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Héctor Umpiérrez
(1915-2009)
por
Martín Bentancor
Parado en la sobretarde espero caiga
mi noche
que ha de ser cuando la prensa, en
viejas letras de molde,
publique la fin la noticia, con mi
foto y con mi nombre:
“Se fue un viejo payador para ese
pago de donde
no se vuelve con la piedra que hacia
el vacío se arroje”
Y empezarán mis recuerdos y mis
versos como hojas
a rodar de pago en pago, donde tanto
se me nombra.
Y no faltará el colega que repitiendo
mis coplas
llevará el recuerdo mío rodando de
doma en doma.
No me han de dejar morir los que
repitan mis cosas
Héctor Umpiérrez
Era
el payador más viejo de la vieja guardia de
payadores uruguayos. Profundo admirador de la vida y
la obra de Carlos Gardel, solía contar como, el
mismo día que cumplió veinte años, caminando por una
calle montevideana, las pocas radios que habían en
el país transmitieron – como un coro – la noticia
del accidente en Medellín y pudo ver a un río de
gente, llorando con sus pañuelos, pululando por las
aceras como almas en pena. Admiraba, también, al
gran payador canario Juan Pedro López, del que se
decía su discípulo y que fue, en los hechos, quién
lo introdujo en el arte payadoril y de quien heredó,
como el más preciado tesoro, una de sus guitarras.
Con una prodigiosa
memoria y una voz pausada que, ocasionalmente,
prolongaba algunas vocales para darle un efecto más
teatral a lo que estaba cantando o contando,
Umpiérrez llegó a los noventa y cuatro años con una
lucidez envidiable y un bagaje de recuerdos que
ningún libro de memorias pudo atesorar y que está
condenado a perderse como se pierden,
indefectiblemente, páginas de la historia y la
cultura de un país.
Absolutamente ninguno
de los diarios de tirada nacional publicó “en letras
de molde” la noticia de la muerte del nonagenario
payador. Las páginas de espectáculos de los
tabloides, más preocupadas por reseñar los recientes
estrenos cinematográficos o la última riña de la
vedette argentina de turno, guardaron un
silencio cerrado sobre su deceso. No importaron sus
decenas de años como relator oficial de jineteadas
en la Rural del Prado, ni la gesta que emprendió en
1978, a caballo, recorriendo el mismo camino que
llevó a Artigas a su exilio definitivo en Paraguay.
No importó el hecho de que se tratara del último
payador de la vieja guardia que expandió y
profesionalizó el arte de la payada, quitándolo de
cierto ghetto autoimpuesto para alcanzar una
mayor difusión en los medios a la vez que un público
más amplio.
Con Héctor Umpiérrez
muere una parte importante de la historia más rica
de la música popular uruguaya, en particular, y de
la cultura nacional en su conjunto. Muchos no le
perdonaron su fama internacional y, especialmente,
ciertos episodios oscuros como cuando, durante un
viaje a Chile en la década del setenta, cantó ante
el dictador y genocida Augusto Pinochet. Supo
protagonizar un tristemente célebre duelo con el
payador Carlos Molina, duelo que se inició sobre el
escenario y se continuó en una contienda a facón
limpio. El episodio acabó con Umpiérrez al borde de
la muerte.
Como delicado
observador de las costumbres y el modo de vida
campesino, Héctor Umpiérrez no limitó su creación al
ámbito del canto repentista sino que forjó una
importante obra escrita que se encargó de
interpretar en los más variados escenarios. Muchos
de sus textos alcanzaron mayor repercusión al
incorporarse al repertorio de un sinfín de artistas
uruguayos y argentinos. Su libro Vida y muerte de
Yuyei y su tutor, exageradamente tildado por
algunos como la “Biblia Gaucha” es una suerte de
reescritura del mito de Martín Fierro y, si bien se
encuentra lejos del alcance literario del texto de
José Hernández, constituye una importante obra de
reflexión sobre el mundo rural.
Coleccionista de
guitarras y de aperos criollos, el lema que saludaba
a todo viajero que llegaba a su casa era “La
patria se hizo a caballo”. El animal,
prolongación casi natural del gaucho desde su
aparición en el desarrollo histórico del país, no
sólo estuvo presente en la materia que conformaba a
sus célebres relatos de jineteadas, sino que fue
tema central de muchas de sus obras.
La muerte de Héctor
Umpiérrez viene a cerrar un ciclo dentro del arte de
la payada y la propia historia del Payador. Su
figura de patriarca, que solía congregar a su
alrededor a gran cantidad de cultores de la
improvisación o simples degustadores de su arte, ha
adquirido ahora un manto de leyenda. Como su querido
Juan Pedro López, con el que debe haberse
encontrado, sea donde sea el lugar hacia el que
todos seremos transportados, Umpiérrez ha comenzado
la última payada, la más extensa, la definitiva.
Fragmentos de Vida
y muerte de Yuyei y su tutor de Héctor Umpiérrez
Dende que era muy
pichón
Yuyei con el
brasilero
Se repartían los
cueros
Pa ´dormir en el
galpón.
Cuantas noches, en el
fogón
Le dijo con voz
sentida,
en esas noche
perdidas
Estando solos los
dos:
“yo quiero que quede
en vos
Lo que yo aprendí en
la vida”.
Nunca vayas a sacar
Las botas a un
caballo muerto
Sin antes saber de
cierto
De que murió pa´
cueriar,
Que es fácil de
contagiar
El carbunclo, el
grano malo.
Primeramente oservalo:
Mal de pajarilla o
mancha
Le deja la jeta ancha
Y las patas como
palo.
Si hay peligro
microbiano
Hasta después de la
muerte
El chimango te lo
alvierte
Al dejarle el ojo
sano.
En esos casos,
hermano
Resulta muy
conveniente
Lo quemés
urgentemente
No dejando ni el
recuerdo;
Si murió pa´l lao
izquierdo
Y la cabeza al
naciente.
LA
ONDA®
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