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¿Ministerio de Innovación,
Ciencia y Tecnología?
por el
Dr. Edgardo Rubianes
Parecía evidente que una
iniciativa de este tipo emergería en el marco de un
segundo gobierno progresista. Parecía evidente, pues
existe una visión bastante extendida en considerar
que cuando un tema cobra más o menos consensuada
centralidad política o social debe alcanzar un rango
institucional ministerial. Así se han ido creando
durante gobiernos anteriores, distintos ministerios
(vivienda, turismo, deporte, etc.) y durante el
primer gobierno frentista el MIDES.
La centralidad de la ciencia,
la tecnología y la innovación en el programa
gubernamental progresista no está en cuestión. Ya
quedó demostrada cuando el "Uruguay Innovador" fue
incluido como uno de los cinco ejes de la plataforma
que sustentara la candidatura de Tabaré en el 2004.
Quedó demostrada también en la práctica durante
estos años - y no solo en el consistente discurso
del elenco gubernamental- si consideramos que la
inversión pública para financiar las actividades de
ciencia y tecnología de variadas instituciones,
creció de 36 millones de dólares en 2005 a 102
millones en 2008 y sigue aumentando este año.
Continuidad en la centralidad
de la temática y creación de un Ministerio para
hacerse cargo de ella, jerarquizándola, parece
entonces una confluencia natural y necesaria.
Sin embargo, el tema es más
complejo y vale la pena analizarlo.
Impulsar el Uruguay Innovador
en 2004 implicaba al menos tres líneas de trabajo
que debían instrumentarse simultáneamente: una
dirigida a establecer medidas inmediatas de acción y
mínimas prioridades estratégicas; otra para obtener
vía prestamos y cooperación internacional apoyos
presupuestales incrementales para dichas actividades
en un marco de post-crisis; y una tercera de
rediseño institucional moderno y adecuado que
permitiera definir y conducir la estrategia,
consultar a los distintos actores y articular y
ejecutar programas e instrumentos de promoción.
Como se sabe, sobre este
último aspecto, se concretaron tres ámbitos con
roles precisos: la creación del Gabinete Ministerial
de la Innovación (GMI) como instancia trasversal de
definición estratégica; la remodelación del viejo
Conicyt como ámbito de consulta societaria y control
de transparencia; y la creación de la Agencia
Nacional de Investigación e Innovación (ANII) como
brazo instrumental y ejecutor de las políticas
definidas.
Sobre las otras dos líneas de
trabajo y su interrelación con el proceso
institucional, publicamos recientemente un detallado
artículo en "Gozos y sombras del gobierno
progresista" al cual remito www.internet.com.uy/tordito/RubianesCyT.pdf
.
Interesa sí señalar que la
decisión de crear un GMI no fue la única alternativa
evaluada al momento de asumirse el gobierno. Crear
un ámbito a nivel de la OPP vinculado directamente
con la Presidencia o crear un Ministerio de Ciencia
y Tecnología fueron otras dos opciones consideradas.
En mi opinión y a la luz del proceso vivido, la
opción fue la correcta. La conformación de un ámbito
a nivel de la OPP hubiese disminuido la envergadura
del proyecto y la creación de un ministerio, en esta
fase en que era fundamental demostrar tanto la
centralidad de estos temas para el desarrollo como
el construir una visión transversal y sistémica de
la innovación, hubiese, muy probablemente,
circunscripto la temática, amén de haber implicado
un proceso operativo de institucionalización más
lento.
Habiendo pasado cuatro años y
medio de la creación del GMI, es posible realizar
algunas evaluaciones. Por decreto de abril de 2005,
el GMI quedó conformado por los Ministros de
Educación, de Agricultura, de Industria, de Economía
y por el Director de la OPP. Como se ve lo
integran, además del de Educación y con importancia
similar, los históricos ministerios "productivos",
el ministerio que posee la "llave" de la
financiación y el ámbito encargado de planificar con
visión transversal e integral el desarrollo. Esto no
debería llamar la atención. Es la tendencia
dominante a nivel internacional, particularmente en
los países cuyas economías vienen emergiendo
rápidamente sustentadas en el conocimiento y la
innovación. De una visión de construcción de
?oferta? de ciencia y tecnología asociada a la
gestión de los ministerios de educación,
característica de los años 50-70 del siglo pasado,
se ha pasado a una visión donde la innovación es la
locomotora que sustenta el desarrollo productivo y
social y la competitividad y por tanto se instituyen
ámbitos transversales que permitan la confluencia de
estrategias y prioridades sectoriales y demandas
productivas, sociales y prospectivas de modo
delinear una política pública integral, que de
soporte a un Sistema Nacional de Innovación.
La poca conocida experiencia
del Equipo Operativo, asesor del GMI, durante
2005-2008, dio cuenta inicialmente de la potencia de
esos ámbitos transversales para construir políticas
en el complejo mundo actual. Exenciones fiscales
para la innovación y la capacitación, programas de
formación terciarios y de posgrados,
complementariedad de subsidios a empresas
innovadoras con otros instrumentos de promoción,
Plan Ceibal, trazabilidad ganadera, programas de
emprendedurismo, clusterizaciones, sistema nacional
de investigadores y de becas, por citar algunos
ejemplos que me vienen a la mente, pudieron ser
considerados y articulados desde complementarias
visiones e inserciones institucionales a pesar de
ser instrumentados por ministerios y reparticiones
públicas diferentes.
La riqueza de estas instancias
transversales no deberían, no pueden, perderse, sino
todo lo contrario. No es casual que, luego del GMI,
se crearan otros Gabinetes, alguno no muy diferente
como el Productivo (se incorpora Trabajo y Turismo,
se excluye a Educación) y el balance en todos los
casos es unánime: vinieron para quedarse.
Por tanto, de crearse un nuevo
Ministerio, que llamaría de Innovación, Ciencia y
Tecnología, debería -básicamente y en primer lugar-
tener el papel de coordinar y fortalecer el ámbito
transversal interministerial homónimo y de centrar
sus esfuerzos en los procesos de elaboración
estratégica y cooperación, más que en estructurarse
burocráticamente. Desde ese punto de vista, la
creación del MICYT subsanaría el tema de la
coordinación del GMI, actualmente bajo
responsabilidad de Educación, que es uno de los
aspectos estructurales a mejorar de todas formas,
dado el inevitable sesgo hacía la ¿oferta? en el que
se tiende a caer aquí como en otros países. Y de lo
que se trata es de poner mayor foco en como promover
¿demanda? de conocimiento y de innovación,
productiva y social, como forma de hacer sustentable
el sistema. En ese sentido, de no crearse el MICYT,
un ministerio de la producción o de la planificación
podría cumplir ese papel, como ocurre en otros
países.
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