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Un urbanismo a
escala humana
por
Jacobo Armero
La crisis económica, los altos precios del petróleo
y la degradación medioambiental cuestionan el modelo
urbano. Se habla de abandonar los suburbios, de
volver a pasear por las calles y de ecociudades.
La hora de un nuevo urbanismo ha
llegado
Dibujar otra ciudad
Se derrumba un estilo de vida,
basado en el despilfarro, y empieza otro. La crisis
económica, la volatilidad de los precios del
petróleo y el desastre medioambiental hacen
tambalearse también los cimientos de las ciudades.
El cambio más patente está produciéndose en Estados
Unidos, donde los periódicos hablan de la
necesidad de urbes habitables, del abandono de los
suburbios de las series de televisión y de
acabar con la dependencia del coche, mientras en los
países emergentes nacen ecociudades y Europa se
debate entre el american way of life y la idea de
una ciudad más amable, con transporte público y
vecindarios diversos.
La idea de una metrópolis a
escala humana no es nueva, pero en suelo americano
sonaba incluso revolucionaria, aunque todo tiene su
momento. En los 90, una nueva corriente, el Nuevo
Urbanismo, detectó la necesidad imperiosa de
reformar la estructura clásica de la ciudad
estadounidense. La separación entre el centro y los
suburbios residenciales debía cambiarse con el fin
de evitar los desplazamientos en coche y el peligro
de separación clasista de la población por zonas, lo
que reforzaba las desigualdades e impedía la
convivencia. La prosperidad económica de la década
pasada no fue un buen caldo de cultivo para esas
propuestas, aunque sí se produjeron algunos cambios.
Uno de los más significativos fue la aparición de
las edge cities, difundidas y abanderadas por el
editor del Washington Post, Joel Garreau. Estas
pequeñas concentraciones se situaron, por lo
general, lejos de los grandes centros, en plena
naturaleza, al borde de un cruce de autopistas, y
contaban con todo lo necesario para vivir, comprar y
trabajar. Sus promotores solían ser grandes empresas
que alojaban a sus cualificados trabajadores en la
ciudad ideal y segura. Además, la llegada de
Internet introdujo en los hogares la oportunidad de
producir y de comprar.
La fórmula tuvo tanto éxito que
hoy un tercio de la superficie de oficinas de EE UU
se encuentra en este tipo de ciudades al borde. Y la
constelación de islas de bienestar y felicidad se ha
extendido por todo el mundo en estos últimos años.
En los países en vías de desarrollo han servido para
garantizar la seguridad y el bienestar de los
emigrantes cualificados o de las clases locales más
pudientes. En Europa, fue el príncipe Carlos de
Inglaterra quien se convirtió en abanderado de las
teorías del Nuevo Urbanismo. A través de su agencia
inmobiliaria, The Royal Dutch Country, desarrolló el
barrio de Poundbury, en Dorchester, a poco más de
doscientos kilómetros al oeste de Londres, diseñado
por el arquitecto luxemburgués Leon Krier. La
arquitectura historicista de casas bajas y sus
serpenteantes calles han servido como modelo a
multitud de urbanizaciones por todo el mundo. Pero,
a la vez, generó muchas críticas porque suponía no
sólo una vuelta al pasado, sino una prolongación del
sprawl, de la expansión de los suburbios, de la
canibalización del territorio y de la segregación.
Hasta ahora, no parecía un
asunto de gravedad. Había dinero, gasolina y a poca
gente le importaba si el planeta se calentaba o no.
Siguieron construyéndose barrios en las afueras y
autopistas para ir al trabajo y a la compra. Pero la
crisis mundial ha puesto de manifiesto
desequilibrios de gran calado, que, unidos a la
evidencia de la existencia de graves problemas
medioambientales, obligan a un giro radical.
¿Tanto como para tirar la
ciudad abajo? Eso parece, al menos en algunos casos.
“Shrink to survive” (Encoger para sobrevivir) es el
eslogan del plan de la Administración demócrata para
tratar de atajar la crisis que viven algunas
ciudades industriales. Una situación escalofriante
para un país que en el pasado siglo ha hecho del
crecimiento poco menos que una religión. Que Barack
Obama medite la demolición de zonas de ciudades
abandonadas no es más que la punta del iceberg de la
catarsis que está viviendo la metrópoli
estadounidense, y con ella el resto del mundo, que
ha reproducido hasta el infinito el modelo de ciudad
dispersa que ahora parece desmoronarse.
Los planes de demolición se
centran en las poblaciones más afectadas por la
caída en picado de la industria pesada. En Flint, un
municipio del Estado de Michigan, sede de General
Motors y escenario del documental Roger & Me, de
Michael Moore, el gigante automovilístico empleaba a
79.000 personas, y ahora no quedan más que 8.000
puestos de trabajo. Su declive se inició en los 70,
pero la situación se ha vuelto insoportable, y la
única solución que parece viable es la demolición de
hasta 3.000 edificios. “Lugares como Flint han
tocado fondo. Hemos llegado a un punto en que es
mejor tirar abajo muchos edificios”, ha declarado
Karina Pallagst, directora del programa Shrinking
Cities in a Global Perspective de la Universidad de
Berkeley, California. La idea es devolver a la
naturaleza el suelo que ocupan los inmuebles vacíos
y oxigenar el centro con zonas verdes, concentrando
la población, los comercios y los servicios en lo
que queda en pie. Planes similares podrían aplicarse
en otras ciudades estadounidenses, como Detroit,
Filadelfia, Pittsburgh o Memphis.
De las ‘Mcmansiones’ al
Apartamento
En Estados Unidos no faltan
opiniones contrarias a esta opción tan radical. Hay
sectores que se inclinan por invertir en la
rehabilitación de los edificios abandonados y
regenerar así la ciudad, tanto en los centros como
en los suburbios. Existen propuestas diversas, como
reconvertir las McMansions –típicas casas
unifamiliares estilo los Soprano– en apartamentos
que puedan albergar familias más pequeñas, o en cómo
transformar los garajes en tiendas. También están
surgiendo nuevos usos en centros comerciales
abandonados. Los boxes se convierten en iglesias,
guarderías o museos, y hasta en un circuito de
karts, como en el antiguo Wal-Mart de Round Rock, en
Texas. El debate está abierto, pero la mayoría de la
población aún prefiere vivir en los suburbios, según
una reciente encuesta del Pew Research Center, y no
parece dispuesta a renunciar tan fácilmente al
american way of life.
Las ruinas urbanas afectan
también a Europa. Shrinking Cities tiene otra sede
en Alemania, y está estudiando ciudades como
Liverpool, Manchester o Leipzig, donde abundan las
zonas abandonadas. En España, la
desindustrialización ha presentado oportunidades que
han sido bien aprovechadas, como la de Bilbao,
aunque aún quedan muchas otras capitales que tienen
pendiente la reconversión. Pero quizás sea más
visible en estos momentos la aparición de otro tipo
de ruinas, provenientes de desarrollos urbanísticos
iniciados durante los años del boom inmobiliario y
que han llegado tarde a la fiesta del se vende todo.
El paisaje está plagado de
calles asfaltadas que no llevan a ninguna parte, de
estructuras de hormigón desnudas, de obras paradas
que esperan tiempos mejores. El Ministerio de la
Vivienda español estima que hay unas 600.000
viviendas terminadas sin estrenar. La Junta de
Andalucía ha abierto un registro para que los
promotores den cuenta de su stock. La costa española
está repleta de apartamentos y de chalets adosados
que, en el mejor de los casos, se usan unas semanas
al año, si es que no están en manos de los bancos
que las financiaron. La pregunta es cuánto tardará
el mercado en absorber toda esta oferta, que además
ha nacido ya en muchos casos obsoleta, lastrada por
una legislación anticuada y el vicio de unos
procesos urbanísticos y arquitectónicos irreflexivos
propiciados por la bonanza de los años dorados. Si
en la regeneración de zonas industriales se ha
podido operar con éxito, la necesaria reconversión
residencial se antoja mucho más complicada. No es lo
mismo actuar sobre un área deprimida, pero acotada,
que sobre cientos de miles de unidades dispersas.
Todo un reto que no parece tener respuesta.
¿Están muertas las ciudades?
La crisis deja maltrecha la
ciudad existente, pero hay que continuar viviendo en
ella y seguir creciendo. Según la ONU, cada año unos
setenta millones de personas abandonan el campo y se
trasladan a las grandes aglomeraciones urbanas,
atraídas paradójicamente por la expectativa de una
vida mejor. ¿Cómo influye la crisis en el urbanismo
del nuevo siglo? Para Iñaki Ábalos, arquitecto,
catedrático de la Escuela de Arquitectura de Madrid
y profesor en Harvard, “lo común a todas las
tendencias actuales, desde las más conservadoras
hasta las más progresistas, es la búsqueda de la
densidad y de respuestas a los problemas
medioambientales”. Se trata de crear ciudades
accesibles a pie o en bicicleta, con redes de
transporte público que reduzcan la dependencia del
automóvil y en las que se integren las viviendas,
los servicios, las tiendas y los lugares de
trabajo. Las zonas verdes se plantean no sólo como
áreas recreativas o paisajísticas, sino como zonas
que proporcionan mejoras medioambientales y producen
energías renovables.
Existen modelos que ya cumplen
con estas condiciones. Uno de ellos es Estocolmo,
que será en 2010 la primera capital verde del Viejo
Continente. Este galardón, creado por la Comisión
Europea, tiene como objetivo recompensar a las
ciudades que cumplen con objetivos medioambientales
exigentes y alentar al resto para que se marquen
metas ambiciosas de desarrollo sostenible. Entre los
méritos de la capital sueca, están su extraordinaria
red de zonas verdes, su objetivo de librarse de los
combustibles fósiles para el 2050 o la eficaz
gestión de las emisiones de CO2. Es también un
modelo en técnicas de reciclaje, entre las que
destaca la producción de biogás con residuos
orgánicos, que sirve para propulsar los autobuses
urbanos. Además, la mayoría de las viviendas usan
sistemas de calefacción centralizados por distritos
y se ha conseguido reducir de forma notable el
tráfico rodado desde 2006, gracias a los impuestos
por circular en el centro y a los 760 kilómetros de
carriles-bici.
El caso de Estocolmo es muy
excepcional. La realidad en la gran mayoría de las
ciudades del mundo nada tiene que ver con los grados
de bienestar alcanzados por la sociedad sueca. Pero
todos los procesos de ampliación del espacio urbano
persiguen estándares de densidad y de ecología. Se
buscan urbes más humanas, en las que el espacio
público permita el desarrollo de una vida local rica
en intercambios y servicios.
Siguiendo esta tendencia, en
Valencia, a orillas del río Turia, está
construyéndose Sociópolis, un nuevo barrio promovido
por la Generalitat Valenciana y diseñado por el
arquitecto español Vicente Guallart. El proyecto
trata de dar respuesta a una variada demanda de
viviendas tanto de alquiler como en propiedad,
mezclando unidades familiares heterogéneas de todas
las edades. Las zonas verdes y los equipamientos
tratan de estimular la participación ciudadana,
gracias a la rehabilitación de los huertos que
existían en la vega histórica, que se han integrado
en una gran zona verde en la que los vecinos pueden
cultivar sus frutas y hortalizas. El sentido de
comunidad trata de fomentarse también con la
construcción de centro sociales, zonas deportivas,
guarderías o centros de arte. Las 2.800 viviendas
previstas en un principio se distribuyen en bloques
y torres, de manera que no ocupen mucho suelo y
liberen espacio público.
El huerto del proyecto
Sociópolis en Valencia (España)
El proyecto, que atraviesa
dificultades financieras y se está viendo retrasado
por la crisis –problemas de la “velocidad del
urbanismo”, en palabras del propio Guallart, es
decir, del excesivo tiempo que se tarda en llevar a
buen término cualquier desarrollo urbano– , pone
sobre la mesa algo que es también ya un consenso
entre los especialistas en la materia y que el
propio arquitecto explica. “El hecho urbano supone
la aceptación de unas reglas, unas normas de
convivencia, y compartir modelos de uso”, y abunda
en la liquidación del modelo de ciudad extensivo:
“El mito americano es un error que se ha trasladado
a todo el mundo. La inexistencia del espacio público
impide el funcionamiento de las ciudades”. La ciudad
exclusiva, segregada por zonas, por tipos de
actividades o de personas, otra de las graves
patologías de la urbe extensiva, no tiene futuro.
En vista de la situación,
muchos países europeos están cambiando su política
de vivienda. En Francia, las tensiones sociales de
los últimos años han hecho aflorar muchos problemas
urbanos. Los inmigrantes están mal integrados y la
separación entre comunidades impide la convivencia.
El drama se materializa en el sistema público de
enseñanza, uno de los más sólidos y avanzados del
mundo. En los liceos, la falta de contacto entre los
franceses de pura cepa y los foráneos es alarmante,
y las oportunidades no son iguales para todos. A la
entrada de los colegios sigue luciendo el lema de la
República Francesa, pero la libertad, la igualdad y
la fraternidad no constituyen ni mucho menos una
realidad. Y, si como dice el sociólogo Manuel
Castells, “el espacio no es un reflejo de la
sociedad, es la sociedad misma”, la crisis social en
Francia es también una crisis urbana. Por poner un
ejemplo, en los alrededores de París, un 5% de los
municipios albergan el 75% de las viviendas
sociales. La reacción de las autoridades francesas
fue la Ley de Compromiso Social por la Vivienda, del
año 2006, que, entre otras medidas, obliga a los
municipios de cierto tamaño a contar con un mínimo
de un 20% de viviendas sociales, ya establecida por
la anterior Ley de Solidaridad y Renovación Urbana,
del año 2000. No es un objetivo fácil de cumplir, la
ciudad consolidada es muy rígida y cambiarla lleva
mucho tiempo, pero al menos refleja una nueva
actitud que ya se ha extendido entre la clase
política europea.
Urbes de arena
Mientras, en la otra parte del
mundo emergen nuevas megaciudades con los mismos
parámetros. En los Emiratos Árabes Unidos se está
construyendo Masdar City, a pocos kilómetros de las
urbanizaciones de lujo cuya imagen en forma de
palmera ha dado la vuelta al mundo. Se trata de una
ecociudad, equipada con las más sofisticadas
tecnologías energéticas, y, por supuesto, compacta.
“Miramos Venecia y Roma: no va a ser el modelo
estadounidense”, ha dicho Gerard Evenden, del
estudio Foster and Partners, encargado del proyecto
cuyas obras están ya en avanzada fase de
construcción junto al aeropuerto internacional de
Abu Dhabi. También en los Emiratos Árabes, en Ras Al
Khaimah, al noroeste de Dubai, se le ha encargado al
holandés Rem Koolhaas una ciudad verde en medio del
desierto. “Concentración, densidad, sinergia,
silmultaneidad” son las palabras que menciona el
arquitecto para describir su proyecto, que es algo
parecido a un nuevo Manhattan que se alimentará
únicamente de energía solar… en el reino del
petróleo.
Sin embargo, la densidad no es
una garantía para la calidad de vida, sobre todo si
es excesiva. Según las últimas estadísticas de
Naciones Unidas, hasta mil millones de personas, un
tercio de la población mundial, viven en chabolas o
slums. En Nairobi, por ejemplo, en la barriada de
Kiberia, se hacinan cerca de un millón de habitantes
en una superficie similar a la de Central Park en
Nueva York. Son aglomeraciones sin saneamiento, agua
corriente ni electricidad en muchos casos, en las
que viven personas cuyo trabajo es imprescindible
para que las aglomeraciones sigan funcionando, pero
que se encuentran aisladas y arrinconadas. Para este
sector de la población global la crisis no es nueva,
pero poco o nada importa, aunque sí hay algún
proyecto que lo tiene en cuenta.
En Brasil, el Ayuntamiento de
Río de Janeiro inició en los 90 un plan para tratar
de mejorar la integración de las favelas en la
ciudad. Se promovieron concursos que, de forma
paulatina, han mejorado la accesibilidad, las
condiciones higiénicas y los equipamientos, pero
tratando de respetar la esencia de ese urbanismo sin
urbanistas. Uno de los últimos planes aprobados, en
2006, ha sido el de la favela Rocinha, por el que se
han habilitado nuevas calles, viviendas y
equipamientos, y donde el arquitecto Oscar Niemeyer
ha proyectado una simbólica pasarela peatonal que
conecta la barriada con el resto de la ciudad,
saltando por encima de la autopista que las
separaba, en un gesto tan conciliador como
necesario. Seguro que Marcelo, guía turístico que
lleva organizando los Favela Tour desde hace 20
años, tendrá más facilidades para pasear a los
turistas por sus dominios, pero parece difícil que
se mejore su funcionamiento si no se les dedica
mayor atención y recursos. Son el mejor ejemplo de
la segregación y la densidad extremas.
Las causas de la crisis urbana
vienen de lejos, porque la ciudad se va formando a
lo largo de generaciones. Las decisiones que se
toman hoy, los planeamientos que se dibujan ahora,
irán materializándose dentro de lustros, o incluso
décadas. La deslocalización de la producción
industrial no es un fenómeno nuevo. Pero la
revolución digital y la caída del consumo han
descompensado el sistema y han precipitado los
cambios. Nacen nuevas ciudades, otras crecen y se
transforman, y algunas encogen. Todas buscan
soluciones a los problemas medioambientales y la
densidad adecuada. Cuando se pensaba que la ciudad
había llegado hasta los últimos confines del
planeta, en ciertos lugares aún se echa en falta.
Fuente: Instituto FRIDE
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