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La sujeción de
los cuerpos dóciles.
Uruguay: Medicación abusiva con
reguladores del carácter,
en la niñez de contexto crítico
Mag. T.S. María Noel Míguez
Docente Departamento de Trabajo Social
mnmiguez@fcs.edu.uy
Este
estudio sobre “Medicación
abusiva con
reguladores
del carácter, en la niñez de contexto crítico”
fue presentado por su autor, Mag. T.S María Noel
Domínguez, en las VIII Jornadas de Investigación de
la Facultad de Ciencias Sociales, UdelaR, 8 y 9 de
setiembre de 2009.
“Médicos …medican a diestra y
siniestra, sin ver, escuchar y ponerse en contacto
con el cuerpo que tienen frente, aunque no tenga más
que cuatro, cinco o seis años de edad (o justamente
por eso). Valkote, Risperidona, Ritalina, etc., son
repartidos en las farmacias de estos centros de
salud como caramelos de distintos colores, a una
niñez que abre la boca sin posibilidades de quejas.”
En el Uruguay de hoy, la niñez de contexto crítico
está siendo medicada de forma abusiva con
reguladores del carácter, lo cual se considera
remite a procesos de constreñimiento de estos
cuerpos dóciles. Cuerpos pequeños que hacen al mundo
de la niñez, y que si intentan expresar diferencias
en las formas de ser, pensar y sentir, son
disciplinados desde el mundo adulto de la manera más
vulgar: se los empastilla. Esos cuerpos, las más de
las veces plenos de energía y rebosantes de
exaltación, quedan tirados sobre una butaca en el
aula, inamovibles y desconectados de cualquier
sensación.
Pero ya no molestan.
Introducción
Tímidamente desde fines de los
años 90, pero cada vez con más ímpetu post crisis
del 2002, nuestro Uruguay “moderno y disciplinado”,
encontró una nueva forma de aquietar la diversidad,
en este caso concreto, las conductas infantiles. Los
procesos de
medicalización que
sistemáticamente han hecho a nuestra historia
individual y colectiva desde comienzos del siglo XX,
proceso entendido como “necesario” para salir de la
barbarie y dar paso al “Uruguay civilizado” (Barrán,
2003), encuentran hoy día una nueva manifestación
concreta: medicar con reguladores del carácter a la
niñez de contexto crítico, aquella que por causas
coyunturales (que parecerían no venir al caso),
rompe con este proceso civilizatorio hegemónico, de
pautas, valores y formas de ser, estar y hasta
sentir en una sociedad que se precia de moderna.
Así se comprende lo que sería
un proceso que contiene y expande cada una de las
individualidades; y un Estado mediado y mediador por
lo que en su tiempo y espacio le atraviesa como
característico, que encarna lo que podrían
entenderse como “deseos del conjunto de la sociedad”
a través de políticas públicas y concreciones
reguladoras de las más diversas. En este caso
concreto, la deferencia está mediada entre lo
“normal” y “anormal”, jugando una dicotomía que se
entrecuza y que funciona como línea demarcatoria
para conformar un imaginario de cuerpos incluidos
desde un “nosotros”, y opuesta y
complementariamente, cuerpos excluidos en su
alteridad. Este proceso no restrictivo sólo a las
corporalidades (pero que enfáticamente las
constriñe), permea y es permeado por promesas
emancipatorias que llevan a la dominación de unos
sobre otros, en un entramado dialéctico que no
asegura que el estar hoy aquí evita que mañana se
esté allá. Así se van regulando las sensaciones, las
percepciones, las formas de ser y estar en nuestra
sociedad, donde se ha venido expandiendo este
proceso disciplinador.
El rol de las instituciones
estatales fundamentales para tal proceso de
disciplinamiento dan cuenta en sus acciones de cómo
atraviesan la vida cotidiana de las familias,
quedando éstas últimas relegadas las más de las
veces a un “saber/poder” que las trasciende. Se ha
tornado una práctica por demás naturalizada dar el
pase sistemático desde las escuelas públicas de
“Contexto Socio-Cultural Crítico” de los niños y
niñas con “problemas de conducta” a las policlínicas
zonales u hospitales para que tal problemática sea
resuelta, a cambio de que “si no entran medicados,
no entran”. Y nuestro Ministerio de Salud Pública,
promotor funcional del sistema disciplinador, hace
lo que sabe y lo que históricamente ha hecho: medica
y legitima la medicación como único medio
civilizatorio, en este caso con reguladores del
carácter de esta niñez vulnerabilizada.
El análisis que concretamente
se pretende realizar en la presente ponencia se
orienta en una de las maneras en que esta ingerencia
medicalizadora hace visible la sujeción de esta
niñez: a través de sus cuerpos. Es así que se
comparte la definición de cuerpo brindada por
Scribano, al plantear que: “…es el límite natural
y naturalizado de la disponibilidad social de los
sujetos; es el punto de partida y llegada de todo
intercambio o encuentro entre los seres humanos.
(…). El cuerpo es parte nodal de cualquier política
de identidad y es el centro de la reproducción de
las sociedades.” (2005: 98) La posibilidad de
pensarlos como cuerpos ontológicos, con la
perspectiva de inclusión del “otro” como cuerpo en
la alteridad, permite ampliar la individualidad del
cuerpo como uno, en tanto “nosotros” en una relación
de pensar a “otro” en su condición también de
individualidad del cuerpo, sin el cual la concreción
de cada sujeto no tendría retorno.
En principio, se pretende
lograr descifrar la conjunción de dominación en
relación a estos cuerpos cargados de sensaciones y,
en su devenir, cómo son comprendidos, desmenuzando
su integralidad en una dialéctica entre cuerpo
social, cuerpo individuo y cuerpo subjetivo
Así, la lógica de delimitación
analítica se plantea desde la propuesta metodológica
signada por Lourau (2001) entorno a la
descomposición dialéctica del universal2 ,
particular3 y singular4 , como forma de
acercamiento a la esencia del objeto.
Se enmarca al cuerpo social
dentro del universal, al cuerpo individuo
en el particular y al cuerpo
subjetivo en el singular, rescatando las
definiciones que para cada uno de éstos plantea
Scribano, a saber:
“Un cuerpo individuo que hace
referencia a la lógica filogenética, a la
articulación entre lo orgánico y el medio ambiente;
un cuerpo subjetivo que se configura por la
autorreflexión, en el sentido del “yo” como un
centro de gravedad por el que se tejen y pasan
múltiples subjetividades y, finalmente, un cuerpo
social que es (en principio) lo social hecho
cuerpo.”(2007: 122)
Así como la descomposición en
universal, particular y singular hacen a procesos
del pensamiento para una lógica de exposición
comprensible ante una totalidad obviamente
inabarcable en su esencia, de la misma manera, la
deconstrucción de estos cuerpos en social, individuo
y subjetivo remiten al mismo proceso analítico y al
supuesto que hacen al todo y por ende devienen en un
proceso de entrecruzamiento constante.
El cuerpo social enmarcado
en las sociedades occidentales modernas.
La constitución de la razón
moderna encuentra su razón de ser a partir de una
complicada relación de continuidad y ruptura con las
tradiciones culturales de Occidente. En este
contexto, comienza a socavar en el imaginario, y en
su concreción a través de la ciencia, una nueva
racionalidad, instrumental en tanto racionalización
de la explotación de la naturaleza en su efectividad
y procesualidad; esto es, la explotación al máximo
de la naturaleza para garantizar la supresión de la
carencia material, siendo ésta objeto de
manipulación.
El punto en cuestión, y una de
las promesas que se consideran incumplidas de esta
razón moderna, es que no sólo no se suprimió la
carencia material, sino que la emancipación
prometida culminó en su contradicción, en tanto la
instrumentalidad de la razón devino un boomerang en
las concreciones de los sujetos, generalizándose no
sólo la explotación de la naturaleza, sino la
sujeción de los sujetos sobre los sujetos mismos.
Esta razón ilustrada (instrumental y emancipadora)
recoge y redimensiona la instrumentalidad en tanto
no es posible concebir la sociedad compleja sin
instrumentos manipulatorios.
En este marco, se analizan los
cuerpos en su ontología, permitiendo ubicarlos
como productores y productos (Sartre, 2000) de
la historia misma, de cada uno de los sujetos en su
individualidad, y también como historia colectiva,
que contiene pasado, presente y futuro. Se comprende
esta abstracción en tanto cuerpo social enmarcado en
un proceso que contiene y expande cada una de las
individualidades;
cuerpo social que
ontológicamente es mediado y mediador de lo que en
su tiempo y espacio le atraviesa como
característico. Y en este punto es que se considera
encuentra apoyo la idea de cuerpo social mediado por
una razón instrumental propia de las sociedades
occidentales modernas, donde lo “normal” y “anormal”
juegan una dicotomía que se entrecuza, y que
funciona como línea demarcatoria para conformar un
imaginario de cuerpos incluidos desde un “nosotros”,
y opuesta y complementariamente, cuerpos excluidos
en su alteridad. Este proceso no restrictivo sólo a
las corporalidades (pero que enfáticamente las
constriñe), permea y es permeado por promesas
emancipatorias que llevan a la dominación de unos
sobre otros; a que unos soporten mecanismos de
sujeción mediante dispositivos de dominación
ejercidos por otros, en un entramado dialéctico que
no asegura que el estar hoy aquí evita que mañana se
esté allá.
Devenido en un corpus concreto
con reales posibilidades de conflicto social, este
cuerpo social es mediado por los procesos de
racionalidad instrumental mencionada. Así se
comprenden los mecanismos de soportabilidad social,
en tanto conjunto de prácticas tendientes a evitar
el conflicto. (Scribano, 2007) Sólo así se pueden
entender estos procesos, estos sometimientos, estas
ausencias corpóreas en el sentir cuando se es parte
de la alteridad excluida. Reivindicaciones que si
quisieran llevarse adelante ponen en funcionamiento
el engranaje de esta gran máquina, y estos cuerpos
con posibilidades presentes o futuras de
levantamiento, se tornan dóciles por su sujeción.
En el camino transcurrido
desde el Siglo XVIII, estos procesos han sido
contenidos de diversas formas, resultando siempre
victorioso un capitalismo que se va metamorfoseando,
que intimida y se introyecta cada vez más en el
cuerpo social. Plasmado su juego, no habría más que
rendirse ante sus encantos; porque eso pareciera que
sucediera. La majestuosidad de hacer creer que el
disfrute de unos pocos es la realización de la
fantasía del disfrute de todos. Fantasía tal que ni
siquiera hace cuestionar a quien queda “del otro
lado” que lo que siente, vive, le moviliza, está
sujetando su condición de sujeto
emancipado.
Este cuerpo social, permeado en
su cotidianeidad por una gran máquina depredatoria
de energía, continua su marcha siendo regulado y
regulando las sensaciones, las percepciones, las
formas de ser y estar en las sociedades donde se ha
venido expandiendo, a veces sigilosamente, otras con
una furia tal que pareciera estremecer hasta a sus
propios ejecutores terminales.
Las sensaciones en genérico
avaladas de ese cuerpo social, no son más que las de
unos pocos. Y en este contexto pareciera tener un
futuro bastante oscuro. Ese cuerpo social camina
hacia un gran precipicio, con el sigilo y el cuidado
ante lo desconocido, con la inseguridad provocada
por la venda en los ojos, pero con la fantasía a
flor de piel de una emancipación que ya llega… que
ya llega…
El cuerpo individuo
transversalizado por los procesos de medicalización.
Lejos se está de pensar en una
conspiración de unos contra otros, con roles pre-establecidos
y con concreciones eternas. Se trata de un cuerpo
social mediado por múltiples determinaciones, en un
interjuego de acciones y no acciones, de sensaciones
y percepciones, de expresiones y dichos.
Un cuerpo social que encuentra
su concreción en la corporalidad misma, mediado por
los condicionamientos conllevados por la razón
instrumental que conforman los procesos de
disciplinamiento propios de las sociedades
occidentales modernas. Se concretiza, entonces, un
cuerpo individuo, que para el presente trabajo
configura la medicación en la niñez de contexto
crítico. Un cuerpo individuo tranversalizado por la
sujeción de las sensaciones y expresiones a través
de reguladores del carácter.
Un cuerpo individuo
configurado y configurando una niñez abatida por los
efectos químicos, por pastillas que determinan lo
qué sentir, cómo expresarse, qué hacer y no hacer.
Así se va construyendo, y paralelamente
resquebrajando, un cuerpo individuo visualizado
como cuerpo recipiente, como receptáculo que trae
consigo los trazos de la historia personal, y
también de la historia colectiva. Una historia
puesta en ese cuerpo individuo, que le carga de
contenidos y formas, propios del tiempo y espacio en
el que se halle. Pero siempre teniendo presente, tal
como dice Sartre, que: “La casualidad no existe,
o por lo menos, no existe como se cree: el niño se
convierte en tal o cual porque ha vivido lo
universal como particular. (...). La infancia es la
que forma los prejuicios insuperables, la que en la
violencia del adiestramiento y el extravío del
animal adiestrado hace que se sienta la pertenencia
a un medio como un acontecimiento singular.”
(Sartre, 2000: 54)
Ese adiestramiento,
visualizado como disciplinamiento en las sociedades
capitalistas, se introyecta directamente en las
sensibilidades, naturalizándose de esta manera lo
que se debe sentir, pensar, actuar. El deber ser
derrota sin tregua al ser. El ser, sustancializado
en cuerpo individuo, debe ser neutralizado. Y qué
mejor que hacerlo desde la infancia, cuestión que no
existan dudas de qué camino tomar a futuro. “Niño
violento”, “niña indisciplinada”… Un sinfín de
atributos para esta niñez que parece descarriada;
que precisa un adiestramiento con una forma de
disciplinamiento más eficaz que la utilizada en los
últimos tiempos. Una niñez que desde las
instituciones que históricamente han sido la mano
ejecutora y organizadora de la razón instrumental
interpelan las acciones y atributos de éstas.
Médicos y maestros embanderando un disciplinamiento
cada vez más arriesgado y nocivo Médicos y maestros
embanderando un disciplinamiento cada vez más
arriesgado y nocivo, cada vez más depredador de
cuerpos y almas, cada vez más (des) legitimado.
A través de formas de ser y de
actuar de estos cuerpos individuo de la niñez, desde
estas instituciones del mundo adulto diagnostican un
presente difícil y auguran un futuro oscuro, sin
posibilidades de incluirse en un “nosotros
normalizado”, configurándose pareciera que
automáticamente como una alteridad excluida. Estos
cuerpos, que ya se perciben como improductivos para
el sistema capitalista del mañana, mejor dejar
estancados desde el hoy. Y todo sea por el derecho a
reivindicar de quienes comparten sus espacios en
aula (y que sí serán productivos); porque quienes no
molestan qué culpa tienen de compartir sus horas con
cuerpos en continuo movimiento (más no sea que esta
molestia sea percibida fundamentalmente por el mundo
adulto y transmitida, por ende, al mundo infantil).
Un cuerpo individuo,
concretizado a los fines del presente en la niñez de
contexto crítico que necesita ser adiestrada. Estar
sentado en un pupitre en aula, siguiendo las pautas
y estandarizaciones de la normalidad moderna, donde
el cielo es celeste y el sol amarillo, y cuidado con
cuestionar cualquier precepto. Sentarse derecho y
mirando al frente. ¿Cómo lograrlo si su
cotidianeidad es atravesada por otras realidades? La
niñez de contexto crítico tiende a pasar gran parte
de sus horas en la calle, jugando y/o trabajando;
exacerbando su ser en las más de las veces sin
sujeción disciplinar. ¿Cómo pretender que quede
neutralizado como estatua, incorporando
conocimientos a veces tan abstractos, y además sin
moverse? La institución educativa tiene esa misión.
Y hoy día, por diversas razones, pareciera que ya no
interesara comprender esencias más allá de las
apariencias. Entonces, se juzgan los fenómenos,
cuerpo individuo actuando, y algo hay que hacer con
todo esto.
Como Coordinadora del Grupo de
Estudios sobre Discapacidad (GEDIS) del Departamento
de Trabajo Social de la Facultad de Ciencias
Sociales (UdelaR), se llevó adelante una
investigación titulada “Los hijos de Rita Lina”, la
cual da cuenta claramente de lo planteado, a través
del discurso de los propios adultos interpelados, a
saber:
“En relación a la combinación
situación social y medicación nosotros no podemos
solucionar los problemas de pobreza, la situación
familiar, etc. La medicación por lo menos los deja
menos ansiosos...” (Entrevista a Directora)
“Los factores que inciden son
la desintegración familiar, la escala de valores
totalmente diferente a la escala de valores estándar
que nosotros siempre estudiamos y vivimos como lo
normal. (…). Son niños que siempre están saltando
por encima de las reglas, que muchas veces provocan
un desajuste grupal porque es imposible que el grupo
funcione normalmente si hay integrantes que no
aceptan la regla mínima de funcionamiento. Entonces
otra de las características es esa, el salirse de la
norma, de lo que uno espera en cuanto a conducta...”
(Entrevista a
Maestra Comunitaria)
“Realmente lo que se ve son
resultados bárbaros. La medicación tranquiliza al
niño, puede permanecer sentado, trabajar, rinde
mucho más, que eso es lo que a nosotras nos
interesa.”
(Entrevista a Directora)
“Estos padres no los quieren
medicar y se enojan y hay que hacer todo un trabajo
con el tema de la medicación. Pero los padres que se
lo han tomado responsablemente ha funcionado,
incluso no se lo dan los fines de semana, se lo dan
sólo para ir a la escuela.”
(Entrevista a integrante de Equipo Técnico)
“La ritalina no crea hábito y
tiene gran efectividad como normalizador sobre la
conducta y los efectos colaterales son poco
importantes: el más común es la disminución del
apetito, que se “normaliza” en un mes."
(Entrevista a Psiquiatra Infantil)
Magros sueldos, muchas horas de
trabajo con aulas masificadas. Imposible
contemplar la individualidad de cada niño y niña.
Así, sin mayores aspavientos, se procede a derivar,
como se ha dicho, reivindicando el derecho de los
otros. En el Uruguay de hoy día, esa derivación
llega directamente a los médicos pediatras de
las policlínicas periféricas que, en las mismas
condiciones que las maestras (magros sueldos,
interminables jornadas laborales y masificación)
medican a diestra y siniestra, sin ver, escuchar y
ponerse en contacto con el cuerpo que tienen frente,
aunque no tenga más que cuatro, cinco o seis años de
edad (o justamente por eso). Valkote, Risperidona,
Ritalina, etc., son repartidos en las farmacias de
estos centros de salud como caramelos de distintos
colores, a una niñez que abre la boca sin
posibilidades de quejas.
Retomando nuevamente fragmentos
de la investigación predicha, se escucha la voz de
los directamente implicados y de sus familias, a
saber:
“Mirá, yo a él como madre lo
veo como un niño bandido, vivo, muy inteligente, lo
veo… yo lo veo normal, yo lo veía normal que él
reaccione así, lo veía normal para mi, pero se ve
que en las escuelas no es normal.”
(Entrevista a madre de niño medicado)
“E: ¿A vos te dijeron por que
te medicaban?
N: Porque no acepto ninguna
norma.” (Entrevista
a adolescente de 12 años medicado)
“Yo tomo unas pastillas,
valcote, risperidona y ritalina todos los días,
aunque a veces me olvido. Empecé a los seis años,
después la dejé y después empezaron los problemas
porque vino mi padre de nuevo, apareció y empezaron
mis problemas y a los diez empecé de nuevo con
valcote y risperidona y este año me agregaron
ritalina... Yo quiero controlarme pero no puedo, no
puedo, trato pero no puedo... A veces me puedo
controlar un poco más...
La directora me puso una penitencia, era irme a mi
casa más temprano, así que todos los días me voy a
mediodía...” (Entrevista a niño de 11 años medicado)
“...ahora estoy sin
medicamentos, porque se me terminó la pastilla y
justo en el hospital no había, (por eso) está ahora
un poco suspendido de la escuela y un poco
suspendido del Caif, por comportamiento.”
(Entrevista a madre de niño medicado)
Así, la producción y
reproducción de la vida cotidiana, enmarcada en un
proyecto (individual y colectivo), es signada por el
disciplinamiento a través de la medicación con
reguladores del carácter. Se naturaliza un
dispositivo arbitrario para mantener un engranaje
restrictivo y la eterna promesa emancipadora. Pero,
¿qué emancipación se promete a una niñez de contexto
crítico medicada? ¿Se puede prometer, o sólo se
espera que no se subleve en el corto o mediano
plazo? Si además de la medicación, se logra que se
sienta en un “nosotros” de fantasía, creyendo
disfrutar mediante el consumo de superfluos bienes
materiales de un capitalismo corrosivo, pareciera
que el dispositivo funciona, y a todo trapo.
De “Los hijos de Rita Lina” se
desprende también el discurso antagónico desde el
saber médico ante esta medicación abusiva, el cual
resulta alarmante en tanto datos que plantea y
porque no está siendo rescatado como verdad
científica sino como oposición a la “solución
mágica”, a saber:
“Hay que tomar precaución,
porque crean adicción y hay niños que son muy
demandantes, por lo que hay que controlarlos. Hay
casos que si no se siguen de cerca pueden ser
peligrosos a la larga. Es que sin un tratamiento
adecuado los resultados nunca pueden ser los
deseados. Por ejemplo algunas de ellas pueden crear
nerviosismo, euforia, insomnolencia, psicosis con
tendencia al autismo, anorexia, nauseas, cefaleas,
vértigos, mareos y taquicardia. Pero es raro que se
produzcan todos ellos, quizás algunos sí, pero son
los mínimos”.
(Entrevista a Psiquiatra Infantil MSP)
“Si te das cuenta que un niño
está medicado, es porque está mal medicado y es un
gurí que anda mal, pero mal por él y mal por el
Médico que lo está medicando que lo está planchando”.
(Entrevista a Psiquiatra Infantil MSP)
¿El futuro? No, no importa, al
menos hoy día. Posiblemente serán cuerpos que
necesiten del consumo de psicofármacos, o drogas
cada vez más fuertes, para seguir andando; ya
difícilmente siendo. Quien sabe. Pero ese será tema
para dentro de unos años. No hay concreción más
infalible que la de hacerle creer a este cuerpo
individuo sujetado, que su accionar es improcedente,
que necesita corrección, y que ésta llega a través
de la medicación. Se naturaliza así, no sólo lo que
se debe sentir, pensar y ser; sino que quien
manipula los mecanismos de regulación de estas
directrices son sujetos concretos, ambos de túnica
blanca: médicos y maestros.
El cuerpo subjetivo etiquetado
por la conducta
Se está ante un cuerpo
subjetivo etiquetado por la conducta; un cuerpo
subjetivo que se autopercibe y es percibido en su
diferencia, que produce y reproduce sus procesos
identitarios a partir de la medicación con
reguladores del carácter. ¿Qué mejor que cercenar
cualquier posibilidad desde la niñez, cuando aún las
sensaciones y expresiones están más expuestas hacia
el afuera y, por ende, son más factibles de
controlar desde el mundo adulto? Se produce un
cuerpo subjetivo que en su singularidad termina
respondiendo, por las buenas o por las malas, a las
formas de sentir y expresarse según lo estipulado.
Este cuerpo subjetivo resulta una proyección
concretizada de hasta donde llegan las sociedades
capitalistas para mantener el orden imperante y
evitar conflictos, más no sea a futuro. Se
reconocen, pues, no sólo mecanismos de
soportabilidad social, sino también dispositivos de
regulación de las sensaciones.
Este cuerpo subjetivo
atravesado por mecanismos de soportabilidad
social, en su concreción más específica está
siendo regulado en su conducta mediante
psicofármacos. Se traduce en este cuerpo una
práctica puntual para evitar algún conflicto social,
generándose lo que Luna y Scribano (2007, 25)
plantean en tanto que “la vida social “se hace”
como un-siempre-así”, como viniendo del “olvido
o distracción”, naturalizándose las “faltas de
mediaciones que impiden la aparición del todo”. Así,
“el mundo social deviene un
“así-y-no-de-otra-manera” que oculta mostrando y
muestra ocultando”.
Y en todo caso, las
responsabilidades se singularizan en cada sujeto
concreto, por lo que cada niño o niña medicado lo
está por alguna razón que hace pertinente tal
decisión. Al menos ese es el discurso, ¿y cómo dudar
de éste? Si todo está pensado para que cualquier
alteración en la producción y reproducción de la
cotidianeidad de la normalidad moderna no sufra
ningún traspié.
No conforme con
transversalizar este cuerpo subjetivo por
mecanismos de soportabilidad social, se introducen
dispositivos de regulación de las sensaciones, que
“consisten en procesos de selección, clasificación y
elaboración de las percepciones socialmente
determinadas y distribuidas” (Luna y Scribano,
2007: 26). Ya no alcanza con que el deber ser impere
sobre el ser, que la diversidad quede relegada a lo
más mísero. Resulta inmanente la aprehensión de las
subjetividades, también, a través de lo socialmente
estipulado; por lo que la funcionalidad del
dispositivo se materializa en cada subjetividad, en
cada proceso identitario devenido por cada uno de
los sujetos. Se reconoce así lo que se denomina como
dolor social, que en la dialéctica de concreción y
abstracción se va meciendo en ese vaivén que
entreteje las relaciones humanas. Este cuerpo
subjetivo, esta niñez medicada de contexto crítico,
configurada en el alter, es signada a través del
ego: en principio, médicos y maestros en tanto
singularidades que ejecutan este mecanismo de
disciplinamiento, y más ampliamente en la sociedad
en su conjunto. Y así va conformando sus procesos
identitarios a partir de ser ubicado en una
alteridad excluyente por expresarse desde su ser de
una forma que no cumple con los parámetros
“normales”. Una alteridad atravesada por el dolor
social, y que por ser productor y producto de su
propia historia y la colectiva, reflecta la
singularización de un cuerpo subjetivo constreñido y
resquebrajado en un cuerpo social que no puede
evitar sentirlo. Entonces, el dolor social se
conforma no sólo por el cuerpo subjetivo traspolado
al cuerpo social en su abstracción, sino también por
aquéllas otras subjetividades que ejecutan los
disciplinamientos, directa o indirectamente.
Así, alter (los “otros”) y ego
(“nosotros”) aparecen como figuras del imaginario
que se pueden contemplar en su hibridación en un
cuerpo social atravesado por el
dolor social.
Este cuerpo subjetivo genera no
sólo dolor social en su abstracción, sino que en
relación a la conformación de los procesos
identitarios, alienan su ser en la alteridad por la
diferencia; mientras quienes las exacerban como
tales por no responder a los parámetros
actitudinales de la normalidad van construyendo sus
subjetividades en el desplazamiento de la compasión
y en la gratificación de ser parte del ego. En esa
dialéctica de dolor – alivio, se generan otro tipo
de subjetividades que también van conformando
procesos identitarios que transversalizan tanto al
cuerpo subjetivo, como al
cuerpo social y al cuerpo
individuo
.
En este proceso dialéctico del
alter y el ego pareciera ya que la desafección es lo
que los convierte a los dos en iguales. El alter
naturaliza ser medicado, y el dolor que esto le
genera en la sujeción de su ser; el ego naturaliza
la medicación, aumentando su dolencia al malestar.
El cuerpo subjetivo se vivencia, produce y reproduce
en esta dialéctica, donde el dolor transversaliza la
cotidianeidad, y es naturalizado en su desafección.
Así se va generando la
desarticulación entre cuerpo subjetivo, cuerpo
individuo y cuerpo social, naturalizándose las
restricciones, las carencias, la sumisión del ser
por el deber ser. Como plantea Sartre, las
relaciones interpersonales dependen de otras
relaciones singulares que habiliten al encuentro de
una sujeción objetiva en las relaciones concretas,
siendo llevada ésta no por “la presencia de los
otros, sino (por lo que implicaría) su ausencia”.
(2000: 68)
El sujeto es en relación con
los otros, y en esa dialéctica va delimitando su
identidad. En estas sociedades capitalistas, el
cuerpo subjetivo en cuestión va construyendo su
identidad en un proceso de resquebrajamiento del
ser, tornándose maleable ante el ego personificado
en el mundo adulto, más concretamente en aquellos
representantes palpables de las instituciones del
disciplinamiento: el maestro y el médico.
Así, la dialéctica devenida en
cuerpo social, cuerpo individuo y cuerpo subjetivo
se configura en ese proceso de interiorización de lo
externo y exteriorización de lo interno, quedando
expuestos complejos mecanismos que subyugan
identidades en sus primeros años de vida. Su ser
etiquetado por la conducta es transfigurado mediante
un deber ser que responde a una homogeneidad
exigida. Esos cuerpos subjetivos que inicialmente
cobraban significado por la exaltación de sus
acciones, percepciones y sensaciones, quedan sujetos
en su docilidad, constreñidos en su ser,
transmutados en su deber ser.
Reflexiones finales
A lo largo del presente
trabajo, se intentaron dejar en evidencia las
concreciones de una niñez de contexto crítico
medicada, abarrotada y sumisa para la no rebelión,
mediante la sujeción del mundo adulto
institucionalizador y disciplinador de las conductas
homogéneas. ¿Qué se proyecta para este enorme
contingente de niños y niñas que conforman el mundo
adulto del mañana? Se está ante un fenómeno que ya
no puede ser relegado en su análisis. Este proceso,
entendido como una nueva forma de disciplinamiento
de la razón instrumental moderna, es concretizado
por una sociedad capitalista que subyuga las
corporalidades hacia una homogeneidad necesaria para
la producción y reproducción de sus pautas, valores
y acciones, oportunamente condescendientes con la
mercantilización de los cuerpos (y de las almas).
Se exige una “normalidad” que
no contempla la diversidad; más aún, se lo hace
desde el discurso de los derechos, cuando
contradictoriamente se está vulnerabilizando la
calidad de sujeto de aquellos que marcan una
diferencia (conductual en este caso concreto). En
este contexto, aparece un cuerpo social
caracterizado por un imaginario de docilidad, que
media las sucesivas concretizaciones del cuerpo
individuo particularizado y del cuerpo subjetivo
singularizado.
De esta manera, quienes no
entran dentro de los parámetros estipulados como
normales, se les quita la posibilidad de actuar
autónomamente, constriñendo su ser al de un deber
ser homogéneo; y si no, al menos se lo neutraliza.
Así, como se ha visto, aquéllos niños y niñas que
manifiestan conductas diferentes a las estipuladas,
son etiquetados, y por ende medicados:
algunos, ciertamente los menos, logran mínimamente
“adaptarse” a lo exigido; otros, los más, quedan en
la inacción, dopados para que no molesten.
Se considera que resulta
necesario, no sólo exigir un cambio en estos
dispositivos, sino desnaturalizar esta lógica de la
impotencia, de manera que logren visualizarse
alternativas viables a esta exacerbada sujeción.
Porque en esta dialéctica de exteriorización de lo
interno e interiorización de lo externo, cada
cuerpo subjetivo que en su totalidad conforma el
cuerpo social, tiene su ingerencia y responsabilidad
de la legitimidad de estos mecanismos cuando se opta
por la inacción.
1
Trabajo presentado en las VIII Jornadas de
Investigación de la Facultad de Ciencias Sociales,
UdelaR, Montevideo, 8 y 9 de setiembre de 2009
2 “…la
unidad positiva del concepto. Dentro de ese momento
el concepto es plenamente verdadero, vale decir,
verdadero de manera abstracta y general.” (Lourau,
2001: 10)
3
“…expresa la negación del momento precedente…Toda
verdad deja de serlo plenamente tan pronto como se
encarna, se aplica en condiciones particulares,
circunstanciales y determinadas…” (Lourau, 2001: 10)
4 “…la
unidad negativa, resultante de la acción de la
negatividad sobre la unidad positiva de la norma
universal.” (Lourau, 2001: 10)
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