8 y 9 de setiembre de 2009.

El estudio de las
diferentes visiones de la inserción internacional de
Uruguay y las tradiciones ideológicas que las
sustentan es un aspecto de importancia cardinal para
interpretar la historia fáctica de la política
exterior del país.
Este nexo entre
tradiciones ideológicas por un lado, y posiciones
políticas y decisiones concretas respecto al
relacionamiento externo por otro, es fundamental
para comprender la política exterior uruguaya en su
devenir diacrónico como producto de una sociedad que
observa el sistema internacional, lo interpreta, y
en base a ello se interpreta a sí misma en ese
contexto.
La consideración de
este vínculo permite explicitar el peso que las
tradiciones de pensamiento tienen en las
percepciones, el debate y las decisiones, idea que
no siempre es sencillo visualizar ante una coyuntura
concreta.
El objetivo de esta
ponencia es entonces sugerir algunos elementos a
considerar en esta relación entre pensamiento y
acción en la percepción del sistema internacional
desde Uruguay y su consecuente proyección exterior,
partiendo de ejemplos tomados de las otras dos
ponencias que integran la mesa, una centrada en las
ideologías y otra en la historia fáctica.
Para abordar esta
relación se consideran los principales elementos que
constituyen las tres tradiciones ideológicas
propuestas, tomándolos como resultados discursivos
de visiones del sistema internacional. En este
marco, se propone avanzar en el sentido de divisar
las tradiciones filosóficas de las que abrevan
dichas tradiciones, así como hacia una genealogía de
algunos conceptos característicos de las mismas.
Introducción
La política exterior
de un país puede ser considerada como una
manifestación del modo en que una sociedad nacional
percibe el sistema internacional, se percibe a sí
misma en dicho contexto, y se plantea, en
consecuencia, un plan de acción. Dicho en
otros términos, es posible obtener un esbozo de la
ideología en la que se apoya la visión internacional
de un partido político, infiriendo la interpretación
que hace del sistema y del país, así como de las
posiciones y acciones propuestas por éste.
Esta concepción puede
resultar complejizada frente a la sofisticación que
alcanza la dinámica política en los Estados
modernos, en la que la diferencia entre la
percepción y la acción efectiva consecuente es
resultado de una serie de factores que median el
proceso. Estos pueden ir, a modo de ejemplo,
desde asimétricas capacidades de influencia de
los diversos grupos de interés implicados,
hasta los pasos formales previstos en el proceso
de toma de decisiones, pasando por la eventual
incidencia de objetivos de política interna en la
acción externa.
No obstante, a pesar
de la pertinencia de esta aclaración, el planteo
inicial no deja de ser sugerente en tanto punto de
partida para el análisis de los esquemas
conceptuales, encuadramientos ideológicos o
corrientes de pensamiento en que se basan las
diversas visiones internacionales existentes en
el sistema político uruguayo (Real de Azúa,
1959). Dichas corrientes son más o menos
adscribibles a los principales partidos
políticos, a saber: la corriente universalista,
asociada al Partido Colorado; la corriente
resistente, asociada al Partido Nacional (en
particular al pensamiento Herrerista); y la
corriente tercerista, asociada a algunos sectores de
la izquierda, en particular la Unión Popular.
Asimismo, en el marco
de la dinámica política, las diversas corrientes
lucharán por imponerse como hegemónicas, instaurando
una interpretación del sistema, del país y del plan
de acción que será impuesto a la toda la comunidad
nacional a través de las vías de relacionamiento
interestatal. Este ejercicio es especialmente
identificable, a lo largo del Siglo XX, en algunos
episodios fundamentales del sistema internacional y
la política exterior del país, en particular
vinculados a la II Guerra Mundial y el comienzo de
la Guerra Fría, cuando se debatió la instalación de
bases estadounidenses en territorio nacional.
En este marco, más
allá de la política exterior, a nivel general, se
estima que el planteo se inscribe en la concepción
de los partidos políticos uruguayos como
“comunidades interpretativas, sostenidas en
principios de ordenamiento cívico, en
aprendizajes reconocidos como tradiciones que
explican y proyectan lealtades ciudadanas, en ‘ideas
y creencias’ que comparten fondos comunes y marcan a
la vez diferencias, filiaciones, identidades al fin
y al cabo.” (Caetano y Rilla, 2003: 17-18).
Desde este punto de
partida, y asumiendo una tarea de integrar
contenidos de las otras dos ponencias que conforman
esta mesa, se plantean algunos breves análisis en
torno a los siguiente temas: la importancia de las
ideologías y las corrientes de pensamiento en el
estudio de la política internacional, y en especial
de la política exterior de Uruguay; y el rastreo de
sus fundamentos, tanto a nivel filosófico, como de
objetos discursivos retomados del pasado, sobre los
que plantear sus principales ideas.
La
importancia de la ideología en la inserción
internacional
En el mencionado
trabajo de Real de Azúa, el autor propone desde el
título el análisis de las ideologías existentes en
el Uruguay respecto al tema de la inserción externa,
aunque posteriormente a lo largo del cuerpo del
texto se habla más bien de corrientes de ideas, de
acción y de opinión asociadas a los partidos
políticos uruguayos, dejando más bien el concepto de
ideología para referirse a marcos de ideas más
generales (por ejemplo, “la ideología del
neoliberalismo panamericano”).
La ausencia de una
definición del concepto de ideología en el texto de
Real de Azúa, dado su carácter más ensayístico que
monográfico, contrasta con lo polisémico que el
mismo se ha vuelto en la actualidad en las ciencias
sociales. Este hecho, lejos deimplicar un obstáculo
para este trabajo, supone una oportunidad para
considerar las líneas de articulación del concepto
con la cuestión del relacionamiento externo del
país, en base a los matices existentes entre las
diversas definiciones de aquel. Así, una definición
clásica de ideología nos lleva a considerarla “Un
modo de manifestarse, a través de ‘ideas’, la
constitución interna de la sociedad” (Ferrater Mora,
1951: 464). A esta acepción básica se puede
agregar una doble estructura de la ideología: la
representación que se hace de dicha constitución
(componente pasivo, de interpretación), y un
programa o plan de acción (componente activo, de
acción).
En este marco, ya es
posible acercarse más a la propuesta hecha al
inicio: a partir de la ideología los partidos
construyen un enfoque, su interpretación del sistema
internacional y la posición del país (componente
pasivo); y, a la vez, construyen un plan de acción
(componente activo).
Como se señaló, debe insistirse con la salvedad que
la forma final que en la práctica asuman ambos
aspectos no es una traducción directa de la
ideología a la acción, sino que también es resultado
de una multiplicidad de factores que inciden en el
proceso (coyuntura internacional e interna,
estructura decisoria, peso relativo de grupos de
presión, etc).
Estas visiones y
planes de acción, al ser compartidos por una
comunidad dada (en este caso al menos un sector
político, mas no necesariamente a un partido en su
conjunto) pasan a constituir una base
ideológica, intentando desde allí expandirse a
amplios sectores de la sociedad que se identifiquen
con el modo de interpretación de la realidad
propuesto, incluyendo aquí colectivos no
partidarios (sindicatos, gremiales empresariales,
sectores económicos, comunidades nacionales
asentadas en el país, etc.).
Sin intentar hacer un
repaso de la literatura existente en torno a la
noción de ideología, es de interés señalar tres
aspectos en los que hacen hincapié diferentes
acepciones. En primer lugar, la acepción
anteriormente mencionada hace referencia a un
sistema de ideas asociado a un colectivo
determinado, lo que conforma una concepción clásica
del concepto, positiva, que se identifica en
diversos pasajes del artículo de Real de Azúa.
En segundo lugar, se
plantea una concepción crítica del concepto, que lo
asocia a un disfraz tras el cual se ocultan
intereses específicos, la que es posible rastrear
hasta Marx y Engels (siendo éste quien equiparó el
término a la “falsa conciencia” del pensador).
Manheim ofrece una
caracterización alfo más sofisticada de esta
acepción, incluyendo el rol de la ideología como
forma de dominación política a través de la
instauración de una cosmovisión particular del
mundo, apoyada en el conocimiento científico. Este
sentido es sugerido en algún pasaje por Real de Azúa,
al admitir la posibilidad de asociar las ideologías
a “simples máscaras de la voluntad de poder, simples
portavoces de intereses, ya sean estos nacionales o
de clase.” (2009a: 8)
Por último, una
tercer concepción de la ideología, de sumo interés
para el presente análisis, plantea una visión
independiente de la falsedad o veracidad del
contenido de aquella, al hacer énfasis en su rol
como marco conceptual o de ideas que permite la
articulación de visiones de diversos sectores,
generando una voluntad colectiva con poder de acción
unificado, lo que remite a la concepción gramsciana
del término. Así lo central de la ideología pasa a
ser el poder que tiene de generar un efecto práctico
sobre la constitución de hegemonías (es decir, sobre
la realidad y sobre el juego político) que va más
allá de la interpretación de la realidad y la
planificación de la acción: “Una estructura
discursiva no es una entidad meramente
‘cognoscitiva’ o ‘contemplativa’; es una práctica
articulatoria que constituye y organiza a las
relaciones sociales” (Laclau y Mouffe, 1987: 109).
En este sentido, la ideología no es un elemento que
preexiste la dinámica política, y sobre la que en
última instancia se sustentan las ideas puestas en
juego en ésta; por el contrario, es parte de la
dinámica política y de la articulación de sectores.
Esta interpretación
de la ideología tiene un doble sentido sugerente
para el estudio de la política internacional: por un
lado, la generación de un marco para el
establecimiento de una práctica articulatoria entre
sectores nacionales; pero, por otro lado, también un
marco para la articulación entre países, a nivel
internacional. A efectos de ilustrar el doble nivel,
se exponen dos ejemplos tomados del propio artículo
de Real de Azúa. Por una parte, a nivel nacional, la
corriente universalista pone en juego a una
ideología que interpretara la II Guerra Mundial en
el marco de una lucha por la democracia liberal, los
que surte un efecto de articulación-o
condensación-entre diversos sectores (liberales,
masones, sectores económicos con intereses en Reino
Unido, Brasil, y, sobre todo, en Estados Unidos,
enfrentamiento con la neutralidad Argentina, etc.).
Por otra parte, a
nivel internacional, esa interpretación, surte el
efecto de alinear casi la totalidad de los Estados
americanos tras el liderazgo de Estados Unidos, en
una suerte de solidaridad
hemisférica, que se
sostiene en los discursos de la no ingerencia de
potencias extra- regionales y de la democracia
liberal (reconocida a nivel constitucional, sin
perjuicio que de hecho pululen las dictaduras), y
desde la que se aísla o presiona a estados
“Divergentes”
(Argentina, Chile y Bolivia).
En el marco de esta
concepción de la noción de ideología, es interesante
corroborar la interpretación que efectúa Real de
Azúa: “Una ideología como la del neoliberalismo
panamericano proclama con fácil generosidad derechos
y libertades abstractas y universales. Pero lo
efectivo es que sólo asegura aquellas que más le
importan a los sectores que, por determinada
situación económico-social, están en condiciones de
ejercerlas. Tal es el caso, por ejemplo, de la
libertad de prensa, del derecho de propiedad, […].
Se está viendo todos los días como se entienden en
Latinoamérica y en los Estados Unidos algunas de
estas y otras libertados. Como entendieron los
derechos de propiedad, por caso, de la ‘United Fruit’,
violados en Guatemala, los grupos dominantes del
hemisferio. Pero si algún ejemplo es ilustrativo
entre todos es el de la ‘liberta de prensa’. Es el
de cómo entiende esta libertad el poderoso y
turbio grupo de la Sociedad Interamericana de
Prensa”. Como identifica esa libertad y la
convierte en piedra de toque de un régimen
‘democrático’”. (Ibíd.: 18).
Este párrafo resulta
sugerente de la intuición teórica del autor para
identificar el efecto de sentido que provocan las
ideologías, provocando consecuencias en la
práctica política internacional de un continente.
Para el caso
uruguayo, en este contexto, se plantea vincular las
ideologías y corrientes de pensamiento a
determinadas tradiciones, sustentadas en parte en
la propia constitución de la cultura nacional. Allí
aparece un dato de interés, mencionado al inicio
del artículo de Real de Azúa, relativo al rol
jugado por las comunidades nacionales de
inmigrantes (y descendientes de inmigrantes) en la
ausencia de posturas nacionalistas doctrinarias de
carácter filofascista: la mayoría de la colectividad
española se identificaba con la República (e incluso
aquella que simpatizaba con el franquismo hallaría
espacios en las posturas neutralistas del
Partido Nacional, sin acercarse a posturas pro-Eje);
la colectividad alemana era muy pequeña; y la
italiana se vinculaba a tradiciones liberales,
garibaldianas o masónicas, opuestas al nacionalismo
fascista.
Esta idea de
asociación entre las comunidades nacionales
asentadas en Uruguay y las corrientes ideológicas
sobre las que se constituyen las visiones
partidarias de la política externa resulta de sumo
interés hasta la actualidad.
En ese marco, se
destaca el reciente planteo de Juan José Arteaga, al
proponer la existencia de determinados imaginarios
históricos que inciden en la visión de la inserción
internacional del país. Según este autor, la
importancia del contingente europeo desembarcado a
principios del Siglo XX incidiría en el imaginario
del Estado como ínsula en un continente que resulta
ajeno –y hasta amenazador-, lo que ayudaría a
forjar la corriente universalista por parte del
batllismo: “Nunca ha sido estudiado a fondo el tema
de en qué medida el fuerte impacto de la inmigración
europea durante el siglo XIX y primeras décadas del
siglo XX, incidió en la política exterior
internacionalista, culturalmente europea y más
concretamente pro estadounidense y panamericanista.
La idea de país nuevo, de laboratorio experimental,
nuevamente de “ínsula” europea, y la necesidad
histórica de garantizar la autonomía del Uruguay de
las ingerencias políticas, militares y económicas de
sus grandes vecinos, que tantos males causaron en el
siglo XIX, está en el trasfondo de esa búsqueda de
un papel propio, un lugar propio en el contexto
internacional.” (Arteaga, 2007: 49).
Rastreando conceptos clave
Una vez señalados
algunos elementos sobre la importancia de estas
ideologías para la constitución de la política
exterior, se estima que otro aspecto de interés es
el estudio de la interpretación desde la que
emergen los discursos que las diferentes
ideologías sostienen de la política internacional.
En otros términos, se plantea que estas ideologías
están conformadas por una serie de objetos
discursivos que son resultado, por un lado, de la
influencia de tradiciones filosóficas de
pensamiento: la ilustración en el caso del
universalismo, el romanticismo en el caso de la
corriente resistente, la visión crítica en el caso
del tercerismo. A su vez, por otro lado, también
abrevan de interpretaciones de episodios del pasado,
que se hacen presentes a través de la
resignificación de algunos objetos discursivos
concretos: el concepto de patria grande, en el caso
del tercerismo; el concepto de panamericanismo
en el caso del universalismo; el concepto de
anti- imperialismo en el caso de la corriente
resistente.
Dada la breve
dimensión que se espera darle al trabajo, se estima
que el interés principal consiste en exponer el
vínculo entre sistemas de pensamiento filosófico y
as mencionadas corrientes. En este sentido,
comenzando por la corriente universalista, la misma
se ve asociada con el esfuerzo batllista por
conformar un Uruguay moderno, sustentado en un
proceso histórico que permite gozar de una
racionalidad universal, basada en los valores
democráticos (en tanto democracia liberal). En este
contexto, durante la II Guerra Mundial y, luego, al
inicio de la Guerra Fría, el argumento sobre el que
se posiciona al país en el sistema internacional es
el de la defensa de la democracia, no del país (Real
de Azúa, op. cit.). Esta ideología llevó a un
alineamiento próximo a Estados Unidos, en el marco
de una lógica de panamericanismo.
Dicha corriente se
apoya fuertemente en la tradición iluminista o de la
ilustración, como el propio Real de Azúa lo
señala, al partir de una confianza en el
poder de la racionalidad humana para solucionar
los problemas y organizar la sociedad. A su vez, es
destacable lo anteriormente señalado, respecto
a la supeditación de los intereses nacionales a
universales compartidos con toda la humanidad, que
asumen forma de metarrelatos que marcan la agenda
de todos los pueblos (democracia, derechos
humanos).
El hecho que la
articulación discursiva se construya en torno a
elementos abstractos, no exclusivos de la
identidad nacional, es además lógico en el
marco de un país conformado a base de
inmigrantes. Así se toma distancia del enfoque
nacionalista, sustentado en la historia, apostando
en cambio a un plan de acción que se apoya más en la
racionalidad abstracta que en el devenir histórico
de los pueblos; y más en valores que apuestan a
plantearse como universales (la democracia) que en
valores arraigados en la pertenencia a un lugar (Río
de la Plata, Latinoamérica), una nación (la Patria
Grande, o incluso Uruguay) o una cultura (latina,
hisánica).
Esto lleva, por
ejemplo, a que no se acuda mayormente a la figura
de Artigas como antecedente en el acercamiento a
Estados Unidos, a pesar de la notoria influencia que
los fundadores de aquel Estado tuvieron en el
pensamiento del prócer. A su vez, la relación con
Estados Unidos asume un rol preponderante frente a
los vínculos histórico-culturales que podrían
unirnos más estrechamente con España.
En este marco, los
conceptos de democracia y seguridad hemisférica
asumen una dimensión histórica a lo largo del Siglo
XX como consignas condensadoras, en Uruguay
incorporadas por la tradición colorada.Tras
ellas la ideología del “neoliberalismo
conservador panamericano”, a la que Real de Azúa
hace referencia,intenta insistentemente articular
posiciones de los Estados del continente, actuando
de diversas formas sobre países como Argentina
(forzando su ingreso al TIAR, sobre la lógica de
seguridad), Guatemala (consiguiendo respaldo
continental para derrocar su gobierno, sobre la
lógica del Panamericanismo opuesto a potencias
extra-regionales), o Cuba (excluyéndolo del sistema
interamericano, sobre la lógica de la democracia).
Uruguay y la
corriente universalista (asociada al Partido
Colorado, que gobernó el país durante la mayor parte
del Siglo XX), intentaron tener un rol más o menos
protagónico en la construcción de esta hegemonía
(Real de Azú, op. cit.; 2009b; Oddone, 2003), lo que
es juzgado con severidad por parte del autor de
referencia de este artículo. En el caso de Batlle y
Ordoñez, es destacable el hecho que en 1904, apenas
tres años luego que Theodoro Roosvelt iniciara la
llamada doctrina del Gran Garrote, ya estuviera
considerando la solicitud del apoyo militar
estadounidense para aplastar la revolución saravista.
El pedido se fundamentaba en el apoyo que desde
Argentina el gobierno de Roca estaría ofreciendo a
la revolución, enviando armamento a través del Río
Uruguay. El episodio incluyó una entrevista del
Ministro en Estados Unidos, Eduardo Acevedo Díaz,
con el Secretario de Estado John Hay y, luego con
Roosvelt. Como corolario de los hechos se incluye
luego la visita de navíos de la marina
estadounidenses al puerto de Montevideo, en
setiembre de 1904 (ya aplastada la revuelta) (Real
de Azúa, op. cit.) y las referencias al hecho en una
visita posterior de los marines, en 1917 (M. RR.
EE.,1917).
Independientemente
del juicio que se haga sobre el hecho, resulta
sugestivo interpretarlo desde la visión
universalista, como el reclamo de apoyo de
una lejana república democrática, recién
iniciándose como Estado Moderno, a la potencia
regional, frente a las amenazas que veía correr en
una región respecto a la cual no se sentía
identificada desde el punto de vista de la dinámica
política y democrática de sus vecinos. En este
marco, la apelación a Estados Unidos será una
práctica que se repetirá en la acción exterior de
los gobiernos colorados durante toda la primera
mitad del Siglo XX: el episodio de Batlle y
Ordóñez prácticamente intenta inaugurar la
aplicación en Sudamérica de la doctrina del Gran
Garrote; el mecanismo de consulta de cancilleres
utilizado frecuentemente por Alberto Guani ofrece
una dinámica particular a la política del Buen
Vecino iniciada en 1933–justamente, en la
Conferencia Panamericana de Montevideo-; y la
propuesta de la Doctrina Larreta, que procuró
adelantarse al fin de dicha política.
Pasando a la
corriente resistente, por oposición a la raíz
iluminista de la corriente universalista, abreva del
romanticismo, tradición filosófica resurgida en los
siglos XVIII y –sobre todo- XIX, como reacción a
aquella otra. Esta corriente se caracteriza por “la
primacía del sentimiento sobre el pensamiento”
(Ferrater Mora, op. cit.: 817) y por “la preferencia
por las ciencias del espíritu, con la
estimación de la historia frente al aparente
menosprecio de lo histórico propio de la
Ilustración.” (Ibíd.: 818); lo que coincide de
manera unívoca con la descripción que Real de Azúa
ofrece de la corriente resistente, que “descree den
las ideas como rumbo racional de decidir los sucesos
y de ordenar el rumbo de la historia.” (2009a: 8).
A su vez, es
sugestivo el vínculo entre romanticismo y
nacionalismo, generado a través de las ideas de
“espíritu popular” y tradicionalismo. Esto es claro
para el caso alemán, donde el romanticismo tuvo un
rol sustancial en la conformación del Estado-Nación.
Asimismo, para el Partido Nacional, son importantes
también las ideas de raza, patria y origen,
asumiendo roles concretos en el fundamento de las
definiciones de política internacional impulsadas
por el Herrera. Incluso Real de Azúa plantea el
“respeto a la raíz romántico-historicista” de los
pueblos en la base de la corriente resistente
(Ibíd.: 9), lo que da claras muestras del vínculo
con la escuela filosófica.
Sobre esta base
ideológica, dicha corriente tomará tempranamente
para sí el concepto de anti-imperialismo que a
inicios del siglo XX surge en Latinoamérica asociada
a diversos nacionalismos, que igualmente se
mantienen distantes de la esfera de influencia de la
internacional
comunista (por ejemplo, el APRA de Haya de
la Torre, uno de los principales impulsores de
la consigna anti-imperialista planteada en términos
de rechazo a la influencia e ingerencia de Estados
Unidos). En este contexto, es interesante señalar el
temprano sentimiento anti-intervencionista en que se
apoya el anti-imperialismo de Herrera, que se puede
identificar, por ejemplo, en la remota redacción de
los artículos posteriormente compilados en “La
Doctrina Drago y el interés del Uruguay”, hacia
1906.
Por último, respecto
al tercerismo, puede plantearse brevemente como
escisión de la corriente resistente generada hacia
mediados del Siglo XX, en la medida que muchos de
los autores que lo promueven estuvieron
anteriormente vinculados a Herrera (Methlo Ferré,
Quijano, Real de Azúa). Esta variante responde, en
parte, a la temprana toma de posición sobre lo que
se podría llamar “el espíritu de los tiempos”, dado
por el proceso de descolonización (en 1955 se
celebra la Conferencia de Bandung, que da origen al
Movimiento de los No-Alineados).
A nivel de
sustento filosófico, puede sugerirse que el
tercerismo se apoya en el pensamiento crítico,
cercano al marxismo, aunque en todo momento
se mantiene alejado de las líneas de la
Internacional Comunista.3 También abreva en el
nacionalismo tercermundista y, por definición, en el
neutralismo, al menos en relación a la Guerra Fría,
fenómeno que acapara la dinámica del Sistema
Internacional de la época.
Conclusión
Si bien la brevedad
del artículo, así como su carácter entre descriptivo
y especulativo, hacen ridícula la proposición de una
conclusión medianamente ambiciosa, como cierre se
estima necesario retomar la importancia de las
ideas, en su sentido más abstracto, en la
constitución de los pueblos y en la afirmación de
los Estados-Nación. Esta idea es posible rastrearla
hasta Hegel y la idea del Estado como universal
concreto a través del que se manifiesta el espíritu
del pueblo (volksgeist), o quizás más atrás aún, a
los filósofos ingleses y franceses del siglo XVIII.
Sin embargo, en la
medida que en los análisis internacionales actuales
se constata un predominio de enfoques económicos o
geopolíticos, se cree fundamental redimensionar el
rol que juegan ideas e ideologías asociadas a las
naciones, los estados y bloques de estos.
En el fondo, se trata
también de una cuestión de identidades y valores
culturales. En este sentido ha sido planteado por
algunos de los principales teóricos
estadounidenses en la materia en las últimas décadas
(Fukuyama, Huntington).
Sin embargo, en el
caso uruguayo, o incluso de la región, parece
ignorarse el peso que ideas e ideologías, marcos
conceptuales y directrices de pensamiento, tienen
–como se afirmó al comienzo- sobre el modo en que
una sociedad nacional percibe el sistema
internacional, percibe la posición que ella misma
ocupa en él, y se plantea el plan de inserción.
Recientemente pudo observarse la importancia
que asumió la dimensión ideológica, al
enfrentarse la disyuntiva de una decisión
fundamental en la inserción del país, como la
posibilidad de un TLC con EUA. Independientemente de
los argumentos a favor y en contra, parece que la
dimensión ideológica asumió una función importante
en el debate, fundamentando una visión de inmanencia
en la pertenencia geográfica a la región (aduciendo
varios analistas una suerte de “destino
manifiesto”), que confinaba al país a la integración
con sus vecinos geográficos, al Mercosur, al Río de
la Plata (uno de los límites con que se identifica
esa cambiante figura de “La Patria Grande”). Sin
embargo, más allá de su ocasional mención, no parece
haber sido un tema destacado en los análisis que
pulularon sobre el tema.
1) Se afirma “más o
menos adscribibles” porque la asociación no es
unívoca. Por ejemplo, sectores blancos no-herreristas
adscribieron en algunos debates a la corriente
universalista, en particular en el contexto de la
discusión sobre las bases estadounidenses. De igual
modo, muchos sectores de izquierda, e incluso el
Frente Amplio en sí mismo, no integraron formalmente
el tercerismo a sus propuestas.
2) A pesar de lo cual
dicha corriente repetidamente es acusada de ser pro-soviético,
debido a un supuesto énfasis en el anti-imperialismo
estadounidense, que algunos fundamentaban en la
mayor influencia e ingerencia relativa en la región
de los “yanquis” respecto a la URSS
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