América del sur
al borde del futuro*
por José Luis Fiori

Después de una década hacia la izquierda, América del Sur está entrando en una zona de fuerte turbulencia. En este final de 2009, Uruguay puede elegir para presidente de la república, a un hombre del pueblo y ex-guerrillero tupamaro, y Chile tal vez elija a un millonario, arrogante y de derecha, que se parece mucho al primer ministro italiano, Silvio Berlusconi. El mismo año en que Bolivia y Ecuador reeligieron gobiernos dispuestos a cambiar radicalmente la estructura del estado y de la propiedad de sus países, con objetivos socialistas, pero sin ruptura revolucionaria. En 2010, habrá elecciones en Colombia y en Brasil, y en 2011, en Perú y en Argentina.

 

Durante esta primera década del siglo, los cambios en el continente fueron apoyados por la expansión económica mundial, que también estimuló el proyecto de integración América del Sur. Pero la crisis financiera de 2008 provocó una desaceleración del crecimiento y del propio proyecto de integración económica. Y el proyecto de integración política fue alcanzado de lleno por el nuevo acuerdo militar entre Colombia y Estados Unidos, que autoriza el uso del territorio colombiano por parte de fuerzas militares norteamericanas, de donde podrán controlar el espacio aéreo de Venezuela y de toda América del Sur. Por esto, no es una exageración decir que el futuro de América del Sur, en la primera mitad del siglo XXI, puede estar siendo decidido en estos próximos dos años. Y ya es posible realizar un mapeo de las grandes disyuntivas y opciones que están en el horizonte del continente sudamericano.

 

En primer lugar, desde el punto de vista económico, lo previsible para después de la crisis es un aumento de la presión de los mercados internacionales y la profundización de la condición periférica y primaria-exportadora de la mayoría de los países sudamericanos. Aún con el ensanchamiento y diversificación de sus mercados compradores, en la dirección de Asia y de China, en particular. En esta nueva coyuntura, sólo una voluntad política cohesiva y continuada podrá mantener en pie el proyecto de integración sudamericano. Esto supone una decisión de estado y una capacidad colectiva de mantener bajo control los conflictos locales, a pesar de los cambios de gobierno. Y supone también, una política conjunta de fortalecimiento del mercado interno de América del Sur, con la reducción de la dependencia regional de las crisis y de las fluctuaciones de los precios internacionales. En este sentido, no existe un término medio, porque los dependientes de la exportación de productos primarios, incluso en el caso del petróleo, nunca conseguirán comandar su propia política macroeconómica, y mucho menos aún, su inserción en la economía mundial.

 

En segundo lugar, desde el punto de vista político, la crisis económica puso de manifiesto aún más las asimetrías y desigualdades nacionales y sociales que están por detrás de la heterogeneidad política regional y que explican, en parte, la falta de interés o de entusiasmo de algunos países del continente, por el proyecto sudamericanista. Por último, desde el punto de vista de la seguridad continental, el aumento de la presencia militar americana en Colombia sirve para recordar que América del Sur seguirá por un buen tiempo – y aunque no lo quiera – bajo la “protección” del poder espacial, aéreo y naval de los EE.UU. Y tendrá que tener una enorme persistencia y tenacidad para construir un sistema autónomo de seguridad regional, sin producir una carrera armamentista dentro de la propia región.

 

De cualquier manera, una cosa es cierta: el futuro del proyecto sudamericano dependerá cada vez más de las opciones brasileñas y de la forma en que Brasil desarrolle sus relaciones con los Estados Unidos. Desde el punto de vista económico, la presión de los mercados internacionales y los nuevos descubrimientos de petróleo de la capa pré-sal, también le están ofreciendo a Brasil la posibilidad de transformarse en una economía exportadora de alta intensidad, una especie de “periferia de lujo” de las grandes potencias compradoras del mundo, como lo fueron en su momento, Australia y Argentina, entre otros. Pero existe la posibilidad de que Brasil opte por otro camino que combine su potencial exportador, como una estructura productiva industrial asociada y liderada por una economía más dinámica, como es el caso contemporáneo de Canadá, por ejemplo. Y, más allá de esto, existe una tercera alternativa, absolutamente nueva para el país y que apunta, de alguna manera, hacia el modelo de la estructura productiva norteamericana: con una industria extensa y sólida, y una enorme capacidad de producción y exportación de alimentos y otras commodities de alta productividad, incluyendo el petróleo, en el caso brasileño.

 

Por otro lado, en el campo político, después de la hegemonía de las ideas neoliberales y privatizadoras, y del “cosmopolitismo obsecuente”, en el campo internacional, se está consolidando en Brasil un nuevo consenso desarrollista, democrático y popular, pero que en este caso, no tiene nada que ver con el socialismo. Las perspectivas futuras de esta coalición de poder, entre tanto, dependerán, en gran medida, de la estrategia internacional de los próximos gobiernos brasileños. Brasil puede transformarse en un “aliado estratégico” de los Estados Unidos, de Gran Bretaña y de Francia, con derecho a acceder a una parte de su tecnología de punta, como en el caso de Japón, o inclusive de Israel, que accedió a la tecnología atómica militar, con la ayuda de Francia.

 

 Pero Brasil también puede optar por un camino propio de afirmación soberana y de expansión de su poder internacional. Y, en este caso, si Brasil quisiera cambiar su posición geopolítica, obedeciendo a las “reglas del juego” del sistema mundial, tendrá que desarrollar un trabajo extremadamente complejo de administración continua de las relaciones de competencia, conflicto y complementariedad con los Estados Unidos, y con las demás potencias, tomando como norte sus propios intereses económicos y geopolíticos.

 

En una disputa prolongada por la hegemonía de América del Sur, como si fuese una “lucha oriental” con los Estados Unidos. Caminando a través de un sendero muy estrecho y durante un tiempo que puede prolongarse por varias décadas. Más allá de esto, tendrá que inventar una nueva forma de expansión económica y política continental y mundial, sin “destino manifiesto” ni vocación misionera, y sin el imperialismo bélico de las dos grandes potencias anglosajonas.

 

1En homenaje a Carlos Estevam Martins, amigo y compañero de Santiago de Chile y profesor de la Universidad de San Pablo, que falleció el 9 de octubre de 2009.

 

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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