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¿Fuga de cerebros es
un desperdicio de dinero?
por
Michael Clemens y David McKenzie
El movimiento de trabajadores calificados desde los
países
pobres a los ricos, no es algo que haya que temer.
A largo plazo, beneficiará a ambos.
"Es robar capital humano a los
países pobres"
No. Muchos de los mismos países
a los que Estados Unidos corteja mediante acuerdos
comerciales y de ayudas se quejan amargamente de la
fuga de cerebros, de la marcha de sus médicos,
científicos e ingenieros hacia éste y otros países
ricos. Si llevaran razón, estas quejas significarían
que las actuales políticas de inmigración responden
a una política exterior que resulta
contraproducente. Afortunadamente, sin embargo, el
flujo de emigrantes cualificados puede beneficiar a
ambas partes.
Esta extendida idea de que la
emigración cualificada equivale a robar conlleva
un estrafalario conjunto de supuestos sobre los
países en desarrollo. En primer lugar, exige
asumir que este tipo de países poseen un stock
finito de trabajadores cualificados, que se ve
mermado con cada persona que se marcha. En realidad
la gente responde a los incentivos creados por la
emigración: enormes cantidades de trabajadores
cualificados de países en desarrollo han sido
inducidos a adquirir esa formación por la
oportunidad de conseguir grandes ingresos en el
extranjero. Ésa es la razón de que Filipinas, que
envía al extranjero más enfermeras que ningún otro
país en desarrollo, todavía cuente con más
enfermeras per capita en el propio país de las que
tiene Gran Bretaña. Recientes investigaciones
muestran también que un gran aumento repentino de la
emigración cualificada desde un país en desarrollo a
un destino que favorezca unas habilidades
determinadas puede provocar el correspondiente
aumento repentino en la adquisición de esa formación
en la nación de origen.
En segundo lugar, creer que la
emigración cualificada equivale a robar a los países
con menos recursos implica asumir que los propios
trabajadores cualificados no son pobres. En Zambia,
una enfermera tiene que vivir con menos de 1.500
dólares al año —medidos a precios estadounidenses,
no de este país africano— y un médico debe
arreglárselas con menos de 5.500 dólares al año, de
nuevo a precios de EE UU. Si estos fueran los
sueldos anuales de usted, y tuviera que enfrentarse
a los precios estadounidenses o europeos, con toda
probabilidad se consideraría a sí mismo un
indigente. En tercer lugar, creer que la decisión de
emigrar de una persona constituye robar conlleva
una serie de supuestos problemáticos sobre los
derechos de esa persona. La Declaración Universal de
los Derechos Humanos de Naciones Unidas afirma que
todas las personas tienen un derecho incondicional a
abandonar cualquier país. Los emigrantes
cualificados no son “propiedad” de sus países de
origen, y deberían tener los mismos derechos a la
libertad de movimiento que los profesionales del
Primer Mundo.
"Es un desperdicio de dinero
formar
a gente que sólo planea
emigrar"
En realidad no. La creencia de
que los emigrantes cualificados tienen que causar
pérdidas de fondos públicos en la misma medida de lo
que cuesta su formación está basada en una serie de
estereotipos. En primer lugar, hay grandes
cantidades de emigrantes cualificados que se
financian su propia formación o lo hacen con becas
extranjeras. Una encuesta realizada a miembros de la
Asociación Médica Americana nacidos en África reveló
que cerca de la mitad había adquirido su formación
fuera de su país de nacimiento. En segundo lugar,
muchos trabajan en los lugares de los que proceden
durante largos periodos antes de su marcha. El mismo
estudio descubrió que los doctores africanos en
Estados Unidos y Canadá que se formaron en su país
de nacimiento pasaron, de media, más de cinco años
trabajando en ese país antes de emigrar. Esto
constituye unos retornos sustanciales de todas las
inversiones en su educación.
En tercer lugar, existe el
estereotipo de que los emigrantes cualificados
envían poco dinero a sus naciones de origen, ya que
suelen provenir de familias pertenecientes a las
élites y a llevarse a sus familiares inmediatos con
ellos cuando parten. Pero nuevas investigaciones
demuestran que esto es simplemente infundado. Los
emigrantes cualificados tienden además a ganar mucho
más que los no cualificados y, teniendo en cuenta
todos los factores, esto significa que alguien con
educación universitaria proveniente de una nación en
desarrollo envía más dinero a casa que uno, por lo
demás idéntico, con menos formación. La encuesta
realizada a médicos africanos mencionada
anteriormente reveló que por lo general envían a su
país mucho más remesas que lo que cuesta formarlos,
especialmente a los Estados más pobres. Esto
significa que para un típico país africano en su
conjunto, incluso si el 100% de la formación de un
médico se hubiera financiado con fondos públicos, la
emigración de ese médico todavía ofrecería
beneficios netos.
En cuarto lugar, simplemente no
es verdad que toda la educación superior en los
países de bajos ingresos se produzca gracias a
masivas subvenciones estatales. Cuando la educación
superior subvencionada por los organismos públicos
es la única manera para que alguien que todavía no
es rico adquiera esa formación, la emigración de esa
persona necesariamente significa que el subsidio
emigra también. Pero incluso en los países de muy
bajos ingresos, existen medios alternativos de
financiar la formación superior. Uno es crear
maneras de que los estudiantes paguen por adelantado
su propia educación, como ha hecho la Universidad
Makerere en Uganda, pero que muchos centros no
hacen. Otro es que el gobierno proporcione créditos
para que los estudiantes puedan pagar por su
educación después de finalizarla, lo que Kenia ha
hecho, pero que muchos gobiernos africanos no hacen.
Ambos sistemas rompen el vínculo necesario entre la
partida de un trabajador y la partida de la
subvención pública.
En Filipinas, la formación de
la amplia mayoría de las enfermeras que abandonan el
país está financiada por las propias estudiantes,
los contratadores o los empresarios extranjeros, no
por la población; no existe ninguna razón por la que
no se pudieran establecer escuelas profesionales
similares por toda África.
"Los emigrantes cualificados
que se
marchan a un país rico nunca
regresan"
Falso. Un sorprendente ejemplo
lo encontramos en una investigacion reciente en el
Pacífico, cuyos índices de emigración cualificada
están entre los más altos del mundo. Fijémonos en
Tonga, una pequeña isla-nación con una población de
sólo 100.000 habitantes, en la que el estereotipo
haría pensar que los trabajadores tienen pocos
alicientes para regresar. Incluso en este caso, a la
edad de 35 años, un poco más de un tercio de los
estudiantes más brillantes del país que se habían
marchado al extranjero tras el instituto estaban ya
de vuelta y trabajando en Tonga. Y en Papua Nueva
Guinea, la mitad de los emigrantes mejor formados
académicamente habían regresado al país antes de los
treinta y pocos.
En Estados Unidos, más de un
20% de los estudiantes extranjeros que reciben el
doctorado tienen firmes compromisos para regresar a
sus países de origen en el momento de la graduación,
y es muy probable que muchos más regresen durante
los años siguientes. Lógicamente, existe una gran
variación según los países: es mucho más probable
que los emigrantes regresen a economías prósperas y
con buenas perspectivas de empleo, como se puede ver
en los flujos de trabajadores indios del sector
tecnológico que han vuelto a su país en la última
década. Pero incluso en casos en los que son pocos
los emigrantes que regresan, los que lo hacen pueden
estar especialmente motivados por un deseo de ayudar
a su país de origen y pueden volver para desempeñar
puestos clave de liderazgo. Cálculos recientes
revelan que desde 1950, 165 ex jefes de gobierno y
46 actuales recibieron su educación superior en
Estados Unidos.
"La fuga de médicos mata gente
en África"
Para nada. Permitir o fomentar
que los médicos abandonen África con destino a los
países ricos puede reducir el número de médicos en
sus países de origen, aunque ni siquiera esto está
claro si más gente emprende una formación médica con
la esperanza de emigrar. No obstante, el nivel de la
asistencia sanitaria que proporcionan los doctores
en África depende de una enorme variedad de factores
que tienen poco o nada que ver con el movimiento
internacional, como los escasos sueldos en los
servicios públicos de sanidad, los exiguos o
inexistentes incentivos al servicio rural, los pocos
incentivos de cualquier otra clase para el buen
rendimiento, la ausencia de suministros médicos y
farmacéuticos adecuados, la falta de adecuación de
la formación a los problemas sanitarios de los más
pobres, la endeble infraestructura de trasporte, o
los pésimos sistemas sanitarios.
Para ilustrar sólo uno de estos
ejemplos —la falta de incentivos en los servicios
rurales—, las políticas que limitan las
posibilidades del movimiento internacional per se no
modifican los fuertes alicientes que tienen los
médicos africanos para concentrarse en áreas urbanas
lejos de la población con menos acceso a los
servicios sanitarios. Nairobi alberga sólo al 8% de
la población de Kenia, pero al 66 por ciento de sus
médicos. En Mozambique, viven más médicos en la
capital, Maputo (un 51%), que en todo el resto del
país, aunque esta ciudad reúne sólo al 8% de la
población nacional. Aproximadamente la mitad de los
doctores etíopes trabajan en la capital, Addis
Abeba, donde sólo vive uno de cada 20 habitantes.
Éstas y las otras muchas
barreras a la efectividad de los médicos en su
propio país pueden explicar porqué, a lo largo de 53
países Estados, no existe absolutamente ninguna
relación entre la partida de los médicos o
enfermeras y las malas estadísticas sanitarias
medidas por indicadores como la mortalidad infantil
o el porcentaje de partos atendidos por
profesionales de la sanidad modernos. Si acaso, la
relación sería positiva: los países africanos con el
mayor número de médicos residiendo en el extranjero
en países ricos son habitualmente los que registran
la menor mortalidad infantil, y viceversa. Esto
indica que, sea lo que sea lo que está determinando
si los niños del Continente viven o mueren, otros
factores al margen de la emigración internacional de
los médicos son mucho más importantes. Enredar con
la inmigración o las políticas de contratación de
los países de destino no hace nada para abordar esos
problemas subyacentes.
"Los emigrantes cualificados
crean vínculos
para el comercio y la
inversión"
No siempre. Al igual que
normalmente se exageran los temores sobre los
posibles efectos negativos de la fuga de cerebros,
otro tanto sucede con el bombo que se da a la
capacidad que tienen los países de aprovechar su
diáspora para establecer oportunidades de comercio e
inversión. El bien conocido caso de los emigrantes
de Silicon Valley que han facilitado el crecimiento
de las industrias de tecnologías de la información
de Taiwan, China e India es un importante ejemplo
que demuestra que la presencia de trabajadores
altamente cualificados en el extranjero puede tener
un efecto de transformación sobre la industria del
país de origen. Pero desgraciadamente, ésta es más
la excepción que la regla.
En particular, no es probable
que los emigrantes cualificados de las pequeñas
islas y del África subsahariana, donde las tasas de
emigrantes muy cualificados son las más altas, se
embarquen en tratos comerciales o inversiones.
Nuevos estudios muestran que menos del 5% de los
emigrantes cualificados de Tonga, Micronesia y Ghana
no suelen contribuir a que su país de origen firme
un acuerdo comercial, y cuando lo han hecho, el
importe de esos tratos ha sido modesto. Pocos
emigrantes de estos países habían realizado
inversiones en sus países —como mucho habían enviado
cantidades de unos 2.000-3.000 dólares para
financiar pequeños proyectos.
Sin embargo, los trabajadores
cualificados sí siguen implicándose con sus países
de origen de muchos otros modos aparte de las
remesas. Pueden ser una importante fuente de
turismo; más de 500.000 personas que visitan la
República Dominicana cada año son dominicanos que
viven en el extranjero. Son además promotores de más
turismo: del 60 al 80 por ciento de los emigrantes
cualificados de cuatro países del Pacífico y Ghana
aconsejan a otros sobre viajes a sus lugares de
origen. Indirectamente estimulan el comercio, a
través de la consumición de productos provenientes
de su país, y transfieren conocimientos sobre las
opciones de estudio y trabajo en el extranjero. La
falta de implicación en actividades de comercio e
inversión refleja en buena medida, por tanto, la
ausencia de oportunidades productivas en los Estados
de procedencia, no la falta de interés por parte de
los emigrantes de ayudar a sus países.
La teoría generalmente aceptada
solía sostener que la riqueza de un país decrecía
cuando éste importaba bienes del extranjero, puesto
que, obviamente, el dinero era riqueza y,
obviamente, comprar productos fuera de las fronteras
enviaba dinero al extranjero. Adam Smith sostenía
que el desarrollo económico —o la “riqueza de las
naciones”— depende no de las reservas de efectivo de
un país sino de cambios estructurales que el
intercambio internacional podría promover. En la
actual era de la información, se ha asentado la
creencia de que el capital humano domina ahora la
riqueza de las naciones, y que su marcha en
cualquiera que sea la circunstancia daña al
desarrollo de un país. Pero éste es mucho más
complejo.
No obstante, gracias a nuevas
investigaciones, ahora sabemos que la circulación
internacional de personas con formación cambia los
incentivos para adquirir una educación, envía
enormes cantidades de dinero a través de las
fronteras, conlleva movimientos de ida y vuelta, y
puede contribuir a la difusión del comercio, la
inversión, la tecnología y las ideas. Todo esto
encaja difícilmente con un concepto como el de “fuga
de cerebros”, una caricatura que haríamos bien en
descartar en favor de una visión más compleja de los
vínculos entre el movimiento humano y el desarrollo.
Autor: Michael Clemens y David McKenzie;
investigador en el Centro para el Desarrollo Global
y profesor asociado de Política Pública en la
Universidad de Georgetown (EE UU). David McKenzie es
economista senior en el Grupo de Investigación sobre
Desarrollo del Banco Mundial, miembro del Centro
para la Investigación y Análisis de la Migración e
investigador afiliado de Innovaciones para la Acción
contra el Hambre.
LA
ONDA®
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