La política monetaria de la
República Popular China
por Durval de Noronha Goyos

El tipo de cambio es una de las armas de mayor eficacia en el comercio internacional. Cuanto más desvalorizada está una moneda frente a otra, más económicos, y, por consiguiente más competitivos, se vuelven los productos manufacturados en el país de su emisión para los compradores del país con el cambio sobrevaluado. Así, a través de los años, ciertos países procuraron degradar sus  monedas para la obtención del apalancamiento cambiario para el comercio internacional y así impulsar sus ventas al exterior.

 

Esta práctica generó desinteligencias serias que, a veces, derivaron en conflictos. Por tal motivo, en los llamados Acuerdos de Bretton Woods, el Tratado del  FMI (Fondo Monetario Internacional) creó el llamado padrón oro, para dar una estabilidad al tipo de cambio internacional. Dicho padrón, que rige desde 1946, fue abolido unilateralmente por los Estados Unidos de América durante la presidencia de Richard M. Nixon, en 1971.

 

Esto se dio porque, ya en aquella época, más que el apalancamiento para las exportaciones de bienes manufacturados, a los EE.UU. les interesaba el libre flujo de monedas, de manera de asegurar plenamente la remuneración para su propiedad intelectual y, más que eso, las remesas de lucros y el repago del  principal de sus préstamos, así como los dividendos y la repatriación del  capital de sus inversiones internacionales.

 

Esta opción unilateral, sin embargo, no fue suficiente porque, como es sabido, el flujo internacional de valores comienza en un país con destino a otro. De esta manera, se imponía influir sobre la legislación de los países en los cuales se originaba la renta a ser transferida al exterior. Para eso, se tornaban necesarias las gestiones de los organismos internacionales, nada difícil dado que estos siempre fueron controlados por los EE.UU. y sus clientes.

 

En este contexto, fue propuesto el llamado Consenso de Washington que, entre otras acciones mortíferas para los países en desarrollo, proponía la suba artificial del valor de sus monedas, ostensiblemente con el propósito de combatir la inflación, al abaratar las importaciones, pero con el objetivo de facilitar la transferencia internacional de recursos a los dueños del  capital y de las tecnologías.

 

Hecho es que un efecto tan tópico como colateral de la sobrevaluación cambiaria es el combate a la inflación, que por cierto no sirve de nada si no se adoptan las debidas medidas de carácter macroeconómico, con el equilibrio fiscal. Por otro lado, sin embargo, se plantea tanto fatal como inexorablemente la destrucción de la competitividad internacional de la producción doméstica.

 

Dicho efecto trae la segunda ventaja para los agentes hegemónicos, en lo que concierne a aumentar gradualmente sus ventas de productos y servicios, así como el control económico y político de los infelices países que tonta e irresponsablemente adoptaron tal recetario para el desastre.

 

En América Latina, de un modo general, casi todos los países adoptaron las diferentes medidas del Consenso de Washington, inclusive la política de sobrevaluación cambiaria, entre ellos Brasil, en la administración de Fernando Henrique Cardoso, de triste memoria. Acá, para asegurar este objetivo, fue adoptado el cambio fluctuante y conferidas ventajas fiscales para el ingreso de capitales especulativos.

 

En China, con todo, no se adoptó el paquete del  Consenso, como se puede fácilmente verificar por el notable progreso económico ocurrido en los últimos tiempos, y el Yuan continuó remolcado al dólar americano, todavía la principal moneda de reserva mundial, como eran en el pasado todas las monedas de los países latinoamericanos, inclusive Brasil.

 

Mientras tanto, la administración Lula mantuvo la política monetaria de la administración anterior y, por consiguiente, llevó prácticamente hasta las últimas consecuencias sus efectos desastrosos, con la pérdida de competitividad internacional de la economía brasileña, ¡haciendo que el sector exportador nacional experimente una pérdida de cerca del 50% del valor de sus  ventas!

 

Más aún, el país tiene un creciente déficit en la balanza de pagos, una capacidad disminuida de inversiones privadas, una actividad económica artificialmente reducida y un impacto social proporcional a dicha reducción. Para combatir esta distorsión, el gobierno anunció medidas anodinas e ineficaces, como la tributación de los flujos, en vez de ir al cierne del  problema: la política monetaria y cambiaria.

 

China, al contrario, beneficia la actividad económica doméstica para sus agentes, logrando una mayor remuneración a sus exportadores y promoviendo la prosperidad generalizada. Cada vez más, un número creciente de empresarios brasileños se establece en China para desde allá proveer al mercado brasileño. Al menos allá hay una política cambiaria realista y una política monetaria competente.

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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