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Honduras y un presidente que
"limpió" un golpe de Estado
por
Susanne Gratius
Es
verdad que Honduras es un país pequeño e irrelevante
para la comunidad internacional. Pero en Honduras se
juega no sólo el futuro político de sus siete
millones y medio de habitantes, sino el de la
democracia latinoamericana. Reconocer unas
elecciones convocadas y preparadas por un Jefe de
Estado impuesto por la fuerza militar y con el
presidente electo encarcelado en la Embajada de
Brasil es retroceder al oscuro y no tan lejano
tiempo de las dictaduras latinoamericanas.
¿Qué diálogo puede ofrecer un
presidente que "limpió" un golpe de Estado y salió
de una elección que no observó nadie?
Reconocer a Pepe Lobo como
presidente de Honduras es legitimar una democracia
electoral tutelada por las Fuerzas Armadas y la
élite tradicional del país, no nos engañemos. ¿Qué
diálogo puede ofrecer un presidente que "limpió" un
golpe de Estado y salió de una elección que no
observó nadie? ¿Cómo puede reconciliarse con la otra
parte del país que votó por Zelaya si el Congreso
decidió no reinstaurarle en el poder? Ignorar estos
hechos es grave. Reconocer estas elecciones y sus
dudosos resultados significa hacerse partícipe de un
juego político en condiciones antidemocráticas. Ante
las sospechas de fraude, en Honduras ni siquiera hay
la democracia electoral que la comunidad
internacional suele aceptar como mínimo denominador
común.
Resignarse porque Honduras es
pequeño es un error garrafal que puede costar muy
caro al crear un peligroso antecedente en la región.
Si la comunidad internacional da su visto bueno,
ofrece un cheque en blanco a los militares de otros
países para tutelar la política y deshacerse de
presidentes incómodos por encargo de determinados
grupos de influencia. ¿Es ésta la democracia que
queremos y apoyamos en América Latina? Entonces
tendremos que aceptar que mañana saquen a otro
presidente en pijama del poder para poner a uno que
convenga más y mirar hacia otro lado.
Reconocer las elecciones es dar
la razón al Gobierno de Micheletti que al final ha
aguantado más que la comunidad internacional. Esta
telenovela empezó bien y parece terminar mal. Al
inicio de la crisis, independientemente de sus
preferencias políticas, la comunidad internacional
decidió de forma unánime (incluyendo a Estados
Unidos) no reconocer su legitimidad. Pero en los
seis meses siguientes fracasaron los intentos de
Óscar Arias, de la Organización de Estados
Americanos (OEA) y de Estados Unidos de encontrar
una salida de reconciliación y definir un Gobierno
de unidad.
Ahora, la comunidad
internacional está, como casi siempre, dividida:
Canadá, Costa Rica, Estados Unidos, México, Panamá y
Perú reconocen las elecciones, mientras que
Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador y Venezuela
(entre otros) se niegan a hacerlo. Como no puede ser
de otra manera, España y la UE no se deciden y se
mueven en el terreno resbaladizo entre ambas
posiciones, lo cual tampoco ayuda. Lo que ha
ocurrido en Honduras es también el fracaso de la
comunidad internacional.
Honduras señala que el consenso
en torno a la democracia es cada vez más frágil y
está minado por debates ideológicos. Demasiado
influenciada por Estados Unidos, la OEA nunca ha
sido un mediador ni una instancia neutral. La UE,
recordando su compromiso y responsabilidad a raíz
del proceso de san José durante la crisis
centroamericana, podría haber asumido este papel.
Pero ello hubiera requerido un mayor protagonismo
del Gobierno de España que, sin levantar sospechas
ideológicas, hubiera dejado muy claro que no apoya a
Zelaya sino la democracia en Honduras. En este caso,
en vez de coordinarse con EE UU que al final dejó
desamparada la posición de España, hubiera tenido
más sentido apoyar con más firmeza la postura de
Lula, que dijo muy claro que Brasilia no reconoce al
supuesto ganador de las elecciones. Esta posición
común hubiera facilitado también la posibilidad de
que la UE se sumara al bloque Brasil-España. Ello no
ocurrió porque, entre otras razones, España mantiene
relaciones más estrechas con México que con Brasil.
Lo que se juega en Honduras es
también la relación entre Estados Unidos y América
Latina. Si Estados Unidos quiere promover la
democracia, tiene que empezar por respetar los
principios democráticos en todos los países, aunque
sean pequeños o no les guste un presidente
determinado. Tiene que dejar de actuar desde una
perspectiva de política interna y percibir la región
como parte de su política exterior. Aunque es
ciertamente incómodo no reconocer las elecciones,
porque significa meterse en problemas, ignorarlos
puede tener un coste mucho mayor a largo plazo: su
volátil actitud ante la crisis perjudica su relación
con Brasil, que ya se vio afectada por el acuerdo
militar con Colombia, la distancia vuelve a ser el
rasgo principal de la relación interamericana y EE
UU sigue perdiendo credibilidad en una región que ya
de por sí deposita poca confianza en su vecino del
norte.
Aunque ha dejado de ser
noticia, el coste del mal desenlace de la crisis
política en Honduras es enorme: vuelve el fantasma
de la intervención militar y del reconocimiento de
elecciones fraudulentas, la esperanza Obama se
desvanece, la UE afirma su abandono de una
región que marcó el inicio de su relación con
América Latina y España no ha sabido aprovechar
la oportunidad para crear puentes y construir
consensos.
Fuente: Fride
Susanne Gratius es
Investigadora Senior de FRIDE (Fundación para las
Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior).
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