La derecha se
quedó sin líder
por Raúl Legnani

La historia contemporánea del Partido Nacional, la del último año, muestra que todo comenzó con la idea de que el doctor Luis Alberto Lacalle no debía presentarse a las elecciones internas de su colectividad política.

 

La inquietud no surgió de filas del conglomerado de Jorge Larrañaga, sino del propio Herrerismo, uno de los sectores más sólidos del sistema político. Trascendió, en su momento, que el senador Luis Alberto Heber se reunió con Lacalle y le mostró encuestas que recomendaban su retiro. Pocos días después, el ex presidente de la República anunció que en "las actuales circunstancias" no se iba a postular. Muy pocos analistas aceptaron como una renuncia definitiva esa afirmación, pero las circunstancias podían cambiar. Y así fue, a pesar de que las encuestas le daban mal, Lacalle siguió trabajando, tejió alianzas y un día se cruzó con el senador Francisco Gallinal y creó un nuevo agrupamiento, la UNA. Fue así que, desde del Herrerismo, se dejó de hablar. En ese momento, casi por arte de magia, "las actuales circunstancias" pasaron a ser otras y los herreristas terminaron todos aceptando al gran timonel. Lacalle volvía, con sus tradicionales energías, a postularse a la Presidencia de la República en la interna de los blancos.

 

La jugada fue completa. Lacalle ganó en las elecciones internas, no solo porque tuvo más votos que Larrañaga, sino porque además, demostró que seguía siendo un político de estirpe. Larrañaga quedó herido casi de muerte, quedando la sensación, en la opinión pública, que no le daba el cuero para ganarle a Lacalle, un ex presidente acusado por la sociedad de no haber actuado con transparencia y apegado a la ética durante su gobierno.

 

La izquierda, que prefería a Lacalle como adversario y no a Larrañaga ­un muchacho del interior con sensibilidad wilsonista­ también tuvo en cuenta, que iba a tener un gran adversario, luchador incansable, fiero polemista, lo que daba un panorama complejo.

 

Con el poco andar, Lacalle comenzó a cometer errores, a desdibujarse y a caer abruptamente en las encuestas. Hoy es el candidato que más votos ha perdido desde las elecciones internas, al grado que dentro del Frente Amplio se dice, en tono de broma, que pediría adelantar las elecciones para no seguir perdiendo votos.

 

Desde el bloque de la derecha, con una visión extrapartidaria, aparece Pedro Bordaberry que gana lentamente espacios en las encuestas, aunque no hay ningún indicador que nos permita decir que vaya a alcanzar el 13%, por más que Hugo de León con una visión futbolista de la sociedad, anuncie que los colorados riveristas, pachequistas y conservadores, terminen siendo actores de una segunda vuelta o balotage.

 

Estamos, entonces, ante una derecha sin liderazgos claros, lo que es muy peligroso para la democracia, en tanto un segundo gobierno del Frente Amplio no tendría interlocutores claros, con capacidad de convocatoria.

 

Por eso al país se le hace imprescindible que la izquierda gane en primera vuelta, para tener la mayoría parlamentaria, donde la suerte del Uruguay no quede en manos del oportunismo del Partido Independiente (PI) y Asamblea Popular (AP), que solo trabajan para sus propios intereses corporativos, aunque algunos se digan socialdemócratas, caso PI, y otros la izquierda auténtica ­la más buena y la más pura­, caso AP.

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