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“Torres
García”
Tanto mirar como pensar el
arte, no son tareas sencillas
por Juan
Fló*
El
Museo Nacional de Artes Visuales viene exhibiendo
una selección de obras de Joaquín Torres García y
un folleto
con texto del profesor Juan Fló.
Lo
que se lee a continuación es el texto, que según las
autoridades del MNAV y tal como se afirma desde el
folleto, es un fragmento del libro “Torres García”
de
J.
Fló, que editará el MNAV próximamente.

Hace ya algunas
décadas confesé que para mi generación, a la que
también pertenecieron los más jóvenes discípulos de
su taller, J. Torres García representó el museo
universal que no poseemos: su concepción del arte y
su interpretación de su historia nos hizo descubrir,
con o sin acuerdo con sus ideas, que tanto mirar
como pensar el arte no son tareas sencillas. Aunque
era muy fácil denunciar como contradictorias muchas
de sus afirmaciones, lo cierto es que el ejercicio
de comprenderlas en contrapunto con su obra nos hizo
descubrir que la compleja historia del arte
quedaba apresada en la pinza de esas
contradicciones, y que ellas revelan mejor que
un simple discurso lineal, o una retórica ingeniosa,
los diversos niveles en que las artes visuales
existieron y se desarrollaron a lo largo de, por lo
menos, treinta milenios.
Pero han pasado más
de setenta años desde que TG llegara a Montevideo, y
en e se lapso la transformación de las artes en las
últimas décadas y su radical ruptura con esa
historia milenaria, dejaron sin ese museo universal
ya no solamente a un pequeño país periférico sino
también a los centros mundiales, porque ya los
museos no pueden hablar como lo hacían cincuenta
años atrás.
Ahora solamente puede
aprender de los museos aquél que se pueda ganar ese
aprendizaje con una inteligencia crítica v una
sutileza sensible con la que resistir al poder de
las convenciones. Solamente aquellos irrespetuosos
que no se sometan a las convenciones vigentes
lograrán aprovechar los grandes museos del mundo
occidental. A la mayoría le pasará -aunque ahora
invertido como en un espeio- lo mismo que ocurría
hace poco más de un siglo, cuando con obtusa
disciplina, esas mayorías invocaban al museo mirado
desde ciertas convenciones, y se burlaban primero
del impresionismo y poco después de las vanguardias.
Si Torres representó
para nosotros el museo que no poseíamos, en la
actualidad, paradójicamente, son su obra y su
pensamiento los que necesitan un público que haya
aprendido realmente a mirar para ver. Sin ese
museo, que su enseñanza y su obra representó para
nosotros, la situación actual de las artes nos
obliga a invertir la tarea. Ahora es la obra de
Torres la que necesita el museo que no tenemos para
que forme a quienes contemplan su obra. Pero siempre
hay algunos que viendo su obra v leyendo su inmensa
obra escrita pueden volver a aprender lo que hace
unas décadas él enseñó. Y que no consiste por
cierto en repetir sus palabras.
Estas consideraciones
vienen al caso porque el propósito de esta
exhibición de cuadros de Torres García intenta
remediar en alguna medida, sin duda muy
insuficiente, la inmensa distancia que existe entre
la magnitud de la fama de Torres en nuestro medio y
el verdadero conocimiento y admiración auténtica por
su obra. En las épocas en las que, setenta años
atrás se lo discutía con pasión, era más viva su
presencia y era más educativa la polémica
sobre su obra, de lo que resulta hoy de la
glorificación automática de su valor medido por el
precio ascendente de sus cuadros en el mercado
mundial.
Para volver más
difícil la empresa de modificar esa presencia
puramente declarativa, nos encontramos con el
contexto de un arte contemporáneo que Torres no
conoció pero acerca del cual tuvo un claro presagio:
un arte propio de una sociedad que no lo reconoce
como tal sino como entretenimiento, diversión,
asociaciones subgetivas ingenio, feria. Y lo más
interesante es que al mismo tiempo que Torres
percibía que la sociedad industrial moderna no
podía sino trivializar el arte, reconocía
también las posibilidades de todas las experiencias
no pictóricas y -algo que muy pocas veces se ha
dicho- estimaba las aventuras de Duchamp y del
Dadaísmo. Y si comprendemos bien a Torres veremos
que ésta no es una de sus contradicciones
tantas veces denunciadas. Pero no cabe aquí discutir
el punto.
La primera condición
para acercar la obra de Torres a su nombre y
corregir de ese modo los estereotipos que la
acompañan, es tener acceso a una parte sustancial de
su pintura. Esta condición, que algo más de treinta
años atrás permitió realizar la exposición que
conmemoraba el centenario de su nacimiento con la
muestra de más de 150 obras, ya no es posible por la
emigración de gran parte de ella. Y por el incendio
del Museo de Río de Janeiro en el que se
carbonizaron, junto a un millar de obras del acervo
del Museo, las 71 obras de Torres (cuadros, pinturas
murales, maderas y juguetes), que eran el centro
alrededor del cual se había organizado una
exposición más amplia de pintura latinoamericana. De
la mayor parte de las obras perdidas no subsistieron
ni siquiera fotografías en color aunque puedo
recordar todavía algunas de ellas, porque las
conocía desde mucho tiempo atrás y tuve la suerte de
verlas unas horas antes del incendio. En particular
tengo presente un cuadro, propiedad del MNAV, en el
que el pintor había desertado de la medida áurea o
quizá la había escondido en un bosque de sucesivas
intersecciones ortogonales.
El cuadro también era
extraño en la obra Torres por su uso del color
-acerca del que sólo puedo invocar mi memoria porque
de él quedó apenas una fotografía en blanco y
negro-, un uso del color que parecía mostrar, junto
con la prescindencia real o aparente de la regla de
oro, la voluntad de realizar un ejercicio que el
maestro se impuso algunas veces: ser infractor a
su propia ley y obtener, sin miedo de que eso lo
debilitara, un cuadro magnífico.
Evoco ese recuerdo
doloroso porque comprendí entonces que no solamente
habían desaparecido en el incendio un conjunto
numeroso de obras, de las más notables de TG, sino
que nuestro país, que hasta ese momento era el lugar
por excelencia para conocer la obra del maestro,
había perdido, en gran medida, ese privilegio, y que
seguramente nunca más podría repetirse en Montevideo
una exposición como la de 1974.
Sumada a la
emigración incesante de las pinturas de TG, el
incendio había hecho desaparecer diecisiete obras
que pertenecía al NNAV. Es así que se dio la
inadmisible incongruencia de que el artista nacional
que, (a pesar de los malentendidos en los que ha
incurrido la crítica -de acá, de allá y de acullá)
tres o cuatro décadas después de su muerte había
logrado conquistar su legítimo lugar como un artista
importante entre los maestros de la modernidad, no
era ya fácil, y quizá ni siquiera posible, conocerlo
de manera suficiente visitando Montevideo o viviendo
aquí.
Por eso creo que es
necesario utilizar los recursos del MNAV para
superar en el grado de lo posible las limitaciones
mencionadas, recursos que aunque hayan menguado,
tienen una virtud: dentro de su escasez algunas de
las obras son representativos de diversos momentos
de su obra y muy adecuados para sustentar en ellos
una exposición que tenga algún valor didáctico.
Es posible, pero no
probable, que el contacto desprevenido con su obra
alcance para estimarla y que no requiera además
comprender de qué manera esas calidades provienen de
un talento básico y a la vez de búsquedas
empecinadas guiadas por la reflexión también
empecinada que el pintor inició a comienzos del
siglo pasado. Es esa reflexión obsesiva suscitada
por la situación del arte la que da lugar a su
actitud bivalente respecto del arte de la primera
mitad del siglo y que lo llevan a sus aprehensiones
-proféticas- sobre el futuro del mismo.
Es de la originalidad
de esa concepción, -que sin riesgo podemos llamar
solitaria- de la que proviene, en gran medida,
la originalidad de su obra. No debemos olvidar que
una obra de arte no se agota por cierto en los
efectos subjetivos innumerables y diversos que puede
producir en el espectador desprevenido, sino que
ella es también, y sobre todo, el lugar en el que
se suman los sentidos que provienen del contexto de
su producción y del modo como ellos se
entretejen con los que aportan los diversos
contextos de su recepción a lo largo del tiempo. No
hay un arte de efecto inmediato como el disfrute de
un sabor.
El caso de Torres es
en ese sentido paradigmático: como ningún otro
artista del siglo XX alimentó su obra de una
reflexión permanente y polémica y la calidad de la
misma es no sólo producto de su talento de artista
sino del esfuerzo por comprender qué cosa es el
arte en un momento de viraje radical del mismo.
De allí también esa compleja relación de admiración
y denuncia que mantuvo, primero con la pintura en su
conjunto desde el Renacimiento, y más adelante con
el arte moderno.
* Juan Fló:
Filósofo y profesor (Estética) grado 5, en la
Facultad de Humanidades de Uruguay.
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