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Siete mitos sobre la
energía alternativa
por
Michael Grunwald*
Mientras el mundo busca con urgencia un sustitutivo
del petróleo, las otras fuentes de energía, como los
biocombustibles, la energía solar y la nuclear,
pueden parecer la solución mágica. No lo son.
“Necesitamos
hacer todo lo posible para fomentar la energía
alternativa”
No exactamente. Está claro que
los combustibles fósiles están deteriorando el clima
y que la situación actual es insostenible. Existe un
amplio consenso científico de que el mundo debe
reducir las emisiones de gases de efecto invernadero
en más de un 25% de aquí a 2020, y en un 80% de aquí
a 2050. Aunque el planeta no dependiera de ello, si
nos librásemos de nuestra adicción al petróleo y el
carbón, reduciríamos la dependencia mundial de los
matones del crudo y la vulnerabilidad ante las
subidas de los precios energéticos.
Pero, aunque el mundo debe
hacer todo lo que sea sensato para fomentar la
energía alternativa, no tiene sentido hacer todo lo
posible. Existen presiones financieras, políticas y
técnicas, además de limitaciones temporales, que
obligarán a tomar decisiones difíciles; las
soluciones tendrán que lograr las mayores
reducciones de emisiones con el mínimo gasto en el
menor tiempo. Los coches de hidrógeno, la fusión
fría y otras tecnologías que son pura especulación
pueden parecer soluciones fantásticas, pero
quizá desviarían valiosos recursos de ideas que ya
son posibles y rentables. Está bien que alguien haga
funcionar su coche con restos de una liposucción,
pero eso no significa que haya que subvencionarle.
La gente puede no estar de
acuerdo en si los gobiernos deben tratar de escoger
con qué soluciones energéticas quedarse. ¿Pero por
qué no estar de acuerdo, al menos, en que los
gobiernos no deben quedarse con las peores? Por
desgracia, eso es exactamente lo que está
sucediendo. El mundo está apresurándose a promover
fuentes alternativas de energía que en realidad van
a acelerar el calentamiento global.
Todavía podemos escoger un
camino verdaderamente alternativo. Pero más vale que
nos demos prisa.
“Los combustibles renovables
son la cura para nuestra adicción al petróleo”
Por desgracia, no. Los
combustibles renovables suenan estupendos en teoría,
y los representantes de los lobbies agrarios han
convencido a los países europeos y a Estados Unidos
de que lleven a cabo políticas ambiciosas para
promover alternativas de origen agrícola a la
gasolina. Sin embargo, hasta ahora, las curas
–principalmente el etanol derivado del maíz en EE UU
y el biogasóleo de aceites vegetales en Europa– han
sido mucho peor que la enfermedad.
Antes, los investigadores
estaban de acuerdo en que los combustibles de origen
agrícola reducirían las emisiones, pero cometían un
error básico. Atribuían a las cosechas para
combustible la cualidad de absorber el carbono
durante su crecimiento, pero nunca se les ocurrió
que podían desplazar otra vegetación que absorbía
aún más. Era como si creyeran que los
biocombustibles iban a crecer en explanadas de
aparcamientos. Como es natural, no ha sido así.
Indonesia destruyó tanta proporción de sus bosques
para cultivar aceite de palma destinado al
biogasóleo europeo, que ocupa el tercer lugar entre
los principales emisores de carbono del mundo, en
lugar del número 21.
En 2007, los científicos
empezaron a tener en cuenta la deforestación y otros
cambios del uso de la tierra producidos por los
biocombustibles. Un estudio descubrió que harían
falta más de 400 años de biocombustible para
“recuperar el dinero” que suponía el carbono emitido
directamente al limpiar la turba para el aceite de
palma. El daño indirecto también puede ser
devastador, porque, en un planeta hambriento, las
cosechas alimenticias que se dedican a combustible
acaban siendo sustituidas en otro lugar. Como
ejemplo, los beneficios del etanol están haciendo
que los cultivadores de soja en Estados Unidos se
pasen al maíz, así que, para compensar esa
deficiencia, los cultivadores de soja en Brasil
están invadiendo tierras de pastos para el ganado y
los rancheros están invadiendo la selva amazónica.
Es simple cuestión de economía: las normativas
aumentan la demanda de cereal, lo cual impulsa los
precios, lo que hace que sea lucrativo destrozar la
naturaleza.
La deforestación representa el
20% de las emisiones globales, de modo que, si el
mundo no puede eliminar las emisiones de todas las
demás fuentes, necesita retirarse de los bosques.
Eso significa limitar la huella de la agricultura,
un esfuerzo formidable teniendo en cuenta que la
población mundial crece sin cesar, y una tarea
imposible si vastas superficies de cultivo se
transforman para producir pequeñas cantidades de
combustible. Aunque EE UU dedicara toda su cosecha
de cereal a la obtención de etanol, no serviría más
que para sustituir la quinta parte del consumo de
gasolina del país.
No se trata sólo de un desastre
climático. El cereal necesario para llenar el
depósito de un todoterreno con etanol podría
alimentar a una persona hambrienta durante un año.
Pese a ello, EE UU ha quintuplicado su producción de
etanol en un decenio y tiene previsto volver a
quintuplicarla en la próxima década. Eso significará
más dinero para los cultivadores de cereal, que ya
cuentan con buenas subvenciones, pero también más
desnutrición, más deforestación y más emisiones. Los
dirigentes europeos han prestado un poco más de
atención a las alarmantes críticas contra los
biocombustibles, pero tampoco se han mostrado muy
inclinados a enfriar este sector, que representa
100.000 millones de dólares (unos 69.000 millones de
euros) en todo el mundo.
“Si los biocombustibles de hoy
no son la respuesta, los del mañana sí lo serán”
Es dudoso. Las últimas normas
estadounidenses, que mantienen su apoyo al etanol
procedente del maíz, incluyen nuevas directrices
para desarrollar los biocombustibles de segunda
generación, como el derivado de la hierba varilla.
En teoría, serían menos destructivos que el etanol
de maíz, que necesita tractores, fertilizantes a
base de petróleo y destilerías que emiten carbono.
Incluso el etanol de caña de azúcar –que proporciona
ya la mitad del combustible para transporte de
Brasil– es mucho más verde que el etanol de maíz.
Pero estudios recientes sugieren que cualquier
biocombustible que necesite una buena tierra
agrícola seguiría siendo peor que la gasolina para
el calentamiento global. Menos desastroso que el
etanol de maíz, pero desastroso.
De vuelta al mundo teórico, los
biocombustibles derivados de las algas, la basura,
los residuos agrarios y otras fuentes podrían ser
útiles porque no necesitan tierra, o al menos
utilizan unas tierras degradadas sin especificar,
pero siempre parecen faltar varios años para su
desarrollo comercial a gran escala. Y algunos
científicos siguen teniendo esperanzas de que, algún
día, plantas de crecimiento rápido, como la hierba
elefante, puedan ser utilizadas para convertir la
luz solar en energía. Ahora bien, por ahora, las
tierras de cultivo están muy bien para producir las
materias que necesitamos para alimentarnos y
almacenar el carbono que necesitamos para no morir,
y no tan bien para generar combustible. De hecho,
algunos nuevos estudios indican que, si queremos
convertir la biomasa en energía, lo mejor es que la
transformemos en electricidad.
Entonces, ¿qué debemos usar en
nuestros coches y camiones? A corto plazo...
gasolina. Sólo que debemos usar menos. En vez de
directrices y subsidios al etanol, los gobiernos
necesitan normativas que ayuden a los 1.000 millones
de conductores de todo el mundo a gastar menos
gasolina, además de subvenciones al transporte
colectivo, los carriles-bici, las líneas de
ferrocarril o el teletrabajo. Las autoridades deben
fomentar un desarrollo denso en las zonas urbanas y
limitar las políticas que propician la extensión en
una gran área. Nada de esto es tan atractivo como
inventar un nuevo combustible mágico, pero son cosas
factibles, y reducirían las emisiones.
A medio plazo, el mundo
necesita coches eléctricos recargables, pero harán
falta decenios. La electricidad produce ya más
emisiones incluso que el petróleo. De modo que
necesitaremos también una respuesta a la adicción de
la humanidad al carbón.
“La energía nuclear es el
remedio para nuestra dependencia del carbón”
Ni hablar. La energía atómica
no produce emisiones, de ahí que muchos políticos e
incluso algunos ecologistas la defiendan como una
alternativa limpia al carbón y al gas natural. En
Estados Unidos –que obtiene ya casi el 20% de su
electricidad de plantas nucleares–, se está pensando
en construir nuevos reactores por primera vez desde
la fusión accidental del Three Mile Island hace 30
años, a pesar de las preocupaciones mundiales por la
proliferación nuclear, el temor a los accidentes o a
los atentados terroristas y la falta de un lugar en
el que eliminar los residuos radiactivos. Francia
obtiene casi el 80% de su electricidad de las
nucleares, y Rusia, India y China están preparándose
para disfrutar de sus propios renacimientos
nucleares.
Pero la energía nuclear no
puede arreglar la crisis climática. En primer lugar,
por motivos de tiempo: Occidente necesita recortar
enormemente sus emisiones antes de 10 años, y el
primer reactor nuevo en EE UU no estará listo hasta
2017. En otros países desarrollados, se ha hablado
mucho de un renacimiento nuclear, pero se ha quedado
sobre todo en palabras; no hay ningún país
occidental que tenga más de una central nuclear en
construcción, y en las próximas décadas dejarán de
funcionar decenas de las existentes, así que no es
posible que la energía nuclear pueda hacer la menor
mella en las emisiones de la electricidad antes de
2020.
Otro problema más grave es el
coste. Se supone que las centrales nucleares son
caras de construir pero baratas a la hora de
funcionar. Por desgracia, resulta que son
increíblemente caras de construir y su coste se ha
cuadruplicado en menos de un decenio. El experto en
energía Amory Lovins ha calculado que las nuevas
centrales costarán casi el triple que la energía
eólica, y eso fue antes de que los costes de
construcción se disparasen por la crisis crediticia
mundial, la atrofia de la mano de obra nuclear y las
presiones de los proveedores simbolizadas en el
monopolio mundial de la forja de acero para
reactores, en manos de una compañía japonesa. Un
nuevo reactor en Finlandia que debía ser el modelo
de ese renacimiento mundial va muy atrasado y ha
superado con creces el presupuesto previsto. Por eso
se han aparcado hace poco los planes para construir
nuevas plantas en Canadá y varios estados de Estados
Unidos –donde Moody’s acaba de advertir a las
compañías eléctricas que, si pretenden construir
nuevos reactores, se arriesgan a ver rebajada su
calificación–. Por esto las energías renovables
atrajeron en 2007 71.000 millones de dólares (49.000
millones de euros) de capital privado en todo el
mundo, mientras que las nucleares no atrajeron nada.
Ésa es asimismo la razón de que
las compañías nucleares estadounidenses estén
recurriendo a los políticos para incrementar sus
garantías de préstamo, incentivos fiscales,
subsidios y otras ventajas ofrecidas por el Gobierno
con la nueva generosidad pública. No tiene mucho
sentido construir reactores si no los paga algún
otro; por eso los países que más presionan en favor
de las centrales nucleares son aquellos en los que
la energía se financia con fondos públicos.
Dejémonos de tanto hablar de sanciones; si el mundo
quiere verdaderamente perjudicar la economía iraní,
quizá habría que dejar a los mulás que obtengan la
energía nuclear.
Sí hay un argumento poderoso
con el que cuentan los lobbies nucleares: si el
carbón es demasiado sucio y las nucleares demasiado
caras, ¿cómo vamos a obtener nuestro combustible? La
energía eólica es estupenda, y cada vez se emplea
más; el año pasado aportó casi la mitad de la
electricidad nueva en EE UU y en 2007 amplió su
capacidad mundial en un tercio. Sin embargo, después
de haber multiplicado su potencia mundial por 10 en
un decenio, todavía produce apenas el 2% de la
electricidad del globo. La energía solar y la
geotérmica también son tecnologías fantásticas e
inagotables, pero siguen representando unas
cantidades equivalentes a márgenes de error a escala
mundial. El típico hogar estadounidense tiene 26
aparatos que se enchufan, y el resto del mundo está
poniéndose rápidamente a su altura; el Departamento
de Energía de dicho país calcula que el consumo
mundial de electricidad aumentará un 77% de aquí a
2030. ¿Cómo podemos hacer frente a esa demanda sin
un inmenso renacimiento nuclear?
No podemos. Así que tendremos
que demostrar al Departamento de Energía que se
equivoca.
“No existe una solución mágica
a la crisis de la energía”
Probablemente no. Pero algunas
soluciones son mucho mejores que otras; deberíamos
intentarlas antes de comprometernos con las que son
claramente inferiores. Y hay un recurso energético
renovable que es el más limpio, el más barato y el
más abundante de todos. No provoca la deforestación
ni necesita unas medidas de seguridad complejas. No
depende del tiempo, ni va a tardar años en
construirse ni en llegar al mercado; está ya a
disposición de todos. Se llama “eficacia
energética”. Significa malgastar menos energía, o,
para ser más exactos, usar menos energía para tener
la cerveza igual de fría, la ducha igual de caliente
y la fábrica igual de productiva. No se trata de dar
lecciones de austeridad y de cambiar toda nuestra
conducta para ahorrar energía.
La eficacia energética consiste
en hacer lo mismo o más con menos; no requiere un
gran esfuerzo ni un gran sacrificio. Y, sin embargo,
su aplicación en los electrodomésticos, la
iluminación, las fábricas, los edificios y los
vehículos podría reducir entre un quinto y un tercio
del consumo mundial de energía sin verdaderas
privaciones.
La eficacia energética no es
sexy, y la idea de que podemos usar menos energía
sin muchos inconvenientes encaja mal en nuestra
cultura actual. Pero la mejor forma de garantizar
que las nuevas centrales eléctricas no nos arruinen,
llenen de poder a los petrodictadores ni pongan en
peligro el planeta es no construirlas. Los
negavatios que ahorran las iniciativas de eficacia
energética suelen costar entre 1 y 5 centavos por
kilovatio/hora, en contraste con las proyecciones
que hablan de entre 12 y 30 centavos por
kilovatio/hora para las nuevas centrales nucleares.
El motivo es que los seres humanos en general, y los
estadounidenses en particular, malgastan volúmenes
de energía asombrosos. Las centrales eléctricas
norteamericanas derrochan suficiente energía como
para abastecer a Japón, y los calentadores de agua,
los motores industriales y los edificios
estadounidenses son tan poco eficaces como los
coches americanos. Se prevé que China construya más
metros cuadrados de inmuebles en los próximos 15
años que Estados Unidos en toda su historia, y no
dispone de códigos verdes de edificación ni de
experiencia en construcción ecológica.
Sabemos que los mandatos sobre
eficacia energética pueden lograr maravillas porque
ya han reducido los niveles de consumo en EE UU, que
han pasado de ser astronómicos a ser meramente
elevados. Por ejemplo, gracias a las normas
federales, los frigoríficos estadounidenses modernos
emplean tres veces menos energía que los modelos de
los 70.
Los mayores obstáculos para
aplicar la eficacia energética son los incentivos
perversos de las compañías eléctricas; ganan más
dinero cuando venden más electricidad y tienen que
construir nuevas plantas. Pero en California y en el
noroeste de Estados Unidos se han desligado los
beneficios de las compañías de las ventas de
electricidad, de forma que las empresas pueden
ayudar a sus clientes a ahorrar energía sin
perjudicar a los accionistas. Como consecuencia, en
esa parte del país, el uso de energía per cápita no
ha crecido desde hace tres décadas, al tiempo que se
disparaba un 50% en el resto del país.
“Necesitamos una revolución
tecnológica para salvar el mundo”
Tal vez. A largo plazo, es
difícil imaginar cómo, sin grandes avances, podemos
reducir las emisiones en un 80% de aquí a 2050
mientras la población mundial aumenta y los países
en vías de desarrollo se desarrollan. Por tanto,
tiene sentido crear un programa Apolo de tecnologías
limpias copiado del modelo del Proyecto Manhattan. Y
necesitamos que el precio del carbono induzca a los
innovadores a fomentar las actividades con bajas
emisiones; el programa europeo de compra de derechos
de emisión parece estar funcionando bien. En algún
momento, cuando hayamos obtenido todos los
negavatios y negabarriles posibles gracias a la
eficacia energética, quizá necesitemos algo nuevo.
Ahora bien, ya disponemos de
toda la tecnología que necesitamos para empezar a
reducir las emisiones mediante la reducción del
consumo. Sólo con que mantengamos la demanda de
electricidad al mismo nivel que está ahora, podemos
restar un megavatio alimentado por carbón cada vez
que añadimos un megavatio alimentado por energía
eólica. Y con una red más inteligente, códigos
verdes de edificación y normas estrictas de eficacia
energética podemos hacer algo más que mantenerla en
el mismo nivel. Al Gore tiene un plan bastante
convincente para lograr una energía sin emisiones
antes de 2020; prevé una disminución del 28% en la
demanda gracias a la eficacia energética y al
incremento del suministro procedente de la energía
eólica, la solar y la geotérmica. Pero ni siquiera
tenemos que reducir nuestro uso de combustibles
fósiles a cero. Sólo tenemos que usar menos.
Si a alguien se le ocurre una
idea mejor de aquí a 2020, ¡estupendo! Por ahora,
debemos centrarnos en las soluciones que nos
proporcionen la mejor ratio entre dinero y
emisiones.
“Al final, tendremos que
cambiar de conducta para defender el planeta”
Probablemente. Hoy en día es
políticamente incorrecto sugerir que, para defender
el medio ambiente, haya que hacer el menor ajuste en
nuestra forma de vida, pero dejémoslo claro: Jimmy
Carter tenía razón. No pasa nada por bajar un poco
la calefacción y ponerse un jersey. La eficacia
energética es un fármaco milagroso, pero la
conservación es todavía mejor; un Prius ahorra
gasolina, pero aparcado en casa porque nos hemos ido
en bici no gasta nada. Hasta las secadoras más
eficaces gastan más que la cuerda de tender la ropa.
Hacer cosas con menos será un
buen principio, pero, para reducir un 80% las
emisiones, los países desarrollados tendrán que
hacer menos cosas con menos. Quizá tengamos que
desenchufar unos cuantos marcos digitales de fotos,
hacer teleconferencias en vez de viajes de negocios
y no emplear tanto el aire acondicionado. Si esa es
una verdad incómoda, pues es menos incómoda que los
billones de euros que cuestan los nuevos reactores,
la dependencia perpetua de petroestados hostiles o
un planeta recalentado.
Al fin y al cabo, los países en
vías de desarrollo tienen derecho a desarrollarse.
Sus habitantes están, como es comprensible, deseosos
de comer más carne, tener más coches y vivir en
mejores casas. No parece justo que los países
desarrollados digan: haced lo que decimos, no lo que
hicimos nosotros. Pero si los países en vías de
desarrollo siguen el mismo camino que los países
desarrollados hacia la prosperidad, en la Tierra que
compartimos no podrá haber sitio para todos. Así que
no tenemos más remedio que cambiar nuestra conducta.
Entonces, al menos, podremos decir: haced lo que
hacemos ahora, no lo que hacíamos antes.
* Michael Grunwald, redactor
jefe de la revista Time, ha obtenido premios como
periodista especializado en medio ambiente y es
autor de The Swamp: The Everglades, Florida, and the
Politics of Paradise.
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