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En Cine, un buen
día para Onetti
por
Joselo Olascuaga

Fui a ver Mal
día para pescar una tarde muy onettiana. El
cielo estaba gris, la calle Colonia húmeda, el
centro de Montevideo añoraba cosas que nunca habían
sucedido. Yo había ido a visitar a un amigo que
ahora estaba a porcentaje de otro, en el ramo de
negocio donde él había sido el Campeón del Mundo y
todavía tenía un resto –confundible con la mentira–
de la creencia de Jacob en recuperar el título.
Decidí, como ofrenda al viejo Onetti, que si la
película era buena, ésta sería mi última crítica de
cine mientras tenga monedas en el bolsillo. Lo
disfracé de ganas de dedicar más espacio de La Onda
a comentar teatro, al inútil propósito de que
alguien haga en Uruguay crítica teatral para la
mitología, con titulares que podría inventar un
editor de Olé.
La película es
excelente. Va este intento de renuncia:
La realización y
todos los aspectos técnicos, impecables. La historia
perfectamente contada, con el ambiente y los
personajes del relato de Onetti, puestos sin trucos
en el cine uruguayo.
El director Álvaro
Brechner –primer largometraje– no se achuchó ante la
energía que iba brotando de las imágenes, porque es
la difícil de descubrir –el viejo no se deja leer
fácil– pero inexorable energía que mueve, desde las
profundidades, las historias onettianas.
Jacob y el otro
(cuento de 1965) sale intacto del tratamiento del
guión (escrito por Brechner y uno de los
protagonistas, el actor español Gary Piquer). En el
final está la audacia más fiel al viejo. También el
Príncipe tuvo piedad.
No me sorprende en
absoluto que Onetti funcione en el cine. Es muy
fílmica su narrativa. Lo fellinesco que se ve en Mal
día para pescar es suyo. Hay mucho cine en toda su
obra, desde Tiempo de Abrazar, salteándose
El Pozo, pero deteniéndose fijamente en Para
esta noche, Una tumba sin nombre, El astillero
(de la que hay una película que por momentos también
funciona pese al descreimiento de su director en la
inmanencia cinematrográfica de la trama de la
novela, que lo llevó a restar queriendo sumar).
Brechner hace la operación contraria a la de Sábato.
No le sobra ninguna escena del cuento, les toma todo
el tiempo de que están hechas (en literatura como en
cine tiempo se escribe siempre con mayúscula, decía
el viejo –La muerte y la niña–), lentitud y
vértigo siempre significativos.
El tratamiento de los
ambientas es fiel también al trabajo de Onetti en
El muerto de Olivera, que sería mejor si en vez
de Camero lo protagonizara Darín, pero el guión es
sabio.
Las actuaciones de
Mal día para pescar son sensibles, hondas y
funcionales, sin excepción. El gigante finlandés
Jouko Ahola, muestra un registro interpretativo muy
amplio y preciso desde sus ojos de angustia a su
risa de chiquilín. El “Príncipe Orsini” (epígono de
Larsen) es una lección de Gary Piquer. Exacto
Troncoso en su desapego e ironía de editor de El
Liberal. Hermética en su orgullo de la petisa rapaz
hasta lo tragicómico, Antonella Costa. Un Díaz Grey,
un relator deportivo y hasta un camillero y los
otros, todos muy sanmarianos en sus idiosincrasias,
ensuciando, malgastando, ocultando sin pundonor la
capacidad de heroísmo que les fue dada.
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