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En la actualidad, biología y
tecnología ya no van de la mano
por José
María Bermúdez de Castro*
Las evidencias más remotas de
la tecnología de los humanos datan de hace más de
dos millones y medio de años. Tardamos un millón de
años en realizar el primer gran salto tecnológico,
que revolucionó la forma de fabricar las
herramientas de piedra, y aún tendría que
transcurrir un millón y medio de años más para
conseguir útiles similares a los que construyen los
actuales cazadores y recolectores. La tecnología
progresó muy despacio, a la par que lo hacía nuestra
evolución biológica. Sin olvidar las adaptaciones de
las que ya he hablado en más de una ocasión, buena
parte del éxito evolutivo de las especies del género
Homo y de su expansión demográfica por África y
Eurasia debemos atribuirlos a su capacidad
tecnológica.
El peculiar sentido del humor
que tenemos los humanos (un tema por cierto de
enorme interés antropológico) nos lleva siempre a
contemplar a aquellos antepasados de la Edad de
Piedra con cierto paternalismo, que se refleja muy
bien en las viñetas de las revistas, tiras cómicas,
dibujos animados, etc. Al fin y al cabo, en muy
pocos centenares de años y, en particular, en las
últimas décadas, hemos dado un salto tecnológico
espectacular, del que nos sentimos orgullosos al
punto de olvidar nuestros humildes orígenes. En este
sentido, quizás no está de más recordar pequeños
detalles como que el cuchillo de sierra para cortar
carne se inventó hace más de dos millones de años, o
que la tecnología de fabricación de lanzas certeras
tiene una antigüedad que posiblemente supere el
medio millón de años.
Pero lo que me gustaría
resaltar en esta columna es el hecho cierto y
preocupante de que, en la actualidad, biología
y tecnología ya no van de la mano, como ha
sucedido durante la mayor parte de nuestro recorrido
evolutivo. Si bien es verdad que los avances
tecnológicos son el producto de mentes
privilegiadas, que trabajan en equipo a modo de
cerebro colectivo, no es menos cierto que la inmensa
mayoría de los humanos no estamos preparados
(biológicamente hablando) para manejar la tecnología
de manera responsable.
¿Por qué les cuesta tanto a los
políticos alcanzar acuerdos elementales en materia
de emisiones de gases de efecto invernadero emitidos
por la actividad industrial, de las que todos somos
responsables? ¿Por qué Obama, con su innegable buena
voluntad, es incapaz de convencer a los políticos de
su propio país o de otros Estados en este tema tan
sensible? A buen seguro tenemos respuestas de todos
los colores. Pero en el fondo de la cuestión está el
notable desacoplamiento entre biología y tecnología,
que está hipotecando nuestro futuro como especie.
Pura contradicción evolutiva. Salvaremos a los
linces, pero ¿quién nos salva a nosotros?
Fuente Público es
* Director del Centro Nacional
de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos
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