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Dámaso Antonio Larrañaga:
¿antecedente positivista?
Profesora
Marina Camejo
leticm@gmail.com
Esta investigación integró los materiales
recientemente expuestos en las ll Jornadas de
investigación, organizadas por la Facultad de
Humanidades de la Udelar. Este trabajo sobre
Larrañaga, fundador de la Biblioteca Nacional y
destacado naturalista fue realizado por la profesora
Marina Camejo del Departamento de Historia y
Filosofía de la Educación. Facultad de Humanidades
y Ciencias de la Educación,
Universidad
de la República.
En 1771 nace en Montevideo uno
de los exponentes más importantes (y también más
olvidado) de la Historia de la Ciencia uruguaya el
Pbro. Dámaso Antonio Larrañaga. Como el mismo Falcao
Espalter entiende podemos considerarlo el
fundador de la ciencia en el Río de la Plata, y
siguiendo a Ardao el primero de nuestros hombres de
ciencia si tenemos en cuenta que Pérez Castellano no
puede ser considerado tal por carencia de
fundamentos metódicos.
Este trabajo tiene como
objetivo mostrar dos aspectos, que
merecerían un tratamiento
mucho más arduo. En primer lugar se presentará a
Larrañaga como un naturalista que se acerca a la
naturaleza a partir de los conocimientos de los
máximos exponentes de la ciencia en aquel momento
como ser Linneo o Cuvier. Aunque sería objeto de un
trabajo posterior desarrollar la influencia de tales
científicos (entre otros) en la obra del presbítero.
En segundo lugar lo que nos interesa es mostrar que
a través de los trabajos naturalistas, podemos
considerar que Larrañaga fue modelando,
preparando el terreno para el advenimiento del
positivismo en
Uruguay.
Cabe resaltar a Larrañaga como
un naturalista en el sentido moderno del término en
cuanto se dedicó a la botánica, zoología, geología,
mineralogía, meteorología, y yendo más allá de
las ciencias de la naturaleza se interesó por
la lingüística, la antropología, y la
historiografía referidos todos ellos a nuestro país.
En los siglos XVIII y XIX, el
término historia natural se usó con frecuencia para
referirse a todos los estudios científicos, en
oposición a la historia política o teológica.
Mauricio Nieto dice que los
naturalistas del siglo XVIII hacen del estudio de la
naturaleza un elemento esencial de una educación
civilizada; la habilidad de comentar una colección
es una muestra de educación. Los naturalistas tienen
una importante función social en la medida en que
hacen de la naturaleza, de lo salvaje algo ordenado
y placentero. La naturaleza bruta debe ser
organizada por el hombre. A partir del siglo XVII se
aceptó una interpretación literal de la Creación
del Génesis; por lo que los naturalistas de la época
justificaban la exploración científica del mundo
natural sobre la idea de que no había desarrollo
gradual de las especies.
Aunque no creyeran en el Jardín
de Edén, los naturalistas del siglo XVII podían
recurrir a una teología natural mediante la cual el
estudio de los seres vivos pondría al descubierto la
idea de Dios.
Es importante resaltar que el
interés por la ciencia ya se encuentra
presente en su Tesis de
Filosofía (1792), dicha tesis se refiere a toda la
filosofía enciclopédica de la época: teología,
metafísica, ética, lógica, y psicología; ciencias
matemáticas y ciencias de la naturaleza. Ardao en
“Etapas de la Inteligencia Uruguaya” nos hace saber
que en las tres cuartas partes de la tesis se
enuncian diversas leyes y teorías científicas,
citando desde Copérnico hasta Gauthier.
En dicha tesis se refiere a la
Mecánica Universal, Estática, Hidrostática, Física
especial, los meteoros, las cualidades sensibles de
los cuerpos, entre otros. Además Ardao destaca que
en cuanto al significado filosófico se encuentra en
dicho trabajo una explicación estrictamente
mecanicista, y por consiguiente de marcada
inspiración moderna sobre la vida animal y vegetal.
Larrañaga fue un autodidacta, y
el primero de entre los grandes
naturalistas americanos
nacido en suelo americano ya que los
anteriores eran europeos
(si no tenemos en cuenta a los pueblos
indígenas que conocían las
propiedades y usos de un buen número de plantas de
nuestro continente). Es preciso señalar que hombres
de ciencias llegaron en viaje de exploración y
estudio de flora y fauna americanas, entre los que
podemos destacar a naturalistas como Antonio de
Pineda, Tadeo Haenke, y Luis Nee –este último por
ejemplo integraba la expedición de Alejandro
Malespina que recorrió América entre 1789 y 1794 –
sin olvidarnos por supuesto de Alexander von
Humboldt y Aimé Bonpland entre otros.
Marañon agrega que la vocación
de Larrañaga es una cuestión de fe no de técnica,
es claramente una cuestión de fe, de labor
científica al servicio de sus compatriotas lo cual
puede observarse en el siguiente pasaje, de El
Universal (14/10/1832): “Siempre esperé que llegaría
el tiempo de esta suspirada y venturosa época en que
mis ocios serían útiles a mi Patria y a los
progresos de las Ciencias, porque sabía que
exploraba un país virgen y feracísimo, viéndome en
la precisión de poner como Adán, nombre a casi todas
las producciones que se me presentaban, para darme a
entender a los sabios”.
En esta cita se ve el empeño de
Larrañaga como buen naturalista de ponerle nombre a
lo que se le presentaba, en ese intento de ordenar
esa naturaleza que se presenta salvaje.
Sabemos por el propio Larrañaga
que ese ordenamiento de la naturaleza lo hizo en
principio siguiendo los cánones de Linneo, a quien
llamaba “resplandeciente Estrella Polar del Norte”.
(Larrañaga, 1923: 268) En carta del 26 de febrero de
1818 a Aimé Bonpland le manifiesta haber
emprendido “el vasto proyecto de describir
científicamente los tres reinos de la Naturaleza de
este País, siguiendo el Sistema Naturae de Linneo,
edición Gmelin”.
Vale la pena recordar que
Linneo en su Sistema Naturae (1735) estableció una
“nomenclatura binomia” según la cual cada
especie recibe un doble nombre en latín- un
sustantivo (nombre genérico) y un adjetivo. De esta
manera todo animal o planta conocido hasta el
momento tenía su sitio en una clase, orden, género y
especie.
Cabe destacar que las
referencias a Linneo no solo aparecen en epístolas
sino también en “Botánica” y en “Diario de historia
natural”. Castellanos recuerda que Botánica es su
obra de mayor valor científico, y que ese valor
reside en el trabajo de sistematización de carácter
científico, que mereció el reconocimiento de algunos
de los más grandes hombres de ciencia de la época.
A su vez Falcao Espalter
resalta respecto a Botánica que para
Larrañaga la labor estaría en
recuperar la prioridad de clasificación y de
descripción de miles de plantas y de varias
docenas de animales entre aves y mamíferos algunas
más exactas o apropiadas que las traídas por el
ilustre viajero francés D’ Orbigny. (Falcao Espalter,
1926: 106) Volviendo a Larrañaga, si bien se ciñó al
sistema de Linneo para clasificar las especies, no
tuvo inconvenientes en apartarse del mismo tras las
rectificaciones que en ocasiones consideró
necesarias, y pasó a aplicar el sistema
expuesto por Antonio Lorenzo de Jussieu.
El sistema de Linneo de
clasificación de las plantas, era a decir de
Sedwick y Tyler un sistema
artificial ya que se basaba en los caracteres de los
órganos sexuales de las flores. Bernardo de Jussieu
elaboró en Le Jardín Du Roi de París un sistema más
natural, que fue publicado por su discípulo y
sobrino Antonio Lorenzo de Jussieu en su Genera
Plantarum (1774). Para clasificar Jussieu utilizó
caracteres que actualmente se emplean para
distinguir familias: ovario supero /ínfero,
estambres libres/ unidos a la corola, pétalos
libres/ fusionados, etc. Dividió las plantas en 15
clases y 150 órdenes naturales (familias), aunque
muchas de ellas eran artificiales la mayor parte de
ellas son aceptadas actualmente.
De todas maneras a diferencia
de Linneo el sistema de Jussieu era más natural, por
lo que hay que hacer algunas precisiones. Linneo al
crear su sistema creía que este representaba el plan
divino de la Creación, y además que la mayoría de
las especies habían sido creadas exactamente con
las mismas características que tienen en la
actualidad. Es decir para él las especies no
variaban, las mismas no estaban sometidas al cambio;
sino que eran como Dios las había creado. Sin
embargo, autores posteriores a él entre los que
podemos mencionar a Buffon consideraban que las
especies tenían capacidad para modificar su
estructura.
El reconocimiento de los
patrones de variabilidad de las especies pasó a ser
considerado como una realidad y no como una
construcción de la mente humana, esto vino aparejado
con la introducción de la noción de tiempo
(pensamiento evolutivo) y las relaciones de las
especies con formas anteriores.
El problema pasó a centrarse
en la búsqueda de discontinuidades en la naturaleza,
aproximación que vino a denominarse “Método
Natural”. El establecimiento de la familias modernas
fue llevado a cabo principalmente por botánicos
franceses a finales del XVIII que nunca siguieron el
sistema sexual de Linneo (entre ellos Jussieu). (En
Estrada Javier,
www.botanica.ciens.ula.ve).
Teniendo en cuenta lo último
que se ha dicho, podemos aventurar que Larrañaga
continuó utilizando el sistema de Linneo dado que el
mismo era de muy fácil aplicación aún para aquellos
que no tuvieran ningún conocimiento, (y por esta
misma razón es que dominó durante el siglo XVIII y
principios del XIX). Pero que se inclinó a utilizar
el sistema de Jussieu para clasificar plantas porque
el mismo respondía a un método natural, que
abandonaba la clasificación según los caracteres
sexuales.
Falcao Espalter plantea que las
teorías materialistas propagadas por
Lamarck, precursor de Darwin,
ya se habían difundido y tomado lugar en los
claustros científicos de Europa, por lo que
Larrañaga pudo leer desde Buffon insinuaciones
sobre los orígenes de la especie humana.
Más allá de labor científica
del Pbro. cabe preguntarse qué lugar ocupaba la
enseñanza de la ciencia, sobre todo si tenemos en
cuenta que la bibliografía científica en estos
lugares era escasa. Siguiendo a Ardao no queda más
que considerar a Larrañaga como un milagro puesto
que la educación científica en nuestro país comienza
recién a ser organizada en la década del 70. Las
ciencias naturales que estaban contempladas en el
plan universitario del 49 a través de una facultad
que nunca funcionó, no tenían lugar en nuestra
enseñanza pública.
En la década del 70 Ángel
Floro Costa y José Pedro Varela iniciaron una
campaña que llamó la atención acerca de la ciencias
naturales; lo que se tradujo en la instalación de
las primeras cátedras de la Facultad de Medicina.
Ardao dice que no se puede desconocer que
además de Larrañaga otros hombres cultivaron las
ciencias naturales como Pérez Castellano, Vilardebó,
los franceses Gilbert e Isabelle, y Arechavaleta;
pero el estudio de las ciencias naturales de forma
sistemática faltaba por completo en la cultura
ambiente del país.
En cuanto al lugar qué ocupa
para Larrañaga la educación científica es bueno
referirse al pedido de instalación de la Biblioteca
Pública (Montevideo, agosto 4 de 1814), como a la
“Oración Inaugural” donde tuvo oportunidad de
manifestar sus ideas acerca del estudio de otras
varias ciencias.
Lo que Larrañaga venía
constatando era que la pobreza y el estancamiento en
nuestro país se debía a los escasos progresos que se
hacían en las ciencias y en los conocimientos
útiles, artes y literaturas. Por lo que la única
forma de remediar tal situación era a través de la
formación, de la ilustración de los hombres (para
utilizar un término moderno) en aquellos terrenos
que permitieran que el país saliera de su letargo.
Pero tal formación, a falta de
maestros en todos esos ámbitos, debía ser suplida
por los libros, que si tenemos en cuenta lo escasos
y caros que eran, solo sería posible si a los mismos
se pudiera acceder de forma gratuita. La Biblioteca
era entendida por Larrañaga como un templo dedicado
a las Artes y Ciencias, y para que el mismo se
constituyera donaba todos sus libros menos aquellos
que le eran de uso diario. En el espíritu de la
época fue comprendido que
la felicidad del Estado
dependía de los progresos en el terreno científico y
que “las naciones cultas miraron siempre las
Bibliotecas como el signo de la ilustración pública,
el mejor apoyo de las costumbres, y de la Libertad y
por consiguiente el arma más terrible contra la
tiranía, que solo funda su execrable imperio a favor
de las sombras de la ignorancia”. (Archivo Artigas,
tomo 21 pág. 340)
No podemos detenernos aquí
a rastrear en el pedido de instalación de la
Biblioteca Pública y en la Oración Inaugural
sus ideas fermentales respecto a la importancia
de la ciencia y sus aplicaciones prácticas para el
mejoramiento de la vida de los hombres.
Esta última idea es moderna si
tenemos en cuenta que el desarrollo de la ciencia en
la modernidad prometió entre otras cosas el
mejoramiento de las condiciones de vida humana, lo
cual se constataba a través del progreso
cultural. Y es el empeño de Larrañaga el que
nos permite decir que su trabajo puede considerarse
propedéutico para el advenimiento del positivismo.
El interés por los estudios
científicos, acompañados por el interés en la
enseñanza de la ciencia como medio para que progrese
una nación, creemos que fertilizó el camino
para la entrada de la filosofía positivista
como movimiento que reacciona a la metafísica, en
nombre de la ciencia y sobretodo de la ciencia de la
naturaleza.
El positivismo en Uruguay
como en otros países de América influyó sobremanera
como filosofía en el terreno educativo y
político, pero el entusiasmo científico de
Larrañaga vehiculizado a través de la Biblioteca
Nacional y a través del comentario al plan de
estudios del Padre Camilo Enriquez, fueron en cierta
forma preparatorios para la introducción del
positivismo en manos de por ejemplo, Angel Flores
Costa y José Pedro Varela.
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Mauricio, Historia natural y la apropiación
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LA
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