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¿Los EEUU
están acabados?
por Jorge
Majfud
(Lincoln University)
En
1970 la huelga de los obreros de la General Motors
redujo el PIB de Estados Unidos en un 4 por ciento y
se calcula que fue la razón del pobre 2 por ciento
de crecimiento que experimentó el país en los años
siguientes.
Hoy la decadencia de
todas las industrias automotrices de Estados Unidos
apenas incide en un punto porcentual. Casi la
totalidad del PIB radica en servicios, en el sector
terciario. De este sector, la producción intelectual
derivada de la educación es creciente. Sin mencionar
que hoy casi nada se produce sin la intervención
directa de los inventos informáticos más recientes
derivados de la academia, desde la producción
agrícola en los países exportadores hasta la
industria pesada, mayoritariamente establecida en
países llamados emergentes o en vías de desarrollo.
Durante gran parte
del siglo XX ciudades como Pittsburg, Pensilvania,
florecieron como centros industriales. Ricas y
sucias, este tipo de urbes fue una herencia de la
revolución industrial. Hoy es una ciudad limpia que
vive y es reconocida por sus universidades.
En el último año, el
llamado “research corridor” de Michigan (consorcio
que forman la University of Michigan y la Michigan
State University) aportó 14 billones de dólares al
estado solo de los beneficios directos generados por
sus inventos, patentes e investigaciones. Estos
beneficios han crecido el último año y aun más en
proporción en un estado que fue la casa de las
grandes automotoras del siglo XX y que hoy se
encuentran en decadencia.
Es decir, una parte
de los beneficios directos derivados de la
producción de “capital intelectual” de una
universidad en el puesto 27 y otra en el 71 del
ranking nacional de Estados Unidos, en un año suman
el mismo capital monetario que todo lo producido por
un país como Honduras. Este factor de producción
intelectual explica, en gran parte, por qué sólo la
economía de la ciudad de Nueva York y su área
metropolitana equivale a toda la economía de India
(en términos nominales internacionales, no de compra
interior), de un país de más de mil millones de
habitantes y con un gran crecimiento económico
debido a su producción industrial.
Hoy en día el 90 por
ciento del PIB de Estados Unidos deriva de bienes
“no-manufacturados”. El valor monetario de su
Capital Intelectual es de 5 trillones de dólares
—casi el 40 por ciento del PIB total— lo que
equivale por sí solo a todos los rubros juntos de la
dinámica economía de China.
Si el imperio
americano, como todos los imperios habidos y por
haber, de formas directa o indirectas ha pirateado
las materias primas de otros países, no es menos
cierto que durante mucho tiempo y sobre todo hoy en
día los países emergentes y por emerger piratean
gran parte de los derechos de autor de inventos
norteamericanos. Por no mencionar que solo la
falsificación de marcas norteamericanas le resta a
los productos originales 200 billones de dólares
anuales, lo que supera por lejos el PIB total de
países como Chile.
Si observamos esta
realidad, podemos predecir que el mayor riesgo de
los países emergentes es dejar descansar su actual
desarrollo en la exportación de materias primas; el
segundo, confiarse en la prosperidad industrial. Si
los países emergentes no se ocupan de invertir con
fuerza en la producción intelectual, confirmarán,
quizás en una década o dos, la división de trabajo
internacional que sostuvo las grandes diferencias
económicas durante los siglos XIX y XX.
Ahora está de moda
proclamar en los medios de todo el mundo que Estados
Unidos está acabado, quebrado, a tres pasos de la
desintegración en cuatro países, a dos pasos de la
ruina final. Me da la impresión que la metodología
de análisis no es del todo precisa porque, como
criticaba el mismo Ernesto Che Guevara a quienes
elogiaban la efectividad de la producción industrial
socialista sobre la capitalista, se confunde deseo
con realidad. El mismo Guevara se quejaba que esta
pasión impedía una crítica objetiva o impedía ver
que su objetivo no era simplemente la mayor
producción de cosas.
Cuando se hacen
pronósticos sobre el año 2025 o 2050 en gran medida
se proyecta el presente sobre el futuro subestimando
las innovaciones radicales que hasta un status quo
prolongado puede producir. A principios de los años
’70 los analistas y presidentes como el mismo
Richard Nixon estaban convencidos que el surgimiento
y el éxito final de la Unión Soviética sobre Estados
Unidos era inevitable. Los ‘70 fueron años de
recensión y derrotas políticas y militares para el
imperio americano.
Creo que desde fines
del siglo pasado todos estamos de acuerdo en que
este será un siglo de mayores equilibrios
internacionales. No necesariamente más estable; tal
vez lo contrario. Será un bien para el pueblo
norteamericano y sobre todo para la humanidad que
este país deje de ser la potencia arrogante que ha
sido durante gran parte de su historia. Tiene muchos
otros meritos a los cuales dedicarse, como también
lo muestra la historia: un pueblo de inventores
profesionales y amateurs, de premios Nobel, un
excelente sistema de universidades y una clase de
intelectuales que ha abierto caminos en las más
diversas disciplinas, desde las humanidades hasta
las ciencias.
El dramático
crecimiento del desempleo en Estados Unidos es su
mejor oportunidad para acelerar esta reconversión.
En todos los rankings internacionales las
universidades norteamericanas ocupan la mayoría de
los primeros cincuenta puestos. Este monopolio no
puede ser eterno, pero es allí donde radica su
principal capital.
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