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El asesinato de un presidente
en las calles de Montevideo
(Avelino Arredondo)
por Jorge
Luis Borges
En la actualidad cuando se habla o se escribe sobre
el asesinato de un presidente, inmediatamente se
hace referencia al caso Kennedy en los EEUU, pero
casi no se tiene en cuenta que Uruguay también tiene
un presidente asesinado en plena calle, hace 112
años.
Ese magnicidio ocurrió el 25 de Agosto de 1897. Fue
cuando Avelino Arredondo ejecutó al presidente de la
Republica Dr. Idiarte Borda.
Como escribe
Andrea Estevan:
“Poco después de las dos de la tarde, luego de
asistir al Te Deum del 25 de Agosto, el Arzobispo de
Montevideo y el Presidente de la República Oriental
del Uruguay salieron juntos de la Catedral; detrás
de ellos el séquito que aún vibraba con los últimos
acordes del himno nacional. (…) Del otro lado de la
Plaza Matriz inmerso en la convocada multitud poco
multitudinaria, esperaba Avelino que su presa se
aproximara al punto de encuentro. Adentro del país,
en el interior de la República, la sangre corría a
borbotones en filas blancas y coloradas, la
conciliación era una utopía, el horizonte se
desdibujaba tras los intereses de la oligarquía
localista, no había paz, se respiraba muerte,
innecesaria muerte, inconducente muerte,
impertinente muerte”.
Este hecho colocó en la historia uruguaya el
extremismo y fanatismo de las luchas políticas
llevadas al extremo llevadas adelantes por los
partidos Blanco y Colorado.
Lo que sigue a continuación es el cuento del gran
escritor argentino Jorge Luís Borges, inspirado en
este asesinato de un presidente.
Avelino Arredondo
por Jorge Luis Borges

Cada sábado los amigos ocupaban
la misma mesa lateral en el Café del Globo, a la
manera de los pobres decentes que saben que no
pueden mostrar su casa o que rehuyen su ámbito. Eran
todos montevideanos; al principio les había costado
amistarse con Arredondo, hombre de tierra adentro,
que no se permitía confidencias ni hacía preguntas.
Contaba poco más de veinte años; era flaco y moreno,
más bien bajo y tal vez algo torpe. La cara habría
sido casi anónima, si no la hubieran rescatado los
ojos, a la vez dormidos y enérgicos. Dependiente de
una mercería de la calle Buenos Aires, estudiaba
Derecho a ratos perdidos. Y cuando los otros
condenaban la guerra que asolaba el país y que,
según era opinión general, el presidente prolongaba
por razones indignas, Arredondo se quedaba bien
callado. También se quedaba callado cuando se
burlaban de él por tacaño.
Poco después de la batalla de
Cerros Blancos, Arredondo dijo a los compañeros que
no lo verían por un tiempo, ya que tenía que irse a
Mercedes. La noticia no inquietó a nadie. Alguien le
dijo que tuviera cuidado con el gauchaje de Aparicio
Saravia; Arredondo respondió, con una sonrisa, que
no les tenía miedo a los blancos. El otro, que se
había afiliado al partido, no dijo nada.
Más le costó decirle adiós a
Clara, su novia. Y lo hizo casi con las mismas
palabras. Le previno que no esperara cartas, porque
estaría muy atareado. Clara, que no tenía costumbre
de escribir, aceptó el agregado sin protestar. Los
dos se querían mucho.
Arredondo vivía en las afueras.
Lo atendía una parda que llevaba el mismo apellido
porque sus mayores habían sido esclavos de la
familia en tiempo de la Guerra Grande. Era una mujer
de toda confianza; le ordenó que dijera a cualquier
persona que lo buscara que él estaba en el campo. Ya
había cobrado su último sueldo en la mercería.
Se mudó a una pieza del fondo,
la que daba al patio de tierra. La medida era
inútil, pero lo ayudaba a iniciar esa reclusión que
su voluntad le imponía.
Desde la angosta cama de
fierro, en la que fue recuperando su hábito de
sestear, miraba con alguna tristeza un anaquel
vacío. Había vendido todos sus libros, incluso los
de introducción al Derecho. No le quedaba más que
una Biblia, que nunca había leído y que no concluyó.
La cursó página por página, a
veces con interés y a veces con tedio, y se impuso
el deber de aprender de memoria algún capítulo del
Éxodo y el final del Eclesiastés. No trataba de
entender lo que iba leyendo. Era librepensador, pero
no dejaba pasar una sola noche sin repetir el
padrenuestro que le había prometido a su madre al
venir a Montevideo. Faltar a esa promesa filial
podría traerle mala suerte.
Sabía que su meta era la mañana
del día veinticinco de agosto. Sabía el número
preciso de días que tenía que trasponer. Una vez
lograda la meta, el tiempo cesaría o, mejor dicho,
nada importaba lo que aconteciera después. Esperaba
la fecha como quien espera una dicha y una
liberación. Había parado su reloj para no estar
siempre mirándolo, pero todas las noches, al oír las
doce campanadas oscuras, arrancaba una hoja del
almanaque y aliviado pensaba: un día menos.
Al principio quiso construir
una rutina. Matear, fumar los cigarrillos negros que
armaba, leer y repasar una determinada cuota de
páginas, tratar de conversar con Clementina cuando
ésta le traía la comida en una bandeja, repetir y
adornar cierto discurso antes de apagar la candela.
Hablar con Clementina, mujer ya entrada en años, por
cierto no era nada fácil, porque su memoria había
quedado detenida en el campo y en lo cotidiano del
campo.
Disponía asimismo de un tablero
de ajedrez en el que jugaba partidas desordenadas
que no acertaban con el fin. Le faltaba una torre
que solía suplir con una bala o con un vintén.
Para poblar el tiempo,
Arredondo se hacía la pieza cada mañana con un trapo
y con un escobillón, y perseguía a las arañas. A la
parda no le gustaba que se rebajara a esos
menesteres que por cierto eran de su gobierno y que,
por lo demás, él no sabía desempeñar muy bien.
Hubiera preferido recordarse
con el sol ya bien alto, pero la costumbre de
hacerlo cuando clareaba pudo más que su voluntad.
Extrañaba muchísimo a sus amigos y sabía sin
amargura que éstos no lo extrañaban, dada su
invencible reserva. Una tarde preguntó por él uno de
ellos y lo despacharon desde el zaguán. La parda no
lo conocía; Arredondo nunca supo quién era. Ávido
lector de periódicos, le costó renunciar a esos
museos de minucias efímeras. No era hombre de pensar
ni de cavilar.
Sus días y sus noches eran
iguales, pero le pesaban más los domingos.
A mediados de julio conjeturó
que había cometido un error al parcelar el tiempo,
que de cualquier modo nos lleva. Entonces dejó errar
su imaginación por la dilatada tierra oriental, hoy
ensangrentada, por los quebrados campos de Santa
Irene donde había remontado tantas cometas, por
cierto petiso tubiano que ya habría muerto, por el
polvo que levanta la hacienda cuando la arrean los
troperos, por la diligencia cansada que venía cada
mes desde Fray Bentos con su carga de baratijas, por
la bahía de La Agraciada, donde desembarcaron los
Treinta y Tres, por el Hervidero, por cuchillas,
montes y ríos, por el Cerro que había escalado hasta
la farola pensando que en las dos bandas del Plata
no hay otro igual. Del cerro de la bahía pasó una
vez al cerro del escudo y se quedó dormido.
Cada noche la virazón traía la
frescura, propicia al sueño. Y nunca se desveló.
Quería plenamente a su novia,
pero se había dicho que un hombre no debe pensar en
mujeres, sobre todo cuando le faltan. El campo lo
había acostumbrado a la castidad. En cuanto al otro
asunto... trataba de pensar lo menos posible en el
hombre que odiaba.
El ruido de la lluvia en la
azotea lo acompañaba.
Para el encarcelado o el ciego,
el tiempo fluye aguas abajo, como por una leve
pendiente. Al promediar su reclusión Arredondo logró
más de una vez ese tiempo casi sin tiempo. En el
primer patio había un aljibe con un sapo en el
fondo; nunca se le ocurrió pensar que el tiempo del
sapo, que linda con la eternidad, era lo que
buscaba.
Cuando la fecha no estaba
lejos, empezó otra vez la impaciencia. Una noche no
pudo más y salió a la calle. Todo le pareció
distinto y más grande. Al doblar una esquina, vio
una luz y entró en un almacén. Para justificar su
presencia, pidió una caña amarga. Acodados contra el
mostrador de madera conversaban unos soldados. Dijo
uno de ellos:
—Ustedes saben que está
formalmente prohibido que se den noticias de las
batallas. Y ayer tarde nos ocurrió una cosa que los
va a divertir. Yo y unos compañeros de cuartel
pasamos frente a “La Razón”. Oímos desde afuera una
voz que contravenía la orden. Sin perder tiempo
entramos. La redacción estaba como boca de lobo,
pero lo quemamos a balazos al que seguía hablando.
Cuando se calló, lo buscamos para sacarlo por las
patas, pero vimos que era una máquina que le dicen
fonógrafo y que habla sola.
Todos se rieron.
Arredondo se había quedado
escuchando, y el soldado le dijo:
—¿Qué le parece el chasco,
aparcero?
Arredondo guardó silencio. El
del uniforme le acercó la cara y le dijo:
—Gritá en seguida: ¡Viva el
Presidente de la Nación, Juan Idiarte Borda!
Arredondo no desobedeció. Entre
aplausos burlones ganó la puerta. Ya en la calle lo
golpeó una última injuria.
—El miedo no es sonso ni junta
rabia.
Se había portado como un
cobarde, pero sabía que no lo era. Volvió
pausadamente a su casa.
El día veinticinco de agosto,
Avelino Arredondo se recordó a las nueve pasadas.
Pensó primero en Clara y sólo después en la fecha.
Se dijo con alivio: Adiós a la tarea de esperar. Ya
estoy en el día.
Se afeitó sin apuro y en el
espejo lo enfrentó la cara de siempre. Eligió una
corbata colorada y sus mejores prendas. Almorzó
tarde. El cielo gris amenazaba llovizna; siempre se
lo había imaginado radiante. Lo rozó un dejo de
amargura al dejar para siempre la pieza húmeda. En
el zaguán se cruzó con la parda y le dio los últimos
pesos que le quedaban. En la chapa de la ferretería
vio rombos de colores y reflexionó que durante más
de dos meses no había pensado en ellos. Se encaminó
a la calle de Sarandí. Era día feriado y circulaba
muy poca gente.
No habían dado las tres cuando
arribó a la Plaza Matriz. El Te Deum ya había
concluido; un grupo de caballeros, de militares y de
prelados, bajaba por las lentas gradas del templo. A
primera vista, los sombreros de copa, algunos aún en
la mano, los uniformes, los entorchados, las armas y
las túnicas, podían crear la ilusión de que eran
muchos; en realidad, no pasarían de una treintena.
Arredondo, que no sentía miedo, sintió una suerte de
respeto. Preguntó cuál era el presidente. Le
contestaron:
—Ése que va al lado del
arzobispo con la mitra y el báculo.
Sacó el revólver e hizo fuego.
Idiarte Borda
dio unos pasos, cayó de bruces y dijo claramente:
Estoy muerto.
Arredondo se entregó a las
autoridades. Después declararía:
—Soy colorado y lo digo con
todo orgullo. He dado muerte al Presidente, que
traicionaba y mancillaba a nuestro partido. Rompí
con los amigos y con la novia, para no complicarlos;
no miré diarios para que nadie pueda decir que me
han incitado. Este acto de justicia me pertenece.
Ahora, que me juzguen.
Así habrán ocurrido los hechos,
aunque de un modo más complejo; así puedo soñar que
ocurrieron.
LA
ONDA®
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