|
La mala conciencia
El país de la cola de paja
por Jorge
Majfud
Que
en unas elecciones gane un partido o el otro es
parte del juego democrático. Una opción puede ser
mejor, mucho mejor o aun peor que la otra. La
dignidad de un pueblo no se mide por opciones
ideológicas sino por decisiones morales. Lamento que
la oportunidad de mostrar y demostrar que la
justicia no negocia ni anda mendigando a los poderes
que amenazan en nombre de la paz, esa, ha sido
repetidamente defraudada. Y si los pueblos no se
avergüenzan con más frecuencia de las que deberían
es simplemente por su mala conciencia que no les
permite imponerse a si mismo lo que le reclaman a
otros ni otorgan a otros los derechos de los que
gozan quienes tiene el poder de decidir.
En 1989 el pueblo
uruguayo confirmó la ley de Caducidad, por la cual
se perdonaba a los autores de secuestros, torturas,
desapariciones y muertes organizadas desde el
Estado. Casi una generación después, en el
referéndum de 2009, aunque por estrecho margen, se
confirma la misma ignominia.
Desde que nuestros
países del sur nacieron como republicas
independientes que desesperadamente querían
inventarse como naciones, tuvieron virtudes y
errores. El primero de todos los errores, el error
que ha persistido a lo largo de todas sus historias
ha sido el de la impunidad. La única forma que han
encontrado a este error que por repetido y por
histórico no merece llamarse error sino debilidad
del carácter, ha sido mirar para otro lado o
quejarse. Quejarse, siempre quejarse y nunca mirar
la realidad de frente y la conciencia de los
crímenes propios directamente a los ojos.
Nunca se puede
renunciar a la justicia. Renunciar a la justicia es
un acto de cobardía. Cuando se renuncia a la
justicia en nombre de la paz se está legitimando la
impunidad de la fuerza. Cuando después de una
generación esa fuerza ya es un saco de podredumbres,
la renuncia es la herencia de una tara histórica,
porque a veces los golpes enseñan y cuando son
demasiado fuertes dejan incapacidades de por vida.
Cuando quien renuncia no es la victima que clama por
verdad y justicia, sino otros compatriotas que
descansan satisfechos confortables en sus casas,
entonces no sólo es un acto de cobardía sino, peor,
un profundo acto de egoísmo aromatizado con la
podredumbre de todas las justificaciones y las
pseudo autorizaciones morales.
Si perdonar es
divino, dejemos que Dios perdone. Si perdonar
también es una virtud humana, perdonemos a quienes
se han arrepentido y han colaborado con la justicia.
No es posible perdonar a quien nunca ha sido juzgado
ni condenado y a quienes hay que rogar
infructuosamente que digan dónde están los huesitos
de la hija o de la madre de algún desaparecido.
Cuando ni siquiera se ha juzgado a los violadores,
perdonar es solo el premio que una victima
masoquista entrega al sadismo y a la impunidad y un
crédito a largo plazo para nuevos abusos y nuevas
humillaciones.
Digo todas estas
palabras duras, sin edulcorantes ni demagógicas
complacencias no porque me crea mejor que nadie sino
porque alguien debe atreverse a decirlo de una vez
por todas: querido pueblo, no tienes vergüenza.
Lo digo aun sabiendo que muchos de mis queridos
familiares y amigos han sido participes de este
error histórico. Asumo que lo han hecho con la mejor
intención. Pero también lo han hecho con la peor
conciencia histórica, esa vieja tradición que nació
con nuestros países, ya desde los celebrados
genocidios indígenas. Por no entrar en otros
desagradables detalles a la hora del té.
LA
ONDA®
DIGITAL |
|