Rodney Arismendi y Vivián Trías
en la lupa de la academia
Conferencia del politólogo Jaime Yaffé

El pasado 1 y 2 de octubre el “Archivo general de la Universidad” organizó con la coordinación de las académicas Vania Markarian e Isabel Wschebor, las Primeras Jornadas de investigación; “Ideas, saberes

e instituciones del conocimiento”. 

 

En la apertura del evento el Rector de la Udelar  Rodrigo Arocena, con la presencia de la ministra de Educación y Cultura, María Simón, realizó un homenaje

al profesor José Pedro Barrán recientemente fallecido.

 

Una de las ponencias estuvo a cargo de Jaime Yaffé, Magíster en Ciencia Política (FCS-Udelar) quien desarrolló el tema “Arismendi y Trias: Su papel en la recepción, adaptación y circulación del marxismo en Uruguay, 1943-73”.

Durante la ponencia Yaffé subrayó en tres oportunidades que lo que exponía allí era parte de un “texto en curso de escritura”.

Lo que sigue a continuación son los aspectos fundamentales de esta exposición, tomados de la versión grabada

de La ONDA digital. 

 

Muchas gracias a los organizadores de esta jornada por haber acogido mi propuesta que – como su título lo indica – versa sobre el “Aporte de Rodney Arismendi y Vivian Trías[i] a la difusión y adaptación del marxismo en Uruguay”. En verdad, el título alude – más bien -  al trabajo mayor en el cual este texto muy primario se inscribe, que apenas versa sobre el análisis de dos libros – los dos libros que, en general – son referidos como las obras más importantes, los aportes más importantes de Arismendi y de Trías, justamente, en lo que tiene que ver con el intento de aplicar el pensamiento marxista a la interpretación de la situación latinoamericana y uruguaya de los años 60 y a la elaboración de una estrategia política para la izquierda en Uruguay.

 

Estas dos obras son – por un lado – “Por un socialismo nacional”, de Vivian Trías, libro publicado en el año 1965. Es un libro del cual nos distancian ya 44 años, algo más de una generación - buena parte de los que estamos acá no éramos nacidos en el momento que fue publicado este libro – y “Lenin, la revolución y América Latina” de Rodney Arismendi, un libro que – si bien fue publicado en 1970 – en realidad, como el propio autor señala en la “advertencia al lector”, fue escrito entre el verano de 1968 y febrero de 1970. En cualquier caso, también se trata de un libro del cual estamos a 39 o 41 años de su escritura y de su publicación.

 

Confieso que son libros que he leído en otra etapa de mi vida – desde una óptica militante – y una de las sorpresas que me he dado a mí mismo al leerlos ahora – 15 o 20 años después – ya no como militante, con otras preocupaciones, reconozco las lecturas tan diferentes que uno puede hacer de un mismo libro en diversas etapas de su vida. Y, por esta reflexión, quiero meterme en lo siguiente: yo cuando releí estas obras – ahora, en un marco de un proyecto de investigación y ya no de un proyecto político – lo hacía desde el precepto de que iba a volver a encontrar dos visiones diametralmente distintas de cómo podría ser leída la realidad uruguaya a la luz del marxismo y de cómo podían formularse dos estrategias políticas – en principio – muy diferentes desde un mismo marco teórico. Sin embargo, una de las revelaciones que a mí mismo me ha reportado esta lectura, es que no hay tantas diferencias como es posible que muchos podamos esperar en el pensamiento de Trías y de Arismendi, a la hora de abordar – desde el marxismo – la realidad latinoamericana y uruguaya.

 

Tenía pensado trabajar sobre siete tópicos, ya no va a ser posible, pero vamos a empezar con alguno de ellos. En primer lugar hay una cuestión de tamaños. “Por un socialismo nacional” es un libro muy breve, muy pequeño, de apenas algo más de cien páginas, mientras que “Lenin, la revolución y América Latina” es lo que llamaríamos: un mamotreto de casi cuatrocientas páginas. La intención del autor – en el caso de Trías – está directamente vinculada a hacer una lectura política y a formular básicamente una estrategia política, mientras que el libro de Arismendi tiene una intención teórica mucho más notoria y mucho más amplia lo cual – por otra parte – se refleja en la distinta dedicación que cada uno de los autores vuelca – por un lado – a la reflexión teórica propiamente dicha y, por el otro, a la aplicación de ésta al análisis político. Los dos autores crean circunstancias muy diferentes, no en relación al contexto histórico que los rodeaba – que era básicamente el mismo – sino a las circunstancias de sus respectivos partidos – los cuales, en el momento en que escribían estos libros, por otra parte – lideraban como respectivos secretarios generales.

 

En ambos casos sorprende – o no, todo depende de los preceptos con los cuales uno llegue a estas lecturas – pero partiendo del “marxismo” y del “leninismo” en ambos casos, como referencias teóricas matrices para la interpretación, en ambos casos se encuentran varias coincidencias con matices. 

 

En primer lugar, la idea de que la revolución uruguaya no podía ser entendida como un caso nacional. Es muy fuerte y contrasta mucho con la realidad de los análisis políticos que la propia izquierda uruguaya realiza hoy, este marco de interpretación de la continentalidad de la revolución latinoamericana. Es decir, la lectura de cualquiera de estos dos libros impacta – en primer lugar – la idea de que la revolución en América Latina tenía una escala continental y que cada caso nacional – el uruguayo entre ellos – no era más que un pequeño capítulo de un proceso que sólo podía entenderse y planificarse a escala continental. En ambas obras, esta idea de la continentalidad de la revolución latinoamericana, destella con una fuerza que – visto cuarenta años después – no deja de sorprender.

 

En segundo lugar, la evaluación del momento político latinoamericano. La convicción de que América Latina vivía una situación revolucionaria, de que el proceso revolucionario no era algo que hubiera que planificar – en ese momento – a largo plazo, sino que era un fenómeno inminente, ya desatado, ya en marcha. Esta idea a la cual muchas veces se vuelve, de que “la revolución está a la vuelta de la esquina”, no era un mero lema. Realmente – cuando uno lee estas obras de los dos principales dirigentes del comunismo y del socialismo uruguayo – percibe esa sensación de que, en la segunda mitad de los 60, América Latina está inscripta en un momento revolucionario y que – por lo tanto – la tarea de los revolucionarios se trata – básicamente – de interpretar correctamente el momento y definir una estrategia adecuada para que ese momento revolucionario pueda concretarse en una ruptura, con la toma del poder por parte de las fuerzas revolucionarias. Pero esa sensación de inmediatez del proceso revolucionario es otro de los elementos comunes que – con mucha fuerza – se encuentra en ambos libros.

 

En tercer lugar – en ambos casos – se destaca el análisis coincidente de cuál era la vía para la revolución en América Latina. Aquí nos enfrentamos al problema del “pecado del anacronismo”, pero no puede dejar de sorprendernos hoy la naturalidad con la cual se discutía – en ambos textos y, evidentemente, en ambas organizaciones y en el contexto mayor de la izquierda política uruguaya – la cuestión de la violencia, la irremediabilidad de que el proceso revolucionario transitaría en América Latina por la vía de la violencia y que – por lo tanto – las fuerzas revolucionarias tenían que estar preparadas para transitar inmediatamente, rápidamente, de una forma de lucha – de la forma pacífica de lucha - a otra forma de lucha – las formas violentas de lucha. Y la convicción que comparten Arismendi y Trías de que en América Latina no hay dudas de que la vía principal para la revolución, será violenta y que – por lo tanto – las fuerzas revolucionarias deben estar preparadas para practicar las formas violentas de lucha, aún cuando - es casi como una “nota al pie” – lo deseable es que no fuera así, que el tránsito revolucionario se realizara en forma pacífica y aún cuando - en algunos casos nacionales – es posible que se pueda transitar pacíficamente. Pero – de todas formas – aún en esos casos nacionales donde las condiciones políticas permitirían avanzar más que en otros casos por la vía pacífica, el imperialismo no lo permitiría. Esa idea de que de todas formas, aunque fuera deseable y hasta posible en algunos sistemas políticos – y están pensando claramente en Chile y en Uruguay – un tránsito pacífico, finalmente no sería posible hacerlo. Entonces la cuestión de la violencia como algo no deseable pero irremediable y como algo para lo cual hay que estar preparado, está presente en ambos textos en forma muy visible y muy explícita.

 

Por último, la coincidencia – a pesar de todas las discusiones que comunistas y socialistas dieron sobre esta cuestión – de que la revolución tendría en América Latina y en Uruguay – como un caso más de América Latina, que no presentaba demasiadas diferencias con otros contextos latinoamericanos – de que la revolución sería un proceso único pero tendría dos etapas: una “nacional” – aunque Arismendi prefiere hablar de una etapa “democrática y popular” y, hasta por ahí, desliza su incomodidad con el término “nacional” – y otra propiamente socialista. Pero que estas dos etapas debían ser vistas como parte de un mismo proceso en el cual – en definitiva – sólo se trataba de los momentos que tendría el tránsito al socialismo en Uruguay y en América Latina – en general – y que la clave, en definitiva, para que la revolución no se frustrara, era – justamente -asegurar que el comienzo, desde la fase 1, desde la fase que Trías prefiere llamar “nacional” y que Arismendi prefiere – explícitamente – llamar “democrática y popular” – desde el comienzo, la conducción del proceso, estuviera en manos de la vanguardia revolucionaria, de tal forma que el inicio en la fase 1 no condujera a una frustración del proceso sino que finalmente y efectivamente llevara – como parte de un mismo tránsito histórico – hacia la 2ª  fase, la fase propiamente socialista.

 

Por supuesto que – señaladas estas fuertes coincidencias que – repito –no esperaba encontrar en la magnitud en la que hoy las veo – uno inmediatamente debe señalar que – por un lado, efectivamente – hay matices y hay discusiones no explicitadas. Una de las cosas que anoto allí en las reflexiones finales de este texto en curso de escritura - que hice llegar a la organización de este evento - es que las discusiones están ahí implícitas rodeando la cuestión pero nunca hay una cita cruzada. Nunca Arismendi cita a Trías – aunque, evidentemente, está criticando constantemente algunas de sus posiciones en algunos de estos temas – ni nunca Trías cita a Arismendi. Son como contendores de un debate en el cual no se nombra al otro. Se citan posiciones, pero nunca a quienes sostienen esas posiciones. Tampoco realizaciones. Nunca hay menciones a cuales son las organizaciones que promueven las posiciones que se están criticando. Esto es algo que me intriga, porque sabemos – además – que en ese momento, el grado de confrontación entre comunistas y socialistas había llegado a un punto muy importante en la segunda mitad de los años 60. Y, sin embargo, esta forma de procesar debates en los cuales el otro no es nombrado y – ni siquiera – su organización es mencionada – sospecho que tiene mucho que ver con la forma en que los políticos y los intelectuales uruguayos de aquel momento, daban las discusiones. A mí no deja de sorprenderme y no quería dejar de señalarlo como una característica de la forma en que las discusiones se daban.

 

De todas maneras, aunque la discusión está explícita, la idea que yo quería dejar planteada es – a 40 años de la escritura y de la publicación de aquellos textos – no puedo dejar de decir que las diferencias no son tan graves como los protagonistas parecían concebirlo. Uno debería decir que el grado de crispación, el grado de radicalización de posiciones en el seno de la izquierda, tenía mucho más que ver con la competencia por espacios de poder en la sociedad y en el propio sistema político uruguayo, que por la distancia que en la teoría y en la lectura política del momento latinoamericano, de la forma en que debían darse los tránsitos revolucionarios en Uruguay y en América Latina, estos textos reflejan.

 

Para terminar: desde el punto de vista de cómo las ideas “marxistas” son utilizadas y movilizadas para interpretar una realidad política concreta como la latinoamericana de ese período, es muy notoria – sí –una diferencia entre ambos autores. Si bien los dos interpretan desde el “marxismo” y desde el “leninismo”, la modalidad de uso de la referencia teórica –en el caso de Arismendi - hay una vocación y una preocupación por referir cada análisis, cada idea, al pensamiento y a las formulaciones de Lenin, que no aparecen en el texto de Trías, donde hay un manejo mucho más libre de la teoría “marxista”, incluso por la incorporación de un repertorio de autores marxistas bastante más vasto que el que utiliza Arismendi, pero – sobre todo – por la forma en que la teoría, los textos de los clásicos, es referida. No hay esa preocupación de Arismendi por demostrar que cada cosa que se dice, puede ser apoyada en algún dicho, en algún texto, en algún giro del “maestro” revolucionario ruso. Hay en esto una relación entre teoría – o referencia teórica – y lectura de la realidad - donde ambos autores se manejan de manera distinta. Claramente, desde una interpretación más libre, menos apegada al texto citado – de parte de Trías y – en el caso de Arismendi – siempre una preocupación por demostrar que lo que se dice está apoyado en algún escrito o en algún discurso de Lenin, que siempre – además – fue extraído al texto, al libro del propio Arismendi, a partir de referencias que dejan muy clara esta preocupación: “el maestro” es un término que aparece frecuentemente, entre otros, “las enseñanzas”.

 

Y, finalmente, en el caso de Arismendi, esta preocupación por demostrar que cada cosa que se ha dicho se ha traído a partir de una referencia directa de Lenin, se combina – paradójicamente, sorprendentemente – con un reclamo constante de “creatividad”. Siempre – en el texto de Arismendi – está presente la idea de que los textos de los clásicos – Marx, Engels, Lenin – deben ser aplicados con creatividad y con ajustes a la realidad local. Lo cual no deja de ser paradójico, en la medida en que – al mismo tiempo – este llamado a la creatividad, a la originalidad, a alejarse del dogma, está acompañado de esa permanente preocupación por demostrar que cada palabra que se ha dicho puede ser apoyada por un texto o por un dicho de los clásicos. Incluso – para justificar esto de la creatividad – la creatividad no es justificada por sí misma, porque tenga méritos propios, sino que es referida a que Lenin ya había dicho, que se debe ser creativo en la aplicación de la teoría “marxista” a cada caso nacional. Y aquí se juntan ambas cosas que – en principio – parecen dos formas contradictorias de aproximarse al uso de la teoría a una realidad concreta: el reclamo de originalidad junto con la más rigurosa vocación por demostrar que todo lo que se dice está referido al clásico. Y ambas cosas se concilian, porque todo lo clásico hizo el reclamo de “originalidad” y acusó a todos aquellos que aplicaron dogmáticamente sus propias ideas.

 

[i] Rodney Arismendi: 1913 – 1989, fue Secretario General del Partido Comunista del Uruguay entre 1955 y 1987. Autor de numerosos libros entre los que se encuentra; “La filosofía del marxismo y el Sr. Haya de la Torre”, “Prontuario del dólar   latinoamericana”. Fue fundador y Director de la revista teórica ·Estudios· Electo diputado, durante siete legislaturas consecutivas.

 

Vivián Trías 1922 – 1980, Político e historiador. Secretario General del Partido Socialista en 1958 – 1963. autor de numerosos libro entre lo que se encuentran; "El imperialismo en el Río de la Plata", "Las montoneras y el Imperio Británico"   "Reforma agraria en el Uruguay" (1962), "Imperialismo y rosca bancaria en el Uruguay",  "Historia del imperialismo norteamericano". Fue diputado en varias oportunidades entre los años 1956 1971.

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