Ir al balotaje es como
apostar al repechaje
por Raúl Legnani

En una semana el país vivirá un jornada histórica con las elecciones nacionales para elegir al Presidente de la República por cinco años. También el electorado tiene en sus manos la posibilidad de elegir el nuevo parlamento.

 

Como trasfondo de estos comicios está en juego la continuidad del gobierno progresista, que se instaló en 2005 con la presidencia de Tabaré Vázquez o el retroceso a viejas políticas que fracasaron por no tener un proyecto nacional de mediano y largo aliento.

 

Luego de cuatro años y medio de progresismo en el gobierno, el país es otro: es mucho más democrático, es mucho más justo y equitativo, es más respetuoso de los ciudadanos que se sienten más libres y que sus vidas y sus conductas no están condicionadas por la fidelidad o no al partido de gobierno.

 

Por todo esto, cuando hablamos de programas y de proyectos como trasfondo de la lucha de los candidatos, estamos jerarquizando la conquista del gobierno, la única forma de conectar las utopías y esperanzas con las realizaciones concretas, que son las que determinan si un proyecto de país resultó o no exitoso.

 

Dicho todo esto con el convencimiento de que una columna escrita una semana antes de las elecciones, pueda terminar decidiendo a ese 8% (promedio), pero lo hago pensado en algunos sectores pequeños del electorado frenteamplista que no logran sacarse el malhumor con su fuerza política, producto de diversas circunstancias.

 

No sé cuántos son, pero se que están (entre ellos tengo algunos amigos). Me refiero a votantes del progresismo en 2004, que en estas elecciones prefieren, en primera instancia, votar solo a los dos plebiscitos para después, en una presunta segunda vuelta votar por la fórmula Mujica­ Astori para impedir el triunfo de la "fórmula" Lacalle­ Bordaberry.

 

Este tipo de voto, así como los que van a anular o votar en blanco en octubre, debilita al bloque progresista, porque va a terminar impidiendo que el FA tenga mayoría parlamentaria, lo cual es imprescindible para que un gobierno progresista pueda seguir avanzando.

 

Es, además, hacerse trampa al solitario. De nada sirve que se anule la Ley de Impunidad y se establezca el voto epistolar, si el país queda en manos de una derecha que no se ha modernizado y que sigue actuando y pensando como en la década del 60.

 

Si esto fuera todo lo contrario, estos uruguayos progresistas bien podrían renunciar a la necesidad de los partidos políticos de izquierda, para pasar a construir el "partido de los plebiscitos", dejándole por siempre a la derecha el gobierno.

 

La gente de carne y hueso, la que está saliendo de la indigencia y de la pobreza, las amplias capas medidas que comienzan a proyectarse al futuro con renovados bríos, ese empresariado moderno que aún no es lo suficientemente grande pero que sabe que con un gobierno del FA se abren nuevos pasos para la innovación y la inversión, necesita que el país no retroceda.

 

No votar al FA en octubre puede ser extremadamente peligroso. Es como si en el fútbol uno se jugara al repechaje, cuando ganado se va directamente al mundial. Es peor que en el fútbol: porque en la segunda vuelta la dirigencia blanca de derecha se va a reforzar, creando una verdadera selección, con los votos del conservador Partido Colorado.

 

A la vez, es necesario que los dos plebiscitos prosperen. Primero porque son justos, pero también porque son parte sustancial del proyecto nacional progresista. Por eso ensobrar las dos papeletas junto al voto por el FA se hace imprescindible, más que en esta materia no hay balotaje, ni repechaje. En octubre se gana o se pierde, cuando hablamos de plebiscitos.

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