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Elecciones alemanas cambian
escenario político-partidario
por Solange Reis Ferreira
Resulta
inesperado lo que se puede decir sobre el resultado
de las elecciones parlamentarias en Alemania en
2009. Angela Merkel renovó el mandato por cuatro
años al frente del gobierno exactamente como lo
indicaban las encuestas finales. La novedad va por
cuenta de su nuevo socio. Más allá de alcanzar la
mayor parte de los votos, la unión
demócrata-cristiana, formada por los partidos CDU y
CSU, desató la forzosa alianza con el socialista
SPD.
Con el
33.8% para la Unión CDU/CSU y el 14.6% para el
liberal FDP, los partidos de centro-derecha
garantizaron la ya tradicional prerrogativa de la
mayoría, asegurándose 323 bancas, 15 por encima del
mínimo necesario. ¿Nada nuevo
bajo el sol? Ni tanto ni tan poco. La victoria dejó
un gusto amargo del peor resultado para la
democracia-cristiana desde 1949, año en que fue
fundada la Alemania Occidental.
Más allá de revertir el signo
de la ecuación, la unión demócrata será obligada a
dar una tajada mayor de la torta a los liberales
bajo la forma de carteras ministeriales. Habituados
al papel de equilibrar la balanza entre 69 y 98, los
liberales alcanzaron porcentajes inéditos, aún más
si se considera la coyuntura de crisis económica y
la desconfianza con la economía de mercado. Cabe a
Guido Westerwelle el mérito de haber catapultado el
partido en un momento de fragilidad neoliberal. El
mayor perdedor fueron los socialistas, para quienes
ni el segundo lugar los libró del mayor fiasco
post-45. Con el 23% de los votos, el SPD pasa hacia
la oposición con menor poder de fuego y el desafío
de redefinir su identidad. Parte de los
electores socialistas adhirió al partido
izquierdista más genuino en el espectro político
alemán en la actualidad. Bajo el comando de Oskar
Lafontaine, Die Linke (La Izquierda) consiguió el
cuarto lugar con el 11.9% del total, confirmando ser
la estrella ascendente del momento.
Otros
electores del SPD prefirieron aportar el 10.7% de
los votos al Partido Verde, donde fulgura el
carismático Cem Özdemir. Electo en 1994 como el
primer parlamentario de origen turco en Alemania,
viene trabajando en la defensa del medioambiente y
del multiculturalismo para afirmarse como una de las
figuras más promisorias del país. En el caso de que
Alemania procurase una personalidad política con un
arraigo popular mínimamente similar al de Barack
Obama, Özdemir atraería muchas apuestas.
Las
encuestas indicaban la repetición de la Gran
Coalición negriroja – en alusión a los colores de
los dos mayores partidos – no obstante el
descontento de la banda oriental con los
conservadores y las ambigüedades del SPD. Incluso
frente a la probable contracción económica local del
6%, Alemania mostró signos positivos en el segundo
cuatrimestre, atenuando parte de las críticas al
gobierno.
La
plataforma social-demócrata se planteó inapropiada
para la recuperación de dos bienes nacionales
afectados por la desaceleración: el potencial del
PBI y el liderazgo mundial en las exportaciones.
Desorientado entre la propuesta política teórica y
las prácticas de gobierno, el SPD perdió sus
principales seguidores: los sindicalistas. La
derrota puede, entre tanto, agitar la política
doméstica en el caso que el SPD se alíe al Partido
Verde y al Die Linke. Las implicancias de la vuelta
de tuerca electoral hacia la política externa, cuyo
principal puesto le correspondió a Guido Westerwelle
(FDP), resbalan en el campo de la incertidumbre,
aunque se pueda efectuar alguna apuesta de antemano.
El
primer problema para los conservadores se plantea
con respecto al mantenimiento de tropas alemanas en
el norte de Afganistán. La renovación del compromiso
militar por un año más depende de la aprobación
civil del nuevo Parlamento. Westerwelle intentará
equilibrarse entre la fidelidad transatlántica y la
presión de la población y de los partidos de
oposición. Steinmeier se oponía a la acción militar
por principio, pero la aceptaba por pragmatismo.
Estando ahora del otro lado de la mesa, deberá sumar
fuerzas al movimiento en pro de la retirada.
En lo
que concierne a la integración regional, la derrota
de los socialistas impuso restricciones al
europeísmo y las perspectivas indican un mayor
énfasis en la profundización más que en el
ensanchamiento, en una clara señal de continuidad de
la política europea adoptada por el país en los
últimos años. Turquía y los demás candidatos deben
dilatar los planes de adhesión por algún tiempo, así
como continúan insatisfechos los que golpean a la
puerta de la OTAN. Desatendidas por el reinicio de
las relaciones ruso-americanas y distanciadas de la
Unión Europea, Ucrania y Georgia pueden ser
magnetizadas por la esfera rusa en el caso de que se
plantee algún cambio en los escenarios políticos
nacionales, hecho más probable en el caso ucraniano.
Con
relación a la gobernabilidad global, se nota el
debilitamiento de la corriente internacionalista
defendida por la izquierda y de la asertividad de la
derecha radical. Alemania deberá focalizarse menos
en el ingreso al Consejo de Seguridad de la ONU y
resistir a la división equitativa de poder con los
países emergentes en la esfera financiera. El low
profile del Estado en los temas económicos tiende a
desfavorecer el proteccionismo agrícola y a
enfatizar un mayor diálogo en la OMC, presionando
inclusive por el ingreso de Rusia al organismo. En
este caso, la dificultad será contornear el
descontento de Francia y de los Estados Unidos,
países con un fuerte lobby agrícola.
El país
tiene poco espacio de maniobra en cuanto a la
extensión de las sanciones a Irán, defendidas en un
reciente anuncio de Obama, Sarkozy y Brown. La
dependencia externa de energía, las buenas
relaciones ruso-iraníes y el potencial de las
reservas de petróleo y gas en Irán, privilegian una
posición de diálogo, pero la temática histórica con
Israel y la presión de Washington tendrán un peso
extraordinario en la decisión del gobierno.
Por
último, dos puntos merecen ser destacados. La
eventual reversión del desguace de la industria
nuclear apunta a disminuir la inseguridad energética
del país y facilitar el cumplimiento de las metas
europeas de emisión de carbono. Bastante
cuestionable desde el punto de vista ambiental y de
la seguridad, el renacimiento de la energía nuclear
sería conducido con prudencia a fin de no perjudicar
las relaciones con Moscú, país del cual Alemania
importa más del 40% del gas consumido. En lo que
concierne a China, los próximos cuatro años indican
que se dará una aproximación comercial.
Dado el
escenario descrito, la política externa será
orientada por la especialidad de Alemania en los
últimos 60 años: el pragmatismo multilateral de
ajuste de los intereses nacionales a las
oportunidades y a las limitaciones internacionales.
Traducido para LA ONDA digital
por Cristina Iriarte
Solange Reis Ferreira es Doctorada en Ciencia
Política por la Universidad de Campinas – Unicamp e
investigadora del INEU – Instituto Nacional de
Estudios sobre los Estados Unidos.
Fuente: Meridiano 47
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